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04 febrero 2009

Nana para espantar malos sueños

El aire se paralizó antes de llegar a los pulmones, y la fuerza quedó en suspenso también. Fueron sólo unos segundos, antes de quebrarse sobre sus hombros, derrotados, perdidos.

La niña la miraba clavando párpados desorientados, donde se adivinaba la locura. Un hormigueo de derrota comenzó a subir por sus piernas, y tuvo que sentarse para no perder el equilibrio ante los ojos perdidos de su hija.
La maestra les miraba alternati- vamente, sin atinar a proseguir su relato. Sobre la mesa, el último dibujo de la pequeña. Un incendio rojo desbordado entre las garras de la bestia, las pinceladas de una mente infantil desgarrada, de un cuerpo de bebé arrasado.

Los sollozos estremecían los hombros de la madre, mecidos por el silencio de las lágrimas siempre agotadas, temerosas de aturdir al monstruo, de alertar sus instintos animales. Las gafas resbalaron por la nariz, anclándose en la punta como flor temblorosa al borde del precipicio. Los ojos ya no se ocultaban, y el estallido de colores en los párpados hinchados dibujaban minutos, segundos tal vez, de ira y violencia, y horas, años tal vez, de ahogo y desesperación.

Las piernas le temblaban, el cuerpo se agitaba, y la boca seca ardía la garganta como arena de desierto. No. No. No. No podía ser cierto. Cómo no me he dado cuenta, por qué no he hecho nada. La niña, no. La culpa arañando el estómago con un rastro de bilis. No sabía nada. Estaba tan sumida en sobrevivir a su propia tortura, en ocultarla a los ojos de los demás, en anularse como ser humano y hundirse en los abismos, que cegó ojos y ensordeció oídos. La espalda emitió un aullido con el peso de la revelación, que sólo aflojaría la presión cuando la niña creciera firme y fuerte, tiempo después, pero que nunca se desprendería del todo. Suspiró. A la niña, NO.

La pequeña se encogió en su silla. Miraba a la madre fijamente, con un asomo de berrinche en la boca. Tenía sus lápices agarrados fuertemente, como un arma defensiva, su más preciado tesoro, la fuente de sus desahogos, la puerta por la que sacudía los fantasmas que por la noche manchaban de negro sus paisajes de colores infantiles. La observó. Sombras en los ojos recién descubiertas delataban el miedo, lo reconoció, se parecía bastante al suyo propio, cómo no vio antes el dibujo hostil en sus labios, la sonrisa anulada que ella había perdido también.

Los brazos de la madre se extendieron para acunar a su hija. La niña se cubrió con el cuerpo de su madre, y se enredó en su regazo. Acarició su pequeña cara, rozó las lágrimas y entonó las primeras notas de una nana que derramó paz instantánea sobre el abrazo estrechado.

La maestra las despidió en la puerta del colegio. Las vio irse con un inicio de complicidad y lucha entre la bruma opaca del dolor. Tenían varias citas para el día siguiente, y los siguientes y los siguientes. Psicólogos, trabajadores sociales, abogados, policías. Personas que ayudarían, sin duda, pero que no alcanzarían a trepar a lo más alto del cerco de unión y fusión de dos almas frágiles, pero nunca más indefensas. La madre se alejó del colegio con su niña en brazos, retrocedidas las dos a la unión del vientre preñado, refugiadas en su ombligo.
Lo que no pudo ver la maestra es que bajo las gafas oscuras de la madre, había una chispa de determinación y de fuerza, algo que el cuerpo reconocía como perdido hacía mucho, pero que comenzaba anidar con la misma intensidad que el abrazo daba apoyo a su niña y la nana entonada espantaba sus malos sueños. Para siempre.


Los cuadros son de Mark Ryden y Picasso.

07 enero 2009

Olga


Qui no recorda, no oblida.
Qui no oblida, recorda.
Qui recorda, oblida.
Qui oblida, no recorda.
Qui no recorda, no oblida.
Estimo, però no ho recordo.
M'estimen, i no ho oblido.
Mai no caurè en l'oblit.*
Marius Serra,
Quiet.

A Olga le gusta mucho cerrar puertas, muebles y ventanas. Como queriendo evitar que escape la luz que barniza lo que la rodea, ya sean objetos o personas, ya sean hadas o duendes. Tiene un sitio fijo en la cocina de mi abuela, la silla tras la puerta, de la que es fiel guardiana, el trozo de encimera donde juega con la cafetera a encajar sus viejas piezas. Mi abuela le canta canciones de otros tiempos, atrapadas en una noria de infancias por las que todos sus nietos hemos pasado, salvo Olga, que siempre será la pequeña, la niña de todos, pese a sus 30 años cumplidos.

Tiene unos ojos enormes, los abre al mundo que la mira indiferente, acusando su diferencia sin reconocerla. Sus ojos son los más hermosos que jamás he contemplado. Son algo verdes, medio grises y violetas, minerales brillantes que destellan en la seca montaña. Hay una chispa de emoción cuando enciendes una vela y se lanza a soplarla en un permanente cumpleaños de fiesta, hay un atisbo de indulgencia hacia los que la reducen y menguan, hay un campo de batalla en el que combate nuestra vulnerabilidad con su fuerza.

Cuántas veces me he sentido frágil, herida, atormentada, y me he sorprendido encontrando su mirada derramando una luz frente a la que me detengo acariciada, sintiendo que percibe los matices grises de mi espíritu, mi adormecido ánimo fiero, mis rutinas y miserias. Pero no me juzga, no hay reproches en el golpe de sus párpados, hay un vasto terreno limpio y fresco, donde laten sus grandes ojos, sin perder intensidad. Y es entonces cuando me cubre con un hule de colores con el que me levanto y esbozo una sonrisa, mezclada de su risa casi ahogada, y su arrullo confiado.

Le gusta mucho cantar con su media lengua de trapo, que entonemos con ella nuestras voces desafinadas. Mi hermano le guarda una canción en su guitarra, tiene un estribillo colgando del bolsillo donde Olga le mete una carta fournier de su baraja española preferida. Cuenta hasta tres como si alcanzara el infinito numérico, coloca en tu mano las cartas de la baraja como si fueran un abanico, y hay un muñeco al que adora y arrastra por toda la casa con su paso tambaleante y sus piernas flacas. Su silueta es estilizada, sus movimientos delicados y pausados, nada bruscos, cuánta belleza en un cuerpo que no aprendió a puntuar envoltorios.

A los padres de Olga no han sabido nunca explicarles lo que pasó, cómo un bebé tan lindo y fuerte se entumeció de fragilidad y se quedó varado en el tiempo. En un universo infantil sin puentes ni fronteras, de puertas abiertas que se cierran para no dejar que escape la magia del instante, la permanencia del momento vivido, ese segundo que a los adultos se nos escurre entre los dedos de las prisas, las responsabilidades, los enfados, los agobios, sin dejarnos disfrutarlo, ni sentirlo existir, ni saberlo durar.

Cuando Olga duerme la siesta entrelazada con mi abuelo, me quedo fascinada mirándola. La paz que cincela su rostro es la que he perdido y me resulta tan difícil alcanzar. Necesitamos pilates, yogas, meditaciones, músicas relajantes, y otras hierbas, y no llegaremos a dar tregua a nuestros músculos faciales como lo hace ella. Quisiera arrancar del sofá ese cuadro y llevármelo bajo el brazo, calentando mi sudor frío, ahuyentando mis demonios y alejando mi ansiedad.

A Enrique le encanta verla jugar con las piezas de lego que Olga encaja con paciencia y esfuerzo. Ella le sigue sin hacer caso de sus indicaciones, plena de razones para amoldar las formas como bien le cuadran. Mi madre se sienta a jugar con ella alborotándola de risas y abrazos, besos de los que siempre guarda una madre. Quisiera tragarme esa estampa y dejarla macerar bien adentro, para aprender a colocar cada cosa en su espacio adecuado.

Su madre la sostiene, la vincula, la prolonga, el territorio que comparten sólo admite a la hermana, las tres princesas de un cuento que sabe de rabia, impotencia, dolor y no entiende de hadas, sólo de una, la que les sopla fuerza con su impulso, ilusión con su risa entrecortada en la que le falta aire de puro gozo, cariño con su abrazo entregado, pleno, donde se supo el comienzo y no se adivina el final, y el tesón de una superviviente, la más luchadora, la gran vencedora de todas las batallas, las de siempre, las que vendrán y nos reventarán a todos, mientras ella nos mire con sus ojos bien grandes, algo verdes, medio grises y violetas, y levante el brazo vacilante, queriendo cerrar la puerta para que no se escape el asombro, la devoción y la magia de saberse intensamente viva.


*Quien no recuerda, no olvida.
Quien no olvida, recuerda.
Quien recuerda, olvida.
Quien olvida, no recuerda.
Quien no recuerda, no olvida.
Quiero, pero no lo recuerdo.
Me quieren, y no lo olvido.
Nunca caeré en el olvido.
Marius Serra, Quieto.

15 octubre 2008

Un post-it color azul

Rubén se acaba de levantar. Martes, 7 de la mañana. Asoma la nariz por la ventana con el primer bostezo, y fija la vista en el horizonte de mármol gris que comienza a dibujarse. Tres-dos-uno, zas, la luz de la farola de la plaza se apaga de pronto. Como todas las mañanas, de lunes a viernes, el mismo ritual y las mismas rutinas.

