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04 febrero 2009

Nana para espantar malos sueños

El aire se paralizó antes de llegar a los pulmones, y la fuerza quedó en suspenso también. Fueron sólo unos segundos, antes de quebrarse sobre sus hombros, derrotados, perdidos.

La niña la miraba clavando párpados desorientados, donde se adivinaba la locura. Un hormigueo de derrota comenzó a subir por sus piernas, y tuvo que sentarse para no perder el equilibrio ante los ojos perdidos de su hija.
La maestra les miraba alternati- vamente, sin atinar a proseguir su relato. Sobre la mesa, el último dibujo de la pequeña. Un incendio rojo desbordado entre las garras de la bestia, las pinceladas de una mente infantil desgarrada, de un cuerpo de bebé arrasado.

Los sollozos estremecían los hombros de la madre, mecidos por el silencio de las lágrimas siempre agotadas, temerosas de aturdir al monstruo, de alertar sus instintos animales. Las gafas resbalaron por la nariz, anclándose en la punta como flor temblorosa al borde del precipicio. Los ojos ya no se ocultaban, y el estallido de colores en los párpados hinchados dibujaban minutos, segundos tal vez, de ira y violencia, y horas, años tal vez, de ahogo y desesperación.

Las piernas le temblaban, el cuerpo se agitaba, y la boca seca ardía la garganta como arena de desierto. No. No. No. No podía ser cierto. Cómo no me he dado cuenta, por qué no he hecho nada. La niña, no. La culpa arañando el estómago con un rastro de bilis. No sabía nada. Estaba tan sumida en sobrevivir a su propia tortura, en ocultarla a los ojos de los demás, en anularse como ser humano y hundirse en los abismos, que cegó ojos y ensordeció oídos. La espalda emitió un aullido con el peso de la revelación, que sólo aflojaría la presión cuando la niña creciera firme y fuerte, tiempo después, pero que nunca se desprendería del todo. Suspiró. A la niña, NO.

La pequeña se encogió en su silla. Miraba a la madre fijamente, con un asomo de berrinche en la boca. Tenía sus lápices agarrados fuertemente, como un arma defensiva, su más preciado tesoro, la fuente de sus desahogos, la puerta por la que sacudía los fantasmas que por la noche manchaban de negro sus paisajes de colores infantiles. La observó. Sombras en los ojos recién descubiertas delataban el miedo, lo reconoció, se parecía bastante al suyo propio, cómo no vio antes el dibujo hostil en sus labios, la sonrisa anulada que ella había perdido también.

Los brazos de la madre se extendieron para acunar a su hija. La niña se cubrió con el cuerpo de su madre, y se enredó en su regazo. Acarició su pequeña cara, rozó las lágrimas y entonó las primeras notas de una nana que derramó paz instantánea sobre el abrazo estrechado.

La maestra las despidió en la puerta del colegio. Las vio irse con un inicio de complicidad y lucha entre la bruma opaca del dolor. Tenían varias citas para el día siguiente, y los siguientes y los siguientes. Psicólogos, trabajadores sociales, abogados, policías. Personas que ayudarían, sin duda, pero que no alcanzarían a trepar a lo más alto del cerco de unión y fusión de dos almas frágiles, pero nunca más indefensas. La madre se alejó del colegio con su niña en brazos, retrocedidas las dos a la unión del vientre preñado, refugiadas en su ombligo.
Lo que no pudo ver la maestra es que bajo las gafas oscuras de la madre, había una chispa de determinación y de fuerza, algo que el cuerpo reconocía como perdido hacía mucho, pero que comenzaba anidar con la misma intensidad que el abrazo daba apoyo a su niña y la nana entonada espantaba sus malos sueños. Para siempre.


Los cuadros son de Mark Ryden y Picasso.

15 diciembre 2006

Los árboles de la avenida



A todas las dramáticas de este mundo, desde el cariño


Qué bonitos están los árboles de la avenida, este año ha llegado tan crecida la primavera que parece como si quisieran tocar el cielo con las ramas. Casi, casi me llega el olor de las hojas verdes y las flores tan vivas que se mecen saltarinas por el viento de la mañana.

