La sagrada familia y santa Ana, El Greco27 diciembre 2007
La risa de un niño
La sagrada familia y santa Ana, El Greco18 enero 2007
BALTASAR
"Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María,
Paula abrió los ojos y reconoció la sonrisa de Lulila, grande y leal. Nina estaba a su lado. La luz que se filtraba por los pliegues del estor hacía brillar su cabeza pelona de bebé. Sonrió, las dos estaban preparadas para recibir su abrazo y empezar el día.
Se incorporó en la cuna y aguzó el oído. No le llegaron los ecos de la voz de mami, ni su rastro por la casa iniciando las tareas del día. Extendió los brazos y atrapó a Nina. Olía a caramelo y era suave y firme. Intentó atrapar a Lulila, pero por el camino vio un mechón amarillo y se acordó de Lucho. Su compañero de trapo le mostró su único diente desde las alturas de la estantería. Se puso de puntillas e intentó alcanzarlo, pero era una tarea imposible. Estaba demasiado lejos y ella no podía estirarse más. Si fuera como la mamá de los Increíbles, seguro que podría haber cogido a Lucho y a todos los muñecos que se le hubiera antojado.
Comenzó a sentirse incómoda y atrapada en la cuna, como Nemo en la pecera del dentista, así que optó por llamar a mami.
“¡¡Maaaaamiiiiii, sácame de aquí!! ¡¡Quiero saliiiiiiiirrrrr!! ¡¡Maaamiiiiiiiii!!”.
Al otro lado de la puerta, no se escuchó movimiento alguno. Un gran vacío parecía devorarlo todo más allá de su habitación. ¿Cómo era posible?
Gritó una vez más con todas sus fuerzas. Tenía los pulmones fortalecidos por años de llantos y a sus casi tres años de edad, la experiencia comenzaba a ser un grado. Mami no venía ni daba señales de vida. Justo cuando parecía que no quedaba más remedio que abandonarse al llanto, una luz a su izquierda atrapó su atención al instante.
Por la ventana seguía colándose un rayo de luz tenue, como un camino de polvo ingrávido y recto, pero por encima de él comenzó a destacar una especie de estallido de colores que inundó, poco a poco, toda la habitación.
Paula se quedó boquiabierta. Pinceladas de colores la rodeaban y teñían sus manos, sus dedos, la tripita con el ombligo sonriente, sus largas piernas y la cara de Lulila y Nina. Aquello sí que era divertido. Brillos rojos, verdes, rosas y amarillos se fundían con las cosas, atravesándolas y modificando su color. La habitación se convirtió en una fiesta de luces. Paula no podía dejar de reírse a carcajadas. Qué bonito estaba todo a su alrededor.
Intentó atrapar los colores y se puso de puntillas en la cuna para tocar los que resbalaban por las paredes. No era posible, las luces desfilaban tan deprisa que no le daba tiempo a secuestrar entre sus manos alguno de los brillos. Cuando empezaba a hartarse de esta persecución, la puerta de la habitación se abrió de golpe, obligándola a sentarse asustada y con la lágrima a punto. Lo que vio a continuación, ahogó la lágrima y le despertó una nueva sonrisa.
Un hombre alto, corpulento y vestido con grandes capas doradas le miraba con unos ojos de paz y confianza. Se sintió como en los brazos de papi, segura y bien. De repente descubrió que el hombre vestía un turbante en la cabeza. Era grande y le recordó a la toalla que mami se coloca cuando sale de la ducha y que tanto le divierte desenroscar. Se rió y estiró los brazos para que él la sacara de la cuna.
El hombre acomodó a Paula en sus brazos y ella tocó, tímidamente al principio, sin reparos a continuación, el dorado turbante. Tenía piedras preciosas de muchos colores, los mismos que habían jugado con las luces en su habitación. Rió feliz, como cuando jugaba con mami a pilotar aviones y a dar de comer a Nina. De repente, se acordó mucho de mami. Cómo le gustaría que estuviera allí con ella, en ese momento, compartiendo la magia de los colores al lado de ese simpático señor.
