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04 febrero 2009

Nana para espantar malos sueños

El aire se paralizó antes de llegar a los pulmones, y la fuerza quedó en suspenso también. Fueron sólo unos segundos, antes de quebrarse sobre sus hombros, derrotados, perdidos.

La niña la miraba clavando párpados desorientados, donde se adivinaba la locura. Un hormigueo de derrota comenzó a subir por sus piernas, y tuvo que sentarse para no perder el equilibrio ante los ojos perdidos de su hija.
La maestra les miraba alternati- vamente, sin atinar a proseguir su relato. Sobre la mesa, el último dibujo de la pequeña. Un incendio rojo desbordado entre las garras de la bestia, las pinceladas de una mente infantil desgarrada, de un cuerpo de bebé arrasado.

Los sollozos estremecían los hombros de la madre, mecidos por el silencio de las lágrimas siempre agotadas, temerosas de aturdir al monstruo, de alertar sus instintos animales. Las gafas resbalaron por la nariz, anclándose en la punta como flor temblorosa al borde del precipicio. Los ojos ya no se ocultaban, y el estallido de colores en los párpados hinchados dibujaban minutos, segundos tal vez, de ira y violencia, y horas, años tal vez, de ahogo y desesperación.

Las piernas le temblaban, el cuerpo se agitaba, y la boca seca ardía la garganta como arena de desierto. No. No. No. No podía ser cierto. Cómo no me he dado cuenta, por qué no he hecho nada. La niña, no. La culpa arañando el estómago con un rastro de bilis. No sabía nada. Estaba tan sumida en sobrevivir a su propia tortura, en ocultarla a los ojos de los demás, en anularse como ser humano y hundirse en los abismos, que cegó ojos y ensordeció oídos. La espalda emitió un aullido con el peso de la revelación, que sólo aflojaría la presión cuando la niña creciera firme y fuerte, tiempo después, pero que nunca se desprendería del todo. Suspiró. A la niña, NO.

La pequeña se encogió en su silla. Miraba a la madre fijamente, con un asomo de berrinche en la boca. Tenía sus lápices agarrados fuertemente, como un arma defensiva, su más preciado tesoro, la fuente de sus desahogos, la puerta por la que sacudía los fantasmas que por la noche manchaban de negro sus paisajes de colores infantiles. La observó. Sombras en los ojos recién descubiertas delataban el miedo, lo reconoció, se parecía bastante al suyo propio, cómo no vio antes el dibujo hostil en sus labios, la sonrisa anulada que ella había perdido también.

Los brazos de la madre se extendieron para acunar a su hija. La niña se cubrió con el cuerpo de su madre, y se enredó en su regazo. Acarició su pequeña cara, rozó las lágrimas y entonó las primeras notas de una nana que derramó paz instantánea sobre el abrazo estrechado.

La maestra las despidió en la puerta del colegio. Las vio irse con un inicio de complicidad y lucha entre la bruma opaca del dolor. Tenían varias citas para el día siguiente, y los siguientes y los siguientes. Psicólogos, trabajadores sociales, abogados, policías. Personas que ayudarían, sin duda, pero que no alcanzarían a trepar a lo más alto del cerco de unión y fusión de dos almas frágiles, pero nunca más indefensas. La madre se alejó del colegio con su niña en brazos, retrocedidas las dos a la unión del vientre preñado, refugiadas en su ombligo.
Lo que no pudo ver la maestra es que bajo las gafas oscuras de la madre, había una chispa de determinación y de fuerza, algo que el cuerpo reconocía como perdido hacía mucho, pero que comenzaba anidar con la misma intensidad que el abrazo daba apoyo a su niña y la nana entonada espantaba sus malos sueños. Para siempre.


Los cuadros son de Mark Ryden y Picasso.

07 enero 2009

Olga


Qui no recorda, no oblida.
Qui no oblida, recorda.
Qui recorda, oblida.
Qui oblida, no recorda.
Qui no recorda, no oblida.
Estimo, però no ho recordo.
M'estimen, i no ho oblido.
Mai no caurè en l'oblit.*
Marius Serra,
Quiet.

A Olga le gusta mucho cerrar puertas, muebles y ventanas. Como queriendo evitar que escape la luz que barniza lo que la rodea, ya sean objetos o personas, ya sean hadas o duendes. Tiene un sitio fijo en la cocina de mi abuela, la silla tras la puerta, de la que es fiel guardiana, el trozo de encimera donde juega con la cafetera a encajar sus viejas piezas. Mi abuela le canta canciones de otros tiempos, atrapadas en una noria de infancias por las que todos sus nietos hemos pasado, salvo Olga, que siempre será la pequeña, la niña de todos, pese a sus 30 años cumplidos.