Que no se me olvide mirar lo del teatro cuando llegue a la oficina, que a este paso nos vamos a quedar sin entradas. La verdad es que a Raúl no parecía hacerle mucha ilusión, pero creo que es una manera bonita de celebrar nuestro aniversario, y hace mucho que no vamos al teatro los dos solos.

Tres años ya, madre mía cómo pasa el tiempo. Qué mirada tan perdida tenía cuando nos encontrábamos en la cafetería de Tomás, parecía tan desvalido con sus rizos negros que no lograba domar y siempre le tapaban un ojo, que me costaba reprimir la caricia, el roce de esa melena, sus ojos tan brillantes cuando me miraba.

¿Qué ocurre, por qué no me mira ya así? ¿Nos hemos acostumbrado demasiado el uno al otro? Dice que me quiere, que no hay nadie más importante para él, pero necesito sentir que no se autoengaña, que el amor le sigue rompiendo las costillas, le inunda, calienta y cobija, porque yo lo siento así.

Esta mañana le he calentado el café con leche y me ha dado un beso, pero no ha llegado a cerrar los ojos, y aunque no le he dicho nada, me ha dolido ese gesto, esa ausencia de gesto. No me gustaría que nos pudiese la rutina, como le pasó a mis padres y a tantas parejas. Quiero que cada día sea distinto, que si le llamo dentro de un rato y le pido que coma conmigo y nos escapemos a la avenida a ver los árboles de primavera, lo haga sin pensar, como hacíamos antes.

No quiero parecer pesada demandando tanto, ni tampoco desorientarle o aturdirle con mis dudas, pero no puedo evitarlo. Así de sencillo. Es como si nos hubiéramos acoplado a nuestras respectivas manías, a la monotonía de compartir, a la tiranía de una costumbre. Y nos faltara pasión o la determinación de sentirnos apasionados. No lo sé, la verdad, estoy bastante confundida.

Eva me contó lo de su nuevo chico el otro día, y le brillaban tanto los ojos que me costaba seguir el hilo de lo que decía. Había una luz tan intensa en sus palabras, en sus gestos, que me dio envidia. Las flores, por ejemplo. Su chico le regaló flores después de la primera noche, y aunque no me va nada el rollo cursilón, me dio rabia reconocer que Raúl no me ha regalado flores más que una vez en tres años, y fue cuando me operaron.

No es que le pida atención exclusiva, que sólo tenga ojos para mí o que vivamos en una nube de romanticismo rosa, pero a veces…sólo a veces, apetecen ciertos detalles. Detalles como una rosa bien roja, sin motivo aparente, detalles como un anillo espontáneo o detalles como comprar entradas para el teatro para celebrar nuestro aniversario.

Dios, qué me está pasando, estoy cayendo en todos los tópicos más explotados. Rosas, anillos, sólo me faltan violines a la luz de la luna. Si es que me complico demasiado la existencia. Con lo fácil que es creer sus palabras cuando me susurra “te quiero” o me dice aquello de que se dejaría despellejar vivo, pero claro, se esfuerza tan poco en utilizar verbos más sensibles, que a una se le viene abajo el sentimiento.

¿Pero por qué tengo estas dudas? A lo mejor el problema lo tengo yo. Creo que le doy demasiadas vueltas a las cosas, no dejo que todo fluya de forma sencilla, y va a tener razón Eva cuando me decía que soy demasiado complicada. Me jode reconocerlo, claro, pero no me queda más remedio porque sospecho que tiene razón. Yo no he obligado a Raúl a decirme “te quiero”, no le he puesto un cuchillo en el pecho ni le hago ningún chantaje emocional, así que si me lo dice será porque lo siente de verdad, ¿o no?