Quiso llamarla, pero los ojos oscuros del señor le hablaron sin mover los labios, y sintió que se calmaba como si mami estuviera a su lado. Entonces se fijó en su cara. Era negra como el cola cao que papi le prepara cuando se come todo y no hace falta llamar a la poli. Qué divertido, pensó. Un señor que sabe a cola cao. Qué chollo, cada vez que quiera tomarse un chocolate, no tiene más que pasarse la lengua y ya está. Qué risa. Se rieron juntos de la ocurrencia y estuvieron un rato largo sin parar de reírse.
Luego le presentó a Nina, Lulila, Lucho y Lupita y el gran regalo: el avión de Playmobil con el que jugaba sin cansarse. Eran sus más preciados tesoros y los quería compartir con el señor del cola cao. Él la escuchaba con mucha atención, concentrado en cada explicación que ella le daba acerca de cómo bañaba a Nina o le daba de comer. Cómo se escondía Lucho o cómo bailaba canciones del musical Annie con Lulila y mami. Y cuando Paula terminó de contarle, él le señaló su ancha manga.
Tenía una larga manga que se abría como una gran boca abierta. La oscuridad de la piel de su brazo se confundía con la del interior de la manga. Sólo las palmas de las manos eran blancas y relucientes. El señor movió los dedos y colocó las manos juntas, mientras señalaba con la cabeza hacia la pared. Allí le esperaba a Paula un espectáculo maravilloso. Leones feroces que corrían veloces por la selva se mezclaban con jirafas de cuellos largos que movían la boca masticando hojas de árboles altos y espigados, donde anidaban pájaros que desplegaban sus enormes alas y abrían sus largos picos buscando comida.
Paula estaba totalmente fascinada. Le latía muy fuerte el corazón y apenas podía aguantar la risa. Era como si una lluvia de cosquillas la inundara y empapara, traspasando la piel y recorriéndola por dentro haciéndola sentir muy feliz. Palmoteaba a cada nuevo hallazgo, ante cada nuevo descubrimiento. Las sombras se proyectaban dejando paso a un pez que sacaba la cabeza por encima del mar mientras guiñaba un ojo redondo, o una palmera torcida rodeada de gaviotas ruidosas.
Cuando creía que no podía más y que se le iba a secar la garganta de tanto reír, el señor del cola cao volvió a pedir su atención en la manga de su traje. Un par de destellos blancos rompieron la oscuridad. Las palmas de sus manos se juntaron y se volvieron a separar. Una mano se introdujo en la manga y volvió a salir cerrada en un puño.
Los grandes ojos oscuros se fijaron en los de Paula, que parpadeaban con sus largas y curvadas pestañas, brillantes y curiosos. Sorprendidos y asombrados por todo lo que aquel señor le estaba contando…sin mover los labios. Finalmente, la mano negra se abrió y sobre una palma blanca como si fuera nueva, vio lo que había sacado de la manga, lo que le había traído para ella.
Un mechón de cabello. Suave y tierno, el primero que su nueva hermanita iba a tener. Y el señor se lo traía a ella, como un adelanto del encargo que se le iba a encomendar: cuidar y querer mucho a la pequeña Helena. Esa iba a ser su tarea, y esto requería de entrega, generosidad y responsabilidad, palabras todas ellas que Paula no entendía, pero no se atrevió a interrumpir al señor del cola cao con sus dudas.
Hablaba tan suave y tan dulce, como cuando papi y mami la mecen después de una pesadilla de madrugada. Era un murmullo tan cálido que comenzó a sentirse muy fatigada y dejó que los ojos se cerraran. Justo antes de que el sueño la venciera, atrapó fuerte entre sus dedos el mechón de cabellos de su hermana Helena.