Tiene sobre la mesa del salón una nota. Es un post-it tamaño mediano, color azul. La letra apretada de Carlos deseándole un buen día y confesándole una emoción. Ha sido un arrebato, no se ha podido contener, y la fuerza de un "te quiero" planea sobre el horizonte gris apaga farolas de esa mañana recién pintada de azul.

Carlos es así, acomoda la vida de los demás con su juego de almohadones emocionales, hace romas las esquinas con pequeños detalles que iluminan lo cotidiano. Una camisa que no se espera, una invitación al teatro, un viaje sorpresa. Rubén se siente protegido y seguro a su lado. Complementa su vida con una entrega que adormece fantasmas y quimeras.

Pero cuando cruza la puerta de su casa, el horizonte tiene vetas más intensas y el post-it azul queda colgado del nido enmarañado donde aisla su autenticidad, niega su sexualidad y su deseo por Carlos, o tantos hombres antes que él. Ocultar es ley, una norma rígida y severa que somete ferozmente sus decisiones, discurso y hasta la decoración de su casa. Cuando los amigos van a casa, borra todo rastro de Carlos, arrojando la parte más plena de su existencia a un vertedero de oscuridad y anulación. Zozobrar en el fango del desprecio y el juicio ajeno le aterra, asomarse al regazo de la soledad le aterroriza.

El metro va atestado de gente, imposible sentarse. Se incrusta en la puerta y decide arrojar la claustrofobia al rincón mientras rescata un buen recuerdo. Se acuerda de Carlos, de sus largos dedos resbalando por su espalda, hundiendo su rastro en la piel, descubriendo atajos deliciosos. Hay un chico frente a él que le mira fijamente. Tiene grandes ojos, flanqueados por párpados pesados, hinchados de sueño interrumpido. Pero en el brillo del iris se puede leer el interés, la atracción, el deseo. Rubén se siente incómodo con su mirada. Le trae recuerdos de días de huida, turbios y sucios de miedo y renuncia. Eran días sin Carlos, días de cuerpos sedientos entre las sombras, la vuelta a casa con los hombros vencidos, sin apenas aliento, resbalando por toboganes de remordimientos y angustias reencontradas.

Y al llegar, los ojos de Carlos. Encendidos de rabia al principio, confundidos e interrogantes después. Reconocía los demonios, conocía cada palmo del camino de la negación. Y se sorprendía a sí mismo fingiendo que no se enteraba de nada, confiando en que al amor endeble le crecieran piernas fuertes y firmes para caminar por la misma vereda.

Pero a Rubén no se le escapaba la batalla que libraba por contener una lágrima. Al principio, todo quedaba ahí. Pero luego llegó el esbozo de una grieta. La humedad se precipitaba por la mejilla sin que a Carlos le diera tiempo a disimular. No pasa nada, no te preocupes, lo entiendo. Y detrás de su voz, el bramido de la ruptura, cada vez más cercano. La voz grave y arrastrada de Rubén le pedía disculpas, mientras las palabras vacías le raspaban las cuerdas vocales.

El discurso aprendido, el mismo de otras veces. Y la sombra del abandono y la angustia, la llamada de la soledad saludando tan cerca. La necesidad de salir corriendo. Y la vista fija en los ojos de Carlos, que sujetaban los mares furiosos, pero no podían ocultar lo que había detrás. El desgarro de la decepción, la riada del dolor y los trazos firmes del final. Más de lo que Rubén estaba dispuesto a soportar.

Por fin, su parada. El chico de la mirada intensa queda oculto entre la gente que entra apresuradamente al vagón.
Y un post-it azul vuelve a pegarse en su frente. Como un aviso, una advertencia, la señal de un cambio. Las palabras de Carlos le retumban por dentro, un ciclón de emociones están arrasando sus cosechas de temores, largo tiempo sembradas sobre suelo bien regado.
La confesión de Carlos le abrió la ventana esta mañana, le mostró un horizonte de grandes espacios, y le pintó de azul el cielo, antes gris y compacto.

Al llegar al despacho, saluda a su compañero y le confirma que irá a la cena de la oficina.
¿Irás solo, como siempre, o nos sorprenderás con alguna chica guapa, para variar?
No, contesta en tono quedo antes de aclararse la garganta.
No iré solo, afirma con voz más fuerte.
Vendrá conmigo mi novio. Se llama Carlos.


La imagen está sacada de algún rincón de Internet. Desconozco el autor, de lo contrario, lo nombraría encantada.

21 abril 2008

Aurrera!!!*

Gustav Klimt
A Elvira.

Se miró al espejo. La lana le picaba, pero el gorrito le quedaba bien. Le rejuvenecía llevar la cabeza cubierta por un gorro color verde. Sonrió, le hacía juego con sus ojos, que hoy tenían un pellizco de picardía adolescente. Había una fuerza en ellos que oscurecía sus pestañas. Brillaban sus pupilas, como ventanas cubiertas de lluvia. Hoy le daban el alta.

Una lágrima rodó por su mejilla, dibujando el contorno de la nariz, los labios, hasta arrojarse en la barbilla. Borró su trazo. No quería llorar, o sí, pero no de dolor, miedo o amargura. Quería llorar de alegría, de vida, de fuerza. Vaya, se le había corrido un poco el rímmel. Humedeció en agua un trozo de papel higiénico y corrigió el manchurrón negro que le había dejado la máscara de pestañas. Parpadeó. Cómo brillaban sus ojos. A ella misma le deslumbró la chispa que los incendiaba, eran pinceles manchados de verde sobre un lienzo nuevo. Gotas de manzanas salpicando el iris con un coraje y una determinación de estreno.

Se colocó de nuevo el gorro y se puso en pie. Había vuelto a llover, como el día en que ingresó. La lluvia y su tono monocorde la recibieron al abrir la ventana. La había abierto porque quería respirar la lluvia, sentir la humedad deslizándose por sus pulmones, agrandando el diafragma y refrescándola enteramente. Las gotas explosionaban en su mano extendida. Sintió sus cosquillas, el tibio golpeteo del agua resbalando por su piel. El frescor le dio energía, como cuando era niña y se saltaba las advertencias miedosas de su madre sacando la cabeza para empaparse con la lluvia temprana.

Y recordó el olor del campo recién barnizado, absorbiendo el agua como nutriente básico, elemental. El origen de la fuerza primera, del infante latido, de la vida plena. Se alegraba de que lloviera el mismo día que abandonaba el hospital. Para todos sería un engorro de paraguas, un lío de bolsos y desorientados pasos abriéndole el camino para que no resbalara, pero ella les miraría con paciencia, sonreiría confiada y les cogería la mano para no herirles. Pero no lo necesitaba.

Podía caminar sola, con firmeza y hacia adelante. Como el cartel que veía desde la ventana del hospital: Aurrera!!! Lo miraba a todas horas. Lo había adoptado como propio. Lo había hecho su lema. Cuando el doctor le explicaba las rutinas de la quimio, cuando el dolor se pegaba a las vendas, cuando atisbaba el desánimo en los ojos de los suyos, miraba de reojo al cartel y sellaba las compuertas por las que se escapaba la fuerza y se filtraba la angustia.

El gorro verde que ahora llevaba se lo había regalado su hija. Escogió el color porque el verde siempre le había traído suerte y le favorecía. Pensó en sus ojos, preparados para mirar hacia adelante. Y en su perfil de batalla, que no conocía la retirada. A veces se escondía en las esquinas para ver cómo se desenvolvía su madre cuando no se sentía observada. Y así fue cómo descubrió que parecía más viva cuando no la acosaban a preguntas o a miradas inquietas. Que cuando los fantasmas la rodeaban, se los sacudía hablando con todos, bromeando y así caían rendidos a su encanto. Todos, personal sanitario, enfermos, familiares de enfermos, incluso los señores del servicio de mantenimiento de las máquinas expendedoras de comida y bebida de las salas de espera. Su hija asistía a su verbo incontenible con estupefacción. Desde luego, esta mujer está hecha de otra pasta, decía entre risas.

Se acercó por detrás de su madre, dejó que cerrara la ventana y, con las manos todavía húmedas, lanzara un último guiño al cartel cómplice en la batalla. Aurrera!!!, murmuró bajito.

La hija sonrió ante el gesto, y le dijo que estaba muy guapa. Ya podemos irnos, mamá.

Era la hora de izar el puente y ver cómo caía al foso la desesperanza y el miedo. Cogió la mano de su hija y la apretó muy fuerte.

Vámonos, hija, dijo animosa. Que tenemos muchas cosas que hacer.



Adelante!

19 marzo 2008

Pinto una ventana


Room in Brooklyn, de Edward Hopper

Se me hace raro escribir, porque nunca lo he hecho, por lo menos así. Me cuesta juntar palabras para nombrar una emoción, una urgencia o un lamento. Pero ahora hay un terapeuta en mi vida, y tengo que hacer lo que me mande. Para empezar, escribir sobre mí, lo que siento y quiero. Y me cuesta, me cuesta mucho. Porque me resisto a creer que estoy mal, que necesito ayuda. Todavía siento que no me pasa nada raro, o por lo menos no soy ni la mitad de raro que el resto de los mortales.

