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15 octubre 2008

Un post-it color azul

Rubén se acaba de levantar. Martes, 7 de la mañana. Asoma la nariz por la ventana con el primer bostezo, y fija la vista en el horizonte de mármol gris que comienza a dibujarse. Tres-dos-uno, zas, la luz de la farola de la plaza se apaga de pronto. Como todas las mañanas, de lunes a viernes, el mismo ritual y las mismas rutinas.

Tiene sobre la mesa del salón una nota. Es un post-it tamaño mediano, color azul. La letra apretada de Carlos deseándole un buen día y confesándole una emoción. Ha sido un arrebato, no se ha podido contener, y la fuerza de un "te quiero" planea sobre el horizonte gris apaga farolas de esa mañana recién pintada de azul.

Carlos es así, acomoda la vida de los demás con su juego de almohadones emocionales, hace romas las esquinas con pequeños detalles que iluminan lo cotidiano. Una camisa que no se espera, una invitación al teatro, un viaje sorpresa. Rubén se siente protegido y seguro a su lado. Complementa su vida con una entrega que adormece fantasmas y quimeras.

Pero cuando cruza la puerta de su casa, el horizonte tiene vetas más intensas y el post-it azul queda colgado del nido enmarañado donde aisla su autenticidad, niega su sexualidad y su deseo por Carlos, o tantos hombres antes que él. Ocultar es ley, una norma rígida y severa que somete ferozmente sus decisiones, discurso y hasta la decoración de su casa. Cuando los amigos van a casa, borra todo rastro de Carlos, arrojando la parte más plena de su existencia a un vertedero de oscuridad y anulación. Zozobrar en el fango del desprecio y el juicio ajeno le aterra, asomarse al regazo de la soledad le aterroriza.

El metro va atestado de gente, imposible sentarse. Se incrusta en la puerta y decide arrojar la claustrofobia al rincón mientras rescata un buen recuerdo. Se acuerda de Carlos, de sus largos dedos resbalando por su espalda, hundiendo su rastro en la piel, descubriendo atajos deliciosos. Hay un chico frente a él que le mira fijamente. Tiene grandes ojos, flanqueados por párpados pesados, hinchados de sueño interrumpido. Pero en el brillo del iris se puede leer el interés, la atracción, el deseo. Rubén se siente incómodo con su mirada. Le trae recuerdos de días de huida, turbios y sucios de miedo y renuncia. Eran días sin Carlos, días de cuerpos sedientos entre las sombras, la vuelta a casa con los hombros vencidos, sin apenas aliento, resbalando por toboganes de remordimientos y angustias reencontradas.

Y al llegar, los ojos de Carlos. Encendidos de rabia al principio, confundidos e interrogantes después. Reconocía los demonios, conocía cada palmo del camino de la negación. Y se sorprendía a sí mismo fingiendo que no se enteraba de nada, confiando en que al amor endeble le crecieran piernas fuertes y firmes para caminar por la misma vereda.

Pero a Rubén no se le escapaba la batalla que libraba por contener una lágrima. Al principio, todo quedaba ahí. Pero luego llegó el esbozo de una grieta. La humedad se precipitaba por la mejilla sin que a Carlos le diera tiempo a disimular. No pasa nada, no te preocupes, lo entiendo. Y detrás de su voz, el bramido de la ruptura, cada vez más cercano. La voz grave y arrastrada de Rubén le pedía disculpas, mientras las palabras vacías le raspaban las cuerdas vocales.

El discurso aprendido, el mismo de otras veces. Y la sombra del abandono y la angustia, la llamada de la soledad saludando tan cerca. La necesidad de salir corriendo. Y la vista fija en los ojos de Carlos, que sujetaban los mares furiosos, pero no podían ocultar lo que había detrás. El desgarro de la decepción, la riada del dolor y los trazos firmes del final. Más de lo que Rubén estaba dispuesto a soportar.

Por fin, su parada. El chico de la mirada intensa queda oculto entre la gente que entra apresuradamente al vagón.
Y un post-it azul vuelve a pegarse en su frente. Como un aviso, una advertencia, la señal de un cambio. Las palabras de Carlos le retumban por dentro, un ciclón de emociones están arrasando sus cosechas de temores, largo tiempo sembradas sobre suelo bien regado.
La confesión de Carlos le abrió la ventana esta mañana, le mostró un horizonte de grandes espacios, y le pintó de azul el cielo, antes gris y compacto.

Al llegar al despacho, saluda a su compañero y le confirma que irá a la cena de la oficina.
¿Irás solo, como siempre, o nos sorprenderás con alguna chica guapa, para variar?
No, contesta en tono quedo antes de aclararse la garganta.
No iré solo, afirma con voz más fuerte.
Vendrá conmigo mi novio. Se llama Carlos.


La imagen está sacada de algún rincón de Internet. Desconozco el autor, de lo contrario, lo nombraría encantada.

26 agosto 2008

Se sentó en la cama

Maternidad, Susana D'Momo

Se sentó en la cama, justo en el borde, mientras la hija iba y venía en un tornado de agitación y actividad. Mamá, no te sientes justo ahí, que acabo de doblar esas camisetas y me las vas a arrugar. Su mirada centelleó de censura unos segundos, los justos para dejar paso a la ansiedad. Su atención acababa de cambiar de ojetivo. No sé dónde he puesto la dichosa chaqueta vaquera, que no la encuentro, leche. La madre la miró desde un temblor, observando su gesto de mujer de estreno, toda ella hecha una persona adulta. La miró y la halló tan lejana, tan independiente, tan inmersa en su propio mundo, que sintió que la habitación, la cama y ella misma eran actores de reparto en la escena. El temblor al que se había subido de puntillas se agitó un poco, dejándola al borde del precipicio. Su niña, su pequeña rosquillina, su muñeca, se había hecho mayor. Y se marchaba.

