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04 febrero 2009

Nana para espantar malos sueños

El aire se paralizó antes de llegar a los pulmones, y la fuerza quedó en suspenso también. Fueron sólo unos segundos, antes de quebrarse sobre sus hombros, derrotados, perdidos.

La niña la miraba clavando párpados desorientados, donde se adivinaba la locura. Un hormigueo de derrota comenzó a subir por sus piernas, y tuvo que sentarse para no perder el equilibrio ante los ojos perdidos de su hija.
La maestra les miraba alternati- vamente, sin atinar a proseguir su relato. Sobre la mesa, el último dibujo de la pequeña. Un incendio rojo desbordado entre las garras de la bestia, las pinceladas de una mente infantil desgarrada, de un cuerpo de bebé arrasado.

Los sollozos estremecían los hombros de la madre, mecidos por el silencio de las lágrimas siempre agotadas, temerosas de aturdir al monstruo, de alertar sus instintos animales. Las gafas resbalaron por la nariz, anclándose en la punta como flor temblorosa al borde del precipicio. Los ojos ya no se ocultaban, y el estallido de colores en los párpados hinchados dibujaban minutos, segundos tal vez, de ira y violencia, y horas, años tal vez, de ahogo y desesperación.

Las piernas le temblaban, el cuerpo se agitaba, y la boca seca ardía la garganta como arena de desierto. No. No. No. No podía ser cierto. Cómo no me he dado cuenta, por qué no he hecho nada. La niña, no. La culpa arañando el estómago con un rastro de bilis. No sabía nada. Estaba tan sumida en sobrevivir a su propia tortura, en ocultarla a los ojos de los demás, en anularse como ser humano y hundirse en los abismos, que cegó ojos y ensordeció oídos. La espalda emitió un aullido con el peso de la revelación, que sólo aflojaría la presión cuando la niña creciera firme y fuerte, tiempo después, pero que nunca se desprendería del todo. Suspiró. A la niña, NO.

La pequeña se encogió en su silla. Miraba a la madre fijamente, con un asomo de berrinche en la boca. Tenía sus lápices agarrados fuertemente, como un arma defensiva, su más preciado tesoro, la fuente de sus desahogos, la puerta por la que sacudía los fantasmas que por la noche manchaban de negro sus paisajes de colores infantiles. La observó. Sombras en los ojos recién descubiertas delataban el miedo, lo reconoció, se parecía bastante al suyo propio, cómo no vio antes el dibujo hostil en sus labios, la sonrisa anulada que ella había perdido también.

Los brazos de la madre se extendieron para acunar a su hija. La niña se cubrió con el cuerpo de su madre, y se enredó en su regazo. Acarició su pequeña cara, rozó las lágrimas y entonó las primeras notas de una nana que derramó paz instantánea sobre el abrazo estrechado.

La maestra las despidió en la puerta del colegio. Las vio irse con un inicio de complicidad y lucha entre la bruma opaca del dolor. Tenían varias citas para el día siguiente, y los siguientes y los siguientes. Psicólogos, trabajadores sociales, abogados, policías. Personas que ayudarían, sin duda, pero que no alcanzarían a trepar a lo más alto del cerco de unión y fusión de dos almas frágiles, pero nunca más indefensas. La madre se alejó del colegio con su niña en brazos, retrocedidas las dos a la unión del vientre preñado, refugiadas en su ombligo.
Lo que no pudo ver la maestra es que bajo las gafas oscuras de la madre, había una chispa de determinación y de fuerza, algo que el cuerpo reconocía como perdido hacía mucho, pero que comenzaba anidar con la misma intensidad que el abrazo daba apoyo a su niña y la nana entonada espantaba sus malos sueños. Para siempre.


Los cuadros son de Mark Ryden y Picasso.

26 agosto 2008

Se sentó en la cama

Maternidad, Susana D'Momo

Se sentó en la cama, justo en el borde, mientras la hija iba y venía en un tornado de agitación y actividad. Mamá, no te sientes justo ahí, que acabo de doblar esas camisetas y me las vas a arrugar. Su mirada centelleó de censura unos segundos, los justos para dejar paso a la ansiedad. Su atención acababa de cambiar de ojetivo. No sé dónde he puesto la dichosa chaqueta vaquera, que no la encuentro, leche. La madre la miró desde un temblor, observando su gesto de mujer de estreno, toda ella hecha una persona adulta. La miró y la halló tan lejana, tan independiente, tan inmersa en su propio mundo, que sintió que la habitación, la cama y ella misma eran actores de reparto en la escena. El temblor al que se había subido de puntillas se agitó un poco, dejándola al borde del precipicio. Su niña, su pequeña rosquillina, su muñeca, se había hecho mayor. Y se marchaba.

Lo normal, claro. Nada nuevo. Una hija que se independiza y se marcha de casa. En este caso, además, por motivos de estudios, se iba a otra ciudad, otro país. Y, sin embargo, esa homogeneización en la ruta social, esa regularidad en las fases del caminar colectivo, esa continuidad esperable en el devenir de la vida, no le calmaba la ansiedad. Lo esperaba, sabía que llegaría, creía estar preparada. Pero no lo estaba. Y la ilusión que mostraba ante los preparativos de su partida, el frenesí de actividad que había compartido con ella como si de la aventura de dos amigas se tratara, el convencimiento de haber educado a su hija para ser autónoma, inconformista, sin fronteras, eran espejismos de un desierto en el que pugnaba por encontrar agua un corazón malherido.

Mamá, ¿dónde has dejado los pantalones que me has planchado? Ay, Dios, creo que esta maleta pesa demasiado. La hija estaba al borde del colapso, los nervios anticipaban una escena de gritos y lamentos que iba a subir el telón de un momento a otro. La madre se levantó y le acercó los pantalones, los dobló cuidadosamente y recolocó el contenido de la maleta. Lenta y silenciosamente, sin que pareciera que estaban ordenando y metiendo la mano en terreno ajeno. Al terminar, cogió por la cintura a su hija y la abrazó. Al principio, se resistió. Mamá, tengo mucha prisa, anda déjame, que tengo muchas cosas que hacer todavía. Pero la oposición duró poco, era apenas un árbol de puntillas, con ramas nuevas y extendidas al cielo para abarcarlo todo.

El abrazo se llenó de besos, los de una madre. Los que inflaman de seguridad y sanan quebrantos. Los que se escapan en la maraña de la memoria, porque nacieron con los primeros recuerdos, los que enseñaron a confiar en el suelo que se adivinaba como un reto amenazador en los primeros pasos, los que siempre daban paz cuando el llanto era puro desgarro porque no había palabras todavía.

Había una nube de recuerdos a punto de descargar su contenido. La presión de las primeras gotas la llevaron a una fiesta de San Juan, en la que las dos se ciñeron lazos de colores, quemaron los temores, y brindaron por los nuevos proyectos. Había viajes por completar, idiomas por aprender, amigos por conocer, amores por conquistar. Y una casa. Con luz, de grandes ventanas. Y el mar al otro lado de los cristales, rompiendo en olas su frenesí de caracola. Con una arena recién mojada sobre la que pasear persiguiendo un reflejo. Madre e hija deshojando sus deseos. Los párpados se juntaron tras la risa. Las dos, achinando los ojos al reír. Un rasgo común que estrechaba el cordón que un día habitó en un ombligo.

Unas lagrimillas se escaparon en el nudo del abrazo. Lágrimas de ambas. La hija volvió rápidamente a su maleta, repasando las cosas que aún le quedaba por guardar. Y la madre, nuevamente, volvió a sentir la necesidad de sentarse en el borde de la cama.

18 enero 2007

BALTASAR

A Paula, Laura y Helena.
Por un futuro lleno de colores, amor y grandes sueños.
A Miguel, porque alguna vez fue niño.


"Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María,
y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros,
le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra."
Mateo, 2 11.

Paula abrió los ojos y reconoció la sonrisa de Lulila, grande y leal. Nina estaba a su lado. La luz que se filtraba por los pliegues del estor hacía brillar su cabeza pelona de bebé. Sonrió, las dos estaban preparadas para recibir su abrazo y empezar el día.

Se incorporó en la cuna y aguzó el oído. No le llegaron los ecos de la voz de mami, ni su rastro por la casa iniciando las tareas del día. Extendió los brazos y atrapó a Nina. Olía a caramelo y era suave y firme. Intentó atrapar a Lulila, pero por el camino vio un mechón amarillo y se acordó de Lucho. Su compañero de trapo le mostró su único diente desde las alturas de la estantería. Se puso de puntillas e intentó alcanzarlo, pero era una tarea imposible. Estaba demasiado lejos y ella no podía estirarse más. Si fuera como la mamá de los Increíbles, seguro que podría haber cogido a Lucho y a todos los muñecos que se le hubiera antojado.

Comenzó a sentirse incómoda y atrapada en la cuna, como Nemo en la pecera del dentista, así que optó por llamar a mami.
“¡¡Maaaaamiiiiii, sácame de aquí!! ¡¡Quiero saliiiiiiiirrrrr!! ¡¡Maaamiiiiiiiii!!”.
Al otro lado de la puerta, no se escuchó movimiento alguno. Un gran vacío parecía devorarlo todo más allá de su habitación. ¿Cómo era posible?

Gritó una vez más con todas sus fuerzas. Tenía los pulmones fortalecidos por años de llantos y a sus casi tres años de edad, la experiencia comenzaba a ser un grado. Mami no venía ni daba señales de vida. Justo cuando parecía que no quedaba más remedio que abandonarse al llanto, una luz a su izquierda atrapó su atención al instante.

Por la ventana seguía colándose un rayo de luz tenue, como un camino de polvo ingrávido y recto, pero por encima de él comenzó a destacar una especie de estallido de colores que inundó, poco a poco, toda la habitación.

Paula se quedó boquiabierta. Pinceladas de colores la rodeaban y teñían sus manos, sus dedos, la tripita con el ombligo sonriente, sus largas piernas y la cara de Lulila y Nina. Aquello sí que era divertido. Brillos rojos, verdes, rosas y amarillos se fundían con las cosas, atravesándolas y modificando su color. La habitación se convirtió en una fiesta de luces. Paula no podía dejar de reírse a carcajadas. Qué bonito estaba todo a su alrededor.

Intentó atrapar los colores y se puso de puntillas en la cuna para tocar los que resbalaban por las paredes. No era posible, las luces desfilaban tan deprisa que no le daba tiempo a secuestrar entre sus manos alguno de los brillos. Cuando empezaba a hartarse de esta persecución, la puerta de la habitación se abrió de golpe, obligándola a sentarse asustada y con la lágrima a punto. Lo que vio a continuación, ahogó la lágrima y le despertó una nueva sonrisa.
Un hombre alto, corpulento y vestido con grandes capas doradas le miraba con unos ojos de paz y confianza. Se sintió como en los brazos de papi, segura y bien. De repente descubrió que el hombre vestía un turbante en la cabeza. Era grande y le recordó a la toalla que mami se coloca cuando sale de la ducha y que tanto le divierte desenroscar. Se rió y estiró los brazos para que él la sacara de la cuna.

El hombre acomodó a Paula en sus brazos y ella tocó, tímidamente al principio, sin reparos a continuación, el dorado turbante. Tenía piedras preciosas de muchos colores, los mismos que habían jugado con las luces en su habitación. Rió feliz, como cuando jugaba con mami a pilotar aviones y a dar de comer a Nina. De repente, se acordó mucho de mami. Cómo le gustaría que estuviera allí con ella, en ese momento, compartiendo la magia de los colores al lado de ese simpático señor.