“Paula, cariño, despiértate…que vas a ver a mami y a conocer a tu hermanita”. Paula entreabrió los ojos y se esforzó por liberar los párpados del peso del sueño. Aquellas palabras que acababa de pronunciar su papi eran realmente interesantes. ¡¡Iba a conocer a su hermanita Helena!! Eso sí que era divertido. Sonrió mostrando sus dientes blancos de leche, sorprendiendo a papi y a todos los presentes. Aplaudió emocionada y se agarró fuerte del brazo de su padre cuando le sacó del coche.
Se había quedado dormida de camino al hospital, pero la desconfianza y aburrimiento con que se encontró al enterarse de la noticia de la llegada del bebé, se habían vuelto alegría y risa fuerte. Todos la miraron alucinados, abuelos, amigos, pero se contagiaron rápidamente de su felicidad.
Tenía la naricilla respingona, como la suya. La frente estaba arrugada y los ojos hinchados y cerrados. Dormía tranquila entre los brazos de mami. Pidió tocarla. Sus dedos rozaron unos mofletes suaves y su nariz olió una piel de muñeco. Tenía poco pelo, pero era del mismo color que el mechón que guardaba en su caja de secretos, bien escondido entre sus otros tesoros. Se acercó al oído y susurró su nombre. Un dulce gorjeo salió de su boca y un asomo de sonrisa curvaron sus labios gordezuelos.
Así fue cómo Paula selló un pacto con su hermana y entendió lo que significa la entrega, la generosidad y la responsabilidad.
Helena era bienvenida. El señor del cola cao estaría orgulloso de ella.
07 enero 2007
GASPAR
“…la estrella que habían visto en el oriente,
iba delante de ellos, hasta que llegando,
se puso sobre donde estaba el niño.
Y vista la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.”
Mateo 2, 9-10.
Cogió el tarro del tomate frito y estudió con mucha concentración el listado de sus ingredientes y la fecha de caducidad. Realmente no le interesaba nada saber el contenido de la salsa de tomate. Lo que le urgía era disimular de algún modo antes de volver a fijar la vista en aquel joven, que se resistía a dejar de mirarla.
Al principio pensó que era algún promotor de supermercado especialmente atento y seductor, y le devolvió la sonrisa, pero cuando sus ojos la siguieron por el pasillo de los congelados, comprobó que no llevaba ninguna bandeja con algún alimento en promoción, ni nada parecido. Un estudio más exhaustivo desde la zona de quesos le permitió descubrir que iba vestido de una forma un tanto peculiar, con unos pantalones muy ceñidos y algo parecido a una sudadera por encima. Sus movimientos eran cadenciosos, sus piernas, largas y fornidas, como continuación de un trasero que se adivinaba firme y poderoso.
Mientras escogía los tomates y los pepinos, se fijó en su cara. Tenía una piel asombrosa, color canela fundida en dorado cuando la luz le rozaba. Sus rasgos estaban muy marcados, la mandíbula cuadrada, los pómulos altos. Las mejillas abrigadas por una sombra de barba iniciándose. Los ojos eran enormes. Se confundían con el tono de la piel, eran capas de miel espesa, envolventes dunas de un desierto adormecido por un sol tardío, fiel compañero de un té fuerte y especiado.
- Oiga, ¿va a quedarse aquí parada todo el santo día, leñe? Yo también quiero coger pepinos, ¿sabe?
La áspera voz de una señora la trajo bruscamente de vuelta al Carrefour, Villaverde, Madrid, España. Pidió disculpas con voz titubeante mientras comprobaba, por el rabillo del ojo, cómo sonreía abiertamente su joven perseguidor.
Se sintió ridícula y con un incendio en la cara puso fin a la absurda persecución dirigiéndose directamente a la caja. Ya estaba bien de jueguecitos. Pero qué pretendía aquel tipo. Se había sentido hipnotizada, transportada a otras latitudes más cálidas, dulcemente adormecida. Llegó a la cola y se obligó a no girar la cabeza. Se sentía confusa, vulnerable. Tenía que reconocer que ese chico la había impresionado.
En seguida lo notó. Fue como una descarga eléctrica, un escalofrío en el centro de su espina dorsal. Se dio la vuelta y ahí estaba. Detrás de ella, en la cola y con los ojos más hermosos que había visto jamás.