Tiene unos ojos enormes, los abre al mundo que la mira indiferente, acusando su diferencia sin reconocerla. Sus ojos son los más hermosos que jamás he contemplado. Son algo verdes, medio grises y violetas, minerales brillantes que destellan en la seca montaña. Hay una chispa de emoción cuando enciendes una vela y se lanza a soplarla en un permanente cumpleaños de fiesta, hay un atisbo de indulgencia hacia los que la reducen y menguan, hay un campo de batalla en el que combate nuestra vulnerabilidad con su fuerza.

Cuántas veces me he sentido frágil, herida, atormentada, y me he sorprendido encontrando su mirada derramando una luz frente a la que me detengo acariciada, sintiendo que percibe los matices grises de mi espíritu, mi adormecido ánimo fiero, mis rutinas y miserias. Pero no me juzga, no hay reproches en el golpe de sus párpados, hay un vasto terreno limpio y fresco, donde laten sus grandes ojos, sin perder intensidad. Y es entonces cuando me cubre con un hule de colores con el que me levanto y esbozo una sonrisa, mezclada de su risa casi ahogada, y su arrullo confiado.

Le gusta mucho cantar con su media lengua de trapo, que entonemos con ella nuestras voces desafinadas. Mi hermano le guarda una canción en su guitarra, tiene un estribillo colgando del bolsillo donde Olga le mete una carta fournier de su baraja española preferida. Cuenta hasta tres como si alcanzara el infinito numérico, coloca en tu mano las cartas de la baraja como si fueran un abanico, y hay un muñeco al que adora y arrastra por toda la casa con su paso tambaleante y sus piernas flacas. Su silueta es estilizada, sus movimientos delicados y pausados, nada bruscos, cuánta belleza en un cuerpo que no aprendió a puntuar envoltorios.

A los padres de Olga no han sabido nunca explicarles lo que pasó, cómo un bebé tan lindo y fuerte se entumeció de fragilidad y se quedó varado en el tiempo. En un universo infantil sin puentes ni fronteras, de puertas abiertas que se cierran para no dejar que escape la magia del instante, la permanencia del momento vivido, ese segundo que a los adultos se nos escurre entre los dedos de las prisas, las responsabilidades, los enfados, los agobios, sin dejarnos disfrutarlo, ni sentirlo existir, ni saberlo durar.

Cuando Olga duerme la siesta entrelazada con mi abuelo, me quedo fascinada mirándola. La paz que cincela su rostro es la que he perdido y me resulta tan difícil alcanzar. Necesitamos pilates, yogas, meditaciones, músicas relajantes, y otras hierbas, y no llegaremos a dar tregua a nuestros músculos faciales como lo hace ella. Quisiera arrancar del sofá ese cuadro y llevármelo bajo el brazo, calentando mi sudor frío, ahuyentando mis demonios y alejando mi ansiedad.

A Enrique le encanta verla jugar con las piezas de lego que Olga encaja con paciencia y esfuerzo. Ella le sigue sin hacer caso de sus indicaciones, plena de razones para amoldar las formas como bien le cuadran. Mi madre se sienta a jugar con ella alborotándola de risas y abrazos, besos de los que siempre guarda una madre. Quisiera tragarme esa estampa y dejarla macerar bien adentro, para aprender a colocar cada cosa en su espacio adecuado.

Su madre la sostiene, la vincula, la prolonga, el territorio que comparten sólo admite a la hermana, las tres princesas de un cuento que sabe de rabia, impotencia, dolor y no entiende de hadas, sólo de una, la que les sopla fuerza con su impulso, ilusión con su risa entrecortada en la que le falta aire de puro gozo, cariño con su abrazo entregado, pleno, donde se supo el comienzo y no se adivina el final, y el tesón de una superviviente, la más luchadora, la gran vencedora de todas las batallas, las de siempre, las que vendrán y nos reventarán a todos, mientras ella nos mire con sus ojos bien grandes, algo verdes, medio grises y violetas, y levante el brazo vacilante, queriendo cerrar la puerta para que no se escape el asombro, la devoción y la magia de saberse intensamente viva.


*Quien no recuerda, no olvida.
Quien no olvida, recuerda.
Quien recuerda, olvida.
Quien olvida, no recuerda.
Quien no recuerda, no olvida.
Quiero, pero no lo recuerdo.
Me quieren, y no lo olvido.
Nunca caeré en el olvido.
Marius Serra, Quieto.

26 agosto 2008

Se sentó en la cama

Maternidad, Susana D'Momo

Se sentó en la cama, justo en el borde, mientras la hija iba y venía en un tornado de agitación y actividad. Mamá, no te sientes justo ahí, que acabo de doblar esas camisetas y me las vas a arrugar. Su mirada centelleó de censura unos segundos, los justos para dejar paso a la ansiedad. Su atención acababa de cambiar de ojetivo. No sé dónde he puesto la dichosa chaqueta vaquera, que no la encuentro, leche. La madre la miró desde un temblor, observando su gesto de mujer de estreno, toda ella hecha una persona adulta. La miró y la halló tan lejana, tan independiente, tan inmersa en su propio mundo, que sintió que la habitación, la cama y ella misma eran actores de reparto en la escena. El temblor al que se había subido de puntillas se agitó un poco, dejándola al borde del precipicio. Su niña, su pequeña rosquillina, su muñeca, se había hecho mayor. Y se marchaba.