Quiso llamarla, pero los ojos oscuros del señor le hablaron sin mover los labios, y sintió que se calmaba como si mami estuviera a su lado. Entonces se fijó en su cara. Era negra como el cola cao que papi le prepara cuando se come todo y no hace falta llamar a la poli. Qué divertido, pensó. Un señor que sabe a cola cao. Qué chollo, cada vez que quiera tomarse un chocolate, no tiene más que pasarse la lengua y ya está. Qué risa. Se rieron juntos de la ocurrencia y estuvieron un rato largo sin parar de reírse.

Luego le presentó a Nina, Lulila, Lucho y Lupita y el gran regalo: el avión de Playmobil con el que jugaba sin cansarse. Eran sus más preciados tesoros y los quería compartir con el señor del cola cao. Él la escuchaba con mucha atención, concentrado en cada explicación que ella le daba acerca de cómo bañaba a Nina o le daba de comer. Cómo se escondía Lucho o cómo bailaba canciones del musical Annie con Lulila y mami. Y cuando Paula terminó de contarle, él le señaló su ancha manga.

Tenía una larga manga que se abría como una gran boca abierta. La oscuridad de la piel de su brazo se confundía con la del interior de la manga. Sólo las palmas de las manos eran blancas y relucientes. El señor movió los dedos y colocó las manos juntas, mientras señalaba con la cabeza hacia la pared. Allí le esperaba a Paula un espectáculo maravilloso. Leones feroces que corrían veloces por la selva se mezclaban con jirafas de cuellos largos que movían la boca masticando hojas de árboles altos y espigados, donde anidaban pájaros que desplegaban sus enormes alas y abrían sus largos picos buscando comida.

Paula estaba totalmente fascinada. Le latía muy fuerte el corazón y apenas podía aguantar la risa. Era como si una lluvia de cosquillas la inundara y empapara, traspasando la piel y recorriéndola por dentro haciéndola sentir muy feliz. Palmoteaba a cada nuevo hallazgo, ante cada nuevo descubrimiento. Las sombras se proyectaban dejando paso a un pez que sacaba la cabeza por encima del mar mientras guiñaba un ojo redondo, o una palmera torcida rodeada de gaviotas ruidosas.

Cuando creía que no podía más y que se le iba a secar la garganta de tanto reír, el señor del cola cao volvió a pedir su atención en la manga de su traje. Un par de destellos blancos rompieron la oscuridad. Las palmas de sus manos se juntaron y se volvieron a separar. Una mano se introdujo en la manga y volvió a salir cerrada en un puño.

Los grandes ojos oscuros se fijaron en los de Paula, que parpadeaban con sus largas y curvadas pestañas, brillantes y curiosos. Sorprendidos y asombrados por todo lo que aquel señor le estaba contando…sin mover los labios. Finalmente, la mano negra se abrió y sobre una palma blanca como si fuera nueva, vio lo que había sacado de la manga, lo que le había traído para ella.

Un mechón de cabello. Suave y tierno, el primero que su nueva hermanita iba a tener. Y el señor se lo traía a ella, como un adelanto del encargo que se le iba a encomendar: cuidar y querer mucho a la pequeña Helena. Esa iba a ser su tarea, y esto requería de entrega, generosidad y responsabilidad, palabras todas ellas que Paula no entendía, pero no se atrevió a interrumpir al señor del cola cao con sus dudas.

Hablaba tan suave y tan dulce, como cuando papi y mami la mecen después de una pesadilla de madrugada. Era un murmullo tan cálido que comenzó a sentirse muy fatigada y dejó que los ojos se cerraran. Justo antes de que el sueño la venciera, atrapó fuerte entre sus dedos el mechón de cabellos de su hermana Helena.

“Paula, cariño, despiértate…que vas a ver a mami y a conocer a tu hermanita”. Paula entreabrió los ojos y se esforzó por liberar los párpados del peso del sueño. Aquellas palabras que acababa de pronunciar su papi eran realmente interesantes. ¡¡Iba a conocer a su hermanita Helena!! Eso sí que era divertido. Sonrió mostrando sus dientes blancos de leche, sorprendiendo a papi y a todos los presentes. Aplaudió emocionada y se agarró fuerte del brazo de su padre cuando le sacó del coche.

Se había quedado dormida de camino al hospital, pero la desconfianza y aburrimiento con que se encontró al enterarse de la noticia de la llegada del bebé, se habían vuelto alegría y risa fuerte. Todos la miraron alucinados, abuelos, amigos, pero se contagiaron rápidamente de su felicidad.

Tenía la naricilla respingona, como la suya. La frente estaba arrugada y los ojos hinchados y cerrados. Dormía tranquila entre los brazos de mami. Pidió tocarla. Sus dedos rozaron unos mofletes suaves y su nariz olió una piel de muñeco. Tenía poco pelo, pero era del mismo color que el mechón que guardaba en su caja de secretos, bien escondido entre sus otros tesoros. Se acercó al oído y susurró su nombre. Un dulce gorjeo salió de su boca y un asomo de sonrisa curvaron sus labios gordezuelos.

Así fue cómo Paula selló un pacto con su hermana y entendió lo que significa la entrega, la generosidad y la responsabilidad.
Helena era bienvenida. El señor del cola cao estaría orgulloso de ella.
Feliz Cumpleaños, Paula.

04 enero 2007

MELCHOR

A Marijose, Goyi y Marcela.
Todas madres excelentes y fuente de inspiración siempre.
A Paloma y Ángel, por un futuro que recién comienza


"Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes,
llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo:
¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?"
Mateo 2, 1-2


Manuela abrió las ventanas del cuarto de su hijo Manuel. El aire le sacudió el flequillo y le enfrió el cuerpo. El invierno ya estaba aquí. Asomó la cabeza y dejó que el viento la terminara de despeinar. Los luminosos de Navidad se agitaban al paso de un rumor que anunciaba días de nieves. Hacía sol y el día se despertaba luminoso pese al frío. Cuando cayera la noche, las bombillas se encenderían en un concierto de colores sobre la nieve blanda, enredándose para atraer, logrando hipnotizar.

Se volvió hacia el interior y dejó que sus ojos pasearan por las pertenencias de su hijo. La última mudanza había dejado pocas cosas, pero aún quedaban algunos pequeños tesoros. Un póster de un grupo irlandés mirándola fijamente, petrificado en el tiempo. Algunos libros medio desvencijados de pura gula, devorados por unos dedos infantiles, soñados por una esperanza adolescente que se quedaba atrás, caducada y suplantada por letras nuevas.
Sobre la balda más alta, ahí seguían las figuritas de súper héroes que con tanta ilusión había coleccionado Manuel desde niño. Cuántas veces se tropezó con Supermán por el pasillo, en cuántas ocasiones asomó la capa de Batman por los pliegues del sofá, pugnando por vencer las embravecidas olas del tapizado.

Manuel ya no estaba allí para reírse con ella de esos recuerdos. Ni para reñirla cuando la descubriera sorbiendo lágrimas de añoranza. Manuel había crecido y se había ido. Así de sencillo.
Ahora era su turno, el momento en el que le tocaba coronar sus montañas e izar sus propias banderas. La hora de independizarse y seguir su camino lejos de casa.

El timbre de la puerta la trajo de vuelta a la habitación de Manuel y al frío que llegaba de la calle. Cerró la ventana y oyó un nuevo timbrazo.
Abrió la puerta y una luz cegadora la hizo apretar los párpados durante unos segundos:
- Disculpe, señora, ¿puede ayudarme?
Manuela entreabrió los ojos y la luz cegadora había desaparecido para dejar paso a un anciano de afable mirada y larga barba blanca. Tenía unos ojos de un azul tan intenso que parecían poblados de agua de mar. Vestía ropa holgada, una especie de túnica de rabiosos colores que la dejaron sin habla. Los largos cabellos rizados se disparaban en todas direcciones, prolongándose en una barba canosa y de apariencia mullida. Unas campanillas sonaron a lo lejos, dejando una estela de chimenea encendida.
La sonrisa del anciano la contagió sin resistencia y se sorprendió a sí misma respondiendo:

- Por supuesto, señor, ¿qué necesita?
- Pues…es queee…resulta que me he perdido. Yo vengo de muy lejos con mis dos hermanos y al entrar en el pueblo…no sé cómo ha sido, pero los he perdido.
- Vaya…¿y qué necesita…un teléfono para llamarles?
- No puedo llamarles, señora. Nosotros no usamos esos aparatos.
- Ah, pues si que…no sé…¿quiere que le acompañe a una comisaría para ver si pueden localizar a sus hermanos?
- Mire, casi mejor me puede hacer un favor.

Una duda asomó a los ojos de Manuela, pero la sonrisa de aquel anciano no parecía la de un ser desvalido, perdido y desprotegido. Aquello le intrigó:

- Dígame y ya veré si lo puedo hacer.
- Se trata de un presente que tenía que entregar, pero no me da tiempo. ¿Podría quedárselo usted? -preguntó mientras le entregaba un pequeño paquete.
- Pero…pero vamos a ver…¿cómo que si me lo puedo quedar…?

Y entonces se fijó en el remite del paquete. Era el nombre de su hijo Manuel. La pregunta quedó hilvanada en el aire. La sorpresa la dejó muda. Tragó saliva y levantó la vista. El anciano ya no estaba allí. Se había esfumado delante de sus narices, dejándola sola en mitad del rellano. Ahora, la perdida era ella.
Giró el paquete y le temblaron las piernas. El nombre al que iba dirigido era el suyo.

Allí mismo abrió apresuradamente el paquete. El papel se enredaba en sus dedos nerviosos. Un lazo se resistía a ser rasgado, pero finalmente no pudo resistir el envite de unas manos poderosas. Tras el papel y los lazos, se escondía una foto. Enmarcada en metacrilato, con tonos étnicos. Y dentro, un hijo que besa a una madre. Y una sonrisa, la de complicidad entre ambos. Atrapada en el tiempo que sólo la magia de la fotografía concede. Para no desvanecerse nunca, para revivirla siempre.

Manuela cerró la puerta. Su hijo había vuelto.

07 septiembre 2006

Entre los dos


Abrió los ojos y ahí estaba. Inmensamente verde, de un verde espeso, que apetecía respirar. Y rodeándolo, el infinito azul, profundo, oscuro y como solidificado de sus aguas, las que rodeaban a la isla, las que cobijaban a Irlanda.

La bruma que acariciaba la estampa, no le importó. Tampoco las nubes, glotonas de tormentas, rabiosas de electricidad. Aquello era el principio, rozaba el umbral de un futuro por construir y todo estaba por hacer, así que hasta el tiempo tenía derecho a intervenir y aportar su granito de arena.

El avión tomó tierra y se demoró en la pista, dejándose frenar por el asfalto. A su alrededor, la gente se alborotaba con la ansiedad del que ha llegado a destino y quiere dejarse engullir por él. Allí, en la terminal, seguro que alguien les estaba esperando.

Pensó en el Padre. Hacía mucho que no le dedicaba más de un par de parpadeos, lo justo para notar que esa presencia física con la que se cruzaba por el pasillo pertenecía a alguien, un ser vivo a fin de cuentas, su padre. Sintió cómo algo se retorcía en su interior, como un parásito que culebreara entre sus vísceras, dejándole una sensación de desasosiego, de sucio abandono.

Todo había quedado claro entre los dos después de la última discusión. El Padre dibujó un manto opaco sobre la figura del Hijo, para no verlo ni percibir un solo resquicio de su presencia en este mundo. El Hijo optó por evitar los encuentros fortuitos, rehuyó todo contacto físico, e hizo del camuflaje un lema.

Para el Padre, estaba claro que el Hijo era un Fracaso. Así, con mayúsculas, adquiriendo el sustantivo entidad propia y peso específico. Con sustancia y escasa solución: El Hijo era un desastre, incapaz de asumir responsabilidades y reconducir su vida.