Y entonces le explicó.
Le explicó que existen los milagros, como existe la magia y se marchita la flor. Le contó que sentir no se mide en palabras, que lo hermoso y lo feo se combinan y se enredan en el mismo ciclo, el de la vida. Que empezar es un extremo, pero también puede ser la meta, que esperar no es la idea y los sueños pueden cumplirse.
Entonces la invitó a tomar un té ricamente especiado. Le prometió hacer la mezcla perfecta para ella. La tomó de la mano y sintió como si la hundiera en un saco de lentejas. Notó el polvo de oriente y el gustito de la legumbre bien prensada, haciéndole sitio a sus dedos. Se sintió segura y embriagada. Se dejó llevar.
Y entonces se dio cuenta de que no habían intercambiado ni una sola palabra.
Desprendía un olor a incienso. Su piel canela centelleaba en la oscuridad, parecía chispear como la purpurina. El tacto le sorprendió. Su aspecto era seco, pero al tocar su piel podía deslizarse como crema fresca y nutritiva. Olía intensamente a incienso, pero había algo más. Algo parecido al sabor del té que le había preparado para ella. Era como si estuviera inhalando el aroma de Oriente.
Su boca era jugosa y ambiciosa. No la dejaba escapar. Se dejaba atrapar por ella una y otra vez, atravesando una cueva, demorándose en sus huecos, descubriendo recodos. Su cuerpo se fundía a su acorde, con furia a ratos, con calma en otros. Se miraban sin dejar de devorarse. Se abrazaban sosteniendo el hechizo. Se sintió plena, vencedora. Desvaneció miedos, ahuyentó fantasmas. Finalmente, cayó rendida en un sueño apacible y denso, en el que dejó descansar la consciencia.
Y lo último que vio al cerrar los ojos, fueron dos manchas de miel dulce y espesa.
La luz intermitente de los adornos navideños de la calle se filtró por su ventana, y la despertó. Abrió los ojos y buscó las dunas del desierto, pero no las encontró. Estaba sola, no había rastro de Oriente a su lado. Tenía la boca seca, la lengua agotada, los labios ardiendo. Se levantó liviana, pese al cansancio, y se acercó a la cocina a beber agua.
En la mesa quedaban los restos. Una tetera helada y dos vasos cubiertos de posos. El té estaba consumido, pero el aroma permanecía intacto. Era un olor a incienso salpicado de especias variadas. Un papel se doblaba al lado de uno de los vasos. El té se había derramado arrastrando en su ola las letras de una confesión. La que ella necesitaba para asegurarse de que aquello había ocurrido, que no lo había soñado.
En el papel no se entendía nada. Varias manchas azules dibujaban un cielo borroso de estrellas de tinta. Pero había una letra, a modo de firma, que se distinguía claramente. Ella sonrió al recordar el nombre de su amante, un nombre que empezaba por la letra G.
Unas campanillas sonaron a lo lejos, dejando una estela de chimenea encendida y un aroma de incienso intensamente especiado.
04 enero 2007
MELCHOR
Todas madres excelentes y fuente de inspiración siempre.
A Paloma y Ángel, por un futuro que recién comienza
"Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes,
Manuela abrió las ventanas del cuarto de su hijo Manuel. El aire le sacudió el flequillo y le enfrió el cuerpo. El invierno ya estaba aquí. Asomó la cabeza y dejó que el viento la terminara de despeinar. Los luminosos de Navidad se agitaban al paso de un rumor que anunciaba días de nieves. Hacía sol y el día se despertaba luminoso pese al frío. Cuando cayera la noche, las bombillas se encenderían en un concierto de colores sobre la nieve blanda, enredándose para atraer, logrando hipnotizar.