Lo normal, claro. Nada nuevo. Una hija que se independiza y se marcha de casa. En este caso, además, por motivos de estudios, se iba a otra ciudad, otro país. Y, sin embargo, esa homogeneización en la ruta social, esa regularidad en las fases del caminar colectivo, esa continuidad esperable en el devenir de la vida, no le calmaba la ansiedad. Lo esperaba, sabía que llegaría, creía estar preparada. Pero no lo estaba. Y la ilusión que mostraba ante los preparativos de su partida, el frenesí de actividad que había compartido con ella como si de la aventura de dos amigas se tratara, el convencimiento de haber educado a su hija para ser autónoma, inconformista, sin fronteras, eran espejismos de un desierto en el que pugnaba por encontrar agua un corazón malherido.

Mamá, ¿dónde has dejado los pantalones que me has planchado? Ay, Dios, creo que esta maleta pesa demasiado. La hija estaba al borde del colapso, los nervios anticipaban una escena de gritos y lamentos que iba a subir el telón de un momento a otro. La madre se levantó y le acercó los pantalones, los dobló cuidadosamente y recolocó el contenido de la maleta. Lenta y silenciosamente, sin que pareciera que estaban ordenando y metiendo la mano en terreno ajeno. Al terminar, cogió por la cintura a su hija y la abrazó. Al principio, se resistió. Mamá, tengo mucha prisa, anda déjame, que tengo muchas cosas que hacer todavía. Pero la oposición duró poco, era apenas un árbol de puntillas, con ramas nuevas y extendidas al cielo para abarcarlo todo.

El abrazo se llenó de besos, los de una madre. Los que inflaman de seguridad y sanan quebrantos. Los que se escapan en la maraña de la memoria, porque nacieron con los primeros recuerdos, los que enseñaron a confiar en el suelo que se adivinaba como un reto amenazador en los primeros pasos, los que siempre daban paz cuando el llanto era puro desgarro porque no había palabras todavía.

Había una nube de recuerdos a punto de descargar su contenido. La presión de las primeras gotas la llevaron a una fiesta de San Juan, en la que las dos se ciñeron lazos de colores, quemaron los temores, y brindaron por los nuevos proyectos. Había viajes por completar, idiomas por aprender, amigos por conocer, amores por conquistar. Y una casa. Con luz, de grandes ventanas. Y el mar al otro lado de los cristales, rompiendo en olas su frenesí de caracola. Con una arena recién mojada sobre la que pasear persiguiendo un reflejo. Madre e hija deshojando sus deseos. Los párpados se juntaron tras la risa. Las dos, achinando los ojos al reír. Un rasgo común que estrechaba el cordón que un día habitó en un ombligo.

Unas lagrimillas se escaparon en el nudo del abrazo. Lágrimas de ambas. La hija volvió rápidamente a su maleta, repasando las cosas que aún le quedaba por guardar. Y la madre, nuevamente, volvió a sentir la necesidad de sentarse en el borde de la cama.

04 enero 2007

MELCHOR

A Marijose, Goyi y Marcela.
Todas madres excelentes y fuente de inspiración siempre.
A Paloma y Ángel, por un futuro que recién comienza


"Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes,
llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo:
¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?"
Mateo 2, 1-2


Manuela abrió las ventanas del cuarto de su hijo Manuel. El aire le sacudió el flequillo y le enfrió el cuerpo. El invierno ya estaba aquí. Asomó la cabeza y dejó que el viento la terminara de despeinar. Los luminosos de Navidad se agitaban al paso de un rumor que anunciaba días de nieves. Hacía sol y el día se despertaba luminoso pese al frío. Cuando cayera la noche, las bombillas se encenderían en un concierto de colores sobre la nieve blanda, enredándose para atraer, logrando hipnotizar.

Se volvió hacia el interior y dejó que sus ojos pasearan por las pertenencias de su hijo. La última mudanza había dejado pocas cosas, pero aún quedaban algunos pequeños tesoros. Un póster de un grupo irlandés mirándola fijamente, petrificado en el tiempo. Algunos libros medio desvencijados de pura gula, devorados por unos dedos infantiles, soñados por una esperanza adolescente que se quedaba atrás, caducada y suplantada por letras nuevas.
Sobre la balda más alta, ahí seguían las figuritas de súper héroes que con tanta ilusión había coleccionado Manuel desde niño. Cuántas veces se tropezó con Supermán por el pasillo, en cuántas ocasiones asomó la capa de Batman por los pliegues del sofá, pugnando por vencer las embravecidas olas del tapizado.

Manuel ya no estaba allí para reírse con ella de esos recuerdos. Ni para reñirla cuando la descubriera sorbiendo lágrimas de añoranza. Manuel había crecido y se había ido. Así de sencillo.
Ahora era su turno, el momento en el que le tocaba coronar sus montañas e izar sus propias banderas. La hora de independizarse y seguir su camino lejos de casa.

