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07 enero 2009

Olga


Qui no recorda, no oblida.
Qui no oblida, recorda.
Qui recorda, oblida.
Qui oblida, no recorda.
Qui no recorda, no oblida.
Estimo, però no ho recordo.
M'estimen, i no ho oblido.
Mai no caurè en l'oblit.*
Marius Serra,
Quiet.

A Olga le gusta mucho cerrar puertas, muebles y ventanas. Como queriendo evitar que escape la luz que barniza lo que la rodea, ya sean objetos o personas, ya sean hadas o duendes. Tiene un sitio fijo en la cocina de mi abuela, la silla tras la puerta, de la que es fiel guardiana, el trozo de encimera donde juega con la cafetera a encajar sus viejas piezas. Mi abuela le canta canciones de otros tiempos, atrapadas en una noria de infancias por las que todos sus nietos hemos pasado, salvo Olga, que siempre será la pequeña, la niña de todos, pese a sus 30 años cumplidos.

Tiene unos ojos enormes, los abre al mundo que la mira indiferente, acusando su diferencia sin reconocerla. Sus ojos son los más hermosos que jamás he contemplado. Son algo verdes, medio grises y violetas, minerales brillantes que destellan en la seca montaña. Hay una chispa de emoción cuando enciendes una vela y se lanza a soplarla en un permanente cumpleaños de fiesta, hay un atisbo de indulgencia hacia los que la reducen y menguan, hay un campo de batalla en el que combate nuestra vulnerabilidad con su fuerza.

Cuántas veces me he sentido frágil, herida, atormentada, y me he sorprendido encontrando su mirada derramando una luz frente a la que me detengo acariciada, sintiendo que percibe los matices grises de mi espíritu, mi adormecido ánimo fiero, mis rutinas y miserias. Pero no me juzga, no hay reproches en el golpe de sus párpados, hay un vasto terreno limpio y fresco, donde laten sus grandes ojos, sin perder intensidad. Y es entonces cuando me cubre con un hule de colores con el que me levanto y esbozo una sonrisa, mezclada de su risa casi ahogada, y su arrullo confiado.

Le gusta mucho cantar con su media lengua de trapo, que entonemos con ella nuestras voces desafinadas. Mi hermano le guarda una canción en su guitarra, tiene un estribillo colgando del bolsillo donde Olga le mete una carta fournier de su baraja española preferida. Cuenta hasta tres como si alcanzara el infinito numérico, coloca en tu mano las cartas de la baraja como si fueran un abanico, y hay un muñeco al que adora y arrastra por toda la casa con su paso tambaleante y sus piernas flacas. Su silueta es estilizada, sus movimientos delicados y pausados, nada bruscos, cuánta belleza en un cuerpo que no aprendió a puntuar envoltorios.

A los padres de Olga no han sabido nunca explicarles lo que pasó, cómo un bebé tan lindo y fuerte se entumeció de fragilidad y se quedó varado en el tiempo. En un universo infantil sin puentes ni fronteras, de puertas abiertas que se cierran para no dejar que escape la magia del instante, la permanencia del momento vivido, ese segundo que a los adultos se nos escurre entre los dedos de las prisas, las responsabilidades, los enfados, los agobios, sin dejarnos disfrutarlo, ni sentirlo existir, ni saberlo durar.

Cuando Olga duerme la siesta entrelazada con mi abuelo, me quedo fascinada mirándola. La paz que cincela su rostro es la que he perdido y me resulta tan difícil alcanzar. Necesitamos pilates, yogas, meditaciones, músicas relajantes, y otras hierbas, y no llegaremos a dar tregua a nuestros músculos faciales como lo hace ella. Quisiera arrancar del sofá ese cuadro y llevármelo bajo el brazo, calentando mi sudor frío, ahuyentando mis demonios y alejando mi ansiedad.

A Enrique le encanta verla jugar con las piezas de lego que Olga encaja con paciencia y esfuerzo. Ella le sigue sin hacer caso de sus indicaciones, plena de razones para amoldar las formas como bien le cuadran. Mi madre se sienta a jugar con ella alborotándola de risas y abrazos, besos de los que siempre guarda una madre. Quisiera tragarme esa estampa y dejarla macerar bien adentro, para aprender a colocar cada cosa en su espacio adecuado.

Su madre la sostiene, la vincula, la prolonga, el territorio que comparten sólo admite a la hermana, las tres princesas de un cuento que sabe de rabia, impotencia, dolor y no entiende de hadas, sólo de una, la que les sopla fuerza con su impulso, ilusión con su risa entrecortada en la que le falta aire de puro gozo, cariño con su abrazo entregado, pleno, donde se supo el comienzo y no se adivina el final, y el tesón de una superviviente, la más luchadora, la gran vencedora de todas las batallas, las de siempre, las que vendrán y nos reventarán a todos, mientras ella nos mire con sus ojos bien grandes, algo verdes, medio grises y violetas, y levante el brazo vacilante, queriendo cerrar la puerta para que no se escape el asombro, la devoción y la magia de saberse intensamente viva.


*Quien no recuerda, no olvida.
Quien no olvida, recuerda.
Quien recuerda, olvida.
Quien olvida, no recuerda.
Quien no recuerda, no olvida.
Quiero, pero no lo recuerdo.
Me quieren, y no lo olvido.
Nunca caeré en el olvido.
Marius Serra, Quieto.

15 octubre 2008

Un post-it color azul

Rubén se acaba de levantar. Martes, 7 de la mañana. Asoma la nariz por la ventana con el primer bostezo, y fija la vista en el horizonte de mármol gris que comienza a dibujarse. Tres-dos-uno, zas, la luz de la farola de la plaza se apaga de pronto. Como todas las mañanas, de lunes a viernes, el mismo ritual y las mismas rutinas.

Tiene sobre la mesa del salón una nota. Es un post-it tamaño mediano, color azul. La letra apretada de Carlos deseándole un buen día y confesándole una emoción. Ha sido un arrebato, no se ha podido contener, y la fuerza de un "te quiero" planea sobre el horizonte gris apaga farolas de esa mañana recién pintada de azul.

Carlos es así, acomoda la vida de los demás con su juego de almohadones emocionales, hace romas las esquinas con pequeños detalles que iluminan lo cotidiano. Una camisa que no se espera, una invitación al teatro, un viaje sorpresa. Rubén se siente protegido y seguro a su lado. Complementa su vida con una entrega que adormece fantasmas y quimeras.

Pero cuando cruza la puerta de su casa, el horizonte tiene vetas más intensas y el post-it azul queda colgado del nido enmarañado donde aisla su autenticidad, niega su sexualidad y su deseo por Carlos, o tantos hombres antes que él. Ocultar es ley, una norma rígida y severa que somete ferozmente sus decisiones, discurso y hasta la decoración de su casa. Cuando los amigos van a casa, borra todo rastro de Carlos, arrojando la parte más plena de su existencia a un vertedero de oscuridad y anulación. Zozobrar en el fango del desprecio y el juicio ajeno le aterra, asomarse al regazo de la soledad le aterroriza.

El metro va atestado de gente, imposible sentarse. Se incrusta en la puerta y decide arrojar la claustrofobia al rincón mientras rescata un buen recuerdo. Se acuerda de Carlos, de sus largos dedos resbalando por su espalda, hundiendo su rastro en la piel, descubriendo atajos deliciosos. Hay un chico frente a él que le mira fijamente. Tiene grandes ojos, flanqueados por párpados pesados, hinchados de sueño interrumpido. Pero en el brillo del iris se puede leer el interés, la atracción, el deseo. Rubén se siente incómodo con su mirada. Le trae recuerdos de días de huida, turbios y sucios de miedo y renuncia. Eran días sin Carlos, días de cuerpos sedientos entre las sombras, la vuelta a casa con los hombros vencidos, sin apenas aliento, resbalando por toboganes de remordimientos y angustias reencontradas.

Y al llegar, los ojos de Carlos. Encendidos de rabia al principio, confundidos e interrogantes después. Reconocía los demonios, conocía cada palmo del camino de la negación. Y se sorprendía a sí mismo fingiendo que no se enteraba de nada, confiando en que al amor endeble le crecieran piernas fuertes y firmes para caminar por la misma vereda.

Pero a Rubén no se le escapaba la batalla que libraba por contener una lágrima. Al principio, todo quedaba ahí. Pero luego llegó el esbozo de una grieta. La humedad se precipitaba por la mejilla sin que a Carlos le diera tiempo a disimular. No pasa nada, no te preocupes, lo entiendo. Y detrás de su voz, el bramido de la ruptura, cada vez más cercano. La voz grave y arrastrada de Rubén le pedía disculpas, mientras las palabras vacías le raspaban las cuerdas vocales.

El discurso aprendido, el mismo de otras veces. Y la sombra del abandono y la angustia, la llamada de la soledad saludando tan cerca. La necesidad de salir corriendo. Y la vista fija en los ojos de Carlos, que sujetaban los mares furiosos, pero no podían ocultar lo que había detrás. El desgarro de la decepción, la riada del dolor y los trazos firmes del final. Más de lo que Rubén estaba dispuesto a soportar.

Por fin, su parada. El chico de la mirada intensa queda oculto entre la gente que entra apresuradamente al vagón.
Y un post-it azul vuelve a pegarse en su frente. Como un aviso, una advertencia, la señal de un cambio. Las palabras de Carlos le retumban por dentro, un ciclón de emociones están arrasando sus cosechas de temores, largo tiempo sembradas sobre suelo bien regado.
La confesión de Carlos le abrió la ventana esta mañana, le mostró un horizonte de grandes espacios, y le pintó de azul el cielo, antes gris y compacto.

Al llegar al despacho, saluda a su compañero y le confirma que irá a la cena de la oficina.
¿Irás solo, como siempre, o nos sorprenderás con alguna chica guapa, para variar?
No, contesta en tono quedo antes de aclararse la garganta.
No iré solo, afirma con voz más fuerte.
Vendrá conmigo mi novio. Se llama Carlos.


La imagen está sacada de algún rincón de Internet. Desconozco el autor, de lo contrario, lo nombraría encantada.

26 agosto 2008

Se sentó en la cama

Maternidad, Susana D'Momo

Se sentó en la cama, justo en el borde, mientras la hija iba y venía en un tornado de agitación y actividad. Mamá, no te sientes justo ahí, que acabo de doblar esas camisetas y me las vas a arrugar. Su mirada centelleó de censura unos segundos, los justos para dejar paso a la ansiedad. Su atención acababa de cambiar de ojetivo. No sé dónde he puesto la dichosa chaqueta vaquera, que no la encuentro, leche. La madre la miró desde un temblor, observando su gesto de mujer de estreno, toda ella hecha una persona adulta. La miró y la halló tan lejana, tan independiente, tan inmersa en su propio mundo, que sintió que la habitación, la cama y ella misma eran actores de reparto en la escena. El temblor al que se había subido de puntillas se agitó un poco, dejándola al borde del precipicio. Su niña, su pequeña rosquillina, su muñeca, se había hecho mayor. Y se marchaba.

Lo normal, claro. Nada nuevo. Una hija que se independiza y se marcha de casa. En este caso, además, por motivos de estudios, se iba a otra ciudad, otro país. Y, sin embargo, esa homogeneización en la ruta social, esa regularidad en las fases del caminar colectivo, esa continuidad esperable en el devenir de la vida, no le calmaba la ansiedad. Lo esperaba, sabía que llegaría, creía estar preparada. Pero no lo estaba. Y la ilusión que mostraba ante los preparativos de su partida, el frenesí de actividad que había compartido con ella como si de la aventura de dos amigas se tratara, el convencimiento de haber educado a su hija para ser autónoma, inconformista, sin fronteras, eran espejismos de un desierto en el que pugnaba por encontrar agua un corazón malherido.