Lo único que necesito es un rato de tranquilidad, de silencio a mi alrededor. Que nadie me mire como si anduviera tropezando por las esquinas, o metiéndome en todos los charcos. Hombre, reconozco que he tenido algunos problemillas últimamente. Las cosas no me salieron como yo esperaba. Celia me dejó más tirado que una colilla. Lo admito. Y a la vez que se desprendía de la colilla de un puntapié, aplastaba tantos sueños y proyectos. Se los fumó de golpe, se tragó el humo sin parpadear, y me cubrió con él oscureciéndome la visión, sin reflejos para esquivar el golpe. Me invadió la niebla, me cegó su gris tormento y se me ahogaron las fuerzas.

Ahora reconozco que ella también sufrió. El humo también anidó en sus pulmones y le tocó respirar su propia soledad y mi propio fracaso. Pero después de lo de Celia, yo estaba bien. A ver, reconozco que es complicado entenderlo, pero es que es así de sencillo. Yo estaba bien. Me dolió su abandono, pero sólo fue jodido durante las dos primeras semanas. Después, comencé a superarlo. En serio. Nadie me creía. Yo les pedía que no habláramos del tema, porque ya no era necesario, estaba superado, era agua pasada. Pero ahí seguían esas miradas de lamento contenido, esas cejas en tensión cuando me quedaba callado un rato largo. Sus bocas me hablaban y me pedían respuestas, emociones, la voz de un dolor. Y yo no encontraba las letras.

Y no lo necesitaba, porque lo que de verdad quería era que todos actuaran con naturalidad, como antes, como siempre. Que desaparecieran los ceños fruncidos de mi padre o los labios mordidos de mi madre. Que cesaran las preguntas, los ofrecimientos, las propuestas. Porque las palabras se afilaban en agujas finas que jugaban a hacer piercing con mi estómago, y con mi hígado y el corazón. Incluso terminé con los pulmones agujereados y exhaustos de tanta acupuntura involuntaria.

Acabé agotado. Sólo estaba a salvo en mi habitación. Trasladé cuanto necesitaba a mi cuarto para estar aislado el mayor tiempo posible. No es que quisiera darle la espalda a los demás. Es que necesitaba recogerme, impregnarme del silencio, dejar descansar a mis doloridos órganos. Necesitaba descansar de todos.

Los consejos me llegaban como nieve en la cima. Caía fiel a su cita, previsible, y se amontonaba ocupando todo el espacio, extendiendo su color por todo el horizonte. Yo me sentía tan cansado y ajeno a sus esfuerzos. Agradecido, pero harto. No pensaba hacer caso a ninguno de ellos, porque mi único pensamiento era una flecha apuntando directamente a mi habitación y su forro aislante. Sólo era un saco de palabras que me atravesaban con su perfil afilado.

El despido fue duro. Esperado, ahora lo sé, aunque cuando llegó lo recibí con la honra herida. El orgullo me cegó y ayudó a fabricar una muralla en torno mío que frenó el avance de la sensatez y la cordura. Y ahora, que comienzan a trepar con su enredadera, me dejo acariciar por sus hojas y me siento tan ridículo.

He sido débil, torpe, orgulloso. Soberbio y vulnerable. Me abandoné en una masa viscosa de abandono y autoengaño. Ahora siento que fui egoísta. Sufrí y no entendí, pero me negué a comprender. Me escudé en los demás, ellos eran los culpables. Celia, la empresa, mi familia. Y busqué respuestas sin haber aprendido a formular las preguntas. Es complicado reconocer tu propia flaqueza cuando tu estabilidad resbala sobre un charco de fracaso.

Pero lucho. La batalla me ha dejado entrar en combate, todavía estoy aquí.

Intento recomponer todas las piezas para encajarme en el ritmo cotidiano de este mundo. Encontrar mi hueco, construir mi sitio. Pinto una ventana de cortinas blancas desde la que veo mi camino avanzar y adentrarse.

21 enero 2008

Se escaparía con ellos

Autoretrato en un espejo esférico, de M.C. Escher.


Puede que haya vivido la derrota,
pero nunca me sentí derrotada.
Susana Ruiz


Hablaban y hablaban sin parar. Salían disparadas las palabras de sus bocas, con fuerza pero sin blanco definido. Se sacudían como látigos, pero no encontraban piel que lacerar.

Todo me daba igual. No me molestaban ni me herían. Sencillamente las sentía brotar, pero no me llegaban. Se quedaban a milímetros, atrapadas en una red que me ceñía, celosía gruesa que se tornaba móvil, me seguía, cubría mis pasos impidiendo que las palabras de los demás me hundieran.

Todos hablaban de mí. Todos tenían una opinión sobre lo que yo debía hacer con mi vida, mi cuerpo, mi cara, mis emociones. Para todos era cuestionable cómo sentía, decidía o comía.

Nadie se molestaba en escucharme. Asentían educadamente cuando yo les contaba. Incluso sonreían comprensivos. Pero no entendían nada. La sonrisa escondía un vacío.

De repente, me levanté y salí. Enmudecieron. No se lo esperaban. Después comentarían que vieron en mis ojos la luz de un relámpago. Una fuerza interior que asomaba a mis pestañas como un espectador que asiste a un espectáculo de teatro. Y los actores, las pantomimas, y las tragicomedias las protagonizaban ellos.

Siempre fui pasiva. Tenía carácter, lo dejaba estallar en algunas ocasiones, pero nunca me rebelaba ante nada. Era un alma dúctil, amoldable, flexible. Una rama ajustable a cada doblez, siempre al borde de quebrarse. Formaba parte de un tronco más fuerte, el que formaba mis padres, mis profesores, amigos, los jefes después, el amor al final.

Me cimbreaba sin soltarme nunca del tronco. Podía doblarme con el viento que soplara, se desprendían mis hojas al faltar el sol, pero nunca tuve intención de soltarme. Me llegaba la savia, me nutría y me acomodaba a tener alimento y protección siempre que lo necesitaba. Y nunca tuve intención de soltarme.

Hasta que llegaste tú. Y contigo la fuerza. La rabia, la ira, la pérdida. El horror. Abriste la ventana de la fragilidad, se me coló en los pulmones el aire del espanto. Y me dejó sin aliento.

Irrumpiste tan bruscamente, que no te veía al principio. No parecía darme cuenta de nada. Hasta que comencé a escuchar tu susurro quedamente, filtrándose poco a poco con su paso de losa, constante, sostenido, hasta ocuparlo todo.

Al principio, pensé que era mentira. Como un sueño, del que me desprendería al abrir los ojos. Pero los ojos estaban bien abiertos y el mundo seguía en pie, con el mismo paso vacilante, la misma indefensión. Los mismos paisajes, las mismas personas, ahora un poco más desvaídos de color. No era un sueño. No era mentira.

Era verdad, mi verdad, la que me pertenecía a mí, sólo a mí. Enteramente mía.

Y ni familia, ni amigos, compañeros, médicos, ni amores, podrían compartirlo conmigo. Aquello era mi territorio, en el que yo debía combatir sola. Sin nadie que me suministrara un tronco al que aferrarme para seguir nutriéndome. Ya no había salvación en la rama que hasta entonces yo había sido.

Ahora era mi turno. Mi desesperado turno. Era mi ocasión de vivir. Por último, o no. Eso iba a dependender enteramente de mí. Y sus palabras no podrían penetrar la atmósfera que rodeaba mi planeta recién conquistado. Rebotarían, se escaparían, se perderían.

Me daba igual. Yo estaba dispuesta a luchar sola. Construiría un trampolín desde el que saltar y agitar el dolor. Me compraría un espejo en el que asistir a mi nuevo rostro, sin pelo, sin color, fatigado. Para dejar que todo se cayera, la vieja piel, los viejos hábitos, los trapos viejos.

Y asistir al nacimiento, poco a poco, paso a paso, de una nueva rama. Brillante, de madera veteada de caobas brillantes, barnizados por el sol más furioso. Alumbraría un nuevo cuerpo, sano, entero y tan fuerte que a poco le llegara el arrullo de los primeros vientos, se escaparía con ellos.

07 agosto 2007

La voz de las mejores


Los dedos resbalaban por la piedra áspera y dura. Cerró los ojos, no podía respirar. La sangre corría en desbandada impulsada por un corazón que agitaba todo su cuerpo, latido a latido. Apoyó la cabeza en el muro. Las piedras se clavaron en su frente, traspasando la piel, arañando el hueso.

El tacto tenía la frialdad de lo húmedo a destiempo. Como sus lágrimas, tan húmedas como los inviernos que llegan anunciando malos vientos. Los vientos de la dictadura, del fin de los sueños, del sellado de bocas, almas, ideas, principios.

Era un contacto gélido como las lápidas que cubren futuros. Grises como las mentes que oprimen cuerpos, sentimientos. Opacos como sus almas podridas. Perdidos, como sus esperanzas.