Se volvió hacia el interior y dejó que sus ojos pasearan por las pertenencias de su hijo. La última mudanza había dejado pocas cosas, pero aún quedaban algunos pequeños tesoros. Un póster de un grupo irlandés mirándola fijamente, petrificado en el tiempo. Algunos libros medio desvencijados de pura gula, devorados por unos dedos infantiles, soñados por una esperanza adolescente que se quedaba atrás, caducada y suplantada por letras nuevas.
Sobre la balda más alta, ahí seguían las figuritas de súper héroes que con tanta ilusión había coleccionado Manuel desde niño. Cuántas veces se tropezó con Supermán por el pasillo, en cuántas ocasiones asomó la capa de Batman por los pliegues del sofá, pugnando por vencer las embravecidas olas del tapizado.
Manuel ya no estaba allí para reírse con ella de esos recuerdos. Ni para reñirla cuando la descubriera sorbiendo lágrimas de añoranza. Manuel había crecido y se había ido. Así de sencillo.
Ahora era su turno, el momento en el que le tocaba coronar sus montañas e izar sus propias banderas. La hora de independizarse y seguir su camino lejos de casa.
El timbre de la puerta la trajo de vuelta a la habitación de Manuel y al frío que llegaba de la calle. Cerró la ventana y oyó un nuevo timbrazo.
Abrió la puerta y una luz cegadora la hizo apretar los párpados durante unos segundos:
- Disculpe, señora, ¿puede ayudarme?
Manuela entreabrió los ojos y la luz cegadora había desaparecido para dejar paso a un anciano de afable mirada y larga barba blanca. Tenía unos ojos de un azul tan intenso que parecían poblados de agua de mar. Vestía ropa holgada, una especie de túnica de rabiosos colores que la dejaron sin habla. Los largos cabellos rizados se disparaban en todas direcciones, prolongándose en una barba canosa y de apariencia mullida. Unas campanillas sonaron a lo lejos, dejando una estela de chimenea encendida.
La sonrisa del anciano la contagió sin resistencia y se sorprendió a sí misma respondiendo:
- Por supuesto, señor, ¿qué necesita?
- Pues…es queee…resulta que me he perdido. Yo vengo de muy lejos con mis dos hermanos y al entrar en el pueblo…no sé cómo ha sido, pero los he perdido.
- Vaya…¿y qué necesita…un teléfono para llamarles?
- No puedo llamarles, señora. Nosotros no usamos esos aparatos.
- Ah, pues si que…no sé…¿quiere que le acompañe a una comisaría para ver si pueden localizar a sus hermanos?
- Mire, casi mejor me puede hacer un favor.
Una duda asomó a los ojos de Manuela, pero la sonrisa de aquel anciano no parecía la de un ser desvalido, perdido y desprotegido. Aquello le intrigó:
- Dígame y ya veré si lo puedo hacer.
- Se trata de un presente que tenía que entregar, pero no me da tiempo. ¿Podría quedárselo usted? -preguntó mientras le entregaba un pequeño paquete.
- Pero…pero vamos a ver…¿cómo que si me lo puedo quedar…?
Y entonces se fijó en el remite del paquete. Era el nombre de su hijo Manuel. La pregunta quedó hilvanada en el aire. La sorpresa la dejó muda. Tragó saliva y levantó la vista. El anciano ya no estaba allí. Se había esfumado delante de sus narices, dejándola sola en mitad del rellano. Ahora, la perdida era ella.
Giró el paquete y le temblaron las piernas. El nombre al que iba dirigido era el suyo.
Allí mismo abrió apresuradamente el paquete. El papel se enredaba en sus dedos nerviosos. Un lazo se resistía a ser rasgado, pero finalmente no pudo resistir el envite de unas manos poderosas. Tras el papel y los lazos, se escondía una foto. Enmarcada en metacrilato, con tonos étnicos. Y dentro, un hijo que besa a una madre. Y una sonrisa, la de complicidad entre ambos. Atrapada en el tiempo que sólo la magia de la fotografía concede. Para no desvanecerse nunca, para revivirla siempre.
Manuela cerró la puerta. Su hijo había vuelto.