Mamá, ¿dónde has dejado los pantalones que me has planchado? Ay, Dios, creo que esta maleta pesa demasiado. La hija estaba al borde del colapso, los nervios anticipaban una escena de gritos y lamentos que iba a subir el telón de un momento a otro. La madre se levantó y le acercó los pantalones, los dobló cuidadosamente y recolocó el contenido de la maleta. Lenta y silenciosamente, sin que pareciera que estaban ordenando y metiendo la mano en terreno ajeno. Al terminar, cogió por la cintura a su hija y la abrazó. Al principio, se resistió. Mamá, tengo mucha prisa, anda déjame, que tengo muchas cosas que hacer todavía. Pero la oposición duró poco, era apenas un árbol de puntillas, con ramas nuevas y extendidas al cielo para abarcarlo todo.

El abrazo se llenó de besos, los de una madre. Los que inflaman de seguridad y sanan quebrantos. Los que se escapan en la maraña de la memoria, porque nacieron con los primeros recuerdos, los que enseñaron a confiar en el suelo que se adivinaba como un reto amenazador en los primeros pasos, los que siempre daban paz cuando el llanto era puro desgarro porque no había palabras todavía.

Había una nube de recuerdos a punto de descargar su contenido. La presión de las primeras gotas la llevaron a una fiesta de San Juan, en la que las dos se ciñeron lazos de colores, quemaron los temores, y brindaron por los nuevos proyectos. Había viajes por completar, idiomas por aprender, amigos por conocer, amores por conquistar. Y una casa. Con luz, de grandes ventanas. Y el mar al otro lado de los cristales, rompiendo en olas su frenesí de caracola. Con una arena recién mojada sobre la que pasear persiguiendo un reflejo. Madre e hija deshojando sus deseos. Los párpados se juntaron tras la risa. Las dos, achinando los ojos al reír. Un rasgo común que estrechaba el cordón que un día habitó en un ombligo.

Unas lagrimillas se escaparon en el nudo del abrazo. Lágrimas de ambas. La hija volvió rápidamente a su maleta, repasando las cosas que aún le quedaba por guardar. Y la madre, nuevamente, volvió a sentir la necesidad de sentarse en el borde de la cama.

23 mayo 2008

Al día siguiente


Le miró. Llevaba despierta cinco minutos y no dejaba de mirarlo. Había un hombre desnudo a su lado, compartiendo su cama, rozando apenas su piel, también desnuda.

Era increíble lo suyo. Se había acostado con un perfecto desconocido. Había sido una noche delirante, desbordante, genial. Sí, por qué no reconocerlo, había sido increíble.

Y ahora, la gran sorpresa. El despertar incómodo, la vergüenza escondiendo lo tibio, la caricia, el deseo descarnado. Las ganas de salir corriendo.

Cerró los ojos y apretó los dientes. Había que controlar esa situación, envolverla en un envoltorio de mujer despreocupada, moderna. Ducharse y esperarle en la cocina, sentada con una taza de café en la mano. Y cuando él se levantara, le ofrecería algo para desayunar.

Confiaba en que él se excusara con cualquier frase bien hilada, y que se marchara rápidamente, sin dejar más rastro que su hueco caliente en la almohada.

Volvió a mirarle y reconoció que era un tipo bastante atractivo. Pese al pelo revuelto en batalla feroz, la boca entreabierta y el temblor de un ronquido, había que reconocer que era un chico muy guapetón.

Secuencias de una piel devorada, succionada, de unos labios en pugna por alcanzar territorio, se le cruzaron de golpe. Parpadeó al tiempo que una corriente estremecía su cuerpo al recordar el lenguaje de dos almas sedientas. El refresco de dos cuerpos sin voz. Ladera trepada. Quebrar de uñas. Desgarro de pieles. Montaña alcanzada, explosión en la cima. Un aullido brotando en el asombro de la mordaza perdida.

- Para para para para, se dijo en voz alta.
Su voz se elevó demasiado, provocando un gemido de protesta en él. Frunció el ceño y se giró dándole la espalda.

Menuda espalda, pensó ella, asustada por la rapidez mental asociando ideas. El sol se filtraba por los pliegues de la persiana y doraba su piel, rozando su contorno, dibujando formas como cueva prehistórica.

Respiró. Había un torbellino de emociones en su cabeza. Chispas y pellizcos se colaron en su estómago y retorcieron las conexiones de sus vísceras. Un temblor se alojó en su vientre.

Respiró de nuevo, más profundamente esta vez. No se podía rendir al deseo. Era de día, ya no tenía la complicidad de la noche, que oculta miedos y pega cuerpos con purpurina.

De repente, él se volvió a girar, aún dormido, y la rodeó con su brazo. Fue un gesto espontáneo e inesperado. Se quedó petrificada, en tensión, con la vista fija en los dedos de él acomodados en su cintura, y entonces su cuerpo comenzó a aflojarse, a habituarse al contacto. Se relajó. Aquel chico era un desconocido, desde luego. Pero algo en la escena le lanzaba destellos de posibilidad, pistas de futuro.

Se amoldó a su abrazo. Buscó el calor de su pecho, alargó la mano a la curva de su nuca. Enredó los dedos en su pelo, marcó caminos en su cuero cabelludo y oyó cómo agradecía la iniciativa con un murmullo. Los labios se curvaron, los ojos se agitaron bajo los párpados caídos. Ella sonrió. Le gustaba el ronroneo que salía de su boca. Se resbaló un poco, hasta quedar a la altura de su cara.

Llegado a ese punto, el abrazo era un enredo de piernas, brazos curvados, pechos en bienvenida. Él seguía dormido, o al menos seguía con los ojos cerrados. Ella aprovechó la proximidad para mirar su frente, la nariz disparada, el mentón relajado. Y le gustó. Le gustó mucho. Cada vez más.

Se detuvo en la boca, entreabierta, y el ritmo tranquilo de la respiración de él le dio fuerzas para tocarla. Los dedos temblaron al hundirse en los labios, como lágrimas cayendo sobre blandos almohadones. Se asustó, estaba llorando realmente. Qué me está pasando, se preguntó asustada.

Había un principio de duda, un temor iniciado, el miedo a que él despertara y no viera en ella lo que ella encontraba en él. Y en ese sinsentido de los sentidos, ella recordó cuánto había bebido para atreverse a invitarlo a su casa. Se acordó de cuánto le había gustado él desde que lo vio, del torbellino furioso que se instaló en su cuerpo cuando se acercó a ella. De las ganas reprimidas, hasta el ahogo, de besarlo. Y se vio a sí misma, haciéndose la dura toda la noche. Fingiendo no interesarse por él y no sentir nada cuando él tonteaba con sus amigas.


Hasta que su bien construida imagen de niña buena, controlada, asomada a su almena de princesa rosa perpetua, se hartó de esperar. Estaba harta de peinar sus trenzas apretándolas fuerte, esperando que el héroe escalara altas torres y la conquistara sin prisas. Ya no quería ser la que aparentaba estar bien a la espera, la que no arriesgaba ni asumía un reto. Era hora de soltar las trenzas. Y ese chico era para ella, vaya que sí.


Se acercó a sus labios y los besó. Se detuvo siguiendo sus bordes con la punta de la lengua, sintió su aliento invadiendo su boca, y lo aspiró desesperadamente. La respiración se agitó. Notó cómo aceptaba la invitación suavemente.
Abrió los ojos. Allí estaban los de él, todavía pesados por el sueño, pero abiertos. Y le sonreían, la reconocían. No había en sus pupilas intención de salir huyendo, de escapar de ella.

- Buenos días. Me llamo Marta, ¿y tú?
La sonrisa ocupó toda la cara.
- Soy Andrés. Encantado de conocerte.




Cuadros de Alberto Durero, Amedeo Modigliani y Fernando Botero.

07 mayo 2008

Horas de sueños

Vivía peleada con la vida. Sumida en la amargura, dejaba que pasaran los días y las largas noches de párpados abiertos haciendo acopio de reproches, dudas, lamentos. Cuando alguien le preguntaba el porqué de su desesperanza, se limitaba a encogerse de hombros, y a enumerar todas las dolencias que su fértil imaginación le proporcionaba. Ninguna de ellas las padecía, por supuesto. Pero eso era lo de menos.

Sus ojos azules se habían endurecido, cristalizado. Eran puro hielo. Mirarlos fijamente durante unos segundos era someterse al latigazo del témpano, al aguijón del cuchillo más afilado. Era una mirada fiera, de animal enjaulado sin posibilidad de liberación. Y al fondo, tras el frío, venía el abatimiento, la rendición a un camino que pateaba al pisarlo, la soledad. El fracaso, la rendición.

Al principio, conservaba un asomo de coquetería, y cada poco iba a la peluquería a domar sus rizos naturales, lo único que parecía negarse a someterse a capitulación. Se teñía el pelo y se retocaba las cejas. Cuando se miraba al espejo para ver el resultado, un mohín de desaprobación se le dibujaba en los labios. Las arrugas en torno a los ojos se acentuaban y un aroma de desaliento tomaba sitio en sus hombros. Pero terminó dejando que las canas retomaran su sitio y los rizos se curvaran de tonos grises.

Decía sufrir mucho. Aseguraba no poder aguantar los dolores con que las innumerables enfermedades imaginarias le cercaban. Conocía, como la mejor farmacéutica, los beneficios y efectos secundarios de todos los medicamentos que tomaba. Desesperaba a los médicos con su determinación a ser operada, pese a no padecer nada, y cargaba contra ellos cuando no conseguía su objetivo.

El sol proyectaba su energía a través de las cortinas de las ventanas, y ella se quejaba de la llegada repentina del verano, el calor, el ahogo. El otoño recostaba las hojas más maduras a su puerta, y ella lamentaba la cercanía del invierno, el frío, la fiebre. Se sentaba en una silla, en la esquina más alejada de la ventana, y así se pasaba las horas. De vez en cuando, la tele. Rara vez, una labor. Nunca, un libro.

Pero ella tenía un sueño. Nadie lo sabía. Ni siquiera ella. Evocaba un deseo que no sabía interpretar, porque había perdido la costumbre de soñar. Desear, anhelar, luchar, emprender. Verbos que se negaba rotundamente, intenciones de las que renegaba para bucear en un drama de dimensiones épicas.

Un día descubrió que llevaba dos horas pensando en algo que no eran sus dolencias, sus incondicionales ejemplos de mala suerte, y se asustó. La energía negativa que rodeaba su cuerpo se resquebrajó por el borde. Se había pasado horas recordando un viaje que hizo a Sevilla cuando era jovencita. Se le enredó en la memoria el revuelo de unos volantes con lunares blancos. Le tiraban en el pelo las horquillas que había repartido por toda la cabeza para lucir un moño bien apretado, con los claveles enfrentados al viento de abril en lo más alto.

Parecía respirar el concierto de olores que las flores entonaban en todo el perímetro de la Feria. Le llegaban rumores de voces cantarinas, chillonas, cascadas, infantiles, femeninas, aguardentosas, que se cruzaban a su paso. Algunas arrancaban a cantar y se acompañaban de palmas. Las manos se agitaban y ondeaban los dedos, lanzando chispas luminosas entre pellizcos. Las bocas paladeaban un vinito refrescante que le hacía cosquillas en la garganta.

Una sonrisa se asomó a sus labios, torpe, desconcertada, resbalándose sin atrapar la forma. Eso la asustó. No esperaba esa reacción espontánea de su cuerpo, y se quedó petrificada. Agitó la cabeza para espantar la irrupción de los sentidos. Ella estaba sometida a la amargura, que lo ocupaba todo. Ya no había espacio para la alegría.