Para el Hijo, era una cuestión biológica nada más: El Padre había sido sólo un accidente genético, un conjunto de células vivas, que habían colaborado en la configuración de su ADN y le habían depositado en este mundo, junto a otros muchos, para comenzar la lucha individual frente al resto. Poco más le unía a él. ¿Un apellido? Sólo una etiqueta formal que nos identifica y de la que, hoy en día, se puede hasta prescindir.

Pero lo que realmente les unía y les hacía fuertes el uno frente al otro, era el rencor, el desprecio, y una especie de odio mal entendido, fruto de la ira más ardiente y lacerante.

Lejos, lejísimos quedaba aquella época, en la que ambos se compartían, en la que uno asistía a la construcción del otro, ponía cemento a las junturas, supervisaba la solidez de los pilares y buscaba su hueco en las habitaciones.

Hubo un tiempo en el que el Hijo buscó al Padre. Le buscó con ansiedad, con el deseo acuciante de cobijarse en un punto de referencia, pero no lo encontró. Se topó bruscamente con un gesto duro, unos ojos cegados que no le veían, y se sintió perdido.

Ya no lo buscó más. Se miraban sin verse, no se reconocían, no sabían nada el uno del otro, se convirtieron en unos perfectos desconocidos.

Por eso, cuando el Hijo decidió irse a vivir a Irlanda, en pos de un refugio y un consuelo que sólo parecían ofrecerle aquellas verdes tierras, el último en enterarse fue el Padre, quien ni siquiera intentó dar su opinión a una decisión ajena y lejana.

La primera mañana que el Hijo faltó, el Padre se despertó con un dolor muy intenso en el costado. Al principio, se alarmó, quiso incorporarse en la cama y la punzada le dobló en dos. Intentó respirar y no pudo, y cuando ya iba a pedir ayuda, algo en su cerebro se activó y empezó a relajarse, poco a poco, dejando filtrar aire en sus pulmones aliviando el dolor.

Pasó la mañana intranquilo, el dolor había remitido, pero seguía ahí, agazapado, sordo y mudo, pero presente. Al pasar por el salón, reparó en una foto del Hijo, que reposaba enmarcada sobre una de las estanterías.

Estaba semiescondida por los libros que desbordaban la estantería, pero estaba ahí, pugnando por conservar el equilibrio entre un tomo enorme de las mejores ilustraciones del SXX y la colección de clásicos del Siglo de Oro.

Le resultó curioso no haberse fijado nunca en ella. Movido por un impulso desconocido, que le brotaba del mismo centro donde anidaba el dolor, cogió la foto y se fijó detenidamente en ella.
No había duda de que los rasgos del Hijo eran heredados directamente de la rama materna, pero había un cierto guiño en el fondo de los ojos, una chispa de vida iniciándose, que le recordaba mucho a la mirada que tenía él en sus fotos de joven.

Pero detrás de la chispa había más. Una bruma de tristeza, tupida y densa, una pregunta por formular, un niño perdido y desorientado. Tuvo que sentarse para aplacar el dolor, que volvía a intensificarse en el costado. No tardó en controlarlo y regularizar la respiración, pero cuando volvió a colocar la foto en su sitio, notó
de nuevo una sensación de pérdida estrangulando los conductos más internos de su cuerpo.

La oscilación constante del autobús contribuía a acrecentar el mareo que el Hijo sentía desde que había pisado suelo irlandés. Era un mareo extraño, pues no parecía tener su origen en alguna de las causas normales, véase un alimento que tomara en mal estado, falta de sueño, cansancio, o el propio viaje en autobús. Parecía proceder de dentro, de muy adentro, de algún lugar donde debía situarse el punto de equilibrio de todo el cuerpo, de donde partía la estabilidad.

No le dio importancia y se centró en sus sueños. Se dirigía a Galway, tierra de druidas, y decidió abandonarse al paisaje en crecida, que el camino le ofrecía. En uno de los pueblos intermedios, cerca de la costa, el autobús paró enfrente de una tienda de vivos colores y letras grandes e historiadas que aludían al nombre del dueño y a los productos que vendían, “O’LEARY: FRUIT-SWEETS-ICES- CIGARETTES”.

En un lado de la fachada, pegado a la pared como una sombra, estaba sentado
un anciano de mirada azul y tan serena, que no pudo evitar dirigirse a él. Cuando el hombre le vio acercarse, esbozó una sonrisa y le habló con una voz densa de años de tabaco. Le costaba acostumbrarse al acento irlandés, pero las palabras del viejo le llegaron nítidas y claras, invitándole a compartir con él un cigarrillo a cambio de fuego.

Por supuesto, aceptó. El anciano enmudeció y permaneció callado mientras saboreaba el
cigarro. La escena cobró fuerza en los recuerdos del Hijo y con una inquietud extraña recordó aquel viaje al pueblo que hicieron el Padre y él solos. Estaban muy cansados de tanto kilómetro y decidieron parar a estirar las piernas.

Se pararon en mitad de la carretera, pero los campos amarillos de Castilla brillaban tentadores. Se acercaron a unas piedras y se sentaron. Entonces el Padre pidió fuego al Hijo y le ofreció compartir unos cigarrillos. El Hijo nunca había fumado en presencia del Padre, pero sospechaba que sabía que lo hacía. Era extraño reconocer que nunca se lo había reprochado, eso, al menos, no.

Encendieron los cigarros con el mechero de “Recuerdo de Salou” que le había regalado una medio novia, y saborearon el momento en silencio. Los trigales doraban bajo el sol, que comenzaba a menguar, y un suave viento agitaba el humo de los cigarros.

Olía muy bien, de eso se acordaba vivamente, olía a limpio, a dulce, a descanso, a seguridad. El cielo mostraba caprichosas ilustraciones en forma de nubes, y jugaron a descubrir sus formas. Luego hablaron del espacio, del universo, de vidas más allá de las nubes y de los sueños. De los sueños de ambos.

Tuvo que tirar el cigarrillo, ante la mirada serena del viejo, porque no atinaba a controlar el mareo.
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Descorrió las cortinas y miró a la calle, oscura y a medio bostezo todavía, y lo primero que pensó el Padre fue que no sentía el dolor, por primera vez desde hacía muchos días. Tenía que decidir qué ponerse para un viaje tan largo, con escalas intermedias, pero aún tenía tiempo de sobra. La maleta le sonrió desde la esquina.

Sobre la mesilla, la letra apretada y nerviosa del Hijo. Sólo un par de frases dedicadas a la Madre en una postal. Pero al otro lado, estaba la foto. Un anciano de aspecto venerable estaba sentado sobre unos bancos, junto a un hombre de mediana edad. Tras ellos, se podía distinguir un bar típicamente irlandés, que invitaba a disfrutar de cerveza, whiskey y licores en “D O’SHEA: SEVEN DAYS LICENCE TO SELL BEER, WHISKEY & SPIRITS”.

El anciano le ofrecía un cigarro al hombre de mediana edad. El hombre le encendía el cigarrillo. El Padre volvió a mirar la maleta. Definitivamente, le sonreía desde la esquina.

2000 Posted by Picasa

19 agosto 2006

La salita de los milagros

Iba todos los días a la misma tienda. Cuando cruzaba la esquina y vislumbraba a lo lejos el farolillo azul de la puerta, comenzaba a moverse a impulsos del corazón, que parecía cobrar vida propia, dado lo salvaje de su movimiento. Unos sudores fríos de losa le empapaban la frente y las manos, mientras que la boca se agrietaba, dejándole un sabor seco y pastoso.

En la tienda, le esperaba ella. Cada vez que entraba, y las luces de la calle abrían un camino de luz que teñía de colores cálidos las estanterías e iba a estrellarse contra los tarros de especias extrañas y exóticas, notaba un dulce cosquilleo en la nuca que le inoculaba vida a manos llenas.

Después, buscaba sus ojos... y nunca le defraudaban. Miles de chispas se colaban entre sus
pestañas, absorbiendo su energía y ocupándolo todo a su alrededor. Era preciosa, delicada pero
enérgica, llena de vitalidad, puro movimiento hecho mujer.

Ella siempre le regalaba una sonrisa, acompañada de algún comentario travieso, que siempre le
hacía enrojecer. Si no había muchos clientes en la tienda, le llevaba a la salita de los milagros,
donde la felicidad les cogía de la mano y les apretaba fuerte. Allí, ella le invitaba a café y unas
pastas que hacía expresamente para compartir esos momentos con la gente que quería.

Ella estaba enferma y él también, pero no había dolor capaz de empañar las palabras más
dulces jamás pronunciadas, las promesas más limpias, los deseos más puros. Ellos se querían y
punto.

Era la historia de un reencuentro, una segunda oportunidad, y como la primera vez, nadie les entendía. Los hijos de él, estiraban el brazo en ademán despectivo y se negaban a
asumir la felicidad del viejo. Los nietos se reían y llamaban “viejo verde” al abuelo, mientras los
vecinos cuchicheaban por lo bajo, que había perdido la cabeza definitivamente.

A ella, en cambio, nadie la había entendido nunca, y ahora no iba a ser una excepción. Cuando
se decidió, después de un largo y no muy satisfactorio matrimonio, a abrir una tienda de
plantas y especias, todos se llevaron las manos a la cabeza y trataron por todos los medios que
recobrara el sentido común y renunciara, una vez más, a sus sueños, argumentando que a esa
edad ya no hay sueños por los que valga la pena luchar.

Pero ninguno de los dos prestaba demasiada atención a esos comentarios. No podían, tampoco.
No había cabida en sus pensamientos para otra cosa que no fuera el uno y el otro, el uno para
el otro.

Hablaban sin parar, las palabras brotaban con tanta fuerza que perdían los años a manojos,
volviéndose radiantes y flexibles, con el latido de la juventud prendido en la risa y en los gestos.
Aquello era oxígeno más puro y vivificante que el de las bombonas artificiales, que todos se
empeñaban en colocarle cuando la tos se convertía en un mal compañero de camino.

Si según todos la vida se les iba, y éste debía ser el momento de volverse insignificante, mudo
sordo, ciego y un objeto casi inanimado, por qué se sentían más vivos que nunca, por qué se
les afinaba el oído y la vista recobraba las fuerzas, por qué sentían con más ganas que el
mundo les pertenecía y se abría ante ellos con todas sus posibilidades...

Justo cuando todos les dejaban aparcados en el pasillo gris que no conduce a ningún sitio, ellos
se morían de ganas por descubrirse y adentrarse por la espesura del bosque más frondoso.

Eran mayores, tenían más de 80 cada uno, las arrugas ajaban su piel, la artrosis curvaba sus
manos, las enfermedades les acechaban en cada esquina. Entonces, qué importaba dejarse
enfermar también de amor.
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Él ya había conocido el amor. Su mujer fue, durante toda su vida, el más hermoso regalo con
que le brindó el destino. Cuando ella partió, decidió renunciar. Nada podría igualarse, nadie.

Sus hijos ya no le pertenecían y se habían vuelto grises y duros. Asumía que, en parte, era
culpa suya, pues ella se fue demasiado pronto, cuando quedaba todo por hacer, dejándole sin
fuerzas para subir la cuesta más empinada. Ahora ellos eran unos desconocidos que le miraban
con ojos de rencor y de fracaso, y le trataban como una obligación moral a la que hacer frente.

Quedaba la nietecita, la maravillosa mujer en la que su nieta mayor se había convertido. Ella
era la única capaz de mirarle directamente a los ojos, traspasándoselos de verdad y alma pura.