Apenas notaba el fluir de las lágrimas, que recorrían su camino en silencio. Con la sola pretensión de acompañar un lamento. El lamento de una nieta que nunca conoció a su abuela. Se la arrebataron los cuervos negros.
Fue en ese mismo muro, en esa misma piedra en la que se estamparon entrañas, jóvenes cerebros abiertos a un mundo cambiante que prometía primaveras. Fue allí donde estallaron esos cuerpos, dejando un rastro de bestia que agotó la mejor generación que jamás pudo dar un país.

Su abuela murió allí. Cogida de la mano de sus compañeras, hombros con hombros, cabezas temblorosas, ojos enfrentados a verdugos, que seguro, dudaron un segundo al encontrarse con ellos. Al ver su limpieza, su honesta visión, la lucha y compromiso de esos párpados adolescentes, que se entrecerraban apenas ante el momento final.

Eran niñas muchas de ellas. Algunas empezaban a dibujar su rastro, otras lo habían comenzado poco antes. Todas comprometidas con una lucha, empujadas por una ideología, un afán de igualdad, una creencia inquebrantable en un mundo mejor. Pequeños pétalos de una flor recién regada, sembrada en tierra firme, la misma en la que fueron enterradas.

Algunas quedaron con los ojos abiertos, espantadas ante un horror inexplicable. Cómo dar respuesta al aniquilamiento, la violación, la amputación, la masacre. Cómo lograr aliviar el puño crispado que arruga la hoja de un calendario desvencijado que marca un 39.

La nieta aún conserva el trozo de tela que a su madre le llegó de parte de una mano honrada. Ese pedazo pertenece a la falda que vestía su abuela cuando la mataron frente al muro. Alguien lo recortó para entregarlo a la familia. Hijos, padres, hermanos, seres desamparados y huérfanos que supieron así de su muerte canalla. Es sólo un amasijo de hilos entrelazados a punto de ser ceniza, pero su presencia nos afirma que después de aquello, es seguro que el mundo acentuó su cojera un poco más.

Abrió los ojos. Estaba a unos centímetros del muro. Un rumor ligero, como un eco que se acerca repitiendo tozudo un murmullo, le llegó de golpe. Las piedras le hablaban. Era la voz de las mejores.

En la foto, de izquierda a derecha, Nieves Torres, Concha Carretero, la dinamitera Rosario Sánchez y María Vergara.
(Gracias, Merche, por las referencias)
Con toda mi admiración, va aquí mi humilde recuerdo a las 13 Rosas y a todas las rosas que fueron cercenadas demasiado pronto durante el gran páramo del 36 al 75.


29 noviembre 2006

La puerta que lleva al mar


Miró el calendario y rodeó la cifra con un rotulador rojo.
14 de abril, miércoles.
Ese era el día que había escogido para morir.
Aún tenía algunas cosas pendientes, así que madrugó para aprovechar el tiempo. No quería que la Parca llegara y la encontrara con todo por terminar. Escrutó su memoria; tenía que llamar a su hijo y escribir la última hoja del diario. Recoger el traje del tinte y pagar al quiosquero el último número de la suscripción. Era el fin.

Se tomó un café y asomó la nariz por la ventana. Olía a lluvias primaverales, al baile de unas gotas que anuncian renacimientos. Sonrió. El día la acompañaría en su nuevo destino. Siempre le había parecido tan lírica la lluvia, con su manto húmedo impregnándolo todo, traspasando y nutriendo poros.

En la cuerda tenía tendida algo de ropa. La tocó y estaba casi seca. Dudó si recogerla ya o no. Se frenó en seco al percibir la duda. No, decididamente no la recogería. Había mucho por hacer y esa ropa no se iba a mover de su sitio.

Terminó el café y comenzó a enjuagar la taza. Eran movimientos automáticos, adheridos a su aparato locomotor como el acto de plegar las piernas para sentarse en una silla. No respondían a ningún acto racional. Los tenía interiorizados. Pero un destello de lucidez le hizo apagar el grifo y depositar la taza en la pila, a medias, sin aclarar. Olvidada.

Llamó a su hijo y le saltó el contestador. Estuvo tentada de dejarle un mensaje, pero prefirió no hacerlo. Podría escribirle una carta después de completar su diario. Adoraba a su hijo, pero su equilibrio y estabilidad ya no le competían. Le había costado mucho alcanzar esa conclusión, sobre todo desde que le confesara que era homosexual, pero tuvo un nuevo destello el día que vino a comer a casa con su pareja.

Los ojos brillaban como estrellas en campo abierto. Su risa cogía carrerilla y se lanzaba al vacío sin temores, mientras cogía a su chico de la mano y los dedos se entrelazaban en un nudo de futuro. Se tuvo que reconocer a sí misma que era la primera vez que lo veía tan feliz. Tan orgulloso y tan completo.
Sintió un asomo de celos, pero un nuevo destello le entregó la paz que da presenciarla en quien más quieres.

Abrió el diario por la penúltima hoja. Le quedaba una para terminarlo. Eran muchas palabras garabateadas durante años y años. Adjetivos calificando emociones, verbos lanzando mensajes, frustraciones desnudas en la intimidad de un diario. Había decidido conservar esa última hoja virgen hasta el 14 de abril, miércoles.

Repasó las confidencias de otros días, se adentró más aún, mucho más allá. Y encontró lo que le había decidido a morir. Entre una letra desmoronada a veces, apretada otras, y descarada las menos, descubrió sus sueños. Se topó con los deseos, las esperanzas, las apuestas, los planes. La luz de un viaje por hacer, la delicia de un beso por dar, el desahogo de un puñetazo por encajar.

Encontró muchos destellos. El amor que sintió por su marido, la locura de desfallecer por sus besos y la desgana de acostumbrarse a ellos. La torpeza de amoldarse, volverse convencional y aceptar los mandatos de otros. La entrega al hijo, el egoísmo de sentirse imprescindible en su vida, la injusticia de erigirse en su timón y en su brújula.
El dolor de no mejorar, de no luchar, de no intentarlo. De rendirse a un destino que no era el suyo. La ferocidad y el desgarro del paso inclemente de los años sin perder su ritmo ni aflojar su ahogo.

Releer su diario se le ocurrió un día, hacía exactamente tres meses. Fue demoledor. Necesitó varias tilas para rebajar el ritmo cardíaco, para moderar el nerviosismo. Después llegó la calma, pero la calma del vacío, del fracaso. La certeza de haber torcido el rumbo en algún punto lejano, la seguridad de haber olvidado quién fue y lo que quiso. El abatimiento de no vivir.

Y se miró al espejo y un destello le recordó que quería aprender a montar a caballo, y aprender italiano para visitar Florencia. Cuántas veces se dijo que quería volver al Museo del Prado, cuántas veces pospuso apuntarse a natación. Por qué no se compró aquellas botas naranjas que tanto le habían gustado, ni había ido al cine por vergüenza a ir sola. Por qué no le dijo a su madre que no le guardaba rencor. Cuántas veces se negó un “te quiero”. Cómo pudo perder el contacto con sus amigas, cómo dejó que la rutina sembrara un jardín tan yermo en su pecho.

Se había pasado la vida perdiendo el tiempo. Llorando lágrimas amargas de soledad, de incomprensión, de angustia. Cerrando el ánimo y abatiendo los deseos. Mirándose tanto al ombligo, mientras se negaba el protagonismo. Reclamando una atención del resto que nunca terminaba de saciarla. Nunca era suficiente.

Sacrificó su bienestar por nada. Abrió la boca para morder, pero la dejó abierta y se negó el mordisco. Y se le llenó de moscas. Juzgó y sufrió por tonterías. Cercó su vida con chorradas y las convirtió en prodigios. Perdió la capacidad de descubrir la puerta que lleva al mar.

Lo tuvo tan claro, de golpe, que sintió mareo. Era el vértigo de los valientes. Los que deciden morir para nacer. Acabar con el fantasma en que se había convertido.

Y empezar de nuevo. Era el 14 de abril, miércoles.
Su nueva fecha de nacimiento.

23 agosto 2006

Un cigarrillo

A Enrique, por pedirme que escriba

¿Tienes un cigarrillo? Es que esta bruja me los esconde y no me deja fumar, será retorcida, más que una lagartija, peor, porque los animales son más nobles que las personas. ¿No ves que ya son muchos años? ¡¡Noventa y dos!! Y tengo algunos achaques, claro, pero ya quisieran muchos llegar a mi edad con esta energía, que lo único que tengo mal es la vista y los pulmones, pero total, qué más da a estas alturas que fume un cigarrillo más y que vea un poquito menos.

La primera vez que fumé uno tenía 12 años, cuando entré a trabajar como mozo de agujas en la estación. Todos los días me levantaba a las cinco de la mañana y andaba una hora hasta la estación, y cuando llegaba, el cojo Modesto me ofrecía un cigarrillo, que él mismo liaba, para calentar el cuerpo, que aquellos sí que eran duros inviernos.

Modesto estaba cojo porque le dio una descarga en la catenaria cuando estaba de maniobras con un Mercancías, y a punto estuvo de palmarla. Mudó toda la piel como una serpiente, pero sobrevivió y sólo le quedó una cojera de aquello. Un milagro, dijeron. Gente dura, los ferroviarios, y para mí era un honor que me ofreciera un cigarrillo cada mañana antes de empezar la faena.