Pero las compuertas estaban quebradas. Una grieta delgada se había dibujado en su superficie. Y la luz comenzaba a filtrarse por ella. Al principio, sólo cabía un haz finísimo, pero su roce ensanchó la abertura, poco a poco. La erosión iba abriéndose camino sin prisas.

La siguiente, fueron cuatro horas de ensoñación. Le tocó recordar el primer beso. A sus labios trepó el temblor de las primeras veces, la flojera de lo desconocido, el temor de que se acabara. Cada día tenía más recuerdos. Un día no pudo impedir que se le escapara la risa al acordarse de cuando se cayó en la cuadra con su hermano, siendo niños. Se cubrieron del lodo y la mierda de los animales, y se lo pasaron en grande simulando que estaban de camuflaje en una selva tropical.

La risa se hizo paso por su tráquea y agitó las cuerdas vocales, asustadas por verse vibrando ante algo que ya creían negado. Ella se asustaba cada vez, se sentía vencida, notaba cómo iba perdiendo la batalla. La vida le estaba dando una buena paliza.
Un día soñó muchas horas, casi diez.

Nunca había querido ser madre, pero cuando su bebé la miró con sus ojos recién pintados, le sintió parte de su equipo, un átomo de energía por el que merecía la pena luchar. Le gustó desde que lo vio, pese a que se embarcó en esa aventura empujada por otros; su marido, sus padres, la sociedad.

Se zambulló en la masa de recuerdos de los primeros años de su pequeño, la llegada del hermano, el aprendizaje, sus crecimientos. El orgullo al presenciar sus triunfos. La satisfacción de saber que eran buenas personas. La risa volvió de nuevo, esta vez más firme y estrenando zapatos para no caerse por un suelo escarpado. Y le duró horas, tantas que terminó teniendo agujetas en la cara.

Le sobrevino la muerte soñando conmigo. Lo sé porque tenía en sus manos varias fotos mías. Yo era su nieta favorita. A mí me había contado que tenía “experiencias” de vez en cuando. Que se asomaba a ventanas donde le llegaba el aire fresco de los buenos momentos pasados. Y cuando se cansaba de hilar lamentos por sus enfermedades, lo infernal de su aciago destino y la ingratitud de todos cuantos la rodeábamos, me confesaba que seguía soñando.

Fue hace poco. Escuché el mensaje al llegar a casa. Estaba entre tantos otros que se habían grabado en mi contestador aquel día. La voz me sobresaltó. El miedo me hizo dar un respingo, pero no había nada amenazante en aquella voz, así que sin dejar de temblar, la escuché de nuevo. La tercera vez ya no me asustó. Había serenidad y vitalidad en la voz de mi abuela.

"Sigo soñando y soy feliz".






Cuadros de Vincent Van Gogh y Claude Monet.

19 marzo 2008

Pinto una ventana


Room in Brooklyn, de Edward Hopper

Se me hace raro escribir, porque nunca lo he hecho, por lo menos así. Me cuesta juntar palabras para nombrar una emoción, una urgencia o un lamento. Pero ahora hay un terapeuta en mi vida, y tengo que hacer lo que me mande. Para empezar, escribir sobre mí, lo que siento y quiero. Y me cuesta, me cuesta mucho. Porque me resisto a creer que estoy mal, que necesito ayuda. Todavía siento que no me pasa nada raro, o por lo menos no soy ni la mitad de raro que el resto de los mortales.

Lo único que necesito es un rato de tranquilidad, de silencio a mi alrededor. Que nadie me mire como si anduviera tropezando por las esquinas, o metiéndome en todos los charcos. Hombre, reconozco que he tenido algunos problemillas últimamente. Las cosas no me salieron como yo esperaba. Celia me dejó más tirado que una colilla. Lo admito. Y a la vez que se desprendía de la colilla de un puntapié, aplastaba tantos sueños y proyectos. Se los fumó de golpe, se tragó el humo sin parpadear, y me cubrió con él oscureciéndome la visión, sin reflejos para esquivar el golpe. Me invadió la niebla, me cegó su gris tormento y se me ahogaron las fuerzas.

Ahora reconozco que ella también sufrió. El humo también anidó en sus pulmones y le tocó respirar su propia soledad y mi propio fracaso. Pero después de lo de Celia, yo estaba bien. A ver, reconozco que es complicado entenderlo, pero es que es así de sencillo. Yo estaba bien. Me dolió su abandono, pero sólo fue jodido durante las dos primeras semanas. Después, comencé a superarlo. En serio. Nadie me creía. Yo les pedía que no habláramos del tema, porque ya no era necesario, estaba superado, era agua pasada. Pero ahí seguían esas miradas de lamento contenido, esas cejas en tensión cuando me quedaba callado un rato largo. Sus bocas me hablaban y me pedían respuestas, emociones, la voz de un dolor. Y yo no encontraba las letras.

Y no lo necesitaba, porque lo que de verdad quería era que todos actuaran con naturalidad, como antes, como siempre. Que desaparecieran los ceños fruncidos de mi padre o los labios mordidos de mi madre. Que cesaran las preguntas, los ofrecimientos, las propuestas. Porque las palabras se afilaban en agujas finas que jugaban a hacer piercing con mi estómago, y con mi hígado y el corazón. Incluso terminé con los pulmones agujereados y exhaustos de tanta acupuntura involuntaria.

Acabé agotado. Sólo estaba a salvo en mi habitación. Trasladé cuanto necesitaba a mi cuarto para estar aislado el mayor tiempo posible. No es que quisiera darle la espalda a los demás. Es que necesitaba recogerme, impregnarme del silencio, dejar descansar a mis doloridos órganos. Necesitaba descansar de todos.

Los consejos me llegaban como nieve en la cima. Caía fiel a su cita, previsible, y se amontonaba ocupando todo el espacio, extendiendo su color por todo el horizonte. Yo me sentía tan cansado y ajeno a sus esfuerzos. Agradecido, pero harto. No pensaba hacer caso a ninguno de ellos, porque mi único pensamiento era una flecha apuntando directamente a mi habitación y su forro aislante. Sólo era un saco de palabras que me atravesaban con su perfil afilado.

El despido fue duro. Esperado, ahora lo sé, aunque cuando llegó lo recibí con la honra herida. El orgullo me cegó y ayudó a fabricar una muralla en torno mío que frenó el avance de la sensatez y la cordura. Y ahora, que comienzan a trepar con su enredadera, me dejo acariciar por sus hojas y me siento tan ridículo.

He sido débil, torpe, orgulloso. Soberbio y vulnerable. Me abandoné en una masa viscosa de abandono y autoengaño. Ahora siento que fui egoísta. Sufrí y no entendí, pero me negué a comprender. Me escudé en los demás, ellos eran los culpables. Celia, la empresa, mi familia. Y busqué respuestas sin haber aprendido a formular las preguntas. Es complicado reconocer tu propia flaqueza cuando tu estabilidad resbala sobre un charco de fracaso.

Pero lucho. La batalla me ha dejado entrar en combate, todavía estoy aquí.

Intento recomponer todas las piezas para encajarme en el ritmo cotidiano de este mundo. Encontrar mi hueco, construir mi sitio. Pinto una ventana de cortinas blancas desde la que veo mi camino avanzar y adentrarse.

21 enero 2008

Se escaparía con ellos

Autoretrato en un espejo esférico, de M.C. Escher.


Puede que haya vivido la derrota,
pero nunca me sentí derrotada.
Susana Ruiz


Hablaban y hablaban sin parar. Salían disparadas las palabras de sus bocas, con fuerza pero sin blanco definido. Se sacudían como látigos, pero no encontraban piel que lacerar.

Todo me daba igual. No me molestaban ni me herían. Sencillamente las sentía brotar, pero no me llegaban. Se quedaban a milímetros, atrapadas en una red que me ceñía, celosía gruesa que se tornaba móvil, me seguía, cubría mis pasos impidiendo que las palabras de los demás me hundieran.

Todos hablaban de mí. Todos tenían una opinión sobre lo que yo debía hacer con mi vida, mi cuerpo, mi cara, mis emociones. Para todos era cuestionable cómo sentía, decidía o comía.

Nadie se molestaba en escucharme. Asentían educadamente cuando yo les contaba. Incluso sonreían comprensivos. Pero no entendían nada. La sonrisa escondía un vacío.

De repente, me levanté y salí. Enmudecieron. No se lo esperaban. Después comentarían que vieron en mis ojos la luz de un relámpago. Una fuerza interior que asomaba a mis pestañas como un espectador que asiste a un espectáculo de teatro. Y los actores, las pantomimas, y las tragicomedias las protagonizaban ellos.

Siempre fui pasiva. Tenía carácter, lo dejaba estallar en algunas ocasiones, pero nunca me rebelaba ante nada. Era un alma dúctil, amoldable, flexible. Una rama ajustable a cada doblez, siempre al borde de quebrarse. Formaba parte de un tronco más fuerte, el que formaba mis padres, mis profesores, amigos, los jefes después, el amor al final.

Me cimbreaba sin soltarme nunca del tronco. Podía doblarme con el viento que soplara, se desprendían mis hojas al faltar el sol, pero nunca tuve intención de soltarme. Me llegaba la savia, me nutría y me acomodaba a tener alimento y protección siempre que lo necesitaba. Y nunca tuve intención de soltarme.

Hasta que llegaste tú. Y contigo la fuerza. La rabia, la ira, la pérdida. El horror. Abriste la ventana de la fragilidad, se me coló en los pulmones el aire del espanto. Y me dejó sin aliento.

Irrumpiste tan bruscamente, que no te veía al principio. No parecía darme cuenta de nada. Hasta que comencé a escuchar tu susurro quedamente, filtrándose poco a poco con su paso de losa, constante, sostenido, hasta ocuparlo todo.

Al principio, pensé que era mentira. Como un sueño, del que me desprendería al abrir los ojos. Pero los ojos estaban bien abiertos y el mundo seguía en pie, con el mismo paso vacilante, la misma indefensión. Los mismos paisajes, las mismas personas, ahora un poco más desvaídos de color. No era un sueño. No era mentira.

Era verdad, mi verdad, la que me pertenecía a mí, sólo a mí. Enteramente mía.

Y ni familia, ni amigos, compañeros, médicos, ni amores, podrían compartirlo conmigo. Aquello era mi territorio, en el que yo debía combatir sola. Sin nadie que me suministrara un tronco al que aferrarme para seguir nutriéndome. Ya no había salvación en la rama que hasta entonces yo había sido.

Ahora era mi turno. Mi desesperado turno. Era mi ocasión de vivir. Por último, o no. Eso iba a dependender enteramente de mí. Y sus palabras no podrían penetrar la atmósfera que rodeaba mi planeta recién conquistado. Rebotarían, se escaparían, se perderían.

Me daba igual. Yo estaba dispuesta a luchar sola. Construiría un trampolín desde el que saltar y agitar el dolor. Me compraría un espejo en el que asistir a mi nuevo rostro, sin pelo, sin color, fatigado. Para dejar que todo se cayera, la vieja piel, los viejos hábitos, los trapos viejos.

Y asistir al nacimiento, poco a poco, paso a paso, de una nueva rama. Brillante, de madera veteada de caobas brillantes, barnizados por el sol más furioso. Alumbraría un nuevo cuerpo, sano, entero y tan fuerte que a poco le llegara el arrullo de los primeros vientos, se escaparía con ellos.