Lo normal, claro. Nada nuevo. Una hija que se independiza y se marcha de casa. En este caso, además, por motivos de estudios, se iba a otra ciudad, otro país. Y, sin embargo, esa homogeneización en la ruta social, esa regularidad en las fases del caminar colectivo, esa continuidad esperable en el devenir de la vida, no le calmaba la ansiedad. Lo esperaba, sabía que llegaría, creía estar preparada. Pero no lo estaba. Y la ilusión que mostraba ante los preparativos de su partida, el frenesí de actividad que había compartido con ella como si de la aventura de dos amigas se tratara, el convencimiento de haber educado a su hija para ser autónoma, inconformista, sin fronteras, eran espejismos de un desierto en el que pugnaba por encontrar agua un corazón malherido.

Mamá, ¿dónde has dejado los pantalones que me has planchado? Ay, Dios, creo que esta maleta pesa demasiado. La hija estaba al borde del colapso, los nervios anticipaban una escena de gritos y lamentos que iba a subir el telón de un momento a otro. La madre se levantó y le acercó los pantalones, los dobló cuidadosamente y recolocó el contenido de la maleta. Lenta y silenciosamente, sin que pareciera que estaban ordenando y metiendo la mano en terreno ajeno. Al terminar, cogió por la cintura a su hija y la abrazó. Al principio, se resistió. Mamá, tengo mucha prisa, anda déjame, que tengo muchas cosas que hacer todavía. Pero la oposición duró poco, era apenas un árbol de puntillas, con ramas nuevas y extendidas al cielo para abarcarlo todo.

El abrazo se llenó de besos, los de una madre. Los que inflaman de seguridad y sanan quebrantos. Los que se escapan en la maraña de la memoria, porque nacieron con los primeros recuerdos, los que enseñaron a confiar en el suelo que se adivinaba como un reto amenazador en los primeros pasos, los que siempre daban paz cuando el llanto era puro desgarro porque no había palabras todavía.

Había una nube de recuerdos a punto de descargar su contenido. La presión de las primeras gotas la llevaron a una fiesta de San Juan, en la que las dos se ciñeron lazos de colores, quemaron los temores, y brindaron por los nuevos proyectos. Había viajes por completar, idiomas por aprender, amigos por conocer, amores por conquistar. Y una casa. Con luz, de grandes ventanas. Y el mar al otro lado de los cristales, rompiendo en olas su frenesí de caracola. Con una arena recién mojada sobre la que pasear persiguiendo un reflejo. Madre e hija deshojando sus deseos. Los párpados se juntaron tras la risa. Las dos, achinando los ojos al reír. Un rasgo común que estrechaba el cordón que un día habitó en un ombligo.

Unas lagrimillas se escaparon en el nudo del abrazo. Lágrimas de ambas. La hija volvió rápidamente a su maleta, repasando las cosas que aún le quedaba por guardar. Y la madre, nuevamente, volvió a sentir la necesidad de sentarse en el borde de la cama.

15 diciembre 2006

Los árboles de la avenida



A todas las dramáticas de este mundo, desde el cariño


Qué bonitos están los árboles de la avenida, este año ha llegado tan crecida la primavera que parece como si quisieran tocar el cielo con las ramas. Casi, casi me llega el olor de las hojas verdes y las flores tan vivas que se mecen saltarinas por el viento de la mañana.

Que no se me olvide mirar lo del teatro cuando llegue a la oficina, que a este paso nos vamos a quedar sin entradas. La verdad es que a Raúl no parecía hacerle mucha ilusión, pero creo que es una manera bonita de celebrar nuestro aniversario, y hace mucho que no vamos al teatro los dos solos.

Tres años ya, madre mía cómo pasa el tiempo. Qué mirada tan perdida tenía cuando nos encontrábamos en la cafetería de Tomás, parecía tan desvalido con sus rizos negros que no lograba domar y siempre le tapaban un ojo, que me costaba reprimir la caricia, el roce de esa melena, sus ojos tan brillantes cuando me miraba.

¿Qué ocurre, por qué no me mira ya así? ¿Nos hemos acostumbrado demasiado el uno al otro? Dice que me quiere, que no hay nadie más importante para él, pero necesito sentir que no se autoengaña, que el amor le sigue rompiendo las costillas, le inunda, calienta y cobija, porque yo lo siento así.

Esta mañana le he calentado el café con leche y me ha dado un beso, pero no ha llegado a cerrar los ojos, y aunque no le he dicho nada, me ha dolido ese gesto, esa ausencia de gesto. No me gustaría que nos pudiese la rutina, como le pasó a mis padres y a tantas parejas. Quiero que cada día sea distinto, que si le llamo dentro de un rato y le pido que coma conmigo y nos escapemos a la avenida a ver los árboles de primavera, lo haga sin pensar, como hacíamos antes.