El timbre de la puerta la trajo de vuelta a la habitación de Manuel y al frío que llegaba de la calle. Cerró la ventana y oyó un nuevo timbrazo.
Abrió la puerta y una luz cegadora la hizo apretar los párpados durante unos segundos:
- Disculpe, señora, ¿puede ayudarme?
Manuela entreabrió los ojos y la luz cegadora había desaparecido para dejar paso a un anciano de afable mirada y larga barba blanca. Tenía unos ojos de un azul tan intenso que parecían poblados de agua de mar. Vestía ropa holgada, una especie de túnica de rabiosos colores que la dejaron sin habla. Los largos cabellos rizados se disparaban en todas direcciones, prolongándose en una barba canosa y de apariencia mullida. Unas campanillas sonaron a lo lejos, dejando una estela de chimenea encendida.
La sonrisa del anciano la contagió sin resistencia y se sorprendió a sí misma respondiendo:

- Por supuesto, señor, ¿qué necesita?
- Pues…es queee…resulta que me he perdido. Yo vengo de muy lejos con mis dos hermanos y al entrar en el pueblo…no sé cómo ha sido, pero los he perdido.
- Vaya…¿y qué necesita…un teléfono para llamarles?
- No puedo llamarles, señora. Nosotros no usamos esos aparatos.
- Ah, pues si que…no sé…¿quiere que le acompañe a una comisaría para ver si pueden localizar a sus hermanos?
- Mire, casi mejor me puede hacer un favor.

Una duda asomó a los ojos de Manuela, pero la sonrisa de aquel anciano no parecía la de un ser desvalido, perdido y desprotegido. Aquello le intrigó:

- Dígame y ya veré si lo puedo hacer.
- Se trata de un presente que tenía que entregar, pero no me da tiempo. ¿Podría quedárselo usted? -preguntó mientras le entregaba un pequeño paquete.
- Pero…pero vamos a ver…¿cómo que si me lo puedo quedar…?

Y entonces se fijó en el remite del paquete. Era el nombre de su hijo Manuel. La pregunta quedó hilvanada en el aire. La sorpresa la dejó muda. Tragó saliva y levantó la vista. El anciano ya no estaba allí. Se había esfumado delante de sus narices, dejándola sola en mitad del rellano. Ahora, la perdida era ella.
Giró el paquete y le temblaron las piernas. El nombre al que iba dirigido era el suyo.

Allí mismo abrió apresuradamente el paquete. El papel se enredaba en sus dedos nerviosos. Un lazo se resistía a ser rasgado, pero finalmente no pudo resistir el envite de unas manos poderosas. Tras el papel y los lazos, se escondía una foto. Enmarcada en metacrilato, con tonos étnicos. Y dentro, un hijo que besa a una madre. Y una sonrisa, la de complicidad entre ambos. Atrapada en el tiempo que sólo la magia de la fotografía concede. Para no desvanecerse nunca, para revivirla siempre.

Manuela cerró la puerta. Su hijo había vuelto.

19 agosto 2006

La salita de los milagros

Iba todos los días a la misma tienda. Cuando cruzaba la esquina y vislumbraba a lo lejos el farolillo azul de la puerta, comenzaba a moverse a impulsos del corazón, que parecía cobrar vida propia, dado lo salvaje de su movimiento. Unos sudores fríos de losa le empapaban la frente y las manos, mientras que la boca se agrietaba, dejándole un sabor seco y pastoso.

En la tienda, le esperaba ella. Cada vez que entraba, y las luces de la calle abrían un camino de luz que teñía de colores cálidos las estanterías e iba a estrellarse contra los tarros de especias extrañas y exóticas, notaba un dulce cosquilleo en la nuca que le inoculaba vida a manos llenas.

Después, buscaba sus ojos... y nunca le defraudaban. Miles de chispas se colaban entre sus
pestañas, absorbiendo su energía y ocupándolo todo a su alrededor. Era preciosa, delicada pero
enérgica, llena de vitalidad, puro movimiento hecho mujer.

Ella siempre le regalaba una sonrisa, acompañada de algún comentario travieso, que siempre le
hacía enrojecer. Si no había muchos clientes en la tienda, le llevaba a la salita de los milagros,
donde la felicidad les cogía de la mano y les apretaba fuerte. Allí, ella le invitaba a café y unas
pastas que hacía expresamente para compartir esos momentos con la gente que quería.

Ella estaba enferma y él también, pero no había dolor capaz de empañar las palabras más
dulces jamás pronunciadas, las promesas más limpias, los deseos más puros. Ellos se querían y
punto.

Era la historia de un reencuentro, una segunda oportunidad, y como la primera vez, nadie les entendía. Los hijos de él, estiraban el brazo en ademán despectivo y se negaban a
asumir la felicidad del viejo. Los nietos se reían y llamaban “viejo verde” al abuelo, mientras los
vecinos cuchicheaban por lo bajo, que había perdido la cabeza definitivamente.