10 diciembre 2007

Diálogo

E. Hopper, Chop Suey

-Eso fue lo que le dije, que no me gustaba cómo me estaba hablando, porque yo soy muy sensible, aunque no lo parezca, y sufro mucho con esos desaires...
-Claro, es como lo de Juanjo, que lleva dos días sin hablarme, será que así piensa arreglar las cosas, ¿sabes? Es justo lo que necesitamos en este momento...
-Porque es que no se le puede hablar así a una persona, a nadie, por mucho desapego que sientas, y mucho menos a tu pareja...
-Desde luego, yo se lo he dicho muchas veces, que las cosas hay que hablarlas, que no te puedes tragar toda la inquina, porque te consumirá las entrañas, tanta rabia concentrada y sin salir, eso no es bueno...
-Y luego me dice que soy una exagerada, que lloro y salto por cualquier cosa, ¿pero cómo no se me van a saltar las lágrimas cuando me trata así? ¿Es que acaso me merezco semejante trato?
-Pues no te lo mereces, claro, ni yo tampoco me lo merezco, porque cuando eres tú la que siempre das y das, cuando siempre eres tú la que intentas y luchas, y no recibes nada a cambio...más que silencio, pues llega un momento en que no puedes más...y revientas...
-No puedes más y es el momento en el que rompes a llorar, como yo le decía a Santi, que no lloro por bobería o pequeñez, que lloro de rabia, por no ir a ti y romperte la cara, fíjate lo que te digo...
-Venga, mujer, tranquilízate, y piensa en ti, que si no lo hacemos nosotras, no sé quién lo hará...toma, coge un pañuelo...
-Gracias, maja, es que me afectan mucho estas cosas, porque nosotros estamos bien, vamos, más o menos bien, pero de vez en cuando me da por pensar, lo reconozco, que no es bueno pensar tanto, pero no lo puedo evitar, te lo juro...
-Ni pensar tanto ni evitar la comunicación. Porque con Juanjo yo no puedo ni discutir, vamos, que no me da ni ese gusto, guapa...que le tengo que sacar las palabras con sacacorchos...y nos lo dice todo el mundo, el terapeuta el que más: tenéis que sentaros a hablar, co-mu-ni-ca-ros, pero nada, que a él le da exactamente igual...
-Es que es eso, que le da igual, y yo no puedo con esa actitud. No puedo dejar de pensar en sus viajes, en sus compañeras, las llamaditas, las reuniones, la cara de vinagre que trae cuando llega a casa, lo poco que me toca...
-Yo se lo he dicho muchas veces, que tendríamos que vender el piso y marcharnos lejos de esta ciudad, a probar suerte en otro sitio, porque estas calles nos queman demasiado ya...
-Y hacemos una vida que es todo, menos de pareja. Ni salimos al cine, cenar, o a dar una vuelta...
-Pero sí quedáis con los amigos, mujer.
-Sí, eso sí, quedamos con todos los amigos, es como si no supiéramos estar solos, como si tuviéramos miedo a quedarnos solos, a enfrentarnos a lo que nos hemos convertido.
-Pues nosotros, podemos estar solos todo el tiempo y sin dirigirnos la palabra. Horas y horas sentados los dos frente al televisor sin decirnos ni mú. Y claro, luego el terapeuta nos pide resultados y a mí me da vergüenza reconocer que no hemos avanzado nada, y termino mintiéndole...
-Hombre, reconozco que soy muy celosa, excesivamente celosa, tal vez, pero será porque le quiero, ¿no? ¿Qué es mejor, sentir demasiado o no sentir nada?
-.....
-Porque yo no era antes así, será que él me ha dado motivos para serlo, ¿no? Porque los celos no brotan de golpe, así por las buenas. Siempre hay algo detrás. Yo, mientras él estuvo en la empresa de su padre no tuve ningún problema. Llegaba tarde también, salía con los compañeros, se tomaba sus cervecitas los viernes, y a mí no me parecía mal...
-Yo te digo que si yo saliera todos los viernes con mis compañeras, que mira que me lo han propuesto, Juanjo ni se habría alterado...
-Pero claro, fue llegar a la nueva empresa y empezar a cambiar, te lo juro, a cambiar completamente. Que si su colonia, todos los días afeitadito, que si Carmen dice esto, que si Laura aquello, que si mira qué fotos nos hizo Javier el otro día, y empezaron los viajecitos, y yo cada vez le noto más lejano, más frío, más agrio conmigo.
-Pues a lo mejor os vendría bien ir a terapia, como nosotros.
-Hombre, guapa, no compares, con todo mi cariño, nosotros estamos atravesando una fase, pero estamos bien, más o menos bien, claro.
-Ya, eso es lo que decía yo al principio...
-Pero no es lo mismo, no es la misma situación...
-Y ahora ya no decimos nada de nada...nos hemos quedado mudos...
-No sé, yo te digo que si vamos a un terapeuta nos echa de la consulta porque no tenemos interés. Yo sé que es sólo una etapa, hasta que yo me acostumbre a su nuevo trabajo, porque sé que él me quiere, el otro día, sin ir más lejos, me trajo unos pasteles...
-Buuuuffff, cuando empiezan con los regalos, después de mucho tiempo sin tener un detalle....malo malo maloooo...
-Pues no estoy de acuerdo, porque él sabe que me encantan esos dulces y habían cerrado la pastelería y yo los había estado buscando por toda Madrid...
-Ya.
-Y es que Santi y yo estamos bien, es sólo que él está adaptándose, integrándose en su nuevo trabajo, y yo tengo que tener más paciencia...
-Será eso...
-Sí, será eso...

27 octubre 2007

Seguir su camino

El espejo mágico, de M.C. Escher

Marina entró en el metro precipitadamente. Tenía prisa, e intentaba esquivar el paso titubeante de la masa. Al llegar al andén se tropezó con alguien. La melena rizada, furiosa y abundante, se agitó sobre sus hombros. Las disculpas salieron como una letanía bien aprendida, monótona. Y siguió con su paso apresurado por el andén. Atrás quedaba yo, sorprendida por el atropello, ilesa pese a todo, sin palabras por haberme tropezado con mi antigua amiga.

Me quedé encajada en la baldosa que lo había presenciado todo. Al fondo del andén, quieta ya en la meta, espectadora ansiosa de un tren que estaba a punto de llegar, Marina se giró y me miró. Allí seguía yo. Era mi brazo el mismo que tantas veces enlazó para buscar refugio. Era mi voz la que tantas veces quebró en una carcajada con su ingenio. Era yo la que durante tanto tiempo fue su amiga.

En sus ojos se dibujó una duda, un parpadeo en el que brotaba la certeza del reconocimiento. Cuando llegó, al mismo paso que el tren se deslizaba por la estación, surgió la intención de ocultarse. El disimulo, la interpretación. No sé quién eres, no te conozco. No soy quien crees, no me persigas.

Apreté el paso y logré entrar, casi por los pelos, en su mismo vagón. Entre brazos temblorosos a la búsqueda de un asidero, cuerpos descolocados apretujando carnes para no quedarse fuera, me quedé bloqueada. La busqué de puntillas y la vi apoyada en una puerta. Su perfil bizantino me trajo a la Marina de siempre. La que soñaba en voz alta, con palabras que nunca existieron pero que enriquecían y mejoraban las historias. La que buscaba los matices, pero vivía en los extremos. La que reía tanto, que agotaba todas las gargantas, la que destacaba entre todos con su brillante inteligencia.

Descubrí en su gesto un asomo de pesadez, algo así como los años que se nos caen encima, pero en los ojos yo había identificado a la misma muchacha que se nubló y escapó un buen día, después de tantos pasos juntas, tantas luchas compartidas, justo cuando empezaban las decisiones. La vi salir del metro cuando llegó a su parada. No se giró a buscarme. Su larga melena se agitaba segura de guiar sus pasos. Su gesto era decidido, como quien ha recorrido un largo camino borrando aguas turbias. Me alegró verla bien.

Dani leía concentrado unos apuntes. Ocupaba un extremo de la mesa con la catarata de folios, libros y esquemas que necesitaba para seguir estudiando. La biblioteca estaba casi vacía a esa hora. Levantó la vista, se frotó los ojos. Había dormido poco, parecía cansado. Decidió buscar aquel libro que le habían recomendado para estirar un poco las piernas. Los dos ordenadores de búsquedas estaban ocupados, pero decidió esperar.

Uno quedó libre de repente. En la pantalla todavía permanecía la búsqueda del lector anterior. Memorial del convento, de José Saramago. Le sorprendieron los recuerdos. Una vez tuvo una amiga que adoraba a Saramago. "Perdona, creo que me he dejado el boli", escuchó. La presencia de alguien le nubló los recuerdos. "¿Cómo dices?", preguntó mientras veía a una chica coger el bolígrafo que había olvidado junto al teclado. No hubo más palabras. La chica se alejó, y Dani la siguió con la mirada hasta que ella torció por la primera estantería. Esa chica era yo. Era yo la que se alejaba, perpleja por no haberle visto antes, incómoda por no saludarle, temblando al reconocer al viejo amigo.

Dani no borró la búsqueda anterior. Un pellizco de añoranza le obligó a apuntar la signatura del libro, a dirigirse a su sitio para cogerlo prestado. Mientras caminaba hacia la estantería, los sueños de un adolescente que tiembla de miedo comenzaron a asaltarle. Fueron sus miedos los que le alejaron de todos tiempo atrás, su lucha interna por aceptar sus deseos, compartir su secreto, terminar las mentiras. Se enamoró de un hombre y borró su pasado. Atrás me dejó sin su risa, sin la complicidad de los primeros amigos, el rastro de promesas, sueños y desvelos compartidos. Sin poder abrazarle y apoyarle. Sin decirle que no tenía que temer nada más.

Al llegar a la estantería, buscó el libro. Estaba ante sus ojos, esperándole. Al tocarlo se acordó. Yo le miraba escondida entre las baldas de otra estantería. Le miraba recuperar el recuerdo, abrir la puerta a la nostalgia. Su pelo escaseaba por los mismos sitios, pero sus rasgos estaban más cincelados, más firmes. El rostro que veía a escondidas era el de alguien que se había encontrado. Me alegró verle bien.

Tres desconocidos. Ya. Después de todo. Eso somos los tres. Lo que tuvimos se quedó guardado en la tibieza de los primeros amigos. Nuestro paso fue parejo mientras navegamos océanos y aprendíamos a explorarlos. Cuando alcanzamos la orilla, cada uno se enredó en su arena.

Hay amigos que no pueden estar contigo mucho tiempo. Tienen que seguir su camino.

13 marzo 2007

La comunicación

COMUNICACIÓN: f. Ret. Figura que consiste en consultar la persona que habla el parecer de aquella o aquellas a quienes se dirige, amigas o contrarias, manifestándose convencida de que no puede ser distinto del suyo propio.//
f. Trato, correspondencia entre dos o más personas.
DICCIONARIO DE LA RAE


A. es agradable, risueña, pura decoración. Toda ella es una apuesta por la ornamentación, por el brillo y la bisutería. Impecablemente maquillada, domina la técnica del cubrimiento facial con espesas capas de sustratos geológicos que se resisten a los envites del día y a las inclemencias del tiempo. Podría ser mi madre y, sin embargo, cuando llegamos a trabajar por la mañana, la única que parece haber salido de las tinieblas soy yo. Gusta de vestir prendas perfectamente coordinadas en una fiesta de colores, texturas y tamaños, que rubrica con unos pendientes y collares a tono. Detalle nada irrelevante éste, por cierto. Lograr vestirse cada día con un traje distinto, y encontrar el complemento ideal para el acabado perfecto, requiere de un acopio de material bisuteril alimentado por años de mercadillos, orejas vencidas por el peso y las alergias, y renovación constante. Al menos, los amigos estarán agradecidos porque siempre sabrán qué regalar.