Solía sentarse a sus pies, cuando él se acomodaba en el viejo butacón, tan viejo como él y casi
tan viejo como el mundo, y le cogía la mano, tirando de los dedos y acariciando las venas
nudosas, mientras le pedía que le contara historias, todas las historias.

Y él le hablaba y le hablaba, olvidando el enfisema y echando en falta un cigarrillo con el que
acompañar ese momento de miel. Cuando arreciaba la tos, arañando con cuchillo afilado lo
poco que de sano quedaba en sus pulmones, ella le pasaba la mano por la cabeza despoblada y
le tiraba de los escasos mechones grises. Luego miraba alrededor, se aseguraba de que no
hubiera nadie escuchando... y le preguntaba por Ella.
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A ella siempre le había gustado reír. A carcajadas, con la boca llena de alegría, achinando los
ojos e iluminando el rostro con miles de arrugas diminutas, al tiempo que mostraba una
dentadura irregular, pero radiante; grande, pero llena.
Le encantaba reír, sonora, ruidosamente. Su risa era sincera y abierta, su mejor aliada, pero no su habitual compañera.

Cuando heredó el viejo arcón de madera, que su madre tenía medio olvidado en el pueblo, lo
limpió con mimo, lo pulió y barnizó hasta hacerlo suyo. Después lo metió en el trastero, un
cuartucho frío y desangelado que ocupó con sus chismes, convirtiéndolo en su refugio personal.

Vació en él sus botes de colores y sus libros polvorientos llenos de ilustraciones de plantas
mágicas, lo adornó con cintas de vivos colores y pañuelos brillantes que le daban un aire
lánguido bajo la mortecina luz de la única bombilla del trastero, hasta que logró convertirlo en
un boceto de lo que sería mucho después su tienda.

Entre las tiras de incienso y los botes de especias, reposaba el arcón. Cuando el mundo se
volvía un tornado que parecía acabar con todo a su paso, y las fuerzas comenzaban a flaquear,
acudía al trastero, su primera salita de los milagros, y abría el arcón.

No guardaba muchas cosas, las suficientes para recuperar pie en un suelo que se
resquebrajaba continuamente. La foto que su padre le hizo a su madre el mismo día que se
conocieron, el billete del primer viaje que hizo en tren con su padre, la cinta del pelo que le
regaló su primer amor y un dibujo que le hizo su hijo cuando cumplió 4 años.

Nada especial... cuatro cosas medio ajadas y amarilleadas por el paso del tiempo, que siempre
le reconfortaban. Las sacaba una a una del arcón y las acariciaba, dejándose perder por los
rincones de la memoria. Era inevitable derramar alguna lágrima, pero siempre salía de la salita
renovada e impulsada por una nueva fuerza.

Nunca había querido a su marido y juraría que él a ella tampoco. Desde el principio fue un
matrimonio tranquilo, pero gris, vacío y desolado. Cuando su hijo enfermó, las cosas
empeoraron. La brecha que los separaba se convirtió en abismo. Ella emprendió la lucha sola,
salvar al hijo se convirtió en el único impulso que la movía, él era todo su mundo, aquello por lo
que respiraba, su vida.

Por eso, cuando se fue, la dejó seca, sin fluidos, despojada del llanto y de emoción alguna. Se
convirtió en un vegetal que se negaba a sentir, que pasaba las horas muertas en la salita
abrazada a los tesoros del viejo arcón, deseando dormir un sueño eterno que la liberara de
tanto dolor que se negaba a sacar fuera.

Un día, llegó el pequeño, su nieto, y le tiró del pelo con gesto torpe de bebé. Ella le miró y
descubrió su sonrisa, al tiempo que brotaron las primeras lágrimas. El llanto duró mucho,
durante varios días no pudo sino llorar y llorar, mostrando y volcando hacia fuera todas sus
heridas.

El niño asistía mudo al dolor de la abuela. Se limitaba a mirarla fijamente con gesto de sorpresa
infantil, mientras ella se reconciliaba con el mundo y firmaba la paz con el destino. El niño
creció y se convirtió en su mejor apoyo. El trastero se vació y se llenó la tienda, pero el arcón
se quedó allí, semiescondido entre mantas viejas y trapos descoloridos.

No volvió a abrirlo.
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Mi abuela siempre decía que sólo debemos ser materialistas con las cosas que han cobrado vida
tras pertenecer a la gente que queremos de verdad. No son las cosas más caras, sino las que
más definen a la persona, las que transmiten su esencia, lo que eran y sentían.

De ella sólo conservo el viejo arcón de madera. No quiero nada más. No necesito nada más
para recordarla. Y ahora quiero que tú lo tengas, porque tu abuelo forma parte de los tesoros
que encierra, como yo formo parte de los tuyos.

Él le regaló esa cinta tan bonita para el pelo y ella siempre intuyó que acabarían reencontrándose.
Ahora tú llegas a mí como un regalo. Y me dices que eres mayor, cuando bien sabes que la
edad sólo nos pone etiquetas en el cuerpo, pero no en el alma, el único resorte con el que
realmente aprendemos a respirar.
Somos lo que somos. Tú y yo. Los dos. Vivamos eso. Tu abuelo en ti, mi abuela en mí.
Te quiero.

2000 Posted by Picasa

16 agosto 2006

Un ángel para mamá

  Posted by Picasa Se despertó con prisas, como cada día.

El despertador le miraba con gesto neutro parpadeando las ocho en punto de la mañana. Las cortinas anunciaban un murmullo de personas en movimiento y de ciudad que bosteza aún. Hoy tenía turno de tarde.

La ducha, fría y escasa como cada día.

El agua, correteando irregular y dejando un rastro de gnomo que acertaba a cumplir, a duras penas, con el proceso de lavado corporal. Buscó la postura más cómoda debajo de la tenue fuentecilla de agua, y soñó que le rodeaba un géiser tropical, cálido y nutriente.

Salió de la ducha tiritando, luchando por mantener la entereza al rodearse del albornoz de frondosa felpa portuguesa, mientras se prometía sacar tiempo para volver a llamar al fontanero.

Echó un vistazo a lo que le ofrecía la calle al otro lado de la ventana. Asfalto gris de roca urbana, coches aparcados linealmente invadiéndolo todo, anclados como poseidones metálicos en un mar de granito polvoriento y seco.

Y los vecinos, los de cada día.

La de enfrente, pugnando por esparcir al exterior toda la porquería de su raída alfombra, feo reino de ácaros, malditos por invisibles, peligrosos por inasibles.
Y en la calle, dos vecinas en pleno combate para la coronación del pulmón más potente.

Sonrió, parecían dos gallinas desplumadas cloqueando sin sentido. Se dio cuenta de que era la primera sonrisa que dibujaban sus labios en el día.

Abrió la ventana, y sintió un estímulo muy intenso al percibir la fuerza del aire vivo atravesar toda la habitación, incluida ella misma. Justo cuando se disponía a dar media vuelta para encarar el resto de la casa con todas sus cosas...lo vio.

Al fondo de la calle, multiplicando su tamaño y desbordando haces de luz en torno a sí, había un Ángel.

La luz deslumbraba y parpadeó, pero no porque fuera cegadora, sino porque no acertaba a creer lo que se mostraba ante sí. La figura, que no podía ser descrita como humana, pero tampoco podía calificarla de espíritu, se hizo serena, colmándola de fuerza y seguridad en una góndola de equilibrio, deslizándose estable, sin oscilar.

Notó que le rodeaba un color rosáceo, con tonos brillantes, pero de trazos suaves, y se sintió ingrávida, sin piedras en los bolsillos, haciendo suyo el mundo, enfrentada a todo sin faltarle el aliento.

La figura le sonrió satisfecha. Le lanzó un guiño de complicidad y entreabrió tenuemente unos labios de Murillo, de los que se escapó un murmullo en forma de palabra: “Sueña”.

No pudo articular ningún sonido. Sintió la mandíbula contraída, pero sin dolor alguno. Justo cuando cedió la presión, la figura y toda su magia, se esfumaron por completo. Había desaparecido, y nada a su alrededor denotaba que décimas de segundos antes, hubiera aterrizado por estos lares elemento celestial alguno.

Sintió que perdía pie, y se tumbó para controlar el ritmo de su respiración. No podía ser cierto...¡¡¡había visto un ángel!!! Eso, o se había vuelto loca de repente y sin previo aviso.

Decidió silenciar lo ocurrido porque algo en su interior le indicaba que debía esperar, y la certidumbre de que tenía algo pendiente que hacer, la situó de nuevo con rotundidad. Pero ¿el qué?
Con la inquietud de esta pregunta, se enfrentó a continuar el día con la mejor de las intenciones.

Tras una comida atropellada, como cada día, salió de casa enfundada en el uniforme gris que hacía con ella el recorrido hacia el trabajo. Notó que algo extraño pasaba cuando se dirigía en coche hacia la estación, porque no había apenas vehículos circulando por la carretera.

Al pararse en un semáforo, la pregunta volvió a azotarle interiormente. Una niña comenzó a cruzar la acera dando brincos y caminando de puntillas. Tenía el pelo oscuro y caía abundante por su espalda. Le daba la mano a una mujer joven, que con gesto firme, caminaba decidida.

Sus rasgos le resultaron familiares, el pelo ondulado y corto, los labios colmados y los suaves ojos almendrados que la miraron fijamente de pronto. Sintió que comenzaba a temblar enteramente, y la irrealidad se le pegó a los huesos cuando reconoció aquel rostro y aquel cuerpo: era su madre.

Pero 40 años más joven. No había duda, los mismos gestos firmes como una roca, aunque interiormente se derritiera la lava. Y la niña. Se tomó su tiempo observándola porque se negaba tozuda la respuesta. La niña, pecosa y de sonrisa fácil, parecía deslizarse con toda la belleza de su estilizado cuerpo. La niña era ella.

Y también 40 años más joven.

Las dos se mezclaron con el resto de peatones que cruzaba aprisa la calle y las perdió entre las cabezas de infinitos seres anónimos. Un claxon le agitó de golpe todo el sistema nervioso, impulsándola a arrancar.

Tuvo que aparcar a un lado de la calle para recomponer fuerzas y aclarar las ideas. La escena parecía sacada del torbellino en el que se confunden los tiempos verbales –pasado, presente, futuro- y le recordó aquellas navidades en las que fue con su madre a comprar los regalos. Su hermana estaba en cama, con fiebre, y su padre se había quedado a cuidarla, después de salir del trabajo.

Madre e hija se habían lanzado a descubrir las calles zamoranas, iluminadas en un arrebato de soberbia en plena España franquista, desorientada y perdida en el inicio de los años 60. Habían comprado un muñeco para su hermana, un muñeco precioso que parpadeaba y olía a caramelo, y una chaqueta para papá, y sólo quedaba por comprar los regalos de ellas dos, sus regalos.

Al cruzar una esquina, se asomó coqueta una pequeña tienda. En el escaparate se desparramaban varias cosas en un collage imposible de elementos dispares y desincronizados.

Una bandeja con turrones, bustos de maniquíes con pelucas polvorientas y vacías de color por la caricia del tiempo luciendo sombreros imposibles, barajas de cartas de colores intensos y figuras extrañas, incomprensibles para ella, grandes vasijas que no parecían contener nada, paragüeros pugnando en su crecimiento por alcanzar el cielo, anillos, collares y diversas colecciones de baratijas de brillantes colores, radios antiguas que parecían hablar solas, sartenes y recipientes de cocina de impecable factura, todo lo que una imaginación desbordante necesitaría para componer un cuento.

Ella estaba totalmente fascinada con lo que la tienda prometía, por lo que contuvo la respiración cuando comprobó que su madre aceptaba sin resistencia la invitación a entrar en ella.