A ella, en cambio, nadie la había entendido nunca, y ahora no iba a ser una excepción. Cuando
se decidió, después de un largo y no muy satisfactorio matrimonio, a abrir una tienda de
plantas y especias, todos se llevaron las manos a la cabeza y trataron por todos los medios que
recobrara el sentido común y renunciara, una vez más, a sus sueños, argumentando que a esa
edad ya no hay sueños por los que valga la pena luchar.

Pero ninguno de los dos prestaba demasiada atención a esos comentarios. No podían, tampoco.
No había cabida en sus pensamientos para otra cosa que no fuera el uno y el otro, el uno para
el otro.

Hablaban sin parar, las palabras brotaban con tanta fuerza que perdían los años a manojos,
volviéndose radiantes y flexibles, con el latido de la juventud prendido en la risa y en los gestos.
Aquello era oxígeno más puro y vivificante que el de las bombonas artificiales, que todos se
empeñaban en colocarle cuando la tos se convertía en un mal compañero de camino.

Si según todos la vida se les iba, y éste debía ser el momento de volverse insignificante, mudo
sordo, ciego y un objeto casi inanimado, por qué se sentían más vivos que nunca, por qué se
les afinaba el oído y la vista recobraba las fuerzas, por qué sentían con más ganas que el
mundo les pertenecía y se abría ante ellos con todas sus posibilidades...

Justo cuando todos les dejaban aparcados en el pasillo gris que no conduce a ningún sitio, ellos
se morían de ganas por descubrirse y adentrarse por la espesura del bosque más frondoso.

Eran mayores, tenían más de 80 cada uno, las arrugas ajaban su piel, la artrosis curvaba sus
manos, las enfermedades les acechaban en cada esquina. Entonces, qué importaba dejarse
enfermar también de amor.
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Él ya había conocido el amor. Su mujer fue, durante toda su vida, el más hermoso regalo con
que le brindó el destino. Cuando ella partió, decidió renunciar. Nada podría igualarse, nadie.

Sus hijos ya no le pertenecían y se habían vuelto grises y duros. Asumía que, en parte, era
culpa suya, pues ella se fue demasiado pronto, cuando quedaba todo por hacer, dejándole sin
fuerzas para subir la cuesta más empinada. Ahora ellos eran unos desconocidos que le miraban
con ojos de rencor y de fracaso, y le trataban como una obligación moral a la que hacer frente.

Quedaba la nietecita, la maravillosa mujer en la que su nieta mayor se había convertido. Ella
era la única capaz de mirarle directamente a los ojos, traspasándoselos de verdad y alma pura.

Solía sentarse a sus pies, cuando él se acomodaba en el viejo butacón, tan viejo como él y casi
tan viejo como el mundo, y le cogía la mano, tirando de los dedos y acariciando las venas
nudosas, mientras le pedía que le contara historias, todas las historias.

Y él le hablaba y le hablaba, olvidando el enfisema y echando en falta un cigarrillo con el que
acompañar ese momento de miel. Cuando arreciaba la tos, arañando con cuchillo afilado lo
poco que de sano quedaba en sus pulmones, ella le pasaba la mano por la cabeza despoblada y
le tiraba de los escasos mechones grises. Luego miraba alrededor, se aseguraba de que no
hubiera nadie escuchando... y le preguntaba por Ella.
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A ella siempre le había gustado reír. A carcajadas, con la boca llena de alegría, achinando los
ojos e iluminando el rostro con miles de arrugas diminutas, al tiempo que mostraba una
dentadura irregular, pero radiante; grande, pero llena.
Le encantaba reír, sonora, ruidosamente. Su risa era sincera y abierta, su mejor aliada, pero no su habitual compañera.

Cuando heredó el viejo arcón de madera, que su madre tenía medio olvidado en el pueblo, lo
limpió con mimo, lo pulió y barnizó hasta hacerlo suyo. Después lo metió en el trastero, un
cuartucho frío y desangelado que ocupó con sus chismes, convirtiéndolo en su refugio personal.

Vació en él sus botes de colores y sus libros polvorientos llenos de ilustraciones de plantas
mágicas, lo adornó con cintas de vivos colores y pañuelos brillantes que le daban un aire
lánguido bajo la mortecina luz de la única bombilla del trastero, hasta que logró convertirlo en
un boceto de lo que sería mucho después su tienda.

Entre las tiras de incienso y los botes de especias, reposaba el arcón. Cuando el mundo se
volvía un tornado que parecía acabar con todo a su paso, y las fuerzas comenzaban a flaquear,
acudía al trastero, su primera salita de los milagros, y abría el arcón.

No guardaba muchas cosas, las suficientes para recuperar pie en un suelo que se
resquebrajaba continuamente. La foto que su padre le hizo a su madre el mismo día que se
conocieron, el billete del primer viaje que hizo en tren con su padre, la cinta del pelo que le
regaló su primer amor y un dibujo que le hizo su hijo cuando cumplió 4 años.