No quiero parecer pesada demandando tanto, ni tampoco desorientarle o aturdirle con mis dudas, pero no puedo evitarlo. Así de sencillo. Es como si nos hubiéramos acoplado a nuestras respectivas manías, a la monotonía de compartir, a la tiranía de una costumbre. Y nos faltara pasión o la determinación de sentirnos apasionados. No lo sé, la verdad, estoy bastante confundida.

Eva me contó lo de su nuevo chico el otro día, y le brillaban tanto los ojos que me costaba seguir el hilo de lo que decía. Había una luz tan intensa en sus palabras, en sus gestos, que me dio envidia. Las flores, por ejemplo. Su chico le regaló flores después de la primera noche, y aunque no me va nada el rollo cursilón, me dio rabia reconocer que Raúl no me ha regalado flores más que una vez en tres años, y fue cuando me operaron.

No es que le pida atención exclusiva, que sólo tenga ojos para mí o que vivamos en una nube de romanticismo rosa, pero a veces…sólo a veces, apetecen ciertos detalles. Detalles como una rosa bien roja, sin motivo aparente, detalles como un anillo espontáneo o detalles como comprar entradas para el teatro para celebrar nuestro aniversario.

Dios, qué me está pasando, estoy cayendo en todos los tópicos más explotados. Rosas, anillos, sólo me faltan violines a la luz de la luna. Si es que me complico demasiado la existencia. Con lo fácil que es creer sus palabras cuando me susurra “te quiero” o me dice aquello de que se dejaría despellejar vivo, pero claro, se esfuerza tan poco en utilizar verbos más sensibles, que a una se le viene abajo el sentimiento.

¿Pero por qué tengo estas dudas? A lo mejor el problema lo tengo yo. Creo que le doy demasiadas vueltas a las cosas, no dejo que todo fluya de forma sencilla, y va a tener razón Eva cuando me decía que soy demasiado complicada. Me jode reconocerlo, claro, pero no me queda más remedio porque sospecho que tiene razón. Yo no he obligado a Raúl a decirme “te quiero”, no le he puesto un cuchillo en el pecho ni le hago ningún chantaje emocional, así que si me lo dice será porque lo siente de verdad, ¿o no?

Se me va a pasar la parada con tanta comedura de coco. Ahí está el quiosquero, míralo qué apañado y complaciente es con la gente. Siempre tiene una sonrisa para todo el mundo, como si estuviera en paz. Tiene una foto de una mujer en el mostrador, seguramente sea su esposa y también se la ve muy feliz. Raúl nunca me ha pedido una foto para llevársela al trabajo. No digo que la enmarcara y la colocara sobre la mesa del despacho, para que todos la vieran y opinaran sobre su novia, pero me gustaría que sintiera la imperiosa necesidad de verme a todas horas.

Yo tengo miles de fotos suyas por todas partes, porque sí me relaja encontrarme con su carita morena cuando más saturada estoy, y me encanta presumir de novio guapo cuando las chicas se lo quedan mirando y percibo una chispa de admiración. Y me gusta robarle un minuto de sus intensas ocupaciones cuando le llamo por teléfono, y saber qué tal ha comido y con quién se ha reído. Y cuando llegan las siete sólo espero llegar a casa para encontrármelo, con su cansancio y derrota, con su sonrisa y las cosas que le rondan.

Y le miro y escucho, y atiendo a sus explicaciones, y le peino los rizos que siguen tan vivos, y le sirvo una cerveza sin que se de apenas cuenta, mientras me sigue contando, y a veces le sugiero tomar un baño caliente, y siempre me acabo colando a su lado. Y para mí eso es amarle sin condiciones, cada día más porque cada día le conozco más y más me gusta lo que aprendo de él.

Siempre hay un descubrimiento, un destello que apresar, un detalle que compartir. Yo siento que me lleno cuando le tengo cerca, que me da fuerza y seguridad su proximidad, que soy mejor persona y más guapa y buena. Y cuando no le tengo cerca y lo pienso, me supera la nostalgia y me invade la impaciencia.

Y sólo quisiera correr a su lado y besarle con los ojos bien cerrados, sintiendo sus palpitaciones, sus dientes que me sostienen y su lengua que me sujeta. Y decirle “te quiero” no es necesario, porque estalla la naturaleza como estallan los árboles de la avenida, cargados de espesas ramas que llegan al cielo.

¡¡Anda, un mensaje en el móvil!! ¡¡Es de Raúl!! ¿Qué querrá? “He reservado entradas para el teatro. No dejes de pasar por la avenida para ver los árboles. Tienen unas ramas tan largas y fuertes como tu pelo negro.
Te quiero".


29 noviembre 2006

La puerta que lleva al mar


Miró el calendario y rodeó la cifra con un rotulador rojo.
14 de abril, miércoles.
Ese era el día que había escogido para morir.
Aún tenía algunas cosas pendientes, así que madrugó para aprovechar el tiempo. No quería que la Parca llegara y la encontrara con todo por terminar. Escrutó su memoria; tenía que llamar a su hijo y escribir la última hoja del diario. Recoger el traje del tinte y pagar al quiosquero el último número de la suscripción. Era el fin.

Se tomó un café y asomó la nariz por la ventana. Olía a lluvias primaverales, al baile de unas gotas que anuncian renacimientos. Sonrió. El día la acompañaría en su nuevo destino. Siempre le había parecido tan lírica la lluvia, con su manto húmedo impregnándolo todo, traspasando y nutriendo poros.