En la estación muchos se alistaron en el ejército republicano cuando la guerra, y teníamos asambleas todos los días a las que asistían intelectuales y muchos obreros, como nosotros. Yo no faltaba nunca, y los veía hablar, discutir e intentaba aprenderlo todo, porque yo no sabía apenas leer, que tuve que dejar la escuela con 10 años para subir al monte de pastor con los lebreles.

El cojo Modesto hablaba muchísimo, era anarquista y soltaba discursos sobre la colectivización de las tierras y la libertad del individuo. Siempre acababa discutiendo con Castillo y Lorenzo, que eran socialistas y organizaban grupos de intendencia para preparar a los hombres que iban a ir al frente. Los anarquistas no creían en la disciplina ni en el socialismo, pero a todos les unía el odio a los fascistas y los cafés en la tasca de la Candidina.

En esas asambleas se fumaba muchísimo, y ya ves, a la mitad de ellos se los llevó la guerra y a la otra mitad la vida y sus golpes, pero ninguno dejó de fumar, que de algo tiene que morir uno y yo prefiero hacerlo con un cigarrillo en los labios.

La guerra fue horrible, en la tapia de la estación fusilaron a muchos compañeros, al alba, a escondidas, como a perros. Hombres jóvenes que se llevó la guerra con su gula y ensañamiento. Estábamos en terreno nacional, así que me metieron preso con el resto de hombres y a mi pobre madre casi le dio un síncope. Nos llevaron a León y en la misma celda coincidimos con los mineros del Bierzo, que tenían las uñas tan negras como roja la sangre.

Tosían sin parar, y escupían restos de carbón que tenían pegados en los bronquios. Eran hombres enteros, de una pieza, que apretaban fuerte la mano cuando saludaban, y sabían de la injusticia de ver morir a los hijos en los brazos, sin poder hacer nada.

Lorenzo, el socialista, decía que había que luchar por una educación gratuita, sanidad para todos, mejores condiciones laborales y pensiones de jubilación. Los mineros le miraban con los ojos encendidos y algunos derramaban a escondidas lágrimas negras de mineral.

El cojo Modesto sacaba la armónica todas las noches y cuando la tocaba se hacía un silencio denso, sólo roto por algunos sollozos aislados y las toses ahogadas de los mineros enfermos. La melodía de Modesto nos ayudaba a dormir sobre el suelo de piedra, que sudaba una humedad que traspasaba los pulmones.

Modesto estaba enamorado de la hija de la Candidina, Melina, y le escribía unos poemas muy bonitos con una letra ansiosa y apretada. Él creía en el hombre libre, en la literatura, en la poesía. Tenía ejemplares de Miguel Hernández, con el que coincidió en la cárcel, y de Alberti, Salinas y Lorca.

La Melina tenía la piel pecosa. El Cojo decía que las manchitas eran estrellas reposando en su cara. Por las noches las buscaba en el rastro que dejaban las nubes a través del pequeño hueco de la celda, y sólo entonces sonreía y tocaba la armónica.

Cuando salí de la cárcel, el cojo me pidió que le entregara los últimos poemas a Melina. Me dio un abrazo y le vi alejarse con paso desequilibrado, dándose manotazos en la cara para borrar las pistas de unas mansas lágrimas.

No pude cumplir su encargo porque a la Melina la metieron presa y murió de una tuberculosis en dos meses. La habían rapado y violado en el pueblo en presencia del párroco, al que escupió en la cara cuando fue a darle la extremaunción a la cárcel. Según me contaron, murió con una sonrisa en los labios murmurando una melodía de armónica.

Al Modesto le fusilaron a finales del 38, con la guerra casi perdida. Gracias a Castillo me llegaron todos sus libros. Había anotaciones de su puño y letra en cada hoja, versos improvisados, inacabados. Cuántas veces llegó la noche y me pilló memorizándolos.

Bien sabes tú lo pesado que he sido siempre con los libros, pero para mí son algo más que letras y papel. Son los recuerdos, la historia que nunca se olvida porque está impresa y al alcance de todos. Leer es aprender y conocer es mejorar. Siempre, como el cigarrillo después de una buena comida, que te deja satisfecho y completo.

Dicen que cuando el Modesto se enteró de la muerte de Melina, desmontó pieza a pieza la armónica y fue enterrando cada trocito por todas las cárceles por las que pasó. Ya no volvió a escribir más poemas ni a mirar las estrellas.

Al principio, yo me escapaba a verle, a escondidas de mis padres, y apuraba con él unos cigarrillos que le liaba siguiendo sus intrucciones, porque le temblaba mucho el pulso.

Con el paso de los años, se convirtió en una obsesión encontrar la tumba de la Melina para devolverle los poemas del cojo. Por eso fue tan importante el hallazgo de su fosa común. Entonces la familia pudo despedirla con dignidad y respeto.

Me dejaron meter en el ataúd los viejos poemas del cojo y recitar algunos versos. Me sentía más ágil que nunca, y tu abuela me miraba como si estuviera ante el mismo joven que la llevó al altar. Recuerdo que esa noche las estrellas brillaron limpias y grandes.

Para mí el cojo fue como un padre, y no sólo me enseñó a fumar, sino que me mostró valores como la amistad, la solidaridad, la lucha por alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Valores que espero haberos enseñado y transmitido.

Nunca os lo he dicho, pero estoy muy orgulloso de vosotros. Sois buenas personas y luchadoras. Procurad encontrar vuestro cielo estrellado y entregaros.
Y ahora, déjame solo un rato, que quiero fumarme un cigarrillo tranquilamente mientras el sol termina de esconderse.

2005

21 julio 2006

La flor despintada VI (final)

No la volví a ver hasta un año después, en un café casposo de París. No esperaba encontrarla, pero un amigo alemán me habló de una fotógrafa española que tenía mucho material sobre la situación en Palestina, y supe al instante que se trataba de ella. Le pedí el teléfono y la llamé. Casualmente estaba de paso en París, y sí, podía dedicarme un café... por los viejos tiempos. Estaba tan ansioso por volver a verla, que no di importancia a la voz grave y oscura que me hablaba al otro lado del teléfono.
Quedamos en el café que escogió ella, un antro de artistas bohemios e inconformistas, que creían ser las tres cosas, sin ser ninguna, mientras llenaban de mentiras una vida ociosa e improductiva en el aureolado Montmartre de mediados de siglo, del S XX, claro. París entera se reconstruía y se lavaba la cara tras la dominación nazi. Había un aroma de esperanza en el aire, de sueños retomados, de vidas rehiladas, y eso me hizo albergar sueños imposibles. El café estaba lleno a rebosar, no quedaba ninguna mesa libre. Me acomodé en la barra y me tomé de un trago el primer whiskey. Iba por el tercero cuando apareció. Entró muy decidida, pero se paró en el dintel de la puerta. Miró en todas direcciones. Me estaba buscando, pero yo no le dije nada. Me quedé contemplando su nuevo peinado, largo y ondulado, exactamente igual al del resto de mujeres que me cruzaba por la calle. Llevaba un traje chaqueta con tacones sugerentes, y lucía una elegancia totalmente propia de una mujer de clase media europea.
Aquella no era la joven intrépida y sin compromisos que yo había amado. Dio unos pasos hacia dentro del local, y fue justo cuando aproveché para marcharme de allí, para escapar. Necesitaba aire, necesitaba respirar y apartar este mal sueño de mi cabeza. Anduve y anduve sin parar, y cuando me quise dar cuenta estaba en el Boi de Bologne. Tomé asiento en un banco frente a un estanque, y poco a poco fui recobrando el ánimo y las fuerzas. Justo entonces me vino a la mente la mirada desafiante del hombre elegante que esperaba fuera del café, apoyado en la puerta entreabierta de un coche. Parecía esperar a alguien que no tardaría mucho en salir para irse con él.
Al cabo de unas semanas, dejé París y me escapé a Londres. Allí me esperaba otro país que también renacía y recobraba fuerzas perdidas. Justo el lugar donde un tipo como yo podía estar. Fue el mismo amigo el que me dio la noticia de forma tan casual, que al principio no acerté a darle la importancia que tenía. Ana y su esposo venían a Londres a inaugurar una exposición itinerante de fotografías. Ana y su esposo. Casada. Aquel hombre. Su nuevo aspecto de mujer común que tanto había despreciado siempre. Todo encajaba.
Decidí acercarme a la exposición de sus fotografías. Las últimas de unos viajes que no se repetirían pues ahora era una dama formal y caprichosa, que podía recorrer el mundo sin despeinar ni uno sólo de sus dominados cabellos.
Cuando me vio, se acercó sonriendo con unos labios que no reconocí, y me habló con unas palabras que no entendí. Habló de seguridad, de un hombre, su marido, ofreciéndole todo el apoyo económico de un heredero de importante fortuna europea, de aprender a conocerse y adaptarse a los tiempos, de madurar, de sentido común, y lo más rotundo: de compromiso. La
miré perplejo, pero ya desde la distancia. Y la odié, por aniquilar sin piedad a la mujer a la que yo habría entregado mi vida sin hacer más preguntas. Aun así la seguí mirando, intentando encontrar en ella un pedacito, un trocito apenas velado de piel que me trajera a la otra Ana.
En ese momento llegó él, nos presentó y busqué en los ojos de ella la chispa. No la encontré. Me excusé con otro compromiso, y me dispuse a marcharme lo más lejos posible de allí. Justo cuando giraba la calle, oí un grito. Alguien me llamaba... ¡¡¡¡Danieeeeel!!!!
Era ella. Tenía el pelo alborotado por la carrera, casi como cuando terminábamos de hacer el amor. Me abrazó de golpe y me estrechó fuerte. Sólo susurraba mi nombre, y aquella sí era su voz. Aquellos sí sus labios. Entonces brotaron las lágrimas, y las palabras tiernas que hablaban de recuerdos dulces que nos acompañarían siempre. Le pedí que se viniera conmigo. Cerró los ojos, y cuando los abrió de nuevo, regresó la nueva, la mujer fiel y sensata en que se había convertido.
Me alejé de allí con el sabor de nuestro último beso aún prendido en los labios. Justo entonces me di cuenta de que mientras me abrazaba y besaba, y susurraba mi nombre, le había vuelto la chispa a los grandes ojos negros.