Nada especial... cuatro cosas medio ajadas y amarilleadas por el paso del tiempo, que siempre
le reconfortaban. Las sacaba una a una del arcón y las acariciaba, dejándose perder por los
rincones de la memoria. Era inevitable derramar alguna lágrima, pero siempre salía de la salita
renovada e impulsada por una nueva fuerza.

Nunca había querido a su marido y juraría que él a ella tampoco. Desde el principio fue un
matrimonio tranquilo, pero gris, vacío y desolado. Cuando su hijo enfermó, las cosas
empeoraron. La brecha que los separaba se convirtió en abismo. Ella emprendió la lucha sola,
salvar al hijo se convirtió en el único impulso que la movía, él era todo su mundo, aquello por lo
que respiraba, su vida.

Por eso, cuando se fue, la dejó seca, sin fluidos, despojada del llanto y de emoción alguna. Se
convirtió en un vegetal que se negaba a sentir, que pasaba las horas muertas en la salita
abrazada a los tesoros del viejo arcón, deseando dormir un sueño eterno que la liberara de
tanto dolor que se negaba a sacar fuera.

Un día, llegó el pequeño, su nieto, y le tiró del pelo con gesto torpe de bebé. Ella le miró y
descubrió su sonrisa, al tiempo que brotaron las primeras lágrimas. El llanto duró mucho,
durante varios días no pudo sino llorar y llorar, mostrando y volcando hacia fuera todas sus
heridas.

El niño asistía mudo al dolor de la abuela. Se limitaba a mirarla fijamente con gesto de sorpresa
infantil, mientras ella se reconciliaba con el mundo y firmaba la paz con el destino. El niño
creció y se convirtió en su mejor apoyo. El trastero se vació y se llenó la tienda, pero el arcón
se quedó allí, semiescondido entre mantas viejas y trapos descoloridos.

No volvió a abrirlo.
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Mi abuela siempre decía que sólo debemos ser materialistas con las cosas que han cobrado vida
tras pertenecer a la gente que queremos de verdad. No son las cosas más caras, sino las que
más definen a la persona, las que transmiten su esencia, lo que eran y sentían.

De ella sólo conservo el viejo arcón de madera. No quiero nada más. No necesito nada más
para recordarla. Y ahora quiero que tú lo tengas, porque tu abuelo forma parte de los tesoros
que encierra, como yo formo parte de los tuyos.

Él le regaló esa cinta tan bonita para el pelo y ella siempre intuyó que acabarían reencontrándose.
Ahora tú llegas a mí como un regalo. Y me dices que eres mayor, cuando bien sabes que la
edad sólo nos pone etiquetas en el cuerpo, pero no en el alma, el único resorte con el que
realmente aprendemos a respirar.
Somos lo que somos. Tú y yo. Los dos. Vivamos eso. Tu abuelo en ti, mi abuela en mí.
Te quiero.

2000 Posted by Picasa

16 agosto 2006

Un ángel para mamá

  Posted by Picasa Se despertó con prisas, como cada día.

El despertador le miraba con gesto neutro parpadeando las ocho en punto de la mañana. Las cortinas anunciaban un murmullo de personas en movimiento y de ciudad que bosteza aún. Hoy tenía turno de tarde.

La ducha, fría y escasa como cada día.

El agua, correteando irregular y dejando un rastro de gnomo que acertaba a cumplir, a duras penas, con el proceso de lavado corporal. Buscó la postura más cómoda debajo de la tenue fuentecilla de agua, y soñó que le rodeaba un géiser tropical, cálido y nutriente.

Salió de la ducha tiritando, luchando por mantener la entereza al rodearse del albornoz de frondosa felpa portuguesa, mientras se prometía sacar tiempo para volver a llamar al fontanero.

Echó un vistazo a lo que le ofrecía la calle al otro lado de la ventana. Asfalto gris de roca urbana, coches aparcados linealmente invadiéndolo todo, anclados como poseidones metálicos en un mar de granito polvoriento y seco.

Y los vecinos, los de cada día.

La de enfrente, pugnando por esparcir al exterior toda la porquería de su raída alfombra, feo reino de ácaros, malditos por invisibles, peligrosos por inasibles.
Y en la calle, dos vecinas en pleno combate para la coronación del pulmón más potente.

Sonrió, parecían dos gallinas desplumadas cloqueando sin sentido. Se dio cuenta de que era la primera sonrisa que dibujaban sus labios en el día.

Abrió la ventana, y sintió un estímulo muy intenso al percibir la fuerza del aire vivo atravesar toda la habitación, incluida ella misma. Justo cuando se disponía a dar media vuelta para encarar el resto de la casa con todas sus cosas...lo vio.

Al fondo de la calle, multiplicando su tamaño y desbordando haces de luz en torno a sí, había un Ángel.