En la cuerda tenía tendida algo de ropa. La tocó y estaba casi seca. Dudó si recogerla ya o no. Se frenó en seco al percibir la duda. No, decididamente no la recogería. Había mucho por hacer y esa ropa no se iba a mover de su sitio.

Terminó el café y comenzó a enjuagar la taza. Eran movimientos automáticos, adheridos a su aparato locomotor como el acto de plegar las piernas para sentarse en una silla. No respondían a ningún acto racional. Los tenía interiorizados. Pero un destello de lucidez le hizo apagar el grifo y depositar la taza en la pila, a medias, sin aclarar. Olvidada.

Llamó a su hijo y le saltó el contestador. Estuvo tentada de dejarle un mensaje, pero prefirió no hacerlo. Podría escribirle una carta después de completar su diario. Adoraba a su hijo, pero su equilibrio y estabilidad ya no le competían. Le había costado mucho alcanzar esa conclusión, sobre todo desde que le confesara que era homosexual, pero tuvo un nuevo destello el día que vino a comer a casa con su pareja.

Los ojos brillaban como estrellas en campo abierto. Su risa cogía carrerilla y se lanzaba al vacío sin temores, mientras cogía a su chico de la mano y los dedos se entrelazaban en un nudo de futuro. Se tuvo que reconocer a sí misma que era la primera vez que lo veía tan feliz. Tan orgulloso y tan completo.
Sintió un asomo de celos, pero un nuevo destello le entregó la paz que da presenciarla en quien más quieres.

Abrió el diario por la penúltima hoja. Le quedaba una para terminarlo. Eran muchas palabras garabateadas durante años y años. Adjetivos calificando emociones, verbos lanzando mensajes, frustraciones desnudas en la intimidad de un diario. Había decidido conservar esa última hoja virgen hasta el 14 de abril, miércoles.

Repasó las confidencias de otros días, se adentró más aún, mucho más allá. Y encontró lo que le había decidido a morir. Entre una letra desmoronada a veces, apretada otras, y descarada las menos, descubrió sus sueños. Se topó con los deseos, las esperanzas, las apuestas, los planes. La luz de un viaje por hacer, la delicia de un beso por dar, el desahogo de un puñetazo por encajar.

Encontró muchos destellos. El amor que sintió por su marido, la locura de desfallecer por sus besos y la desgana de acostumbrarse a ellos. La torpeza de amoldarse, volverse convencional y aceptar los mandatos de otros. La entrega al hijo, el egoísmo de sentirse imprescindible en su vida, la injusticia de erigirse en su timón y en su brújula.
El dolor de no mejorar, de no luchar, de no intentarlo. De rendirse a un destino que no era el suyo. La ferocidad y el desgarro del paso inclemente de los años sin perder su ritmo ni aflojar su ahogo.

Releer su diario se le ocurrió un día, hacía exactamente tres meses. Fue demoledor. Necesitó varias tilas para rebajar el ritmo cardíaco, para moderar el nerviosismo. Después llegó la calma, pero la calma del vacío, del fracaso. La certeza de haber torcido el rumbo en algún punto lejano, la seguridad de haber olvidado quién fue y lo que quiso. El abatimiento de no vivir.

Y se miró al espejo y un destello le recordó que quería aprender a montar a caballo, y aprender italiano para visitar Florencia. Cuántas veces se dijo que quería volver al Museo del Prado, cuántas veces pospuso apuntarse a natación. Por qué no se compró aquellas botas naranjas que tanto le habían gustado, ni había ido al cine por vergüenza a ir sola. Por qué no le dijo a su madre que no le guardaba rencor. Cuántas veces se negó un “te quiero”. Cómo pudo perder el contacto con sus amigas, cómo dejó que la rutina sembrara un jardín tan yermo en su pecho.

Se había pasado la vida perdiendo el tiempo. Llorando lágrimas amargas de soledad, de incomprensión, de angustia. Cerrando el ánimo y abatiendo los deseos. Mirándose tanto al ombligo, mientras se negaba el protagonismo. Reclamando una atención del resto que nunca terminaba de saciarla. Nunca era suficiente.

Sacrificó su bienestar por nada. Abrió la boca para morder, pero la dejó abierta y se negó el mordisco. Y se le llenó de moscas. Juzgó y sufrió por tonterías. Cercó su vida con chorradas y las convirtió en prodigios. Perdió la capacidad de descubrir la puerta que lleva al mar.

Lo tuvo tan claro, de golpe, que sintió mareo. Era el vértigo de los valientes. Los que deciden morir para nacer. Acabar con el fantasma en que se había convertido.

Y empezar de nuevo. Era el 14 de abril, miércoles.
Su nueva fecha de nacimiento.

07 septiembre 2006

Entre los dos


Abrió los ojos y ahí estaba. Inmensamente verde, de un verde espeso, que apetecía respirar. Y rodeándolo, el infinito azul, profundo, oscuro y como solidificado de sus aguas, las que rodeaban a la isla, las que cobijaban a Irlanda.

La bruma que acariciaba la estampa, no le importó. Tampoco las nubes, glotonas de tormentas, rabiosas de electricidad. Aquello era el principio, rozaba el umbral de un futuro por construir y todo estaba por hacer, así que hasta el tiempo tenía derecho a intervenir y aportar su granito de arena.