16 agosto 2006
Un ángel para mamá
Se despertó con prisas, como cada día.El despertador le miraba con gesto neutro parpadeando las ocho en punto de la mañana. Las cortinas anunciaban un murmullo de personas en movimiento y de ciudad que bosteza aún. Hoy tenía turno de tarde.
La ducha, fría y escasa como cada día.
El agua, correteando irregular y dejando un rastro de gnomo que acertaba a cumplir, a duras penas, con el proceso de lavado corporal. Buscó la postura más cómoda debajo de la tenue fuentecilla de agua, y soñó que le rodeaba un géiser tropical, cálido y nutriente.
Salió de la ducha tiritando, luchando por mantener la entereza al rodearse del albornoz de frondosa felpa portuguesa, mientras se prometía sacar tiempo para volver a llamar al fontanero.
Echó un vistazo a lo que le ofrecía la calle al otro lado de la ventana. Asfalto gris de roca urbana, coches aparcados linealmente invadiéndolo todo, anclados como poseidones metálicos en un mar de granito polvoriento y seco.
Y los vecinos, los de cada día.
La de enfrente, pugnando por esparcir al exterior toda la porquería de su raída alfombra, feo reino de ácaros, malditos por invisibles, peligrosos por inasibles.
Y en la calle, dos vecinas en pleno combate para la coronación del pulmón más potente.
Sonrió, parecían dos gallinas desplumadas cloqueando sin sentido. Se dio cuenta de que era la primera sonrisa que dibujaban sus labios en el día.
Abrió la ventana, y sintió un estímulo muy intenso al percibir la fuerza del aire vivo atravesar toda la habitación, incluida ella misma. Justo cuando se disponía a dar media vuelta para encarar el resto de la casa con todas sus cosas...lo vio.
Al fondo de la calle, multiplicando su tamaño y desbordando haces de luz en torno a sí, había un Ángel.
La luz deslumbraba y parpadeó, pero no porque fuera cegadora, sino porque no acertaba a creer lo que se mostraba ante sí. La figura, que no podía ser descrita como humana, pero tampoco podía calificarla de espíritu, se hizo serena, colmándola de fuerza y seguridad en una góndola de equilibrio, deslizándose estable, sin oscilar.
Notó que le rodeaba un color rosáceo, con tonos brillantes, pero de trazos suaves, y se sintió ingrávida, sin piedras en los bolsillos, haciendo suyo el mundo, enfrentada a todo sin faltarle el aliento.
La figura le sonrió satisfecha. Le lanzó un guiño de complicidad y entreabrió tenuemente unos labios de Murillo, de los que se escapó un murmullo en forma de palabra: “Sueña”.
No pudo articular ningún sonido. Sintió la mandíbula contraída, pero sin dolor alguno. Justo cuando cedió la presión, la figura y toda su magia, se esfumaron por completo. Había desaparecido, y nada a su alrededor denotaba que décimas de segundos antes, hubiera aterrizado por estos lares elemento celestial alguno.
Sintió que perdía pie, y se tumbó para controlar el ritmo de su respiración. No podía ser cierto...¡¡¡había visto un ángel!!! Eso, o se había vuelto loca de repente y sin previo aviso.
Decidió silenciar lo ocurrido porque algo en su interior le indicaba que debía esperar, y la certidumbre de que tenía algo pendiente que hacer, la situó de nuevo con rotundidad. Pero ¿el qué?
Con la inquietud de esta pregunta, se enfrentó a continuar el día con la mejor de las intenciones.
Tras una comida atropellada, como cada día, salió de casa enfundada en el uniforme gris que hacía con ella el recorrido hacia el trabajo. Notó que algo extraño pasaba cuando se dirigía en coche hacia la estación, porque no había apenas vehículos circulando por la carretera.
Al pararse en un semáforo, la pregunta volvió a azotarle interiormente. Una niña comenzó a cruzar la acera dando brincos y caminando de puntillas. Tenía el pelo oscuro y caía abundante por su espalda. Le daba la mano a una mujer joven, que con gesto firme, caminaba decidida.