Pero lo más destacado de A. no es su fascinante figura, su desparpajo incansable, ni su animosa presencia. Lo que la convierte en la reina de mis desvelos últimos es su insaciable locuacidad. El verbo la domina, la tiene poseída como si hablar fuera un súper poder obtenido tras sufrir la perforación en su cuello de algún abalorio de sus collares vistosos. Para mí es la Súper Hablaora.

Tras un minucioso estudio basado en datos totalmente empíricos, apoyados por largos minutos asistiendo al fluir de sus palabras, sin pausa, sin aire, casi en un ahogo, concluí que, en realidad, sólo dispone de un único registro con varios subregistros colgando de él: ella misma. El tema del que puede estar enlazando sustantivos, adjetivos, complementos circunstanciales, objetos directos y hasta los indirectos, y todo ello sin parar... es ella misma. Con sus diversas variantes que parten del tronco común: sus hijos, marido, hermanos, sobrinos, amigos, conocidos, enemigos y así hasta el infinito y más allá.

Su monólogo no precisa de aportación alguna por parte del espectador. Tan sólo un par de interjecciones ocasionales, salpicadas aquí y allá y toneladas de paciencia para aguantar sin flaquear la cantidad de información con la que Súper Hablaora te azota. Son suficientes los primeros dos minutos para freír tu cerebro y morir de aburrimiento sin tregua. Qué super poderes más tremendos. Que no se entere el padre de la animadora de "Héroes", que me la secuestra...

La verdad es que todos hablamos como locos. Unos más que otros, de acuerdo. Admito que hasta yo podría estar en el primer equipo, pero mi locuacidad responde a otros criterios que no creo que interesen a quien tenga a bien haber llegado a este punto de la lectura.

¿Comunicarse en una sociedad que mola tantísimo como la nuestra es sinónimo de habla irreflexiva y monologada? ¿Estamos tan necesitados de ser escuchados o se trata de un mecanismo para escucharnos a nosotros mismos y reconocer que seguimos siendo y estando? Que tenemos entidad, que no estamos perdidos y solos en la masa. Que nuestras peripecias y vivencias están en el Top Ten del interés general. Que somos algo.

Tenemos a nuestro alcance sistemas tecnológicos que nos permiten dialogar, mantener conversaciones, informarnos al instante de cómo está el otro y, sin embargo, no sabemos hacerlo. Nos limitamos a abrir la boca y mostrar al mundo nuestras más profundas debilidades con discursos intrascendentes que a nadie interesan, que no se reciben ni se completan con la visión del otro. Ni sabemos comunicarnos, ni sabemos escuchar.

Vas en el tren y te llegan retazos de conversaciones medio hilvanadas. Frases que se superponen, "a mí me duele esto y esto" "pues a mí me duele más". No se sabe tomar la palabra, esperar prudentemente a que el otro termine, intervenir para aportar algún rasgo de interés en lo que te cuentan. Los diálogos son un marear la palabra para apoderarse del discurso, y atacar al contrincante con un ko en toda regla si logras que no pueda meter baza.

¿Qué esperamos de los demás? ¿Sólo que asientan y nos miren fijamente sin aportar nada más? Algo falla en esta sociedad en la que atendemos al que no debemos (políticos, periodistas, curas, etc), sin cuestionarnos ni rebatir nada al respecto, y evitamos empaparnos del que tenemos cerca.

La comunicación requiere paciencia, interés, desprendimiento, generosidad. Conceder la palabra para escuchar y atender. Entender, empatizar, pero también contraponer, argumentar. Y filtrar, saber quién es el que escucha, no abrumar con información que no es precisa. Queremos estar, pero luchamos la batalla equivocada. No hay que estar, hay que ser.

Ser uno mismo, un ser creciente que intenta completarse cada día, sin desperdiciar un segundo de aprendizaje. Y para ello, necesitamos comunicarnos y buscar al otro, sus razones, sus posturas, sus flaquezas y grandezas. Cerrar fisuras, aclarar dudas, consolar desvelos. Los sueños y las historias propias y ajenas, que escuchar y hablar se complementen y nos sirvan para cruzar un puente o seguir un camino, para sentirnos parte del otro.

Esta funcionaria en carrera se lo ha propuesto así, si Súper Hablaora no le fríe el cerebro antes.
Con el permiso del mi Enrique, tendré que llamar a Lobezno....mmmm



Las fotos son de Colodio

15 diciembre 2006

Los árboles de la avenida



A todas las dramáticas de este mundo, desde el cariño


Qué bonitos están los árboles de la avenida, este año ha llegado tan crecida la primavera que parece como si quisieran tocar el cielo con las ramas. Casi, casi me llega el olor de las hojas verdes y las flores tan vivas que se mecen saltarinas por el viento de la mañana.

Que no se me olvide mirar lo del teatro cuando llegue a la oficina, que a este paso nos vamos a quedar sin entradas. La verdad es que a Raúl no parecía hacerle mucha ilusión, pero creo que es una manera bonita de celebrar nuestro aniversario, y hace mucho que no vamos al teatro los dos solos.

Tres años ya, madre mía cómo pasa el tiempo. Qué mirada tan perdida tenía cuando nos encontrábamos en la cafetería de Tomás, parecía tan desvalido con sus rizos negros que no lograba domar y siempre le tapaban un ojo, que me costaba reprimir la caricia, el roce de esa melena, sus ojos tan brillantes cuando me miraba.

¿Qué ocurre, por qué no me mira ya así? ¿Nos hemos acostumbrado demasiado el uno al otro? Dice que me quiere, que no hay nadie más importante para él, pero necesito sentir que no se autoengaña, que el amor le sigue rompiendo las costillas, le inunda, calienta y cobija, porque yo lo siento así.

Esta mañana le he calentado el café con leche y me ha dado un beso, pero no ha llegado a cerrar los ojos, y aunque no le he dicho nada, me ha dolido ese gesto, esa ausencia de gesto. No me gustaría que nos pudiese la rutina, como le pasó a mis padres y a tantas parejas. Quiero que cada día sea distinto, que si le llamo dentro de un rato y le pido que coma conmigo y nos escapemos a la avenida a ver los árboles de primavera, lo haga sin pensar, como hacíamos antes.

No quiero parecer pesada demandando tanto, ni tampoco desorientarle o aturdirle con mis dudas, pero no puedo evitarlo. Así de sencillo. Es como si nos hubiéramos acoplado a nuestras respectivas manías, a la monotonía de compartir, a la tiranía de una costumbre. Y nos faltara pasión o la determinación de sentirnos apasionados. No lo sé, la verdad, estoy bastante confundida.

Eva me contó lo de su nuevo chico el otro día, y le brillaban tanto los ojos que me costaba seguir el hilo de lo que decía. Había una luz tan intensa en sus palabras, en sus gestos, que me dio envidia. Las flores, por ejemplo. Su chico le regaló flores después de la primera noche, y aunque no me va nada el rollo cursilón, me dio rabia reconocer que Raúl no me ha regalado flores más que una vez en tres años, y fue cuando me operaron.

No es que le pida atención exclusiva, que sólo tenga ojos para mí o que vivamos en una nube de romanticismo rosa, pero a veces…sólo a veces, apetecen ciertos detalles. Detalles como una rosa bien roja, sin motivo aparente, detalles como un anillo espontáneo o detalles como comprar entradas para el teatro para celebrar nuestro aniversario.

Dios, qué me está pasando, estoy cayendo en todos los tópicos más explotados. Rosas, anillos, sólo me faltan violines a la luz de la luna. Si es que me complico demasiado la existencia. Con lo fácil que es creer sus palabras cuando me susurra “te quiero” o me dice aquello de que se dejaría despellejar vivo, pero claro, se esfuerza tan poco en utilizar verbos más sensibles, que a una se le viene abajo el sentimiento.

¿Pero por qué tengo estas dudas? A lo mejor el problema lo tengo yo. Creo que le doy demasiadas vueltas a las cosas, no dejo que todo fluya de forma sencilla, y va a tener razón Eva cuando me decía que soy demasiado complicada. Me jode reconocerlo, claro, pero no me queda más remedio porque sospecho que tiene razón. Yo no he obligado a Raúl a decirme “te quiero”, no le he puesto un cuchillo en el pecho ni le hago ningún chantaje emocional, así que si me lo dice será porque lo siente de verdad, ¿o no?

Se me va a pasar la parada con tanta comedura de coco. Ahí está el quiosquero, míralo qué apañado y complaciente es con la gente. Siempre tiene una sonrisa para todo el mundo, como si estuviera en paz. Tiene una foto de una mujer en el mostrador, seguramente sea su esposa y también se la ve muy feliz. Raúl nunca me ha pedido una foto para llevársela al trabajo. No digo que la enmarcara y la colocara sobre la mesa del despacho, para que todos la vieran y opinaran sobre su novia, pero me gustaría que sintiera la imperiosa necesidad de verme a todas horas.

Yo tengo miles de fotos suyas por todas partes, porque sí me relaja encontrarme con su carita morena cuando más saturada estoy, y me encanta presumir de novio guapo cuando las chicas se lo quedan mirando y percibo una chispa de admiración. Y me gusta robarle un minuto de sus intensas ocupaciones cuando le llamo por teléfono, y saber qué tal ha comido y con quién se ha reído. Y cuando llegan las siete sólo espero llegar a casa para encontrármelo, con su cansancio y derrota, con su sonrisa y las cosas que le rondan.

Y le miro y escucho, y atiendo a sus explicaciones, y le peino los rizos que siguen tan vivos, y le sirvo una cerveza sin que se de apenas cuenta, mientras me sigue contando, y a veces le sugiero tomar un baño caliente, y siempre me acabo colando a su lado. Y para mí eso es amarle sin condiciones, cada día más porque cada día le conozco más y más me gusta lo que aprendo de él.

Siempre hay un descubrimiento, un destello que apresar, un detalle que compartir. Yo siento que me lleno cuando le tengo cerca, que me da fuerza y seguridad su proximidad, que soy mejor persona y más guapa y buena. Y cuando no le tengo cerca y lo pienso, me supera la nostalgia y me invade la impaciencia.

Y sólo quisiera correr a su lado y besarle con los ojos bien cerrados, sintiendo sus palpitaciones, sus dientes que me sostienen y su lengua que me sujeta. Y decirle “te quiero” no es necesario, porque estalla la naturaleza como estallan los árboles de la avenida, cargados de espesas ramas que llegan al cielo.

¡¡Anda, un mensaje en el móvil!! ¡¡Es de Raúl!! ¿Qué querrá? “He reservado entradas para el teatro. No dejes de pasar por la avenida para ver los árboles. Tienen unas ramas tan largas y fuertes como tu pelo negro.
Te quiero".


24 octubre 2006

Unas pocas letras

A Pilar, para que nunca le falten buenas historias en su saca de cartera,
ni nunca deje de compartirlas con los que la queremos.

Todas las semanas hacía el mismo recorrido andando. A la ida, la saca iba vencida por el rumor de muchas letras, desbordada de narraciones de todo tipo. A la vuelta, quedaba vacía y hundida por un silencio inquieto. Así era su vida de cartero.

Llevaba 30 años entregando a los vecinos ilusiones, amores escondidos, miserias impagadas, deudas cotidianas. No eran buenos tiempos para el correo escrito, a la gente se le estaba olvidando escribir, y ya no era un acontecimiento importante la llegada del cartero, portador de nuevas y enlace con el exterior.

A pesar de eso, dos veces por semana llenaba la saca de palabras y números, y echaba a andar. La primera parada era en casa de Andrés, el funcionario jubilado. Estaba suscrito a varias revistas y era muy escrupuloso con que la entrega del material se efectuara en perfectas condiciones, sin una sola doblez admisible en la revista.