El avión tomó tierra y se demoró en la pista, dejándose frenar por el asfalto. A su alrededor, la gente se alborotaba con la ansiedad del que ha llegado a destino y quiere dejarse engullir por él. Allí, en la terminal, seguro que alguien les estaba esperando.

Pensó en el Padre. Hacía mucho que no le dedicaba más de un par de parpadeos, lo justo para notar que esa presencia física con la que se cruzaba por el pasillo pertenecía a alguien, un ser vivo a fin de cuentas, su padre. Sintió cómo algo se retorcía en su interior, como un parásito que culebreara entre sus vísceras, dejándole una sensación de desasosiego, de sucio abandono.

Todo había quedado claro entre los dos después de la última discusión. El Padre dibujó un manto opaco sobre la figura del Hijo, para no verlo ni percibir un solo resquicio de su presencia en este mundo. El Hijo optó por evitar los encuentros fortuitos, rehuyó todo contacto físico, e hizo del camuflaje un lema.

Para el Padre, estaba claro que el Hijo era un Fracaso. Así, con mayúsculas, adquiriendo el sustantivo entidad propia y peso específico. Con sustancia y escasa solución: El Hijo era un desastre, incapaz de asumir responsabilidades y reconducir su vida.

Para el Hijo, era una cuestión biológica nada más: El Padre había sido sólo un accidente genético, un conjunto de células vivas, que habían colaborado en la configuración de su ADN y le habían depositado en este mundo, junto a otros muchos, para comenzar la lucha individual frente al resto. Poco más le unía a él. ¿Un apellido? Sólo una etiqueta formal que nos identifica y de la que, hoy en día, se puede hasta prescindir.

Pero lo que realmente les unía y les hacía fuertes el uno frente al otro, era el rencor, el desprecio, y una especie de odio mal entendido, fruto de la ira más ardiente y lacerante.

Lejos, lejísimos quedaba aquella época, en la que ambos se compartían, en la que uno asistía a la construcción del otro, ponía cemento a las junturas, supervisaba la solidez de los pilares y buscaba su hueco en las habitaciones.

Hubo un tiempo en el que el Hijo buscó al Padre. Le buscó con ansiedad, con el deseo acuciante de cobijarse en un punto de referencia, pero no lo encontró. Se topó bruscamente con un gesto duro, unos ojos cegados que no le veían, y se sintió perdido.

Ya no lo buscó más. Se miraban sin verse, no se reconocían, no sabían nada el uno del otro, se convirtieron en unos perfectos desconocidos.

Por eso, cuando el Hijo decidió irse a vivir a Irlanda, en pos de un refugio y un consuelo que sólo parecían ofrecerle aquellas verdes tierras, el último en enterarse fue el Padre, quien ni siquiera intentó dar su opinión a una decisión ajena y lejana.

La primera mañana que el Hijo faltó, el Padre se despertó con un dolor muy intenso en el costado. Al principio, se alarmó, quiso incorporarse en la cama y la punzada le dobló en dos. Intentó respirar y no pudo, y cuando ya iba a pedir ayuda, algo en su cerebro se activó y empezó a relajarse, poco a poco, dejando filtrar aire en sus pulmones aliviando el dolor.

Pasó la mañana intranquilo, el dolor había remitido, pero seguía ahí, agazapado, sordo y mudo, pero presente. Al pasar por el salón, reparó en una foto del Hijo, que reposaba enmarcada sobre una de las estanterías.

Estaba semiescondida por los libros que desbordaban la estantería, pero estaba ahí, pugnando por conservar el equilibrio entre un tomo enorme de las mejores ilustraciones del SXX y la colección de clásicos del Siglo de Oro.

Le resultó curioso no haberse fijado nunca en ella. Movido por un impulso desconocido, que le brotaba del mismo centro donde anidaba el dolor, cogió la foto y se fijó detenidamente en ella.
No había duda de que los rasgos del Hijo eran heredados directamente de la rama materna, pero había un cierto guiño en el fondo de los ojos, una chispa de vida iniciándose, que le recordaba mucho a la mirada que tenía él en sus fotos de joven.

Pero detrás de la chispa había más. Una bruma de tristeza, tupida y densa, una pregunta por formular, un niño perdido y desorientado. Tuvo que sentarse para aplacar el dolor, que volvía a intensificarse en el costado. No tardó en controlarlo y regularizar la respiración, pero cuando volvió a colocar la foto en su sitio, notó
de nuevo una sensación de pérdida estrangulando los conductos más internos de su cuerpo.

La oscilación constante del autobús contribuía a acrecentar el mareo que el Hijo sentía desde que había pisado suelo irlandés. Era un mareo extraño, pues no parecía tener su origen en alguna de las causas normales, véase un alimento que tomara en mal estado, falta de sueño, cansancio, o el propio viaje en autobús. Parecía proceder de dentro, de muy adentro, de algún lugar donde debía situarse el punto de equilibrio de todo el cuerpo, de donde partía la estabilidad.

No le dio importancia y se centró en sus sueños. Se dirigía a Galway, tierra de druidas, y decidió abandonarse al paisaje en crecida, que el camino le ofrecía. En uno de los pueblos intermedios, cerca de la costa, el autobús paró enfrente de una tienda de vivos colores y letras grandes e historiadas que aludían al nombre del dueño y a los productos que vendían, “O’LEARY: FRUIT-SWEETS-ICES- CIGARETTES”.