Sus rasgos le resultaron familiares, el pelo ondulado y corto, los labios colmados y los suaves ojos almendrados que la miraron fijamente de pronto. Sintió que comenzaba a temblar enteramente, y la irrealidad se le pegó a los huesos cuando reconoció aquel rostro y aquel cuerpo: era su madre.
Pero 40 años más joven. No había duda, los mismos gestos firmes como una roca, aunque interiormente se derritiera la lava. Y la niña. Se tomó su tiempo observándola porque se negaba tozuda la respuesta. La niña, pecosa y de sonrisa fácil, parecía deslizarse con toda la belleza de su estilizado cuerpo. La niña era ella.
Y también 40 años más joven.
Las dos se mezclaron con el resto de peatones que cruzaba aprisa la calle y las perdió entre las cabezas de infinitos seres anónimos. Un claxon le agitó de golpe todo el sistema nervioso, impulsándola a arrancar.
Tuvo que aparcar a un lado de la calle para recomponer fuerzas y aclarar las ideas. La escena parecía sacada del torbellino en el que se confunden los tiempos verbales –pasado, presente, futuro- y le recordó aquellas navidades en las que fue con su madre a comprar los regalos. Su hermana estaba en cama, con fiebre, y su padre se había quedado a cuidarla, después de salir del trabajo.
Madre e hija se habían lanzado a descubrir las calles zamoranas, iluminadas en un arrebato de soberbia en plena España franquista, desorientada y perdida en el inicio de los años 60. Habían comprado un muñeco para su hermana, un muñeco precioso que parpadeaba y olía a caramelo, y una chaqueta para papá, y sólo quedaba por comprar los regalos de ellas dos, sus regalos.
Al cruzar una esquina, se asomó coqueta una pequeña tienda. En el escaparate se desparramaban varias cosas en un collage imposible de elementos dispares y desincronizados.
Una bandeja con turrones, bustos de maniquíes con pelucas polvorientas y vacías de color por la caricia del tiempo luciendo sombreros imposibles, barajas de cartas de colores intensos y figuras extrañas, incomprensibles para ella, grandes vasijas que no parecían contener nada, paragüeros pugnando en su crecimiento por alcanzar el cielo, anillos, collares y diversas colecciones de baratijas de brillantes colores, radios antiguas que parecían hablar solas, sartenes y recipientes de cocina de impecable factura, todo lo que una imaginación desbordante necesitaría para componer un cuento.
Ella estaba totalmente fascinada con lo que la tienda prometía, por lo que contuvo la respiración cuando comprobó que su madre aceptaba sin resistencia la invitación a entrar en ella.
Cuando cruzó la puerta, su cuerpo se hizo muy muy liviano...casi sintió que podía volar. Las emociones acudían atropelladamente a cada resquicio de su cuerpo, y se rindió a la magia de un momento en el que se sentía protagonista.
Había muchos olores, sabores, deseos. Algunos conocidos, otros por descubrir. Muérdago, canela, salvia, lirio, rosa, jazmín. Té rojo, verde y negro. Pardos, dorados, ocres, colorados. Haya, nogal, roble, sauce, eucalipto. Madera, plástico, terciopelo, lijado. Seco, vivo, crujiente, sin ritmo. Austral, boreal, norte, sur, ecuador. Frío, salado, de miel, horneado. Un sol, un destino, un sueño, un desatino. Timbre, culebra, arcilla, un Merlú, lana blanca. Pomo, alféizar, puerta, ventana. Conversación distendida, persiana tendida. Mil rayos, la luna, palabras, voces, claroscuros, matices. Picos, escozor, un abrazo, un Te quiero. Dolor, unas risas, temblor, el amado. Oro blanco, un diamante, una flor, un instante. Codiciado, pensado, espantado, soñado.