Cuando cruzó la puerta, su cuerpo se hizo muy muy liviano...casi sintió que podía volar. Las emociones acudían atropelladamente a cada resquicio de su cuerpo, y se rindió a la magia de un momento en el que se sentía protagonista.

Había muchos olores, sabores, deseos. Algunos conocidos, otros por descubrir. Muérdago, canela, salvia, lirio, rosa, jazmín. Té rojo, verde y negro. Pardos, dorados, ocres, colorados. Haya, nogal, roble, sauce, eucalipto. Madera, plástico, terciopelo, lijado. Seco, vivo, crujiente, sin ritmo. Austral, boreal, norte, sur, ecuador. Frío, salado, de miel, horneado. Un sol, un destino, un sueño, un desatino. Timbre, culebra, arcilla, un Merlú, lana blanca. Pomo, alféizar, puerta, ventana. Conversación distendida, persiana tendida. Mil rayos, la luna, palabras, voces, claroscuros, matices. Picos, escozor, un abrazo, un Te quiero. Dolor, unas risas, temblor, el amado. Oro blanco, un diamante, una flor, un instante. Codiciado, pensado, espantado, soñado.

Todo parecía confluir en aquella tienda, cáscara del Planeta Tierra, recipiente donde mil y una vidas, las suyas, las que tenía prometidas, se agitaban sin descanso. Dolores de vida mientras se desgarra un cuerpo que anuncia al mundo un ser vivo. Melodías de paz en un alma buena, sensible, de dulces caricias. Agitación de un espíritu que emprende, lucha, sangra, se tambalea y escala.

Corazón desprendido, entregado. Sonrisa que recoge toda la luz del cielo. Mirada de ojos siempre cómplices, hermosas farolas que alumbran mi caminar, seno de madre al que acudo para hacer acopio de fuerzas.

La pequeña sintió un leve, pero delicioso mareo ante la presencia de tan variadas sensaciones, y agarró fuerte la mano de su madre, buscando refugio.

Al otro lado del mostrador, un anciano encorvado, viejo y arrugado como el mundo, le dirigió un guiño de complicidad. Tenía grandes bigotes, veteados de grises y unos ojillos pequeños y oscuros, brillantes como bombillas recién colocadas. Grandes surcos laminaban su rostro, la Historia del Tiempo cincelada en piel a golpe de martillo.

Le preguntó su nombre y su edad, y ella respondió con voz trémula, pero sin miedo. Él sonrió. “Acércate –le dijo- tengo algo que darte”. Desde la altura, su madre la empujó con suavidad conduciéndola hacia el señor: “Vete, cariño, no tengas miedo”.

El hombre la aupó y sentó sobre sus rodillas, y ella pudo notar toda la fuerza de árbol maduro en sus brazos, que como ramas milenarias, la sujetaban con firmeza. Tenía la mano derecha cerrada en un puño.

“En esta mano, guardo la fórmula de la felicidad. ¿Quieres verla?” Con la boca abierta, asintió asombrada. “No puedes, preciosa. Está hecha de mil sustancias distintas, y es muy difícil prever cuál va a ser la próxima. Cuando crees que es sólida como el granito, se vuelve líquida como la leche, o espesa como la miel. Puede ser compacta como el olmo, o quebradiza como montaña de azúcar. Lo siento, no puedo enseñártela, porque podría perderse, esconderse por las oquedades del suelo, adaptándose a sus formas sin que pudiéramos recuperarla”. “¿Como el mercurio?”, acertó a preguntar. “Exactamente, como el mercurio”.

Su madre la miró con una dulzura como no había leído nunca en sus pupilas. “Entonces, ¿Qué era lo que tenía para mí?”, agregó de pronto. “Un sueño y una promesa. La promesa de que nunca renunciarás a soñar”.

Guardó el puño en el bolsillo de su raída chaqueta, y cuando sacó la mano de nuevo, ya no estaba plegada, ya no guardaba nada. Cogió un cuaderno de pastas duras donde se peleaban cientos de colores mezclados como paleta cansada, y se lo tendió.

Ella lo cogió entre sus manos, y sonrió. “Sueña y escribe, pero no te olvides nunca de vivir. Si no vives, nunca podrás alcanzar tus sueños. Si los escribes, siempre podrás retomarlos”. Las palabras del anciano cayeron como nube blanca de algodón sobre su cabeza.

Su madre la cogió en brazos y la estrechó fuerte contra sí. Inundó sus pulmones del mejor oxígeno, el olor de madre, dulce y cálido como una cueva sin tormentas. La miró de reojo, y vio cómo gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas pecosas. Ella también tenía un cuaderno en su mano. Su propio cuaderno para sus propios sueños.

Salieron de la tienda con la magia prendida como abrigos. Con paso apresurado, tomaron la carretera para cruzar la calle. Pero ella se giró justo antes de torcer.

Apoyado en la puerta, había un Ángel.
La figura le sonrió satisfecha. Le lanzó un guiño de complicidad y entreabrió tenuemente unos labios de Murillo, de los que se escapó un murmullo en forma de palabra: “Sueña”.

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A mamá, que es mi ángel y quien me dio el primer cuaderno para escribir mis sueños. De sus labios de Murillo he recibido el apoyo y el cariño para fortalecer mi alma y luchar por alcanzar mis sueños.

02 agosto 2006

Calle Churruca

 Posted by Picasa Aquel verano todo se precipitó de golpe. Mamá tenía una gira por el norte y me llamaba todos los días describiéndome al detalle las ciudades por las que pasaba. Yo me moría por que me invitara a ir con ella, pero la compañía no permitía la presencia de hijos pequeños cuando estaban de gira.

Me limitaba a escuchar boquiabierta la narración de mi madre, y anotaba todo lo que podía apresar en la memoria, para seguir soñando más tiempo. Nina negaba con la cabeza e insistía en que todo eran tonterías, que lo que tenía que hacer mi madre era casarse con un rico empresario y sentar la cabeza, pero interiormente sonreía orgullosa por los avances de su hija bailarina.

Yo la había pillado alguna vez repasando y acariciando las fotos que mi madre le mandaba dedicadas, y los artículos amarillentos que aparecían en revistas y periódicos. Por todos los rincones de la casa se podían encontrar recuerdos, fotos y galardones de mamá, y cuando le increpabas por las contradicciones de tanta protesta, zanjaba la conversación con una somera sentencia: “Bueno, eso es para darle suerte y que siente la cabeza de una vez por todas”.

Yo me sentía muy orgullosa de mamá, adoraba su cuerpo de junco grácil y vulnerable, que se cimbreaba con tanta suavidad que parecía brisa. No me parecía en nada a ella, y eso me frustraba mucho. Mi cuerpo era un amasijo de formas a medio construir, de las que se adivinaban malos augurios: era alta, flaca sin formas, y plana como una tabla.

Me miraba al espejo y sólo deseaba borrar lo que me ofrecía. Borrar las caderas inexistentes, los brazos tan largos que obligaban a Nina a alargarme los jerseys y las camisetas, la cara llena de granos horribles que acaparaban toda la atención de quien me mirara. Veía a una desconocida que se abría paso abruptamente por los pocos pliegues reconocibles de la niña que había sido hasta entonces.

El tío Tinín llegó un día, de pronto, sin avisar como era su costumbre. Venía de uno de sus misteriosos viajes cargado de regalos. Los más pintorescos y coloristas eran siempre para mí, que era su ojito derecho. Tinín no era mi tío carnal. Era sobrino de mis abuelos, pero lo habían criado como un hijo desde pequeño y era para mí un punto de referencia, la culminación de un sueño.

Siempre le miraba fascinada, atendiendo a todos sus gestos y palabras, empapándome de sus vivencias y aventuras. Yo quería ser escritora como él, claro, y también quería enamorarme de alguien como él. Los chicos del instituto estaban todos a medio hacer. Eran una panda de hormonas sueltas y desbocadas que perseguían con poco acierto a las chicas, y a mis amigas y a mí nos gustaban los chicos mayores, los que estaban en COU e iban a empezar la Universidad.

Tinín siempre andaba con una nueva chica, a cual más exótica y hermosa. De cada viaje traía la foto de una, a la que calificaba como la mujer de su vida y algunas veces se presentaba con ella. Como aquel verano.

Sayuri-Jin tenía una piel blanca como nube espesa, y unos ojos grandes pese a los pliegues oblicuos que los fruncían en los extremos, dándole un aspecto de almendras doradas, pues así era su color.

El resto de los rasgos eran muy menudos, y la boca cumplida se curvaba constantemente en sonrisas que paliaban la ausencia total de comunicación, pues no hablaba ni palabra de castellano. Su cuerpo era uniforme, sin asomo de curvas como una niña, lo que no impedía que fuera tan hermosa que dejara sin habla al tío Tinín y a todo hombre que se asomaba a verla.

Yo sólo vestía con jerseys muy anchos que cubrían al máximo la inexistencia de formas, que anulaban mi cuerpo y me daban un aspecto andrógino. Me empeñaba en ponerme sujetadores que aplastaban mis pechos nacientes, pugnando por crecer pese a mi resistencia.

Mis amigas estaban orgullosas de los cambios que sus cuerpos experimentaban porque notaban el interés de los chicos y las alabanzas de los mayores, pero a mí me daba mucha vergüenza convertirme en mujer con tan desparejas formas, y tan distinta del resto de mujeres de mi familia.

Sayuri-Jin se acicalaba con mimo todas las mañanas, demorándose muchísimo en el cepillado de su larga melena negra, lacia y densa, tan oscura que azuleaba. Se vestía con largas faldas y telas de colores imposibles, que contrastaban con su ebúrnea piel. Explicaba en su melodía de palabras imposibles, que uno de los vestidos más bonitos se llamaba Qipao. Tenía aberturas laterales dejando los brazos al descubierto, y estaba bordado con hilo de seda sobre tonos rojizos y destellos brillantes. Parecía una diosa con él.

Mirándola presentía que la belleza nace de dentro, se vuelca hacia fuera con una luz arrolladora que siempre permanece en el interior, e ilumina nuestros rasgos para darles la consistencia que nos hace distintos y atractivos. Ella guardaba silencio y miraba sin expresión a su alrededor, nos estudiaba y sonreía cuando se tropezaba con nuestros ojos posados en ella con admiración. Entonces, encendía el interruptor interior que dejaba salir la luz desbordándose por todo su cuerpo.

Un día, a escondidas, me puse el Qipao escarlata. Me recogí el pelo y me coloqué delante del espejo. Quedé maravillada. Cómo era posible que ese cuerpo larguirucho y extremilargo se transformara en una jovencita en la que comenzaba a prender una chispa brillante que avanzaba despacio, pero rotunda.

Los vecinos estaban intrigadísimos con Sayuri-Jin, y la señora Manuela no dejaba de cuchichear con mi abuela presintiendo malos augurios a la relación del tío con una muchacha tan rara. Nina la escuchaba en silencio y no le daba importancia a esos comentarios, y cuando la señora Manuela se marchaba, me confesaba que decía esas cosas por lo sola que estaba.

La señora Manuela vivía sola porque era viuda y todos sus hijos estaban casados ya. De joven había sido muy hermosa, pues lo primero que te enseñaba al entrar en su casa eran las fotos de juventud, cuando gastaba un corte de pelo estilo belle epoque y tenía unos ojos grandes y verdes de piedra preciosa, que traspasaban las fotos en blanco y negro.

Su esposo era muy apuesto y los dos parecían dos estrellas de cine. Ella hablaba sin parar de él e insistía en saber si ya tenía novio. Yo me sonrojaba, porque me gustaba Daniel López y él ni siquiera me había dedicado un par de parpadeos. Tenía claro que nunca iba a interesarse por mí, pero eso era lo que acentuaba mi atracción por él, ese aroma que desprendía a fatalismo de amor imposible.