En un lado de la fachada, pegado a la pared como una sombra, estaba sentado
un anciano de mirada azul y tan serena, que no pudo evitar dirigirse a él. Cuando el hombre le vio acercarse, esbozó una sonrisa y le habló con una voz densa de años de tabaco. Le costaba acostumbrarse al acento irlandés, pero las palabras del viejo le llegaron nítidas y claras, invitándole a compartir con él un cigarrillo a cambio de fuego.

Por supuesto, aceptó. El anciano enmudeció y permaneció callado mientras saboreaba el
cigarro. La escena cobró fuerza en los recuerdos del Hijo y con una inquietud extraña recordó aquel viaje al pueblo que hicieron el Padre y él solos. Estaban muy cansados de tanto kilómetro y decidieron parar a estirar las piernas.

Se pararon en mitad de la carretera, pero los campos amarillos de Castilla brillaban tentadores. Se acercaron a unas piedras y se sentaron. Entonces el Padre pidió fuego al Hijo y le ofreció compartir unos cigarrillos. El Hijo nunca había fumado en presencia del Padre, pero sospechaba que sabía que lo hacía. Era extraño reconocer que nunca se lo había reprochado, eso, al menos, no.

Encendieron los cigarros con el mechero de “Recuerdo de Salou” que le había regalado una medio novia, y saborearon el momento en silencio. Los trigales doraban bajo el sol, que comenzaba a menguar, y un suave viento agitaba el humo de los cigarros.

Olía muy bien, de eso se acordaba vivamente, olía a limpio, a dulce, a descanso, a seguridad. El cielo mostraba caprichosas ilustraciones en forma de nubes, y jugaron a descubrir sus formas. Luego hablaron del espacio, del universo, de vidas más allá de las nubes y de los sueños. De los sueños de ambos.

Tuvo que tirar el cigarrillo, ante la mirada serena del viejo, porque no atinaba a controlar el mareo.
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Descorrió las cortinas y miró a la calle, oscura y a medio bostezo todavía, y lo primero que pensó el Padre fue que no sentía el dolor, por primera vez desde hacía muchos días. Tenía que decidir qué ponerse para un viaje tan largo, con escalas intermedias, pero aún tenía tiempo de sobra. La maleta le sonrió desde la esquina.

Sobre la mesilla, la letra apretada y nerviosa del Hijo. Sólo un par de frases dedicadas a la Madre en una postal. Pero al otro lado, estaba la foto. Un anciano de aspecto venerable estaba sentado sobre unos bancos, junto a un hombre de mediana edad. Tras ellos, se podía distinguir un bar típicamente irlandés, que invitaba a disfrutar de cerveza, whiskey y licores en “D O’SHEA: SEVEN DAYS LICENCE TO SELL BEER, WHISKEY & SPIRITS”.

El anciano le ofrecía un cigarro al hombre de mediana edad. El hombre le encendía el cigarrillo. El Padre volvió a mirar la maleta. Definitivamente, le sonreía desde la esquina.

2000 Posted by Picasa

02 agosto 2006

Calle Churruca

 Posted by Picasa Aquel verano todo se precipitó de golpe. Mamá tenía una gira por el norte y me llamaba todos los días describiéndome al detalle las ciudades por las que pasaba. Yo me moría por que me invitara a ir con ella, pero la compañía no permitía la presencia de hijos pequeños cuando estaban de gira.

Me limitaba a escuchar boquiabierta la narración de mi madre, y anotaba todo lo que podía apresar en la memoria, para seguir soñando más tiempo. Nina negaba con la cabeza e insistía en que todo eran tonterías, que lo que tenía que hacer mi madre era casarse con un rico empresario y sentar la cabeza, pero interiormente sonreía orgullosa por los avances de su hija bailarina.

Yo la había pillado alguna vez repasando y acariciando las fotos que mi madre le mandaba dedicadas, y los artículos amarillentos que aparecían en revistas y periódicos. Por todos los rincones de la casa se podían encontrar recuerdos, fotos y galardones de mamá, y cuando le increpabas por las contradicciones de tanta protesta, zanjaba la conversación con una somera sentencia: “Bueno, eso es para darle suerte y que siente la cabeza de una vez por todas”.

Yo me sentía muy orgullosa de mamá, adoraba su cuerpo de junco grácil y vulnerable, que se cimbreaba con tanta suavidad que parecía brisa. No me parecía en nada a ella, y eso me frustraba mucho. Mi cuerpo era un amasijo de formas a medio construir, de las que se adivinaban malos augurios: era alta, flaca sin formas, y plana como una tabla.

Me miraba al espejo y sólo deseaba borrar lo que me ofrecía. Borrar las caderas inexistentes, los brazos tan largos que obligaban a Nina a alargarme los jerseys y las camisetas, la cara llena de granos horribles que acaparaban toda la atención de quien me mirara. Veía a una desconocida que se abría paso abruptamente por los pocos pliegues reconocibles de la niña que había sido hasta entonces.

El tío Tinín llegó un día, de pronto, sin avisar como era su costumbre. Venía de uno de sus misteriosos viajes cargado de regalos. Los más pintorescos y coloristas eran siempre para mí, que era su ojito derecho. Tinín no era mi tío carnal. Era sobrino de mis abuelos, pero lo habían criado como un hijo desde pequeño y era para mí un punto de referencia, la culminación de un sueño.