Todo parecía confluir en aquella tienda, cáscara del Planeta Tierra, recipiente donde mil y una vidas, las suyas, las que tenía prometidas, se agitaban sin descanso. Dolores de vida mientras se desgarra un cuerpo que anuncia al mundo un ser vivo. Melodías de paz en un alma buena, sensible, de dulces caricias. Agitación de un espíritu que emprende, lucha, sangra, se tambalea y escala.
Corazón desprendido, entregado. Sonrisa que recoge toda la luz del cielo. Mirada de ojos siempre cómplices, hermosas farolas que alumbran mi caminar, seno de madre al que acudo para hacer acopio de fuerzas.
La pequeña sintió un leve, pero delicioso mareo ante la presencia de tan variadas sensaciones, y agarró fuerte la mano de su madre, buscando refugio.
Al otro lado del mostrador, un anciano encorvado, viejo y arrugado como el mundo, le dirigió un guiño de complicidad. Tenía grandes bigotes, veteados de grises y unos ojillos pequeños y oscuros, brillantes como bombillas recién colocadas. Grandes surcos laminaban su rostro, la Historia del Tiempo cincelada en piel a golpe de martillo.
Le preguntó su nombre y su edad, y ella respondió con voz trémula, pero sin miedo. Él sonrió. “Acércate –le dijo- tengo algo que darte”. Desde la altura, su madre la empujó con suavidad conduciéndola hacia el señor: “Vete, cariño, no tengas miedo”.
El hombre la aupó y sentó sobre sus rodillas, y ella pudo notar toda la fuerza de árbol maduro en sus brazos, que como ramas milenarias, la sujetaban con firmeza. Tenía la mano derecha cerrada en un puño.
“En esta mano, guardo la fórmula de la felicidad. ¿Quieres verla?” Con la boca abierta, asintió asombrada. “No puedes, preciosa. Está hecha de mil sustancias distintas, y es muy difícil prever cuál va a ser la próxima. Cuando crees que es sólida como el granito, se vuelve líquida como la leche, o espesa como la miel. Puede ser compacta como el olmo, o quebradiza como montaña de azúcar. Lo siento, no puedo enseñártela, porque podría perderse, esconderse por las oquedades del suelo, adaptándose a sus formas sin que pudiéramos recuperarla”. “¿Como el mercurio?”, acertó a preguntar. “Exactamente, como el mercurio”.
Su madre la miró con una dulzura como no había leído nunca en sus pupilas. “Entonces, ¿Qué era lo que tenía para mí?”, agregó de pronto. “Un sueño y una promesa. La promesa de que nunca renunciarás a soñar”.
Guardó el puño en el bolsillo de su raída chaqueta, y cuando sacó la mano de nuevo, ya no estaba plegada, ya no guardaba nada. Cogió un cuaderno de pastas duras donde se peleaban cientos de colores mezclados como paleta cansada, y se lo tendió.
Ella lo cogió entre sus manos, y sonrió. “Sueña y escribe, pero no te olvides nunca de vivir. Si no vives, nunca podrás alcanzar tus sueños. Si los escribes, siempre podrás retomarlos”. Las palabras del anciano cayeron como nube blanca de algodón sobre su cabeza.
Su madre la cogió en brazos y la estrechó fuerte contra sí. Inundó sus pulmones del mejor oxígeno, el olor de madre, dulce y cálido como una cueva sin tormentas. La miró de reojo, y vio cómo gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas pecosas. Ella también tenía un cuaderno en su mano. Su propio cuaderno para sus propios sueños.
Salieron de la tienda con la magia prendida como abrigos. Con paso apresurado, tomaron la carretera para cruzar la calle. Pero ella se giró justo antes de torcer.
Apoyado en la puerta, había un Ángel.
La figura le sonrió satisfecha. Le lanzó un guiño de complicidad y entreabrió tenuemente unos labios de Murillo, de los que se escapó un murmullo en forma de palabra: “Sueña”.
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A mamá, que es mi ángel y quien me dio el primer cuaderno para escribir mis sueños. De sus labios de Murillo he recibido el apoyo y el cariño para fortalecer mi alma y luchar por alcanzar mis sueños.