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Se despertó sobresaltada, sin saber a ciencia cierta dónde estaba. En su mente rebullían ciudades como París, Londres, Madrid, pero de forma desordenada. Se irguió en el asiento y se atusó el pelo. El señor del asiento de al lado, la miraba con gesto dulce. Le sonrió tímidamente, mientras notaba el logotipo en relieve de RENFE como una réplica exacta en su mejilla. El anciano le susurró: “Ya hemos llegado a Zamora, señorita”. La sorpresa le hizo reaccionar, y se levantó bruscamente. Cogió todas sus cosas, y se dispuso a bajar del tren. El contacto con el frío aire castellano, la despertó de golpe. En el andén, escenario de bultos y personas, la gente avanzaba torpemente, adaptándose a sus huecos. El anciano se despidió cortésmente inclinando la cabeza y sin dejar de sonreír con dulzura. Le siguió con la mirada, viendo cómo encontraba su sitio entre la gente, alejándose, hasta que lo perdió de vista. Los más rezagados comenzaron a distribuirse hacia direcciones diferentes, recobrando individualidades, y distinguió apenas el abrigo del anciano en la distancia. Justo cuando iba a empezar a moverse, algo le obligó a mirar otra vez al anciano.
En el punto exacto donde acababa de ver a su compañero de viaje, estaba Daniel.
De pie, mirándola fijamente, sonriendo, esperándola. No había tiempo para preguntas, ya se formularían después. Corrió y corrió hacia él, y cuando estaba a unos pasos de alcanzarlo, descubrió que las lágrimas apuntaban una gran sonrisa, como flor recién pintada.


Enero 2002
TRL

A Maite.
A Víctor, Merche, Miguel y Enrique. Porque no olvidan tanto sueño y tanta lucha.
A Carmina, que se fue demasiado pronto pero me dejó sus historias.
A mi madre, que me las recuerda.

La flor despintada V (continuación)

Vino a verme una tarde en la que todos los cielos del mundo parecían acusar su ausencia. Una lluvia espesa y plomiza caía sin consuelo amenazando llevarse cualquier cosa por delante. Yo iba por mi quinta copa de un vino malo y peleón, y al principio confundí los suaves golpeteos de la puerta con los enfurecidos latidos de la lluvia.
Al abrir la puerta, la oscuridad la envolvió como un manto y tardé en reconocerla. Mi aspecto era desastroso, con la barba a medio afeitar y el pelo sucio y revuelto, pero cuando sus ojos se acercaron a los míos, su ternura rodeó mi gélida desolación, dejándome abatido y rendido para siempre.
Me habló de amor, de aventura, de pasión, de fuerza, viajes, libertad. Yo ansiaba retenerla entre mis brazos, y ella izaba el vuelo con cada palabra. Me hizo prometerle no volver a mencionar la palabra compromiso, éramos dos seres libres que se amaban sin ataduras, ansiosos por rozar la eternidad. Yo la escuchaba sin añadir nada, sin enturbiar uno sólo de sus sueños, porque la vida que latía en su alma, me iba matando poco a poco, dejando mi cuerpo vacío, sin fuerza ni consistencia.
En una semana partía a Nuremberg, y después la habían invitado a Tierra Santa, a presenciar los inicios de la construcción del estado de Israel.
Me hablaba de conflictos, de árabes y judíos arrebatándose la tierra, de un encargo para realizar un reportaje completo para el National Geographic, su sueño, continuar los pasos de su tío. Salían como un torbellino palabras como Petra, Autzswitch, Jerusalén, Belén, Goebbles, Ben Gurión, Naciones Unidas, Persia, y yo no la interrumpía. Sólo cuando hizo una pequeña pausa para besarme, me atreví a preguntar cuánto tiempo iba a estar lejos.
Sus ojos negros se nublaron un poco, lo justo para responder sin un ápice de temblor en su voz: “Tres meses”.
Lo tenía todo organizado, podíamos encontrarnos en algún punto del ancho mundo en cualquier momento de esos tres largos y áridos meses. No tenía fuerzas para contestar, y dejé que las lágrimas calmaran mi sed, mi hambre, y dieran brillo a mi dolor. Ella no podía entender mi actitud egoísta, insistía una y otra vez que no había promesas entre nosotros, pero que ella siempre volvía... ¿es que no me daba cuenta? Ella siempre volvía.
Se quedó dormida en mis brazos, agotada, con la respiración agitada. Me di cuenta de que tenía fiebre. Fue entonces cuando me permití observarla y descubrir algunos cambios. Estaba más delgada y muy pálida.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no había encontrado la chispa alborotadora de sus ojos negros.


