Rubén se acaba de levantar. Martes, 7 de la mañana. Asoma la nariz por la ventana con el primer bostezo, y fija la vista en el horizonte de mármol gris que comienza a dibujarse. Tres-dos-uno, zas, la luz de la farola de la plaza se apaga de pronto. Como todas las mañanas, de lunes a viernes, el mismo ritual y las mismas rutinas.Tiene sobre la mesa del salón una nota. Es un post-it tamaño mediano, color azul. La letra apretada de Carlos deseándole un buen día y confesándole una emoción. Ha sido un arrebato, no se ha podido contener, y la fuerza de un "te quiero" planea sobre el horizonte gris apaga farolas de esa mañana recién pintada de azul.
Carlos es así, acomoda la vida de los demás con su juego de almohadones emocionales, hace romas las esquinas con pequeños detalles que iluminan lo cotidiano. Una camisa que no se espera, una invitación al teatro, un viaje sorpresa. Rubén se siente protegido y seguro a su lado. Complementa su vida con una entrega que adormece fantasmas y quimeras.
Pero cuando cruza la puerta de su casa, el horizonte tiene vetas más intensas y el post-it azul queda colgado del nido enmarañado donde aisla su autenticidad, niega su sexualidad y su deseo por Carlos, o tantos hombres antes que él. Ocultar es ley, una norma rígida y severa que somete ferozmente sus decisiones, discurso y hasta la decoración de su casa. Cuando los amigos van a casa, borra todo rastro de Carlos, arrojando la parte más plena de su existencia a un vertedero de oscuridad y anulación. Zozobrar en el fango del desprecio y el juicio ajeno le aterra, asomarse al regazo de la soledad le aterroriza.
El metro va atestado de gente, imposible sentarse. Se incrusta en la puerta y decide arrojar la claustrofobia al rincón mientras rescata un buen recuerdo. Se acuerda de Carlos, de sus largos dedos resbalando por su espalda, hundiendo su rastro en la piel, descubriendo atajos deliciosos. Hay un chico frente a él que le mira fijamente. Tiene grandes ojos, flanqueados por párpados pesados, hinchados de sueño interrumpido. Pero en el brillo del iris se puede leer el interés, la atracción, el deseo. Rubén se siente incómodo con su mirada. Le trae recuerdos de días de huida, turbios y sucios de miedo y renuncia. Eran días sin Carlos, días de cuerpos sedientos entre las sombras, la vuelta a casa con los hombros vencidos, sin apenas aliento, resbalando por toboganes de remordimientos y angustias reencontradas.
Y al llegar, los ojos de Carlos. Encendidos de rabia al principio, confundidos e interrogantes después. Reconocía los demonios, conocía cada palmo del camino de la negación. Y se sorprendía a sí mismo fingiendo que no se enteraba de nada, confiando en que al amor endeble le crecieran piernas fuertes y firmes para caminar por la misma vereda.
Pero a Rubén no se le escapaba la batalla que libraba por contener una lágrima. Al principio, todo quedaba ahí. Pero luego llegó el esbozo de una grieta. La humedad se precipitaba por la mejilla sin que a Carlos le diera tiempo a disimular. No pasa nada, no te preocupes, lo entiendo. Y detrás de su voz, el bramido de la ruptura, cada vez más cercano. La voz grave y arrastrada de Rubén le pedía disculpas, mientras las palabras vacías le raspaban las cuerdas vocales.
El discurso aprendido, el mismo de otras veces. Y la sombra del abandono y la angustia, la llamada de la soledad saludando tan cerca. La necesidad de salir corriendo. Y la vista fija en los ojos de Carlos, que sujetaban los mares furiosos, pero no podían ocultar lo que había detrás. El desgarro de la decepción, la riada del dolor y los trazos firmes del final. Más de lo que Rubén estaba dispuesto a soportar.
Por fin, su parada. El chico de la mirada intensa queda oculto entre la gente que entra apresuradamente al vagón.
Y un post-it azul vuelve a pegarse en su frente. Como un aviso, una advertencia, la señal de un cambio. Las palabras de Carlos le retumban por dentro, un ciclón de emociones están arrasando sus cosechas de temores, largo tiempo sembradas sobre suelo bien regado.
La confesión de Carlos le abrió la ventana esta mañana, le mostró un horizonte de grandes espacios, y le pintó de azul el cielo, antes gris y compacto.
Al llegar al despacho, saluda a su compañero y le confirma que irá a la cena de la oficina.
¿Irás solo, como siempre, o nos sorprenderás con alguna chica guapa, para variar?
No, contesta en tono quedo antes de aclararse la garganta.
No iré solo, afirma con voz más fuerte.
Vendrá conmigo mi novio. Se llama Carlos.
La imagen está sacada de algún rincón de Internet. Desconozco el autor, de lo contrario, lo nombraría encantada.
¿Irás solo, como siempre, o nos sorprenderás con alguna chica guapa, para variar?
No, contesta en tono quedo antes de aclararse la garganta.
No iré solo, afirma con voz más fuerte.
Vendrá conmigo mi novio. Se llama Carlos.
La imagen está sacada de algún rincón de Internet. Desconozco el autor, de lo contrario, lo nombraría encantada.