La señora Manuela solía salir a la calle a coser para matar el tiempo, y de paso enterarse de lo que acontecía en el vecindario, motivo por el que era apodada en secreto como “la portera Churruca”, nombre de la calle donde vivíamos. Todas las tardes, cuando se escondía el bochorno de la siesta, salía con su banquetita a la calle y se ponía a coser inacabables faldas y camisas para sus nietos.

Al poco, se sumaban a la sentada improvisada otros vecinos que salían a la fresca a compartir conversación y compañía. Mi abuela también salía y cada día explicaba la crónica de las andanzas de mi madre, con su gira por tierras del norte. Cuando mi tío no estaba, Sayuri-Jin también acompañaba a Nina y se limitaba a sonreír con su carita de muñeca, mientras soportaba las miradas curiosas de las personas que pasaban por la calle.

Los señores Coito, que se habían cambiado el apellido a Couto para evitar los chistes fáciles, pero que en los papeles seguían constando con tan evidente apellido tal y como me había confirmado, entre risas, mi tío Tinín, salían a dar un paseo todas las tardes a la misma hora, y saludaban a tan variopinta concurrencia vecinal, pero nunca se quedaban.

Eran bastante estirados y serios. Tinín decía que era debido a la pesada carga que soportaban por apellidarse Coito. Recuerdo que cuando se lo conté a mis amigas, no les hizo mucha gracia y tuve que explicarles lo que significaba “coito” porque nosotras sólo nos atrevíamos a mencionar aquello de “hacer el amor”, pero con la prudente distancia del sexo como lejano hecho que ni por asomo nos planteábamos. Éramos niñas decentes que sólo creíamos en el amor platónico para toda la vida, aunque Daniel López evocara sensaciones exrañas y difusamente carnales.

Aquel verano vestía galas de calor compacto, activo, de losa. Los ancianos andaban despacio, con la respiración agitada y los pájaros se negaban a cantar desde unos árboles achicharrados. El señor Coito bajaba las escaleras con dificultad, apoyándose en su mujer, y si coincidías con ellos, esperaban a que te adelantaras para seguir bajando a su ritmo lento. Cuando pasabas por su lado, tan cerca como estrechos eran los rellanos, notabas el sudor perlando el grisáceo rostro del señor Coito, y olías un aliento agitado y agrio, como cosa rancia.

Estaba muy grueso, fumaba sin control y no tenía muy buen aspecto, y por eso no me resultó sorprendente que se cayera por las escaleras aquella mañana. Tarde o temprano ocurriría. Nunca se atrevía a salir a la calle solo, pero aquel día su mujer tuvo que hacer unas compras urgentes y él se había quedado sin tabaco. Cuando estaba a la altura de nuestra puerta, sintió cómo se sesgaba algo en su cabeza y cayó rodando por las escaleras, quedando espanzurrado en el rellano con el cuello roto y un derrame cerebral causante de la caída.

Yo estaba sola en casa y escuché el estruendo. Cuando salí y encontré al señor Coito, sentí como si ya hubiera vivido esa escena, pero no la recordaba tan cruda. Allí estaba, un señor muerto, la primera vez que me enfrentaba a algo así. Recuerdo vagamente los acontecimientos que siguieron. Una marea de gritos, ruido de ambulancia, manos que intentan volver a la vida, brillos plateados de instrumentos que miden, analizan e intentan. Lamentos y gritos, desmayos, lágrimas y pañuelos. Finalmente, el silencio.

Y nadie se acordó de mí. Todos corrieron y me dejaron sentada en el poyo del portal, abatida, rendida y presa de una soledad fría como nunca había sentido. Mi primer pensamiento se dirigió a mi abuela, desde la consciencia de que era mortal, que había de llegar un día en el que me abandonara sin previo aviso, dejándome sola frente a este mundo tan poco domable y tan desconocido.

No sé cuántas horas pasaron, pero en un momento determinado llegaron mi tío Tinín y Sayuri-Jin y me recogieron. Me dolía muchísimo la tripa, y creía que me había enfríado después de pasar tantas horas sentada sobre el frío mármol de la puerta. Un poco descompuesta, busqué los brazos de mi tío, como cuando era pequeña y me cobijaba en su ancho abrazo hallando calor y seguridad.

La sorpresa llegó cuando fui a darme un baño para entrar en calor, y descubrí un rastro rojizo en mis braguitas. En ese momento, me cayó como un pesado ladrillo la certeza de que ya era mujer, que ya había llegado el momento, que el último lazo con la infancia irresponsable se había desanudado y comenzado una nueva etapa que había de afrontar yo sola.

Mi abuela llegó más tarde, cuando había anochecido y traía la noticia de que la señora de Coito, cuando buscaba los papeles de su marido, había descubierto una caja de zapatos llena de billetes y de cartas de amor que su estirado esposo había intercambiado con una cabaretera (palabras textuales de la abuela) durante años.

La noticia sepultó el acontecimiento de mi entrada en el mundo adulto femenino, y Nina se limitó a darme un beso grande de abuela y a darme unas compresas. “A partir de ahora, ya sabes, a tener cuidado”. Yo no entendí lo que quería decir con esta advertencia, pero no pregunté porque prefería que nadie prestara demasiada atención a este cambio, y así permanecer un poco más asentada en una niñez que me resistía a abandonar.

Mamá llamó y me susurró palabras de madre, cariño que me llegó con la calidez de la distancia y el abrazo impalpable, pero me pidió rápidamente que le pasara con mi abuela. Desde mi habitación oía la risa de Nina mientras contaba al detalle la historia de la cabaretera y el señor Coito, que a esas horas ya era la comidilla de la calle Churruca.

El tío Tinín se marchó una mañana, y se llevó con él a Sayuri-Jin y el aroma de su misterio. Me asomé a la ventana para ver cómo metían el equipaje en el coche porque no me gustaban las despedidas. Sayuri-Jin se giró y me miró regalándome una sonrisa cómplice, de mujer a mujer. Antes de irse me regaló su Qipao rojo, bordado en hilo de seda y yo estaba deseando enseñárselo a mis amigas.

Llegaron todas a la vez a merendar esa misma tarde, y se quedaron fascinadas con la ropa. Todas querían probarse el vestido, y sobre nuestros cuerpos recién moldeados estalló el color y la vida. Me miré al espejo y sentí un ramalazo de satisfacción: puede que no fuera tan malo crecer y ser mujer, después de todo.

2005
Para Tito y Nina. Que no me falten.

21 julio 2006

La flor despintada VI (final)

No la volví a ver hasta un año después, en un café casposo de París. No esperaba encontrarla, pero un amigo alemán me habló de una fotógrafa española que tenía mucho material sobre la situación en Palestina, y supe al instante que se trataba de ella. Le pedí el teléfono y la llamé. Casualmente estaba de paso en París, y sí, podía dedicarme un café... por los viejos tiempos. Estaba tan ansioso por volver a verla, que no di importancia a la voz grave y oscura que me hablaba al otro lado del teléfono.
Quedamos en el café que escogió ella, un antro de artistas bohemios e inconformistas, que creían ser las tres cosas, sin ser ninguna, mientras llenaban de mentiras una vida ociosa e improductiva en el aureolado Montmartre de mediados de siglo, del S XX, claro. París entera se reconstruía y se lavaba la cara tras la dominación nazi. Había un aroma de esperanza en el aire, de sueños retomados, de vidas rehiladas, y eso me hizo albergar sueños imposibles. El café estaba lleno a rebosar, no quedaba ninguna mesa libre. Me acomodé en la barra y me tomé de un trago el primer whiskey. Iba por el tercero cuando apareció. Entró muy decidida, pero se paró en el dintel de la puerta. Miró en todas direcciones. Me estaba buscando, pero yo no le dije nada. Me quedé contemplando su nuevo peinado, largo y ondulado, exactamente igual al del resto de mujeres que me cruzaba por la calle. Llevaba un traje chaqueta con tacones sugerentes, y lucía una elegancia totalmente propia de una mujer de clase media europea.
Aquella no era la joven intrépida y sin compromisos que yo había amado. Dio unos pasos hacia dentro del local, y fue justo cuando aproveché para marcharme de allí, para escapar. Necesitaba aire, necesitaba respirar y apartar este mal sueño de mi cabeza. Anduve y anduve sin parar, y cuando me quise dar cuenta estaba en el Boi de Bologne. Tomé asiento en un banco frente a un estanque, y poco a poco fui recobrando el ánimo y las fuerzas. Justo entonces me vino a la mente la mirada desafiante del hombre elegante que esperaba fuera del café, apoyado en la puerta entreabierta de un coche. Parecía esperar a alguien que no tardaría mucho en salir para irse con él.
Al cabo de unas semanas, dejé París y me escapé a Londres. Allí me esperaba otro país que también renacía y recobraba fuerzas perdidas. Justo el lugar donde un tipo como yo podía estar. Fue el mismo amigo el que me dio la noticia de forma tan casual, que al principio no acerté a darle la importancia que tenía. Ana y su esposo venían a Londres a inaugurar una exposición itinerante de fotografías. Ana y su esposo. Casada. Aquel hombre. Su nuevo aspecto de mujer común que tanto había despreciado siempre. Todo encajaba.
Decidí acercarme a la exposición de sus fotografías. Las últimas de unos viajes que no se repetirían pues ahora era una dama formal y caprichosa, que podía recorrer el mundo sin despeinar ni uno sólo de sus dominados cabellos.
Cuando me vio, se acercó sonriendo con unos labios que no reconocí, y me habló con unas palabras que no entendí. Habló de seguridad, de un hombre, su marido, ofreciéndole todo el apoyo económico de un heredero de importante fortuna europea, de aprender a conocerse y adaptarse a los tiempos, de madurar, de sentido común, y lo más rotundo: de compromiso. La
miré perplejo, pero ya desde la distancia. Y la odié, por aniquilar sin piedad a la mujer a la que yo habría entregado mi vida sin hacer más preguntas. Aun así la seguí mirando, intentando encontrar en ella un pedacito, un trocito apenas velado de piel que me trajera a la otra Ana.
En ese momento llegó él, nos presentó y busqué en los ojos de ella la chispa. No la encontré. Me excusé con otro compromiso, y me dispuse a marcharme lo más lejos posible de allí. Justo cuando giraba la calle, oí un grito. Alguien me llamaba... ¡¡¡¡Danieeeeel!!!!
Era ella. Tenía el pelo alborotado por la carrera, casi como cuando terminábamos de hacer el amor. Me abrazó de golpe y me estrechó fuerte. Sólo susurraba mi nombre, y aquella sí era su voz. Aquellos sí sus labios. Entonces brotaron las lágrimas, y las palabras tiernas que hablaban de recuerdos dulces que nos acompañarían siempre. Le pedí que se viniera conmigo. Cerró los ojos, y cuando los abrió de nuevo, regresó la nueva, la mujer fiel y sensata en que se había convertido.
Me alejé de allí con el sabor de nuestro último beso aún prendido en los labios. Justo entonces me di cuenta de que mientras me abrazaba y besaba, y susurraba mi nombre, le había vuelto la chispa a los grandes ojos negros.