Siempre le miraba fascinada, atendiendo a todos sus gestos y palabras, empapándome de sus vivencias y aventuras. Yo quería ser escritora como él, claro, y también quería enamorarme de alguien como él. Los chicos del instituto estaban todos a medio hacer. Eran una panda de hormonas sueltas y desbocadas que perseguían con poco acierto a las chicas, y a mis amigas y a mí nos gustaban los chicos mayores, los que estaban en COU e iban a empezar la Universidad.

Tinín siempre andaba con una nueva chica, a cual más exótica y hermosa. De cada viaje traía la foto de una, a la que calificaba como la mujer de su vida y algunas veces se presentaba con ella. Como aquel verano.

Sayuri-Jin tenía una piel blanca como nube espesa, y unos ojos grandes pese a los pliegues oblicuos que los fruncían en los extremos, dándole un aspecto de almendras doradas, pues así era su color.

El resto de los rasgos eran muy menudos, y la boca cumplida se curvaba constantemente en sonrisas que paliaban la ausencia total de comunicación, pues no hablaba ni palabra de castellano. Su cuerpo era uniforme, sin asomo de curvas como una niña, lo que no impedía que fuera tan hermosa que dejara sin habla al tío Tinín y a todo hombre que se asomaba a verla.

Yo sólo vestía con jerseys muy anchos que cubrían al máximo la inexistencia de formas, que anulaban mi cuerpo y me daban un aspecto andrógino. Me empeñaba en ponerme sujetadores que aplastaban mis pechos nacientes, pugnando por crecer pese a mi resistencia.

Mis amigas estaban orgullosas de los cambios que sus cuerpos experimentaban porque notaban el interés de los chicos y las alabanzas de los mayores, pero a mí me daba mucha vergüenza convertirme en mujer con tan desparejas formas, y tan distinta del resto de mujeres de mi familia.

Sayuri-Jin se acicalaba con mimo todas las mañanas, demorándose muchísimo en el cepillado de su larga melena negra, lacia y densa, tan oscura que azuleaba. Se vestía con largas faldas y telas de colores imposibles, que contrastaban con su ebúrnea piel. Explicaba en su melodía de palabras imposibles, que uno de los vestidos más bonitos se llamaba Qipao. Tenía aberturas laterales dejando los brazos al descubierto, y estaba bordado con hilo de seda sobre tonos rojizos y destellos brillantes. Parecía una diosa con él.

Mirándola presentía que la belleza nace de dentro, se vuelca hacia fuera con una luz arrolladora que siempre permanece en el interior, e ilumina nuestros rasgos para darles la consistencia que nos hace distintos y atractivos. Ella guardaba silencio y miraba sin expresión a su alrededor, nos estudiaba y sonreía cuando se tropezaba con nuestros ojos posados en ella con admiración. Entonces, encendía el interruptor interior que dejaba salir la luz desbordándose por todo su cuerpo.

Un día, a escondidas, me puse el Qipao escarlata. Me recogí el pelo y me coloqué delante del espejo. Quedé maravillada. Cómo era posible que ese cuerpo larguirucho y extremilargo se transformara en una jovencita en la que comenzaba a prender una chispa brillante que avanzaba despacio, pero rotunda.

Los vecinos estaban intrigadísimos con Sayuri-Jin, y la señora Manuela no dejaba de cuchichear con mi abuela presintiendo malos augurios a la relación del tío con una muchacha tan rara. Nina la escuchaba en silencio y no le daba importancia a esos comentarios, y cuando la señora Manuela se marchaba, me confesaba que decía esas cosas por lo sola que estaba.

La señora Manuela vivía sola porque era viuda y todos sus hijos estaban casados ya. De joven había sido muy hermosa, pues lo primero que te enseñaba al entrar en su casa eran las fotos de juventud, cuando gastaba un corte de pelo estilo belle epoque y tenía unos ojos grandes y verdes de piedra preciosa, que traspasaban las fotos en blanco y negro.

Su esposo era muy apuesto y los dos parecían dos estrellas de cine. Ella hablaba sin parar de él e insistía en saber si ya tenía novio. Yo me sonrojaba, porque me gustaba Daniel López y él ni siquiera me había dedicado un par de parpadeos. Tenía claro que nunca iba a interesarse por mí, pero eso era lo que acentuaba mi atracción por él, ese aroma que desprendía a fatalismo de amor imposible.

La señora Manuela solía salir a la calle a coser para matar el tiempo, y de paso enterarse de lo que acontecía en el vecindario, motivo por el que era apodada en secreto como “la portera Churruca”, nombre de la calle donde vivíamos. Todas las tardes, cuando se escondía el bochorno de la siesta, salía con su banquetita a la calle y se ponía a coser inacabables faldas y camisas para sus nietos.

Al poco, se sumaban a la sentada improvisada otros vecinos que salían a la fresca a compartir conversación y compañía. Mi abuela también salía y cada día explicaba la crónica de las andanzas de mi madre, con su gira por tierras del norte. Cuando mi tío no estaba, Sayuri-Jin también acompañaba a Nina y se limitaba a sonreír con su carita de muñeca, mientras soportaba las miradas curiosas de las personas que pasaban por la calle.

Los señores Coito, que se habían cambiado el apellido a Couto para evitar los chistes fáciles, pero que en los papeles seguían constando con tan evidente apellido tal y como me había confirmado, entre risas, mi tío Tinín, salían a dar un paseo todas las tardes a la misma hora, y saludaban a tan variopinta concurrencia vecinal, pero nunca se quedaban.