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- ¿Qué pasó después con Luz Divina, Tata?
- ¿Después? No... no quiero hablar de ello... todavía se me encoge el alma al recordarlo...
- Por favor, Tata... ¿qué pasó después?
- Pues qué iba a pasar, lo que estaba de Dios, pues claro, que no se puede tentar la suerte y retorcer las cosas que tienen su orden natural sin que te pasen factura, pues qué creías. Estalló la guerra justo cuando el Manuel y la Ludi estaban con los preparativos para casarse. Él se unió a los rojos, claro, pero se casaron antes de que se fuera al frente. Estaba metido en una comisión organizadora de no sé qué, y hacía cosas de papeleo. Ella le ayudaba en lo que podía, pero en secreto, a escondidas, para que no se enteraran los señores donde servíamos, no fuera que la denunciaran o algo así. Al principio, la guerra no se hizo notar en el pueblo, pero cuando llegaron los falangistas y se los... se los... se los llevaron...
- No llores, Tata, aquello ya pasó.
- Ya lo sé, pero es que la vida ha sido muy dura, y nos ha dejado ver demasiadas cosas. Nosotros siempre hemos sido pobres, pero honrados, y no nos merecíamos aquello. Si lo que defendía el Manuel era tan bueno, ¿por qué le hicieron aquello?
- ...¿El qué... Tata?
- Se lo llevaron los falangistas, él estaba en el pueblo, había vuelto para estar con Ludi, porque desde la boda no se habían vuelto a ver y de eso hacía más de un mes. Lo tuvieron en los calabozos del Ayuntamiento viejo, en esos sótanos que estaban en pie desde mucho antes de que llegaron los franceses, porque se decía que las tropas de Pepe Botella encarcelaron allí a rebeldes españoles... y eran sitios sin airear, con paredes de piedra que sudaban podredumbre, enfermedad, humedades, y... muerte.
- ...pero llenas de vida también, Tata, vida y esperanza. Las paredes eran el diario de familias rotas, ilusiones perdidas, amores añorados hasta el ahogo. Cuando el sol crecía y asomaba tímido por el pequeño hueco que anunciaba un nuevo día, podíamos leer todas las historias y todas las luchas del hombre en esas paredes. Varias generaciones de hombres dejando sus palabras marcadas en esas paredes, único testigo de su destino final...
- De allí se lo llevaron con los pulmones destrozaícos, el pobre. Estuvo preso dos semanas apenas, pero fue tiempo más que suficiente para que le dejaran hecho un guiñapo. Yo no le vi, nos lo contó el Marianico, que era monaguillo del cura y como era fuerte y un poco tardo, el cura lo llamó para que se encargara de todo, junto con otros hombres. Era muy temprano y hacía mucho frío, porque apuntaba ya el otoño y estábamos a principios de octubre, pero era como si las nubes blancas que tanto le gustaban a Manuel mirar en el cielo, salieran todas juntas a despedirle y llevárselo entre algodones de este mundo...
- Eran nubes muy blancas, y muy densas, compactas. De pronto se volvieron sólidas, y cubrieron por completo el cielo. Todas juntas, unidas, enlazadas en un abrazo, techando el mundo y dándole textura de algodón...
- ...el Marianico decía que el Manuel estaba muy mal... que se le notaba que le habían pegado varias palizas, tenía un brazo roto, una brecha muy fea en la cabeza y no podía apenas respirar... pero tenía la mirada firme, afilada, orgullosa.
- ...hacía mucho frío y cada bocanada de aire era como alfileres que se clavaran en el costado... y aquel silencio... nadie hablaba...
- ...los montaron en una camioneta destartalada y los llevaron al cementerio... empujándolos a golpes hasta la tapia del cementerio, verde de musgo... que en unos pocos minutos se tiñó de rojo de muerte... el Ma... Marianico dice que el Manuel le agarró por la chaqueta y le susurró al oído muy deprisa que le entregara a la Ludi un papel arrugado y medio roto que tenía en la mano...
- ...y el Marianico, con su cara de pasmo, no sabía qué hacer con el papel. Lo pasaba de una mano a otra hasta que lo guardó en el bolsillo de su chaqueta... asustado por que no le vieran los demás, y se lo metió en el bolsillo dejando que asomara un trozo, imagen que no dejé de mirar atrapado en el deseo de que llegara a su destino... pero justo en el último momento... cuando las fuerzas se me escapaban atropelladamente, vi cómo el trozo de papel se caía del bolsillo del Marianico, hundiéndose en el barro, poco a poco, sin que nadie, y ni mucho menos el Marianico, se diera cuenta de nada...
- ...pero sí se dio cuenta, que vino a verme corriendo, asustado, hecho un manojo de nervios, gritando que tenía una carta para la señorita Ludita de parte del señor Manuel y que la había perdido... creía que en el cementerio, pero no estaba seguro. No se atrevía a volver, pero le obligué a golpe de cachetes, y Dios me perdone que no me gusta pegar a nadie, pero la Ludi se me moría... y eran las últimas palabras del Manolillo...
- ...¿y la encontró?
- No. Buscó, rebuscó entre el barro, con las manos, rompiéndose las uñas, con palas... y nada, que no apareció la carta... pero al cabo de los años... un buen día, unos niños que jugaban en la tapia del cementerio, encontraron un pedazo de papel medio mohoso enterrado entre unas piedras... sólo se leía un nombre: “Mi Luz Divina”... y apenas se distinguían cuatro palabras... suerte que acertó a pasar por allí en aquel momento el señorito Rodrigo, el hijo de don Rodrigo, sabe usted, que era tan distinto a su padre, y reconoció el nombre...
- ...¿Se la entregó a Luz Divina?
- Pues... en cierto modo, sí... bueno, según se mire... porque según decía, ya estaba con ella... porque lo curioso es que el sitio donde estaban las piedras donde encontraron los niños el papel, daba al otro lado del cementerio, justo a los pies de la tumba donde fue enterrada Ludita... al Marianico se le cayó por el lado de la tapia que meses después fue derrumbada para ampliar el cementerio, pues... en los días, semanas, meses que siguieron a la muerte del Manuel, cada vez había más muertos que enterrar... y justo dónde le mataron y se cayó la carta, quiso la casualidad que fuera enterrada la niña Luditina, nuestra niñita bonita. Lo que es la vida... al final la carta llegó a su destino... aunque fuera después de muerta.
- ...¿muerta... Luz Divina?
- Sí Manuel... como tú, descansando en paz y esperando que te vayas con ella, a descansar también porque ella leyó tu carta, y supo que la amabas por encima de todas las cosas de este mundo, por encima de ti, de los pobres, la justicia, la revolución, y supo que no importaba el tiempo que habías estado lejos, porque ella siempre fue tu primer pensamiento al despertar cada mañana...
- ...y la única batalla a la que rendirme... la dejé sola, porque el mundo estaba cambiando y yo quería cambiarlo, pero ella era mi casa, mi hogar, mi amor, mi guía, y mi única esperanza... y le pedía perdón por no morir a su lado, por no estar ahí para protegerla y escucharla, y amarla, y sentirla... pero después seguía sintiéndola, más intensamente aún... y toda mi obsesión era encontrarla para decírselo...
- ...pero ella lo sabe, así que puedes irte Manuel, puedes irte en paz, que ella te espera, te está esperando para que descanséis juntos en la eternidad...
- Gracias, Tata...
- De nada, Manuel. Descansa en paz.

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La flor despintada IV (continuación)

Su pelo se ensortijaba como si tuviera vida propia, enredando dedos, manos, piernas, labios. Sus muslos eran compactos, duros de puro mármol. Éramos dos cuerpos libres, amándose, entregándose, bebiéndose, comiéndose, mientras las calles se habitaban de represión y grises tonos. La primera vez que escuché de sus labios el timbre de un orgasmo, me asusté, porque no estaba acostumbrado a escuchar tan liberadora expresión de goce en libertad en una mujer, normalmente cautas y comedidas.
Pero la sorpresa inicial se vio barrida por un intenso deseo de continuar amando, sin fuerzas, vencidos de sed, ahítos de placer. Nuestros sexos habitando un solo infierno, los pezones apuntando a una estrella, y ella abriéndose como cueva de invierno que acoge al peregrino moribundo, indefenso, ansioso por dejarse mimar en tierra caliente, blanda y dura en un mismo roce, temeroso de perder lo que ha hallado sin esperarlo. Su boca era mi boca, mi pecho era su seno, su vulva era mi asiento, mi pene era su tabla.
Mientras nuestros cuerpos permanecían enroscados, uno dentro del otro, todo encajaba. Cuando todo terminaba, los abrazos estorbaban, eran barrotes de una prisión que le impedían respirar. A Ana le aterraba el compromiso.
Sólo le hablé una única vez de estabilizar nuestra relación y no supe nada de ella durante una semana de tinieblas y eterna espera. Cuando regresó, llevaba en el pelo enredado la sombra de un secreto al que nunca tuve acceso, y para cuando logré alcanzarlo, era demasiado tarde.


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- Tenía un pelo maravilloso, Tata, y rizado o liso, siempre salía preciosa en las fotos.
- Es verdad. Podía haber sido artista de variedades, como la Piqué o la Castro, pero con más clase, que parecía salida del mismísimo Jollibú ese, sobre todo cuando se vestía para salir con Manuel. Aquellas uñas, tan bien pintadas, que parecían joyas de lo que relucían, y esos vestidos de crèpe tan bien planchados, que le resbalaban a una por el cuerpo como una babosa. Claro, que a ella le quedaban que parecía una diosa, con esa cinturita...
- ...que se podía abarcar con una mano...
- ...eso mismo, y cuando llegaba él, todo alboroto y desatino. “Buenos días, Tata, ¿Cómo se encuentra hoy?” “Mejor, Manuel, esta noche no he dormido mal del todo” “¿Ha visto qué nubes tan blancas hay en el cielo, Tata? He estado toda la mañana mirándolas, pero no me he atrevido a fotografiarlas, luego parecen naturalezas muertas”.
... Siempre estaba con estas cosas, y entre la labia que tenía y lo apuesto y buen mozo que era, tenía a todas las chiquillas locas. Claro, que él sólo tenía ojos para Ludita. Sólo... hasta que se le pusieron esas ideas tontas en la cabeza sobre los pobres y los ricos, que si el hombre es libre para decidir su destino, que si la educación tiene que llegar al pueblo, que si la mujer tiene que tener derechos, que si hay que renovar la mentalidad, decía, venimos a este mundo sojuzgados –no se me olvidará la palabra que sonaba a blasfemia, Dios me libre- y tenemos que desembarazarnos de las cadenas, y vuelta otra vez con que la tierra es para quien la trabaja y que había que repartir las tierras, y qué sé yo cuántas insensateces más, que todavía me acuerdo de cuando la Ludi me pidió que la acompañara a la Plaza Grande, porque allí iba a hablar el Manuel. Y había mucha gente, todos hechos unos ecce-homos, que iban hechos unos zarrapastrosos... mineros, creo que me dijo la Ludi, “son mineros, Tata, gente de la montaña que vive en la miseria jugándose la vida cada vez que bajan a la mina, viendo como se les mueren los hijos en los brazos, comiditos por la miseria que da el frío y el hambre, mientras los patronos y amos de la mina se enriquecen explotándolos hasta la muerte”. A mí me dio un escalofrío, pero no entendí del todo bien lo que me decía Luditina, porque aquellos hombres miraban raro, miraban duro, como con odio por dentro, no sé cómo explicarlo, pero no eran hombres que estuvieran en paz con Dios, eso seguro. Y el Manuel, ahí subido, en lo alto del escenario que había colocado en el centro de la plaza, justo donde se montaba la pista de baile en las fiestas de la patrona. Estaba muy serio, pero lucía muy guapo, tan moreno, un poco despeinado por el viento del monte que llegaba recio. Hablaba con un micrófono de esos, y se le oía muy alto y bien claro, la verdad. Decía que era el momento de organizarse y exigir cambios, que sí señor, habló de exigir, que hubiera médicos y medicina gratuita para tratar sus enfermedades, porque decía la Ludita que casi todos estaban enfermos terminales de pulmón, que los niños y las niñas tenían que recibir educación gratuita y obligatoria, que había que organizar el trabajo para mejorar las condiciones, la seguridad, y hablaba de pensiones de jubilación, de pagar a las viudas, a los huérfanos... a todos, madre del amor hermoso, y es que lo que sí que no se le podía negar al Manuel es que a generoso no le ganaba nadie.
- ¿Y Luz Divina, qué decía?
- Ay, a la Ludi le brillaban mucho los ojos cuando le escuchaba... se quedaba con la boca abierta, como en éxtasis, en trance, exactamente igual que como salía Santa Teresa en las estampas que te daban en misa, como si estuviera viendo al mismísimo Dios nuestro señor, que Dios me perdone.