Se me va a pasar la parada con tanta comedura de coco. Ahí está el quiosquero, míralo qué apañado y complaciente es con la gente. Siempre tiene una sonrisa para todo el mundo, como si estuviera en paz. Tiene una foto de una mujer en el mostrador, seguramente sea su esposa y también se la ve muy feliz. Raúl nunca me ha pedido una foto para llevársela al trabajo. No digo que la enmarcara y la colocara sobre la mesa del despacho, para que todos la vieran y opinaran sobre su novia, pero me gustaría que sintiera la imperiosa necesidad de verme a todas horas.

Yo tengo miles de fotos suyas por todas partes, porque sí me relaja encontrarme con su carita morena cuando más saturada estoy, y me encanta presumir de novio guapo cuando las chicas se lo quedan mirando y percibo una chispa de admiración. Y me gusta robarle un minuto de sus intensas ocupaciones cuando le llamo por teléfono, y saber qué tal ha comido y con quién se ha reído. Y cuando llegan las siete sólo espero llegar a casa para encontrármelo, con su cansancio y derrota, con su sonrisa y las cosas que le rondan.

Y le miro y escucho, y atiendo a sus explicaciones, y le peino los rizos que siguen tan vivos, y le sirvo una cerveza sin que se de apenas cuenta, mientras me sigue contando, y a veces le sugiero tomar un baño caliente, y siempre me acabo colando a su lado. Y para mí eso es amarle sin condiciones, cada día más porque cada día le conozco más y más me gusta lo que aprendo de él.

Siempre hay un descubrimiento, un destello que apresar, un detalle que compartir. Yo siento que me lleno cuando le tengo cerca, que me da fuerza y seguridad su proximidad, que soy mejor persona y más guapa y buena. Y cuando no le tengo cerca y lo pienso, me supera la nostalgia y me invade la impaciencia.

Y sólo quisiera correr a su lado y besarle con los ojos bien cerrados, sintiendo sus palpitaciones, sus dientes que me sostienen y su lengua que me sujeta. Y decirle “te quiero” no es necesario, porque estalla la naturaleza como estallan los árboles de la avenida, cargados de espesas ramas que llegan al cielo.

¡¡Anda, un mensaje en el móvil!! ¡¡Es de Raúl!! ¿Qué querrá? “He reservado entradas para el teatro. No dejes de pasar por la avenida para ver los árboles. Tienen unas ramas tan largas y fuertes como tu pelo negro.
Te quiero".


07 diciembre 2006

El murmullo del silencio

You say it best, when you say nothing at all
Ronan Keating

Decidió quedarse muda cuando vio que no servían de nada las palabras. El silencio se convirtió en una capa de ausencia en la que refugiarse hasta que pasara la tormenta. Muda y en silencio esperaría la llegada de los primeros rayos que el sol regala tras una tempestad, los más brillantes. Ideales para limpiar el rastro de las lágrimas.

Sabía que le iba a costar mucho. No era tarea fácil, desde luego. Toda su vida se había rodeado de palabras. Eran las primeras en acudir ante un desvelo, un dolor, una alegría. No había injusticia que no se pudiera aclarar con palabras. No era posible concebir la convivencia sin diálogo, la vida sin letras.

Pero en esta ocasión se dio cuenta de que ya había hablado demasiado, y había sido en vano. Cuánto esfuerzo arruinado, cuántas letras entrelazadas perdidas en el vacío. No había nadie para escucharlas, nadie dispuesto a entenderlas, asumirlas, mantenerlas.

Al principio no entendió el porqué de ese vacío, la causa de la herida, la raíz del problema. Lo comprendió más tarde, cuando la impotencia emulsionaba con el dolor. Dónde estaba la clave para entender por qué donde ayer hubo un “te quiero”, hoy sólo nacía el rencor, las exigencias y los malentendidos. ¿No era suficiente con quererse? No lo era. También había una balsa de inseguridades, egoísmos y dependencias que superar. Y las palabras no bastaban.

Cuando asomó la primera lágrima, la decisión ya estaba tomada. No iba a intentar nada, no iba a aclarar nada, no iba a acolchar una caída, la red ya estaba rota de tantas palabras malgastadas.