Eran bastante estirados y serios. Tinín decía que era debido a la pesada carga que soportaban por apellidarse Coito. Recuerdo que cuando se lo conté a mis amigas, no les hizo mucha gracia y tuve que explicarles lo que significaba “coito” porque nosotras sólo nos atrevíamos a mencionar aquello de “hacer el amor”, pero con la prudente distancia del sexo como lejano hecho que ni por asomo nos planteábamos. Éramos niñas decentes que sólo creíamos en el amor platónico para toda la vida, aunque Daniel López evocara sensaciones exrañas y difusamente carnales.

Aquel verano vestía galas de calor compacto, activo, de losa. Los ancianos andaban despacio, con la respiración agitada y los pájaros se negaban a cantar desde unos árboles achicharrados. El señor Coito bajaba las escaleras con dificultad, apoyándose en su mujer, y si coincidías con ellos, esperaban a que te adelantaras para seguir bajando a su ritmo lento. Cuando pasabas por su lado, tan cerca como estrechos eran los rellanos, notabas el sudor perlando el grisáceo rostro del señor Coito, y olías un aliento agitado y agrio, como cosa rancia.

Estaba muy grueso, fumaba sin control y no tenía muy buen aspecto, y por eso no me resultó sorprendente que se cayera por las escaleras aquella mañana. Tarde o temprano ocurriría. Nunca se atrevía a salir a la calle solo, pero aquel día su mujer tuvo que hacer unas compras urgentes y él se había quedado sin tabaco. Cuando estaba a la altura de nuestra puerta, sintió cómo se sesgaba algo en su cabeza y cayó rodando por las escaleras, quedando espanzurrado en el rellano con el cuello roto y un derrame cerebral causante de la caída.

Yo estaba sola en casa y escuché el estruendo. Cuando salí y encontré al señor Coito, sentí como si ya hubiera vivido esa escena, pero no la recordaba tan cruda. Allí estaba, un señor muerto, la primera vez que me enfrentaba a algo así. Recuerdo vagamente los acontecimientos que siguieron. Una marea de gritos, ruido de ambulancia, manos que intentan volver a la vida, brillos plateados de instrumentos que miden, analizan e intentan. Lamentos y gritos, desmayos, lágrimas y pañuelos. Finalmente, el silencio.

Y nadie se acordó de mí. Todos corrieron y me dejaron sentada en el poyo del portal, abatida, rendida y presa de una soledad fría como nunca había sentido. Mi primer pensamiento se dirigió a mi abuela, desde la consciencia de que era mortal, que había de llegar un día en el que me abandonara sin previo aviso, dejándome sola frente a este mundo tan poco domable y tan desconocido.

No sé cuántas horas pasaron, pero en un momento determinado llegaron mi tío Tinín y Sayuri-Jin y me recogieron. Me dolía muchísimo la tripa, y creía que me había enfríado después de pasar tantas horas sentada sobre el frío mármol de la puerta. Un poco descompuesta, busqué los brazos de mi tío, como cuando era pequeña y me cobijaba en su ancho abrazo hallando calor y seguridad.

La sorpresa llegó cuando fui a darme un baño para entrar en calor, y descubrí un rastro rojizo en mis braguitas. En ese momento, me cayó como un pesado ladrillo la certeza de que ya era mujer, que ya había llegado el momento, que el último lazo con la infancia irresponsable se había desanudado y comenzado una nueva etapa que había de afrontar yo sola.

Mi abuela llegó más tarde, cuando había anochecido y traía la noticia de que la señora de Coito, cuando buscaba los papeles de su marido, había descubierto una caja de zapatos llena de billetes y de cartas de amor que su estirado esposo había intercambiado con una cabaretera (palabras textuales de la abuela) durante años.

La noticia sepultó el acontecimiento de mi entrada en el mundo adulto femenino, y Nina se limitó a darme un beso grande de abuela y a darme unas compresas. “A partir de ahora, ya sabes, a tener cuidado”. Yo no entendí lo que quería decir con esta advertencia, pero no pregunté porque prefería que nadie prestara demasiada atención a este cambio, y así permanecer un poco más asentada en una niñez que me resistía a abandonar.

Mamá llamó y me susurró palabras de madre, cariño que me llegó con la calidez de la distancia y el abrazo impalpable, pero me pidió rápidamente que le pasara con mi abuela. Desde mi habitación oía la risa de Nina mientras contaba al detalle la historia de la cabaretera y el señor Coito, que a esas horas ya era la comidilla de la calle Churruca.

El tío Tinín se marchó una mañana, y se llevó con él a Sayuri-Jin y el aroma de su misterio. Me asomé a la ventana para ver cómo metían el equipaje en el coche porque no me gustaban las despedidas. Sayuri-Jin se giró y me miró regalándome una sonrisa cómplice, de mujer a mujer. Antes de irse me regaló su Qipao rojo, bordado en hilo de seda y yo estaba deseando enseñárselo a mis amigas.

Llegaron todas a la vez a merendar esa misma tarde, y se quedaron fascinadas con la ropa. Todas querían probarse el vestido, y sobre nuestros cuerpos recién moldeados estalló el color y la vida. Me miré al espejo y sentí un ramalazo de satisfacción: puede que no fuera tan malo crecer y ser mujer, después de todo.

2005
Para Tito y Nina. Que no me falten.