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La flor despintada III (continuación)

Ana tenía 20 años cuando la conocí, y le quedaba uno para ser mayor de edad. Me la presentaron como una colega más. El respeto con que se pronunciaba su nombre y el brillo intenso de sus ojos negros no me pasaron desapercibidos. Se movía entre hombres con desenvoltura y normalidad, y a nadie le resultaba inquietante su presencia. Trabajaba de lo que se conoce hoy en día como Freelance para el Blanco y Negro, y la impronta de sus fotos comenzaban a darle un cierto prestigio entre los compañeros de profesión internacionales. Cuando la conocí, apenas me miró. Me hablaba con apasionamiento de un inminente viaje a Nuremberg, donde en breve comenzarían a celebrarse los juicios contra los responsables del ejército nazi. Hablaba sin parar, con el cuello saliendo de la camisa como pájaro recién nacido, y me descubrí muriendo por morder la fina piel que se adivinaba. Me enseñaba todas las fotos, las suyas y las de otros, y cientos de trozos de papel con imágenes imposibles, pedazos de holocausto, de cuerpos agónicos, desnutridos, restos humanos en los que no se podía concebir vida anterior se deslizaron ante mí, mientras yo sufría una tortura insoportable. La de desear su cuerpo como se espera la vida. Nos despedimos como se despiden dos amigos, fraternalmente, pero yo rogué un encuentro más y la amiga se transformó en amante en nuestra tercera cita.

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- Dios mío, no puede tratarse del Manuel que yo conocí. Manolo, Manolillo, con su cámara a cuestas siempre, tan formal, tan bien plantado, pero tan cabezota con sus ideas disparatadas de nacionalizarlo todo... ole ahí, que lo que era mío, tenía que ser de todos, aunque lo hubiera sangrado con mis propias manos secas como la tierra y llagadas de sudor, esfuerzo y lucha. No, querido, no, lo que yo me he ganado solita, mío es, y no de todos.
- Se trataba de compartir la riqueza, el que todo tenía que repartiera entre los que nada tenían.
- Ya, pero yo no lo tenía todo. Yo tenía un pequeño terruño sacado adelante a fuerza de mucho esfuerzo, sacrificio, toda la familia levantándose cuando ni el sol se atrevía a asomarse, o tiznándonos cuando quemaba fuerte. ¿Dónde estaban todos los desahuciados del mundo en ese momento?...En fin, que ya no es cosa de hablar de estos temas... porque ya pasaron hace mucho tiempo, y están todos muertos y enterrados.
- ¿Dónde está Luz Divina, Tata?
- ¿La Ludi? Ay, qué recuerdos, sólo Manuel la llamaba así, todo completo y de un tirón: L-U-Z-D-I-V-I-N-A... Para nosotros era la Ludi... ¡¡¡Ludi, Ludita, Luditina, ven, cariño, ayúdame a doblar las sábanas!!! Y ella venía corriendo, con su bonita bata color fresa, atusándose los rizos del cabello, que tanto le costaba sacarse, porque ella tenía el pelo tieso como el esparto, y eso a ella le sacaba de quicio, que salían en las revistas de cine todas aquellas artistazas con unas ondas en el pelo tremendas, y ella quería estar tan guapa como las artistas... “Tengo que estar guapa para Manuel”, repetía siempre, como una letanía. “Quiero estar muy guapa en sus fotos”.

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La flor despintada II (continuación)

La verdad es que cuando empezó a gritar mi nombre, Daniel, rompiendo bruscamente el silencio del vagón, pensé que me estaba llamando a mí. Me extrañó porque no creo conocerla, pero recordar no es lo mío últimamente, desde luego. Las neuronas también envejecen y pierden elasticidad. Son las cosas de los años.
La miré con más detenimiento. Estaba profundamente dormida, pero no parecía descansar en paz. Algo intenso parecía estremecerle por dentro, algo tan fuerte que ni siquiera su propio grito le había conseguido arrebatar de la pesadilla.
Tenía el pelo enmarañado y los ojillos brillantes de un mal sueño. Como Ana.
Ana tenía esa expresión de niña perdida entre fantasmas cuando algo le atormentaba. Pero antes de que llegaran los fantasmas y los monstruos, era fascinante mirarla. No había ni un sólo segundo que desperdiciar perdido en otro objetivo que no fueran sus ojos.
Con la cámara al cuello, y los focos, filtros, trípode y todo el variado material fotográfico que acostumbraba llevar consigo, parecía un pequeño monte al borde del desbordamiento. Sólo apariencias, como siempre engañosas, pues nada había fuera de control. La primera vez que la vi me deslumbraron sus ojos negros, completamente achinados bajo la espesa nube de humo que salía del cigarro que sostenían sus labios.
Y esa chispa, pequeño destello de luz como fósforo encendido que te bañaba por dentro, limpiando tormentas y pesadillas.
El pelo, muy corto; los labios, muy tenues; y los ojos, muy negros. Se dedicaba a la fotografía desde muy pequeña. Su tío había sido un reputado fotógrafo del National Geographic y se había recorrido medio mundo de desiertos, vegetaciones espesas y aguas imposibles, para acabar volviendo apresuradamente a la casa de su hermana con una dolencia pulmonar grave y multitud de secuelas.
Su vida de aventurero quedó restringida al trocito de la sierra madrileña que se veía por la ventana, y a los oídos siempre atentos de su pequeña sobrina, que se convirtió en su admiradora incondicional. Fue a ella a quien hizo depositaria de su más adorada cámara: una Nikon de hierro compacto y duro, fabricada en 1930, regalo de un compañero que murió en la Guerra Civil.
La cámara no se separó de su lado nunca más. Sólo se rompió el cordón umbilical cuando su tío abandonó este mundo, a tiempo para dejar a Ana preparada para buscar su propio rastro. Era el año 1945, la Segunda Guerra Mundial había terminado, pero el odio todavía se enredaba espeso en el aire.


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- Tampoco, caballero, la señora de la casa tampoco se encuentra, pero la Tata sí. Está muy mayor ya, ¿sabe usté?, pero desde que se quedó ciega, por el azúcar, ¿sabe usté?, le gusta salir al patio desde temprano para sentir los primeros rayos del día. Pase, señor, y espere aquí, por favor, que le indico. ¿A quién tengo el gusto de anunciar?
- Mi nombre es Manuel Huerta. Dígale que soy Manuel, “el fotógrafo”.

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La flor despintada

“Ese gran despintarse
Del ala y de la flor:
La noche, la amenaza
Ya de una abolición,
Del color y de ti.
Me hace temblar:¿la nada?
¿Me quisiste una vez?
Y mientras tú te callas
Y es de noche, no sé
Si luz, amor existen.
Necesito el milagro
Insólito: otro día
Y tu voz, confirmándome
El prodigio de siempre”.
Pedro Salinas: “La noche es la gran duda”
Se montó en el tren, y se acomodó en su asiento. Le había tocado ventanilla. El andén era un constante fluir de personas, gentes corrientes que corrían nerviosas, con el equipaje arrastrándose a su paso, sonrientes algunos, lagrimeando los otros, pero todos con paso firme. Menos ella.
Se frotó la frente con saña, presionando fuerte las sienes para dejar escapar la imagen del rostro de Daniel en la última discusión. Era la primera vez que lo había visto llorar. Ella gritaba y gritaba de forma cada vez más atropellada, mientras él permanecía ausente, mudo, observando absorto el manso fluir de sus propias lágrimas.
Ella se oía a sí misma, sus gritos, ya inconexos, perdidos en una especie de atmósfera exterior, e intentaba con ellos ignorar el ahogo en aumento que el silencio y las lágrimas de él le producían.
“- Disculpe, señorita, ¿es esto suyo?”, le preguntó súbitamente un anciano, señalando una chaqueta de punto que yacía lánguida en el asiento de al lado.
Las palabras de disculpa brotaron forzadas al tiempo que recogía la chaqueta y contemplaba cómo el anciano se sentaba en el asiento contiguo.
Con gesto huraño, se zambulló en la ventana. No le hacía ni pizca de gracia tener compañero de viaje, y menos un viejo con permanente expresión risueña.
Los pinos corrían por los campos como drag-queens cimbreándose sobre zapatos de tacón, dejando un rastro difuminado en los dorados campos de Castilla. Cerró los ojos y comenzó a aflojar.
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- Buenos días, señorita, ¿sabe si sigue trabajando aquí Luz Divina del Valle?
- ¿Luz Divina del Valle? ¡¡Jesús, qué nombre más historiado!! Pues no señor, no me suena de nada... y mire que yo llevo trabajando aquí desde chica, sí señor. Mire usté, que aquí no es.
- ¿No vive aquí el doctor Rodrigo de Vallehermoso Cienfuegos?
- ¿El Doctor Vallehermoso? Sí, señor, pero es el nieto, don Rubén, el que vive aquí. El doctor Rodrigo ya murió, que Dios lo tenga en su gloria, que estamos hablando de hace más de 20 años, a lo menos. Fíjese que me creo que murió antes que Franco, inclusive... pero oiga, está usté muy pálido, si parece un muerto, madre mía...
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