Cuando el cartero llegaba, siempre le estaba esperando en la puerta, donde palmoteaba su espalda con alegría. Pese al gesto animoso, su rostro escondía un atisbo de angustia. Recogía las revistas con una mano, mientras la otra asía con fuerza el hombro del cartero, reteniéndole. Hablaba sin freno, desmesurado, repasando las noticias de la radio, cálida compañera de noches insomnes. Continuaba con recomendaciones sobre la temperatura, el tiempo y los malos vientos, esos que arrastraban nubes opacas de soledad y agonía.

En un momento determinado, la voz se volvía un hilo enflaquecido, donde palabras ininteligibles se demoraban detrás de unos ojos turbios. Apuntaban entonces unas lágrimas, que se esforzaba por esconder parpadeando, mientras ponía punto y final a la conversación. Ese era el momento en el que el cartero echaba la saca al hombro, donde notaba ardiendo la huella impresa de la mano del funcionario, y se despedía de él, hasta el próximo día.

El hombre siempre se quedaba chequeando el estado del jardín, vencido también por tantas ausencias.

Otra de las entregas le llevaba hasta la casa de la familia Montero, donde Tina vivía con sus ancianos padres. Ella misma acudía a la llamada del cartero, con una ensayada indiferencia como recibimiento. Entre las cartas comunes que adjuntaban facturas y publicidad, siempre estaba la otra. Pequeña, con letra apresurada, pero firme, donde se podía leer el nombre de Tina.

La recogía dejándola para el final, mientras el cartero le preguntaba por su novio. Siempre se reproducía la misma escena: sonreía vagamente, iniciando una respuesta convencional que se veía interrumpida súbitamente por el descubrimiento de la carta, con el nombre del novio en el remite. Entonces, se volvía locuaz y la abría sin miramientos delante del cartero.

Sus palabras se perdían en descripciones acerca de una futura visita del novio para conocer a los padres, una boda inminente, un nido de planes de viajes, pisos y proyectos, que le devolvían color a las ajadas mejillas.

Finalmente firmaba alguna carta certificada, y se despedía contenta, hasta el próximo día.

Sólo entonces, el cartero se atrevía a mirar la firma brillante de tinta aún, con los mismos trazos y la misma letra que la carta. Apresurada, pero firme, donde se podía leer el nombre de Tina.

Al final del camino, quedaba la casa de David, y allí hacía una parada junto al brasero en invierno, y junto al olivo en verano mientras compartía con él unas palabras y un cremoso café.

David no podía andar, pero sus manos volaban describiendo sus sueños y visiones. Recibía poca correspondencia, pero él se pasaba el día escribiendo. Escribía a todas las editoriales, periódicos, museos, para buscar un lugar que diera cobijo a sus escritos.

Esperaba la carta que le subiera el telón, pero nunca llegaba. No desesperaba, insistía en todas direcciones, países y lenguajes. Y seguía escribiendo, cada día, con la misma energía y curiosidad, como un río que echa a andar por vez primera. Hablar con él era como taparse con la manta cuando cae fría la noche. El café abrigaba el cuerpo, su compañía, abrigaba el alma.

El cartero salía de la casa y recuperaba el paso, ya equilibrado por el ligero equipaje que portaba, saca yaciente sin esqueleto. Las palabras quedaban atrás, y con ellas los sueños, las ausencias y los anhelos. Unas pocas letras para describirlos y una hora para entregarlas. Hasta el próximo día.

2005

07 septiembre 2006

Entre los dos


Abrió los ojos y ahí estaba. Inmensamente verde, de un verde espeso, que apetecía respirar. Y rodeándolo, el infinito azul, profundo, oscuro y como solidificado de sus aguas, las que rodeaban a la isla, las que cobijaban a Irlanda.

La bruma que acariciaba la estampa, no le importó. Tampoco las nubes, glotonas de tormentas, rabiosas de electricidad. Aquello era el principio, rozaba el umbral de un futuro por construir y todo estaba por hacer, así que hasta el tiempo tenía derecho a intervenir y aportar su granito de arena.

El avión tomó tierra y se demoró en la pista, dejándose frenar por el asfalto. A su alrededor, la gente se alborotaba con la ansiedad del que ha llegado a destino y quiere dejarse engullir por él. Allí, en la terminal, seguro que alguien les estaba esperando.

Pensó en el Padre. Hacía mucho que no le dedicaba más de un par de parpadeos, lo justo para notar que esa presencia física con la que se cruzaba por el pasillo pertenecía a alguien, un ser vivo a fin de cuentas, su padre. Sintió cómo algo se retorcía en su interior, como un parásito que culebreara entre sus vísceras, dejándole una sensación de desasosiego, de sucio abandono.

Todo había quedado claro entre los dos después de la última discusión. El Padre dibujó un manto opaco sobre la figura del Hijo, para no verlo ni percibir un solo resquicio de su presencia en este mundo. El Hijo optó por evitar los encuentros fortuitos, rehuyó todo contacto físico, e hizo del camuflaje un lema.

Para el Padre, estaba claro que el Hijo era un Fracaso. Así, con mayúsculas, adquiriendo el sustantivo entidad propia y peso específico. Con sustancia y escasa solución: El Hijo era un desastre, incapaz de asumir responsabilidades y reconducir su vida.

Para el Hijo, era una cuestión biológica nada más: El Padre había sido sólo un accidente genético, un conjunto de células vivas, que habían colaborado en la configuración de su ADN y le habían depositado en este mundo, junto a otros muchos, para comenzar la lucha individual frente al resto. Poco más le unía a él. ¿Un apellido? Sólo una etiqueta formal que nos identifica y de la que, hoy en día, se puede hasta prescindir.

Pero lo que realmente les unía y les hacía fuertes el uno frente al otro, era el rencor, el desprecio, y una especie de odio mal entendido, fruto de la ira más ardiente y lacerante.

Lejos, lejísimos quedaba aquella época, en la que ambos se compartían, en la que uno asistía a la construcción del otro, ponía cemento a las junturas, supervisaba la solidez de los pilares y buscaba su hueco en las habitaciones.

Hubo un tiempo en el que el Hijo buscó al Padre. Le buscó con ansiedad, con el deseo acuciante de cobijarse en un punto de referencia, pero no lo encontró. Se topó bruscamente con un gesto duro, unos ojos cegados que no le veían, y se sintió perdido.

Ya no lo buscó más. Se miraban sin verse, no se reconocían, no sabían nada el uno del otro, se convirtieron en unos perfectos desconocidos.

Por eso, cuando el Hijo decidió irse a vivir a Irlanda, en pos de un refugio y un consuelo que sólo parecían ofrecerle aquellas verdes tierras, el último en enterarse fue el Padre, quien ni siquiera intentó dar su opinión a una decisión ajena y lejana.

La primera mañana que el Hijo faltó, el Padre se despertó con un dolor muy intenso en el costado. Al principio, se alarmó, quiso incorporarse en la cama y la punzada le dobló en dos. Intentó respirar y no pudo, y cuando ya iba a pedir ayuda, algo en su cerebro se activó y empezó a relajarse, poco a poco, dejando filtrar aire en sus pulmones aliviando el dolor.

Pasó la mañana intranquilo, el dolor había remitido, pero seguía ahí, agazapado, sordo y mudo, pero presente. Al pasar por el salón, reparó en una foto del Hijo, que reposaba enmarcada sobre una de las estanterías.

Estaba semiescondida por los libros que desbordaban la estantería, pero estaba ahí, pugnando por conservar el equilibrio entre un tomo enorme de las mejores ilustraciones del SXX y la colección de clásicos del Siglo de Oro.

Le resultó curioso no haberse fijado nunca en ella. Movido por un impulso desconocido, que le brotaba del mismo centro donde anidaba el dolor, cogió la foto y se fijó detenidamente en ella.
No había duda de que los rasgos del Hijo eran heredados directamente de la rama materna, pero había un cierto guiño en el fondo de los ojos, una chispa de vida iniciándose, que le recordaba mucho a la mirada que tenía él en sus fotos de joven.

Pero detrás de la chispa había más. Una bruma de tristeza, tupida y densa, una pregunta por formular, un niño perdido y desorientado. Tuvo que sentarse para aplacar el dolor, que volvía a intensificarse en el costado. No tardó en controlarlo y regularizar la respiración, pero cuando volvió a colocar la foto en su sitio, notó
de nuevo una sensación de pérdida estrangulando los conductos más internos de su cuerpo.

La oscilación constante del autobús contribuía a acrecentar el mareo que el Hijo sentía desde que había pisado suelo irlandés. Era un mareo extraño, pues no parecía tener su origen en alguna de las causas normales, véase un alimento que tomara en mal estado, falta de sueño, cansancio, o el propio viaje en autobús. Parecía proceder de dentro, de muy adentro, de algún lugar donde debía situarse el punto de equilibrio de todo el cuerpo, de donde partía la estabilidad.

No le dio importancia y se centró en sus sueños. Se dirigía a Galway, tierra de druidas, y decidió abandonarse al paisaje en crecida, que el camino le ofrecía. En uno de los pueblos intermedios, cerca de la costa, el autobús paró enfrente de una tienda de vivos colores y letras grandes e historiadas que aludían al nombre del dueño y a los productos que vendían, “O’LEARY: FRUIT-SWEETS-ICES- CIGARETTES”.

En un lado de la fachada, pegado a la pared como una sombra, estaba sentado
un anciano de mirada azul y tan serena, que no pudo evitar dirigirse a él. Cuando el hombre le vio acercarse, esbozó una sonrisa y le habló con una voz densa de años de tabaco. Le costaba acostumbrarse al acento irlandés, pero las palabras del viejo le llegaron nítidas y claras, invitándole a compartir con él un cigarrillo a cambio de fuego.

Por supuesto, aceptó. El anciano enmudeció y permaneció callado mientras saboreaba el
cigarro. La escena cobró fuerza en los recuerdos del Hijo y con una inquietud extraña recordó aquel viaje al pueblo que hicieron el Padre y él solos. Estaban muy cansados de tanto kilómetro y decidieron parar a estirar las piernas.

Se pararon en mitad de la carretera, pero los campos amarillos de Castilla brillaban tentadores. Se acercaron a unas piedras y se sentaron. Entonces el Padre pidió fuego al Hijo y le ofreció compartir unos cigarrillos. El Hijo nunca había fumado en presencia del Padre, pero sospechaba que sabía que lo hacía. Era extraño reconocer que nunca se lo había reprochado, eso, al menos, no.

Encendieron los cigarros con el mechero de “Recuerdo de Salou” que le había regalado una medio novia, y saborearon el momento en silencio. Los trigales doraban bajo el sol, que comenzaba a menguar, y un suave viento agitaba el humo de los cigarros.

Olía muy bien, de eso se acordaba vivamente, olía a limpio, a dulce, a descanso, a seguridad. El cielo mostraba caprichosas ilustraciones en forma de nubes, y jugaron a descubrir sus formas. Luego hablaron del espacio, del universo, de vidas más allá de las nubes y de los sueños. De los sueños de ambos.

Tuvo que tirar el cigarrillo, ante la mirada serena del viejo, porque no atinaba a controlar el mareo.
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Descorrió las cortinas y miró a la calle, oscura y a medio bostezo todavía, y lo primero que pensó el Padre fue que no sentía el dolor, por primera vez desde hacía muchos días. Tenía que decidir qué ponerse para un viaje tan largo, con escalas intermedias, pero aún tenía tiempo de sobra. La maleta le sonrió desde la esquina.