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Se despertó sobresaltada, sin saber a ciencia cierta dónde estaba. En su mente rebullían ciudades como París, Londres, Madrid, pero de forma desordenada. Se irguió en el asiento y se atusó el pelo. El señor del asiento de al lado, la miraba con gesto dulce. Le sonrió tímidamente, mientras notaba el logotipo en relieve de RENFE como una réplica exacta en su mejilla. El anciano le susurró: “Ya hemos llegado a Zamora, señorita”. La sorpresa le hizo reaccionar, y se levantó bruscamente. Cogió todas sus cosas, y se dispuso a bajar del tren. El contacto con el frío aire castellano, la despertó de golpe. En el andén, escenario de bultos y personas, la gente avanzaba torpemente, adaptándose a sus huecos. El anciano se despidió cortésmente inclinando la cabeza y sin dejar de sonreír con dulzura. Le siguió con la mirada, viendo cómo encontraba su sitio entre la gente, alejándose, hasta que lo perdió de vista. Los más rezagados comenzaron a distribuirse hacia direcciones diferentes, recobrando individualidades, y distinguió apenas el abrigo del anciano en la distancia. Justo cuando iba a empezar a moverse, algo le obligó a mirar otra vez al anciano.
En el punto exacto donde acababa de ver a su compañero de viaje, estaba Daniel.
De pie, mirándola fijamente, sonriendo, esperándola. No había tiempo para preguntas, ya se formularían después. Corrió y corrió hacia él, y cuando estaba a unos pasos de alcanzarlo, descubrió que las lágrimas apuntaban una gran sonrisa, como flor recién pintada.


Enero 2002
TRL

A Maite.
A Víctor, Merche, Miguel y Enrique. Porque no olvidan tanto sueño y tanta lucha.
A Carmina, que se fue demasiado pronto pero me dejó sus historias.
A mi madre, que me las recuerda.

La flor despintada V (continuación)

Vino a verme una tarde en la que todos los cielos del mundo parecían acusar su ausencia. Una lluvia espesa y plomiza caía sin consuelo amenazando llevarse cualquier cosa por delante. Yo iba por mi quinta copa de un vino malo y peleón, y al principio confundí los suaves golpeteos de la puerta con los enfurecidos latidos de la lluvia.
Al abrir la puerta, la oscuridad la envolvió como un manto y tardé en reconocerla. Mi aspecto era desastroso, con la barba a medio afeitar y el pelo sucio y revuelto, pero cuando sus ojos se acercaron a los míos, su ternura rodeó mi gélida desolación, dejándome abatido y rendido para siempre.
Me habló de amor, de aventura, de pasión, de fuerza, viajes, libertad. Yo ansiaba retenerla entre mis brazos, y ella izaba el vuelo con cada palabra. Me hizo prometerle no volver a mencionar la palabra compromiso, éramos dos seres libres que se amaban sin ataduras, ansiosos por rozar la eternidad. Yo la escuchaba sin añadir nada, sin enturbiar uno sólo de sus sueños, porque la vida que latía en su alma, me iba matando poco a poco, dejando mi cuerpo vacío, sin fuerza ni consistencia.
En una semana partía a Nuremberg, y después la habían invitado a Tierra Santa, a presenciar los inicios de la construcción del estado de Israel.
Me hablaba de conflictos, de árabes y judíos arrebatándose la tierra, de un encargo para realizar un reportaje completo para el National Geographic, su sueño, continuar los pasos de su tío. Salían como un torbellino palabras como Petra, Autzswitch, Jerusalén, Belén, Goebbles, Ben Gurión, Naciones Unidas, Persia, y yo no la interrumpía. Sólo cuando hizo una pequeña pausa para besarme, me atreví a preguntar cuánto tiempo iba a estar lejos.
Sus ojos negros se nublaron un poco, lo justo para responder sin un ápice de temblor en su voz: “Tres meses”.
Lo tenía todo organizado, podíamos encontrarnos en algún punto del ancho mundo en cualquier momento de esos tres largos y áridos meses. No tenía fuerzas para contestar, y dejé que las lágrimas calmaran mi sed, mi hambre, y dieran brillo a mi dolor. Ella no podía entender mi actitud egoísta, insistía una y otra vez que no había promesas entre nosotros, pero que ella siempre volvía... ¿es que no me daba cuenta? Ella siempre volvía.
Se quedó dormida en mis brazos, agotada, con la respiración agitada. Me di cuenta de que tenía fiebre. Fue entonces cuando me permití observarla y descubrir algunos cambios. Estaba más delgada y muy pálida.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no había encontrado la chispa alborotadora de sus ojos negros.


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- ¿Qué pasó después con Luz Divina, Tata?
- ¿Después? No... no quiero hablar de ello... todavía se me encoge el alma al recordarlo...
- Por favor, Tata... ¿qué pasó después?
- Pues qué iba a pasar, lo que estaba de Dios, pues claro, que no se puede tentar la suerte y retorcer las cosas que tienen su orden natural sin que te pasen factura, pues qué creías. Estalló la guerra justo cuando el Manuel y la Ludi estaban con los preparativos para casarse. Él se unió a los rojos, claro, pero se casaron antes de que se fuera al frente. Estaba metido en una comisión organizadora de no sé qué, y hacía cosas de papeleo. Ella le ayudaba en lo que podía, pero en secreto, a escondidas, para que no se enteraran los señores donde servíamos, no fuera que la denunciaran o algo así. Al principio, la guerra no se hizo notar en el pueblo, pero cuando llegaron los falangistas y se los... se los... se los llevaron...
- No llores, Tata, aquello ya pasó.
- Ya lo sé, pero es que la vida ha sido muy dura, y nos ha dejado ver demasiadas cosas. Nosotros siempre hemos sido pobres, pero honrados, y no nos merecíamos aquello. Si lo que defendía el Manuel era tan bueno, ¿por qué le hicieron aquello?
- ...¿El qué... Tata?
- Se lo llevaron los falangistas, él estaba en el pueblo, había vuelto para estar con Ludi, porque desde la boda no se habían vuelto a ver y de eso hacía más de un mes. Lo tuvieron en los calabozos del Ayuntamiento viejo, en esos sótanos que estaban en pie desde mucho antes de que llegaron los franceses, porque se decía que las tropas de Pepe Botella encarcelaron allí a rebeldes españoles... y eran sitios sin airear, con paredes de piedra que sudaban podredumbre, enfermedad, humedades, y... muerte.
- ...pero llenas de vida también, Tata, vida y esperanza. Las paredes eran el diario de familias rotas, ilusiones perdidas, amores añorados hasta el ahogo. Cuando el sol crecía y asomaba tímido por el pequeño hueco que anunciaba un nuevo día, podíamos leer todas las historias y todas las luchas del hombre en esas paredes. Varias generaciones de hombres dejando sus palabras marcadas en esas paredes, único testigo de su destino final...
- De allí se lo llevaron con los pulmones destrozaícos, el pobre. Estuvo preso dos semanas apenas, pero fue tiempo más que suficiente para que le dejaran hecho un guiñapo. Yo no le vi, nos lo contó el Marianico, que era monaguillo del cura y como era fuerte y un poco tardo, el cura lo llamó para que se encargara de todo, junto con otros hombres. Era muy temprano y hacía mucho frío, porque apuntaba ya el otoño y estábamos a principios de octubre, pero era como si las nubes blancas que tanto le gustaban a Manuel mirar en el cielo, salieran todas juntas a despedirle y llevárselo entre algodones de este mundo...
- Eran nubes muy blancas, y muy densas, compactas. De pronto se volvieron sólidas, y cubrieron por completo el cielo. Todas juntas, unidas, enlazadas en un abrazo, techando el mundo y dándole textura de algodón...
- ...el Marianico decía que el Manuel estaba muy mal... que se le notaba que le habían pegado varias palizas, tenía un brazo roto, una brecha muy fea en la cabeza y no podía apenas respirar... pero tenía la mirada firme, afilada, orgullosa.
- ...hacía mucho frío y cada bocanada de aire era como alfileres que se clavaran en el costado... y aquel silencio... nadie hablaba...
- ...los montaron en una camioneta destartalada y los llevaron al cementerio... empujándolos a golpes hasta la tapia del cementerio, verde de musgo... que en unos pocos minutos se tiñó de rojo de muerte... el Ma... Marianico dice que el Manuel le agarró por la chaqueta y le susurró al oído muy deprisa que le entregara a la Ludi un papel arrugado y medio roto que tenía en la mano...
- ...y el Marianico, con su cara de pasmo, no sabía qué hacer con el papel. Lo pasaba de una mano a otra hasta que lo guardó en el bolsillo de su chaqueta... asustado por que no le vieran los demás, y se lo metió en el bolsillo dejando que asomara un trozo, imagen que no dejé de mirar atrapado en el deseo de que llegara a su destino... pero justo en el último momento... cuando las fuerzas se me escapaban atropelladamente, vi cómo el trozo de papel se caía del bolsillo del Marianico, hundiéndose en el barro, poco a poco, sin que nadie, y ni mucho menos el Marianico, se diera cuenta de nada...
- ...pero sí se dio cuenta, que vino a verme corriendo, asustado, hecho un manojo de nervios, gritando que tenía una carta para la señorita Ludita de parte del señor Manuel y que la había perdido... creía que en el cementerio, pero no estaba seguro. No se atrevía a volver, pero le obligué a golpe de cachetes, y Dios me perdone que no me gusta pegar a nadie, pero la Ludi se me moría... y eran las últimas palabras del Manolillo...
- ...¿y la encontró?
- No. Buscó, rebuscó entre el barro, con las manos, rompiéndose las uñas, con palas... y nada, que no apareció la carta... pero al cabo de los años... un buen día, unos niños que jugaban en la tapia del cementerio, encontraron un pedazo de papel medio mohoso enterrado entre unas piedras... sólo se leía un nombre: “Mi Luz Divina”... y apenas se distinguían cuatro palabras... suerte que acertó a pasar por allí en aquel momento el señorito Rodrigo, el hijo de don Rodrigo, sabe usted, que era tan distinto a su padre, y reconoció el nombre...
- ...¿Se la entregó a Luz Divina?
- Pues... en cierto modo, sí... bueno, según se mire... porque según decía, ya estaba con ella... porque lo curioso es que el sitio donde estaban las piedras donde encontraron los niños el papel, daba al otro lado del cementerio, justo a los pies de la tumba donde fue enterrada Ludita... al Marianico se le cayó por el lado de la tapia que meses después fue derrumbada para ampliar el cementerio, pues... en los días, semanas, meses que siguieron a la muerte del Manuel, cada vez había más muertos que enterrar... y justo dónde le mataron y se cayó la carta, quiso la casualidad que fuera enterrada la niña Luditina, nuestra niñita bonita. Lo que es la vida... al final la carta llegó a su destino... aunque fuera después de muerta.
- ...¿muerta... Luz Divina?
- Sí Manuel... como tú, descansando en paz y esperando que te vayas con ella, a descansar también porque ella leyó tu carta, y supo que la amabas por encima de todas las cosas de este mundo, por encima de ti, de los pobres, la justicia, la revolución, y supo que no importaba el tiempo que habías estado lejos, porque ella siempre fue tu primer pensamiento al despertar cada mañana...
- ...y la única batalla a la que rendirme... la dejé sola, porque el mundo estaba cambiando y yo quería cambiarlo, pero ella era mi casa, mi hogar, mi amor, mi guía, y mi única esperanza... y le pedía perdón por no morir a su lado, por no estar ahí para protegerla y escucharla, y amarla, y sentirla... pero después seguía sintiéndola, más intensamente aún... y toda mi obsesión era encontrarla para decírselo...
- ...pero ella lo sabe, así que puedes irte Manuel, puedes irte en paz, que ella te espera, te está esperando para que descanséis juntos en la eternidad...
- Gracias, Tata...
- De nada, Manuel. Descansa en paz.