La luz deslumbraba y parpadeó, pero no porque fuera cegadora, sino porque no acertaba a creer lo que se mostraba ante sí. La figura, que no podía ser descrita como humana, pero tampoco podía calificarla de espíritu, se hizo serena, colmándola de fuerza y seguridad en una góndola de equilibrio, deslizándose estable, sin oscilar.

Notó que le rodeaba un color rosáceo, con tonos brillantes, pero de trazos suaves, y se sintió ingrávida, sin piedras en los bolsillos, haciendo suyo el mundo, enfrentada a todo sin faltarle el aliento.

La figura le sonrió satisfecha. Le lanzó un guiño de complicidad y entreabrió tenuemente unos labios de Murillo, de los que se escapó un murmullo en forma de palabra: “Sueña”.

No pudo articular ningún sonido. Sintió la mandíbula contraída, pero sin dolor alguno. Justo cuando cedió la presión, la figura y toda su magia, se esfumaron por completo. Había desaparecido, y nada a su alrededor denotaba que décimas de segundos antes, hubiera aterrizado por estos lares elemento celestial alguno.

Sintió que perdía pie, y se tumbó para controlar el ritmo de su respiración. No podía ser cierto...¡¡¡había visto un ángel!!! Eso, o se había vuelto loca de repente y sin previo aviso.

Decidió silenciar lo ocurrido porque algo en su interior le indicaba que debía esperar, y la certidumbre de que tenía algo pendiente que hacer, la situó de nuevo con rotundidad. Pero ¿el qué?
Con la inquietud de esta pregunta, se enfrentó a continuar el día con la mejor de las intenciones.

Tras una comida atropellada, como cada día, salió de casa enfundada en el uniforme gris que hacía con ella el recorrido hacia el trabajo. Notó que algo extraño pasaba cuando se dirigía en coche hacia la estación, porque no había apenas vehículos circulando por la carretera.

Al pararse en un semáforo, la pregunta volvió a azotarle interiormente. Una niña comenzó a cruzar la acera dando brincos y caminando de puntillas. Tenía el pelo oscuro y caía abundante por su espalda. Le daba la mano a una mujer joven, que con gesto firme, caminaba decidida.

Sus rasgos le resultaron familiares, el pelo ondulado y corto, los labios colmados y los suaves ojos almendrados que la miraron fijamente de pronto. Sintió que comenzaba a temblar enteramente, y la irrealidad se le pegó a los huesos cuando reconoció aquel rostro y aquel cuerpo: era su madre.

Pero 40 años más joven. No había duda, los mismos gestos firmes como una roca, aunque interiormente se derritiera la lava. Y la niña. Se tomó su tiempo observándola porque se negaba tozuda la respuesta. La niña, pecosa y de sonrisa fácil, parecía deslizarse con toda la belleza de su estilizado cuerpo. La niña era ella.

Y también 40 años más joven.

Las dos se mezclaron con el resto de peatones que cruzaba aprisa la calle y las perdió entre las cabezas de infinitos seres anónimos. Un claxon le agitó de golpe todo el sistema nervioso, impulsándola a arrancar.

Tuvo que aparcar a un lado de la calle para recomponer fuerzas y aclarar las ideas. La escena parecía sacada del torbellino en el que se confunden los tiempos verbales –pasado, presente, futuro- y le recordó aquellas navidades en las que fue con su madre a comprar los regalos. Su hermana estaba en cama, con fiebre, y su padre se había quedado a cuidarla, después de salir del trabajo.

Madre e hija se habían lanzado a descubrir las calles zamoranas, iluminadas en un arrebato de soberbia en plena España franquista, desorientada y perdida en el inicio de los años 60. Habían comprado un muñeco para su hermana, un muñeco precioso que parpadeaba y olía a caramelo, y una chaqueta para papá, y sólo quedaba por comprar los regalos de ellas dos, sus regalos.

Al cruzar una esquina, se asomó coqueta una pequeña tienda. En el escaparate se desparramaban varias cosas en un collage imposible de elementos dispares y desincronizados.

Una bandeja con turrones, bustos de maniquíes con pelucas polvorientas y vacías de color por la caricia del tiempo luciendo sombreros imposibles, barajas de cartas de colores intensos y figuras extrañas, incomprensibles para ella, grandes vasijas que no parecían contener nada, paragüeros pugnando en su crecimiento por alcanzar el cielo, anillos, collares y diversas colecciones de baratijas de brillantes colores, radios antiguas que parecían hablar solas, sartenes y recipientes de cocina de impecable factura, todo lo que una imaginación desbordante necesitaría para componer un cuento.

Ella estaba totalmente fascinada con lo que la tienda prometía, por lo que contuvo la respiración cuando comprobó que su madre aceptaba sin resistencia la invitación a entrar en ella.

Cuando cruzó la puerta, su cuerpo se hizo muy muy liviano...casi sintió que podía volar. Las emociones acudían atropelladamente a cada resquicio de su cuerpo, y se rindió a la magia de un momento en el que se sentía protagonista.