Sobre la mesilla, la letra apretada y nerviosa del Hijo. Sólo un par de frases dedicadas a la Madre en una postal. Pero al otro lado, estaba la foto. Un anciano de aspecto venerable estaba sentado sobre unos bancos, junto a un hombre de mediana edad. Tras ellos, se podía distinguir un bar típicamente irlandés, que invitaba a disfrutar de cerveza, whiskey y licores en “D O’SHEA: SEVEN DAYS LICENCE TO SELL BEER, WHISKEY & SPIRITS”.

El anciano le ofrecía un cigarro al hombre de mediana edad. El hombre le encendía el cigarrillo. El Padre volvió a mirar la maleta. Definitivamente, le sonreía desde la esquina.

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19 agosto 2006

La salita de los milagros

Iba todos los días a la misma tienda. Cuando cruzaba la esquina y vislumbraba a lo lejos el farolillo azul de la puerta, comenzaba a moverse a impulsos del corazón, que parecía cobrar vida propia, dado lo salvaje de su movimiento. Unos sudores fríos de losa le empapaban la frente y las manos, mientras que la boca se agrietaba, dejándole un sabor seco y pastoso.

En la tienda, le esperaba ella. Cada vez que entraba, y las luces de la calle abrían un camino de luz que teñía de colores cálidos las estanterías e iba a estrellarse contra los tarros de especias extrañas y exóticas, notaba un dulce cosquilleo en la nuca que le inoculaba vida a manos llenas.

Después, buscaba sus ojos... y nunca le defraudaban. Miles de chispas se colaban entre sus
pestañas, absorbiendo su energía y ocupándolo todo a su alrededor. Era preciosa, delicada pero
enérgica, llena de vitalidad, puro movimiento hecho mujer.

Ella siempre le regalaba una sonrisa, acompañada de algún comentario travieso, que siempre le
hacía enrojecer. Si no había muchos clientes en la tienda, le llevaba a la salita de los milagros,
donde la felicidad les cogía de la mano y les apretaba fuerte. Allí, ella le invitaba a café y unas
pastas que hacía expresamente para compartir esos momentos con la gente que quería.

Ella estaba enferma y él también, pero no había dolor capaz de empañar las palabras más
dulces jamás pronunciadas, las promesas más limpias, los deseos más puros. Ellos se querían y
punto.

Era la historia de un reencuentro, una segunda oportunidad, y como la primera vez, nadie les entendía. Los hijos de él, estiraban el brazo en ademán despectivo y se negaban a
asumir la felicidad del viejo. Los nietos se reían y llamaban “viejo verde” al abuelo, mientras los
vecinos cuchicheaban por lo bajo, que había perdido la cabeza definitivamente.

A ella, en cambio, nadie la había entendido nunca, y ahora no iba a ser una excepción. Cuando
se decidió, después de un largo y no muy satisfactorio matrimonio, a abrir una tienda de
plantas y especias, todos se llevaron las manos a la cabeza y trataron por todos los medios que
recobrara el sentido común y renunciara, una vez más, a sus sueños, argumentando que a esa
edad ya no hay sueños por los que valga la pena luchar.

Pero ninguno de los dos prestaba demasiada atención a esos comentarios. No podían, tampoco.
No había cabida en sus pensamientos para otra cosa que no fuera el uno y el otro, el uno para
el otro.

Hablaban sin parar, las palabras brotaban con tanta fuerza que perdían los años a manojos,
volviéndose radiantes y flexibles, con el latido de la juventud prendido en la risa y en los gestos.
Aquello era oxígeno más puro y vivificante que el de las bombonas artificiales, que todos se
empeñaban en colocarle cuando la tos se convertía en un mal compañero de camino.

Si según todos la vida se les iba, y éste debía ser el momento de volverse insignificante, mudo
sordo, ciego y un objeto casi inanimado, por qué se sentían más vivos que nunca, por qué se
les afinaba el oído y la vista recobraba las fuerzas, por qué sentían con más ganas que el
mundo les pertenecía y se abría ante ellos con todas sus posibilidades...

Justo cuando todos les dejaban aparcados en el pasillo gris que no conduce a ningún sitio, ellos
se morían de ganas por descubrirse y adentrarse por la espesura del bosque más frondoso.

Eran mayores, tenían más de 80 cada uno, las arrugas ajaban su piel, la artrosis curvaba sus
manos, las enfermedades les acechaban en cada esquina. Entonces, qué importaba dejarse
enfermar también de amor.
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Él ya había conocido el amor. Su mujer fue, durante toda su vida, el más hermoso regalo con
que le brindó el destino. Cuando ella partió, decidió renunciar. Nada podría igualarse, nadie.

Sus hijos ya no le pertenecían y se habían vuelto grises y duros. Asumía que, en parte, era
culpa suya, pues ella se fue demasiado pronto, cuando quedaba todo por hacer, dejándole sin
fuerzas para subir la cuesta más empinada. Ahora ellos eran unos desconocidos que le miraban
con ojos de rencor y de fracaso, y le trataban como una obligación moral a la que hacer frente.

Quedaba la nietecita, la maravillosa mujer en la que su nieta mayor se había convertido. Ella
era la única capaz de mirarle directamente a los ojos, traspasándoselos de verdad y alma pura.

Solía sentarse a sus pies, cuando él se acomodaba en el viejo butacón, tan viejo como él y casi
tan viejo como el mundo, y le cogía la mano, tirando de los dedos y acariciando las venas
nudosas, mientras le pedía que le contara historias, todas las historias.

Y él le hablaba y le hablaba, olvidando el enfisema y echando en falta un cigarrillo con el que
acompañar ese momento de miel. Cuando arreciaba la tos, arañando con cuchillo afilado lo
poco que de sano quedaba en sus pulmones, ella le pasaba la mano por la cabeza despoblada y
le tiraba de los escasos mechones grises. Luego miraba alrededor, se aseguraba de que no
hubiera nadie escuchando... y le preguntaba por Ella.
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A ella siempre le había gustado reír. A carcajadas, con la boca llena de alegría, achinando los
ojos e iluminando el rostro con miles de arrugas diminutas, al tiempo que mostraba una
dentadura irregular, pero radiante; grande, pero llena.
Le encantaba reír, sonora, ruidosamente. Su risa era sincera y abierta, su mejor aliada, pero no su habitual compañera.

Cuando heredó el viejo arcón de madera, que su madre tenía medio olvidado en el pueblo, lo
limpió con mimo, lo pulió y barnizó hasta hacerlo suyo. Después lo metió en el trastero, un
cuartucho frío y desangelado que ocupó con sus chismes, convirtiéndolo en su refugio personal.

Vació en él sus botes de colores y sus libros polvorientos llenos de ilustraciones de plantas
mágicas, lo adornó con cintas de vivos colores y pañuelos brillantes que le daban un aire
lánguido bajo la mortecina luz de la única bombilla del trastero, hasta que logró convertirlo en
un boceto de lo que sería mucho después su tienda.

Entre las tiras de incienso y los botes de especias, reposaba el arcón. Cuando el mundo se
volvía un tornado que parecía acabar con todo a su paso, y las fuerzas comenzaban a flaquear,
acudía al trastero, su primera salita de los milagros, y abría el arcón.

No guardaba muchas cosas, las suficientes para recuperar pie en un suelo que se
resquebrajaba continuamente. La foto que su padre le hizo a su madre el mismo día que se
conocieron, el billete del primer viaje que hizo en tren con su padre, la cinta del pelo que le
regaló su primer amor y un dibujo que le hizo su hijo cuando cumplió 4 años.

Nada especial... cuatro cosas medio ajadas y amarilleadas por el paso del tiempo, que siempre
le reconfortaban. Las sacaba una a una del arcón y las acariciaba, dejándose perder por los
rincones de la memoria. Era inevitable derramar alguna lágrima, pero siempre salía de la salita
renovada e impulsada por una nueva fuerza.

Nunca había querido a su marido y juraría que él a ella tampoco. Desde el principio fue un
matrimonio tranquilo, pero gris, vacío y desolado. Cuando su hijo enfermó, las cosas
empeoraron. La brecha que los separaba se convirtió en abismo. Ella emprendió la lucha sola,
salvar al hijo se convirtió en el único impulso que la movía, él era todo su mundo, aquello por lo
que respiraba, su vida.

Por eso, cuando se fue, la dejó seca, sin fluidos, despojada del llanto y de emoción alguna. Se
convirtió en un vegetal que se negaba a sentir, que pasaba las horas muertas en la salita
abrazada a los tesoros del viejo arcón, deseando dormir un sueño eterno que la liberara de
tanto dolor que se negaba a sacar fuera.

Un día, llegó el pequeño, su nieto, y le tiró del pelo con gesto torpe de bebé. Ella le miró y
descubrió su sonrisa, al tiempo que brotaron las primeras lágrimas. El llanto duró mucho,
durante varios días no pudo sino llorar y llorar, mostrando y volcando hacia fuera todas sus
heridas.

El niño asistía mudo al dolor de la abuela. Se limitaba a mirarla fijamente con gesto de sorpresa
infantil, mientras ella se reconciliaba con el mundo y firmaba la paz con el destino. El niño
creció y se convirtió en su mejor apoyo. El trastero se vació y se llenó la tienda, pero el arcón
se quedó allí, semiescondido entre mantas viejas y trapos descoloridos.

No volvió a abrirlo.
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Mi abuela siempre decía que sólo debemos ser materialistas con las cosas que han cobrado vida
tras pertenecer a la gente que queremos de verdad. No son las cosas más caras, sino las que
más definen a la persona, las que transmiten su esencia, lo que eran y sentían.

De ella sólo conservo el viejo arcón de madera. No quiero nada más. No necesito nada más
para recordarla. Y ahora quiero que tú lo tengas, porque tu abuelo forma parte de los tesoros
que encierra, como yo formo parte de los tuyos.

Él le regaló esa cinta tan bonita para el pelo y ella siempre intuyó que acabarían reencontrándose.
Ahora tú llegas a mí como un regalo. Y me dices que eres mayor, cuando bien sabes que la
edad sólo nos pone etiquetas en el cuerpo, pero no en el alma, el único resorte con el que
realmente aprendemos a respirar.
Somos lo que somos. Tú y yo. Los dos. Vivamos eso. Tu abuelo en ti, mi abuela en mí.
Te quiero.

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02 agosto 2006

Calle Churruca

 Posted by Picasa Aquel verano todo se precipitó de golpe. Mamá tenía una gira por el norte y me llamaba todos los días describiéndome al detalle las ciudades por las que pasaba. Yo me moría por que me invitara a ir con ella, pero la compañía no permitía la presencia de hijos pequeños cuando estaban de gira.

Me limitaba a escuchar boquiabierta la narración de mi madre, y anotaba todo lo que podía apresar en la memoria, para seguir soñando más tiempo. Nina negaba con la cabeza e insistía en que todo eran tonterías, que lo que tenía que hacer mi madre era casarse con un rico empresario y sentar la cabeza, pero interiormente sonreía orgullosa por los avances de su hija bailarina.

Yo la había pillado alguna vez repasando y acariciando las fotos que mi madre le mandaba dedicadas, y los artículos amarillentos que aparecían en revistas y periódicos. Por todos los rincones de la casa se podían encontrar recuerdos, fotos y galardones de mamá, y cuando le increpabas por las contradicciones de tanta protesta, zanjaba la conversación con una somera sentencia: “Bueno, eso es para darle suerte y que siente la cabeza de una vez por todas”.