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La flor despintada IV (continuación)

Su pelo se ensortijaba como si tuviera vida propia, enredando dedos, manos, piernas, labios. Sus muslos eran compactos, duros de puro mármol. Éramos dos cuerpos libres, amándose, entregándose, bebiéndose, comiéndose, mientras las calles se habitaban de represión y grises tonos. La primera vez que escuché de sus labios el timbre de un orgasmo, me asusté, porque no estaba acostumbrado a escuchar tan liberadora expresión de goce en libertad en una mujer, normalmente cautas y comedidas.
Pero la sorpresa inicial se vio barrida por un intenso deseo de continuar amando, sin fuerzas, vencidos de sed, ahítos de placer. Nuestros sexos habitando un solo infierno, los pezones apuntando a una estrella, y ella abriéndose como cueva de invierno que acoge al peregrino moribundo, indefenso, ansioso por dejarse mimar en tierra caliente, blanda y dura en un mismo roce, temeroso de perder lo que ha hallado sin esperarlo. Su boca era mi boca, mi pecho era su seno, su vulva era mi asiento, mi pene era su tabla.
Mientras nuestros cuerpos permanecían enroscados, uno dentro del otro, todo encajaba. Cuando todo terminaba, los abrazos estorbaban, eran barrotes de una prisión que le impedían respirar. A Ana le aterraba el compromiso.
Sólo le hablé una única vez de estabilizar nuestra relación y no supe nada de ella durante una semana de tinieblas y eterna espera. Cuando regresó, llevaba en el pelo enredado la sombra de un secreto al que nunca tuve acceso, y para cuando logré alcanzarlo, era demasiado tarde.


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- Tenía un pelo maravilloso, Tata, y rizado o liso, siempre salía preciosa en las fotos.
- Es verdad. Podía haber sido artista de variedades, como la Piqué o la Castro, pero con más clase, que parecía salida del mismísimo Jollibú ese, sobre todo cuando se vestía para salir con Manuel. Aquellas uñas, tan bien pintadas, que parecían joyas de lo que relucían, y esos vestidos de crèpe tan bien planchados, que le resbalaban a una por el cuerpo como una babosa. Claro, que a ella le quedaban que parecía una diosa, con esa cinturita...
- ...que se podía abarcar con una mano...
- ...eso mismo, y cuando llegaba él, todo alboroto y desatino. “Buenos días, Tata, ¿Cómo se encuentra hoy?” “Mejor, Manuel, esta noche no he dormido mal del todo” “¿Ha visto qué nubes tan blancas hay en el cielo, Tata? He estado toda la mañana mirándolas, pero no me he atrevido a fotografiarlas, luego parecen naturalezas muertas”.
... Siempre estaba con estas cosas, y entre la labia que tenía y lo apuesto y buen mozo que era, tenía a todas las chiquillas locas. Claro, que él sólo tenía ojos para Ludita. Sólo... hasta que se le pusieron esas ideas tontas en la cabeza sobre los pobres y los ricos, que si el hombre es libre para decidir su destino, que si la educación tiene que llegar al pueblo, que si la mujer tiene que tener derechos, que si hay que renovar la mentalidad, decía, venimos a este mundo sojuzgados –no se me olvidará la palabra que sonaba a blasfemia, Dios me libre- y tenemos que desembarazarnos de las cadenas, y vuelta otra vez con que la tierra es para quien la trabaja y que había que repartir las tierras, y qué sé yo cuántas insensateces más, que todavía me acuerdo de cuando la Ludi me pidió que la acompañara a la Plaza Grande, porque allí iba a hablar el Manuel. Y había mucha gente, todos hechos unos ecce-homos, que iban hechos unos zarrapastrosos... mineros, creo que me dijo la Ludi, “son mineros, Tata, gente de la montaña que vive en la miseria jugándose la vida cada vez que bajan a la mina, viendo como se les mueren los hijos en los brazos, comiditos por la miseria que da el frío y el hambre, mientras los patronos y amos de la mina se enriquecen explotándolos hasta la muerte”. A mí me dio un escalofrío, pero no entendí del todo bien lo que me decía Luditina, porque aquellos hombres miraban raro, miraban duro, como con odio por dentro, no sé cómo explicarlo, pero no eran hombres que estuvieran en paz con Dios, eso seguro. Y el Manuel, ahí subido, en lo alto del escenario que había colocado en el centro de la plaza, justo donde se montaba la pista de baile en las fiestas de la patrona. Estaba muy serio, pero lucía muy guapo, tan moreno, un poco despeinado por el viento del monte que llegaba recio. Hablaba con un micrófono de esos, y se le oía muy alto y bien claro, la verdad. Decía que era el momento de organizarse y exigir cambios, que sí señor, habló de exigir, que hubiera médicos y medicina gratuita para tratar sus enfermedades, porque decía la Ludita que casi todos estaban enfermos terminales de pulmón, que los niños y las niñas tenían que recibir educación gratuita y obligatoria, que había que organizar el trabajo para mejorar las condiciones, la seguridad, y hablaba de pensiones de jubilación, de pagar a las viudas, a los huérfanos... a todos, madre del amor hermoso, y es que lo que sí que no se le podía negar al Manuel es que a generoso no le ganaba nadie.
- ¿Y Luz Divina, qué decía?
- Ay, a la Ludi le brillaban mucho los ojos cuando le escuchaba... se quedaba con la boca abierta, como en éxtasis, en trance, exactamente igual que como salía Santa Teresa en las estampas que te daban en misa, como si estuviera viendo al mismísimo Dios nuestro señor, que Dios me perdone.

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La flor despintada III (continuación)

Ana tenía 20 años cuando la conocí, y le quedaba uno para ser mayor de edad. Me la presentaron como una colega más. El respeto con que se pronunciaba su nombre y el brillo intenso de sus ojos negros no me pasaron desapercibidos. Se movía entre hombres con desenvoltura y normalidad, y a nadie le resultaba inquietante su presencia. Trabajaba de lo que se conoce hoy en día como Freelance para el Blanco y Negro, y la impronta de sus fotos comenzaban a darle un cierto prestigio entre los compañeros de profesión internacionales. Cuando la conocí, apenas me miró. Me hablaba con apasionamiento de un inminente viaje a Nuremberg, donde en breve comenzarían a celebrarse los juicios contra los responsables del ejército nazi. Hablaba sin parar, con el cuello saliendo de la camisa como pájaro recién nacido, y me descubrí muriendo por morder la fina piel que se adivinaba. Me enseñaba todas las fotos, las suyas y las de otros, y cientos de trozos de papel con imágenes imposibles, pedazos de holocausto, de cuerpos agónicos, desnutridos, restos humanos en los que no se podía concebir vida anterior se deslizaron ante mí, mientras yo sufría una tortura insoportable. La de desear su cuerpo como se espera la vida. Nos despedimos como se despiden dos amigos, fraternalmente, pero yo rogué un encuentro más y la amiga se transformó en amante en nuestra tercera cita.

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- Dios mío, no puede tratarse del Manuel que yo conocí. Manolo, Manolillo, con su cámara a cuestas siempre, tan formal, tan bien plantado, pero tan cabezota con sus ideas disparatadas de nacionalizarlo todo... ole ahí, que lo que era mío, tenía que ser de todos, aunque lo hubiera sangrado con mis propias manos secas como la tierra y llagadas de sudor, esfuerzo y lucha. No, querido, no, lo que yo me he ganado solita, mío es, y no de todos.
- Se trataba de compartir la riqueza, el que todo tenía que repartiera entre los que nada tenían.
- Ya, pero yo no lo tenía todo. Yo tenía un pequeño terruño sacado adelante a fuerza de mucho esfuerzo, sacrificio, toda la familia levantándose cuando ni el sol se atrevía a asomarse, o tiznándonos cuando quemaba fuerte. ¿Dónde estaban todos los desahuciados del mundo en ese momento?...En fin, que ya no es cosa de hablar de estos temas... porque ya pasaron hace mucho tiempo, y están todos muertos y enterrados.
- ¿Dónde está Luz Divina, Tata?
- ¿La Ludi? Ay, qué recuerdos, sólo Manuel la llamaba así, todo completo y de un tirón: L-U-Z-D-I-V-I-N-A... Para nosotros era la Ludi... ¡¡¡Ludi, Ludita, Luditina, ven, cariño, ayúdame a doblar las sábanas!!! Y ella venía corriendo, con su bonita bata color fresa, atusándose los rizos del cabello, que tanto le costaba sacarse, porque ella tenía el pelo tieso como el esparto, y eso a ella le sacaba de quicio, que salían en las revistas de cine todas aquellas artistazas con unas ondas en el pelo tremendas, y ella quería estar tan guapa como las artistas... “Tengo que estar guapa para Manuel”, repetía siempre, como una letanía. “Quiero estar muy guapa en sus fotos”.

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La flor despintada II (continuación)

La verdad es que cuando empezó a gritar mi nombre, Daniel, rompiendo bruscamente el silencio del vagón, pensé que me estaba llamando a mí. Me extrañó porque no creo conocerla, pero recordar no es lo mío últimamente, desde luego. Las neuronas también envejecen y pierden elasticidad. Son las cosas de los años.
La miré con más detenimiento. Estaba profundamente dormida, pero no parecía descansar en paz. Algo intenso parecía estremecerle por dentro, algo tan fuerte que ni siquiera su propio grito le había conseguido arrebatar de la pesadilla.
Tenía el pelo enmarañado y los ojillos brillantes de un mal sueño. Como Ana.
Ana tenía esa expresión de niña perdida entre fantasmas cuando algo le atormentaba. Pero antes de que llegaran los fantasmas y los monstruos, era fascinante mirarla. No había ni un sólo segundo que desperdiciar perdido en otro objetivo que no fueran sus ojos.
Con la cámara al cuello, y los focos, filtros, trípode y todo el variado material fotográfico que acostumbraba llevar consigo, parecía un pequeño monte al borde del desbordamiento. Sólo apariencias, como siempre engañosas, pues nada había fuera de control. La primera vez que la vi me deslumbraron sus ojos negros, completamente achinados bajo la espesa nube de humo que salía del cigarro que sostenían sus labios.
Y esa chispa, pequeño destello de luz como fósforo encendido que te bañaba por dentro, limpiando tormentas y pesadillas.
El pelo, muy corto; los labios, muy tenues; y los ojos, muy negros. Se dedicaba a la fotografía desde muy pequeña. Su tío había sido un reputado fotógrafo del National Geographic y se había recorrido medio mundo de desiertos, vegetaciones espesas y aguas imposibles, para acabar volviendo apresuradamente a la casa de su hermana con una dolencia pulmonar grave y multitud de secuelas.
Su vida de aventurero quedó restringida al trocito de la sierra madrileña que se veía por la ventana, y a los oídos siempre atentos de su pequeña sobrina, que se convirtió en su admiradora incondicional. Fue a ella a quien hizo depositaria de su más adorada cámara: una Nikon de hierro compacto y duro, fabricada en 1930, regalo de un compañero que murió en la Guerra Civil.
La cámara no se separó de su lado nunca más. Sólo se rompió el cordón umbilical cuando su tío abandonó este mundo, a tiempo para dejar a Ana preparada para buscar su propio rastro. Era el año 1945, la Segunda Guerra Mundial había terminado, pero el odio todavía se enredaba espeso en el aire.


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- Tampoco, caballero, la señora de la casa tampoco se encuentra, pero la Tata sí. Está muy mayor ya, ¿sabe usté?, pero desde que se quedó ciega, por el azúcar, ¿sabe usté?, le gusta salir al patio desde temprano para sentir los primeros rayos del día. Pase, señor, y espere aquí, por favor, que le indico. ¿A quién tengo el gusto de anunciar?
- Mi nombre es Manuel Huerta. Dígale que soy Manuel, “el fotógrafo”.

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