Había muchos olores, sabores, deseos. Algunos conocidos, otros por descubrir. Muérdago, canela, salvia, lirio, rosa, jazmín. Té rojo, verde y negro. Pardos, dorados, ocres, colorados. Haya, nogal, roble, sauce, eucalipto. Madera, plástico, terciopelo, lijado. Seco, vivo, crujiente, sin ritmo. Austral, boreal, norte, sur, ecuador. Frío, salado, de miel, horneado. Un sol, un destino, un sueño, un desatino. Timbre, culebra, arcilla, un Merlú, lana blanca. Pomo, alféizar, puerta, ventana. Conversación distendida, persiana tendida. Mil rayos, la luna, palabras, voces, claroscuros, matices. Picos, escozor, un abrazo, un Te quiero. Dolor, unas risas, temblor, el amado. Oro blanco, un diamante, una flor, un instante. Codiciado, pensado, espantado, soñado.

Todo parecía confluir en aquella tienda, cáscara del Planeta Tierra, recipiente donde mil y una vidas, las suyas, las que tenía prometidas, se agitaban sin descanso. Dolores de vida mientras se desgarra un cuerpo que anuncia al mundo un ser vivo. Melodías de paz en un alma buena, sensible, de dulces caricias. Agitación de un espíritu que emprende, lucha, sangra, se tambalea y escala.

Corazón desprendido, entregado. Sonrisa que recoge toda la luz del cielo. Mirada de ojos siempre cómplices, hermosas farolas que alumbran mi caminar, seno de madre al que acudo para hacer acopio de fuerzas.

La pequeña sintió un leve, pero delicioso mareo ante la presencia de tan variadas sensaciones, y agarró fuerte la mano de su madre, buscando refugio.

Al otro lado del mostrador, un anciano encorvado, viejo y arrugado como el mundo, le dirigió un guiño de complicidad. Tenía grandes bigotes, veteados de grises y unos ojillos pequeños y oscuros, brillantes como bombillas recién colocadas. Grandes surcos laminaban su rostro, la Historia del Tiempo cincelada en piel a golpe de martillo.

Le preguntó su nombre y su edad, y ella respondió con voz trémula, pero sin miedo. Él sonrió. “Acércate –le dijo- tengo algo que darte”. Desde la altura, su madre la empujó con suavidad conduciéndola hacia el señor: “Vete, cariño, no tengas miedo”.

El hombre la aupó y sentó sobre sus rodillas, y ella pudo notar toda la fuerza de árbol maduro en sus brazos, que como ramas milenarias, la sujetaban con firmeza. Tenía la mano derecha cerrada en un puño.

“En esta mano, guardo la fórmula de la felicidad. ¿Quieres verla?” Con la boca abierta, asintió asombrada. “No puedes, preciosa. Está hecha de mil sustancias distintas, y es muy difícil prever cuál va a ser la próxima. Cuando crees que es sólida como el granito, se vuelve líquida como la leche, o espesa como la miel. Puede ser compacta como el olmo, o quebradiza como montaña de azúcar. Lo siento, no puedo enseñártela, porque podría perderse, esconderse por las oquedades del suelo, adaptándose a sus formas sin que pudiéramos recuperarla”. “¿Como el mercurio?”, acertó a preguntar. “Exactamente, como el mercurio”.

Su madre la miró con una dulzura como no había leído nunca en sus pupilas. “Entonces, ¿Qué era lo que tenía para mí?”, agregó de pronto. “Un sueño y una promesa. La promesa de que nunca renunciarás a soñar”.

Guardó el puño en el bolsillo de su raída chaqueta, y cuando sacó la mano de nuevo, ya no estaba plegada, ya no guardaba nada. Cogió un cuaderno de pastas duras donde se peleaban cientos de colores mezclados como paleta cansada, y se lo tendió.

Ella lo cogió entre sus manos, y sonrió. “Sueña y escribe, pero no te olvides nunca de vivir. Si no vives, nunca podrás alcanzar tus sueños. Si los escribes, siempre podrás retomarlos”. Las palabras del anciano cayeron como nube blanca de algodón sobre su cabeza.

Su madre la cogió en brazos y la estrechó fuerte contra sí. Inundó sus pulmones del mejor oxígeno, el olor de madre, dulce y cálido como una cueva sin tormentas. La miró de reojo, y vio cómo gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas pecosas. Ella también tenía un cuaderno en su mano. Su propio cuaderno para sus propios sueños.

Salieron de la tienda con la magia prendida como abrigos. Con paso apresurado, tomaron la carretera para cruzar la calle. Pero ella se giró justo antes de torcer.

Apoyado en la puerta, había un Ángel.
La figura le sonrió satisfecha. Le lanzó un guiño de complicidad y entreabrió tenuemente unos labios de Murillo, de los que se escapó un murmullo en forma de palabra: “Sueña”.

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A mamá, que es mi ángel y quien me dio el primer cuaderno para escribir mis sueños. De sus labios de Murillo he recibido el apoyo y el cariño para fortalecer mi alma y luchar por alcanzar mis sueños.