Yo me sentía muy orgullosa de mamá, adoraba su cuerpo de junco grácil y vulnerable, que se cimbreaba con tanta suavidad que parecía brisa. No me parecía en nada a ella, y eso me frustraba mucho. Mi cuerpo era un amasijo de formas a medio construir, de las que se adivinaban malos augurios: era alta, flaca sin formas, y plana como una tabla.

Me miraba al espejo y sólo deseaba borrar lo que me ofrecía. Borrar las caderas inexistentes, los brazos tan largos que obligaban a Nina a alargarme los jerseys y las camisetas, la cara llena de granos horribles que acaparaban toda la atención de quien me mirara. Veía a una desconocida que se abría paso abruptamente por los pocos pliegues reconocibles de la niña que había sido hasta entonces.

El tío Tinín llegó un día, de pronto, sin avisar como era su costumbre. Venía de uno de sus misteriosos viajes cargado de regalos. Los más pintorescos y coloristas eran siempre para mí, que era su ojito derecho. Tinín no era mi tío carnal. Era sobrino de mis abuelos, pero lo habían criado como un hijo desde pequeño y era para mí un punto de referencia, la culminación de un sueño.

Siempre le miraba fascinada, atendiendo a todos sus gestos y palabras, empapándome de sus vivencias y aventuras. Yo quería ser escritora como él, claro, y también quería enamorarme de alguien como él. Los chicos del instituto estaban todos a medio hacer. Eran una panda de hormonas sueltas y desbocadas que perseguían con poco acierto a las chicas, y a mis amigas y a mí nos gustaban los chicos mayores, los que estaban en COU e iban a empezar la Universidad.

Tinín siempre andaba con una nueva chica, a cual más exótica y hermosa. De cada viaje traía la foto de una, a la que calificaba como la mujer de su vida y algunas veces se presentaba con ella. Como aquel verano.

Sayuri-Jin tenía una piel blanca como nube espesa, y unos ojos grandes pese a los pliegues oblicuos que los fruncían en los extremos, dándole un aspecto de almendras doradas, pues así era su color.

El resto de los rasgos eran muy menudos, y la boca cumplida se curvaba constantemente en sonrisas que paliaban la ausencia total de comunicación, pues no hablaba ni palabra de castellano. Su cuerpo era uniforme, sin asomo de curvas como una niña, lo que no impedía que fuera tan hermosa que dejara sin habla al tío Tinín y a todo hombre que se asomaba a verla.

Yo sólo vestía con jerseys muy anchos que cubrían al máximo la inexistencia de formas, que anulaban mi cuerpo y me daban un aspecto andrógino. Me empeñaba en ponerme sujetadores que aplastaban mis pechos nacientes, pugnando por crecer pese a mi resistencia.

Mis amigas estaban orgullosas de los cambios que sus cuerpos experimentaban porque notaban el interés de los chicos y las alabanzas de los mayores, pero a mí me daba mucha vergüenza convertirme en mujer con tan desparejas formas, y tan distinta del resto de mujeres de mi familia.

Sayuri-Jin se acicalaba con mimo todas las mañanas, demorándose muchísimo en el cepillado de su larga melena negra, lacia y densa, tan oscura que azuleaba. Se vestía con largas faldas y telas de colores imposibles, que contrastaban con su ebúrnea piel. Explicaba en su melodía de palabras imposibles, que uno de los vestidos más bonitos se llamaba Qipao. Tenía aberturas laterales dejando los brazos al descubierto, y estaba bordado con hilo de seda sobre tonos rojizos y destellos brillantes. Parecía una diosa con él.

Mirándola presentía que la belleza nace de dentro, se vuelca hacia fuera con una luz arrolladora que siempre permanece en el interior, e ilumina nuestros rasgos para darles la consistencia que nos hace distintos y atractivos. Ella guardaba silencio y miraba sin expresión a su alrededor, nos estudiaba y sonreía cuando se tropezaba con nuestros ojos posados en ella con admiración. Entonces, encendía el interruptor interior que dejaba salir la luz desbordándose por todo su cuerpo.

Un día, a escondidas, me puse el Qipao escarlata. Me recogí el pelo y me coloqué delante del espejo. Quedé maravillada. Cómo era posible que ese cuerpo larguirucho y extremilargo se transformara en una jovencita en la que comenzaba a prender una chispa brillante que avanzaba despacio, pero rotunda.

Los vecinos estaban intrigadísimos con Sayuri-Jin, y la señora Manuela no dejaba de cuchichear con mi abuela presintiendo malos augurios a la relación del tío con una muchacha tan rara. Nina la escuchaba en silencio y no le daba importancia a esos comentarios, y cuando la señora Manuela se marchaba, me confesaba que decía esas cosas por lo sola que estaba.

La señora Manuela vivía sola porque era viuda y todos sus hijos estaban casados ya. De joven había sido muy hermosa, pues lo primero que te enseñaba al entrar en su casa eran las fotos de juventud, cuando gastaba un corte de pelo estilo belle epoque y tenía unos ojos grandes y verdes de piedra preciosa, que traspasaban las fotos en blanco y negro.

Su esposo era muy apuesto y los dos parecían dos estrellas de cine. Ella hablaba sin parar de él e insistía en saber si ya tenía novio. Yo me sonrojaba, porque me gustaba Daniel López y él ni siquiera me había dedicado un par de parpadeos. Tenía claro que nunca iba a interesarse por mí, pero eso era lo que acentuaba mi atracción por él, ese aroma que desprendía a fatalismo de amor imposible.

La señora Manuela solía salir a la calle a coser para matar el tiempo, y de paso enterarse de lo que acontecía en el vecindario, motivo por el que era apodada en secreto como “la portera Churruca”, nombre de la calle donde vivíamos. Todas las tardes, cuando se escondía el bochorno de la siesta, salía con su banquetita a la calle y se ponía a coser inacabables faldas y camisas para sus nietos.

Al poco, se sumaban a la sentada improvisada otros vecinos que salían a la fresca a compartir conversación y compañía. Mi abuela también salía y cada día explicaba la crónica de las andanzas de mi madre, con su gira por tierras del norte. Cuando mi tío no estaba, Sayuri-Jin también acompañaba a Nina y se limitaba a sonreír con su carita de muñeca, mientras soportaba las miradas curiosas de las personas que pasaban por la calle.

Los señores Coito, que se habían cambiado el apellido a Couto para evitar los chistes fáciles, pero que en los papeles seguían constando con tan evidente apellido tal y como me había confirmado, entre risas, mi tío Tinín, salían a dar un paseo todas las tardes a la misma hora, y saludaban a tan variopinta concurrencia vecinal, pero nunca se quedaban.

Eran bastante estirados y serios. Tinín decía que era debido a la pesada carga que soportaban por apellidarse Coito. Recuerdo que cuando se lo conté a mis amigas, no les hizo mucha gracia y tuve que explicarles lo que significaba “coito” porque nosotras sólo nos atrevíamos a mencionar aquello de “hacer el amor”, pero con la prudente distancia del sexo como lejano hecho que ni por asomo nos planteábamos. Éramos niñas decentes que sólo creíamos en el amor platónico para toda la vida, aunque Daniel López evocara sensaciones exrañas y difusamente carnales.

Aquel verano vestía galas de calor compacto, activo, de losa. Los ancianos andaban despacio, con la respiración agitada y los pájaros se negaban a cantar desde unos árboles achicharrados. El señor Coito bajaba las escaleras con dificultad, apoyándose en su mujer, y si coincidías con ellos, esperaban a que te adelantaras para seguir bajando a su ritmo lento. Cuando pasabas por su lado, tan cerca como estrechos eran los rellanos, notabas el sudor perlando el grisáceo rostro del señor Coito, y olías un aliento agitado y agrio, como cosa rancia.

Estaba muy grueso, fumaba sin control y no tenía muy buen aspecto, y por eso no me resultó sorprendente que se cayera por las escaleras aquella mañana. Tarde o temprano ocurriría. Nunca se atrevía a salir a la calle solo, pero aquel día su mujer tuvo que hacer unas compras urgentes y él se había quedado sin tabaco. Cuando estaba a la altura de nuestra puerta, sintió cómo se sesgaba algo en su cabeza y cayó rodando por las escaleras, quedando espanzurrado en el rellano con el cuello roto y un derrame cerebral causante de la caída.

Yo estaba sola en casa y escuché el estruendo. Cuando salí y encontré al señor Coito, sentí como si ya hubiera vivido esa escena, pero no la recordaba tan cruda. Allí estaba, un señor muerto, la primera vez que me enfrentaba a algo así. Recuerdo vagamente los acontecimientos que siguieron. Una marea de gritos, ruido de ambulancia, manos que intentan volver a la vida, brillos plateados de instrumentos que miden, analizan e intentan. Lamentos y gritos, desmayos, lágrimas y pañuelos. Finalmente, el silencio.

Y nadie se acordó de mí. Todos corrieron y me dejaron sentada en el poyo del portal, abatida, rendida y presa de una soledad fría como nunca había sentido. Mi primer pensamiento se dirigió a mi abuela, desde la consciencia de que era mortal, que había de llegar un día en el que me abandonara sin previo aviso, dejándome sola frente a este mundo tan poco domable y tan desconocido.

No sé cuántas horas pasaron, pero en un momento determinado llegaron mi tío Tinín y Sayuri-Jin y me recogieron. Me dolía muchísimo la tripa, y creía que me había enfríado después de pasar tantas horas sentada sobre el frío mármol de la puerta. Un poco descompuesta, busqué los brazos de mi tío, como cuando era pequeña y me cobijaba en su ancho abrazo hallando calor y seguridad.

La sorpresa llegó cuando fui a darme un baño para entrar en calor, y descubrí un rastro rojizo en mis braguitas. En ese momento, me cayó como un pesado ladrillo la certeza de que ya era mujer, que ya había llegado el momento, que el último lazo con la infancia irresponsable se había desanudado y comenzado una nueva etapa que había de afrontar yo sola.

Mi abuela llegó más tarde, cuando había anochecido y traía la noticia de que la señora de Coito, cuando buscaba los papeles de su marido, había descubierto una caja de zapatos llena de billetes y de cartas de amor que su estirado esposo había intercambiado con una cabaretera (palabras textuales de la abuela) durante años.

La noticia sepultó el acontecimiento de mi entrada en el mundo adulto femenino, y Nina se limitó a darme un beso grande de abuela y a darme unas compresas. “A partir de ahora, ya sabes, a tener cuidado”. Yo no entendí lo que quería decir con esta advertencia, pero no pregunté porque prefería que nadie prestara demasiada atención a este cambio, y así permanecer un poco más asentada en una niñez que me resistía a abandonar.

Mamá llamó y me susurró palabras de madre, cariño que me llegó con la calidez de la distancia y el abrazo impalpable, pero me pidió rápidamente que le pasara con mi abuela. Desde mi habitación oía la risa de Nina mientras contaba al detalle la historia de la cabaretera y el señor Coito, que a esas horas ya era la comidilla de la calle Churruca.

El tío Tinín se marchó una mañana, y se llevó con él a Sayuri-Jin y el aroma de su misterio. Me asomé a la ventana para ver cómo metían el equipaje en el coche porque no me gustaban las despedidas. Sayuri-Jin se giró y me miró regalándome una sonrisa cómplice, de mujer a mujer. Antes de irse me regaló su Qipao rojo, bordado en hilo de seda y yo estaba deseando enseñárselo a mis amigas.

Llegaron todas a la vez a merendar esa misma tarde, y se quedaron fascinadas con la ropa. Todas querían probarse el vestido, y sobre nuestros cuerpos recién moldeados estalló el color y la vida. Me miré al espejo y sentí un ramalazo de satisfacción: puede que no fuera tan malo crecer y ser mujer, después de todo.

2005
Para Tito y Nina. Que no me falten.