El primer día, el silencio la reconfortó. Parecía fácil, incluso cómodo. Tampoco tenía muchas ganas de hablar, y eso sí que le sorprendió.
El segundo día, tuvo un instante de ansiedad. Fue apenas unos minutos, en los que la urgencia de verbalizar su angustia la zarandeó por completo. Pero fue fuerte y no se dejó vencer.

El tercer día, la ansiedad fue más grande. Los amigos la llamaban y no entendían su mutismo. Como siempre la habían considerado un personaje pintoresco, y muy hablador, les hizo gracia y aplaudieron la iniciativa. La angustia la torturaba buceando en las aguas abisales del silencio, pero también fue más fuerte.

Fue el sexto día cuando lo logró. La angustia había desparecido. Y había dejado paso a la paz. ¿Cómo era posible? Toda su vida había creído firmemente en lo necesario de verbalizar los sentimientos. De cubrir de letras, acentos, comas y puntos suspensivos el esqueleto de nuestras emociones, frustraciones y deseos.

Por el contrario, el silencio daba espacio a la luz. La que abre los ojos para comprender, la que hace vibrar las entrañas ante una verdad que antes se escapaba. La que resuelve, la que ayuda a entender.

Necesitó dos días más para procesar toda la información a la que estaba teniendo acceso. Encontró los lamentos de aquellos que le habían hecho daño, sus propias luchas interiores. Les miró y subió a los áticos de sus victorias y descendió a los trasteros de sus fracasos. Se metió en sus armarios de ropa vieja, sacudió el polvo de su fondo de armario, separó las perchas para que los trajes respiraran.

Abrió la nevera para acercar al borde los productos a punto de caducar, movió las botellas con burbujas para que las chispas se animaran en una algarabía sinfónica. Le tiró de las barbas a los langostinos y pellizcó a las orondas berenjenas. Se metió en la boca una trufa y desordenó los yogures, colocados por sabores.

Tras este viaje apasionante, se sintió más lúcida y vaporosa. Como si perder el peso de las palabras, que ya no le acompañaban más que en pensamiento, le hubiera ayudado a desprenderse del suelo. Como si en su ausencia, hubiera perdido gravedad.

Y fue entonces cuando los que le habían hecho daño notaron que ya no hablaba. Y les desconcertó, no se lo esperaban de la reina de las palabras. Aquello sí que era un acto de rebeldía bárbaro. Aquello sí que era preocupante. La sorpresa les dejó inquietos y les hizo, por unos instantes, olvidarse de su trono de verdadabsoluta.

Algo se les removió en la conciencia. Algo parecido a un asomo de duda, de ropa ventilada en armario removido. De comida divertida y agitada. De colores mezclados, calientes y animados en el frío de una nevera. Y entonces algo les recordó que el ático era más grande y espacioso que el trastero. En el ático había sitio para todo y para todos. Se respiraba el aire de un horizonte abierto y extendido, fresco.

Donde las palabras se las llevaría el viento para traer siempre su murmullo.

21 julio 2006

La flor despintada VI (final)

No la volví a ver hasta un año después, en un café casposo de París. No esperaba encontrarla, pero un amigo alemán me habló de una fotógrafa española que tenía mucho material sobre la situación en Palestina, y supe al instante que se trataba de ella. Le pedí el teléfono y la llamé. Casualmente estaba de paso en París, y sí, podía dedicarme un café... por los viejos tiempos. Estaba tan ansioso por volver a verla, que no di importancia a la voz grave y oscura que me hablaba al otro lado del teléfono.
Quedamos en el café que escogió ella, un antro de artistas bohemios e inconformistas, que creían ser las tres cosas, sin ser ninguna, mientras llenaban de mentiras una vida ociosa e improductiva en el aureolado Montmartre de mediados de siglo, del S XX, claro. París entera se reconstruía y se lavaba la cara tras la dominación nazi. Había un aroma de esperanza en el aire, de sueños retomados, de vidas rehiladas, y eso me hizo albergar sueños imposibles. El café estaba lleno a rebosar, no quedaba ninguna mesa libre. Me acomodé en la barra y me tomé de un trago el primer whiskey. Iba por el tercero cuando apareció. Entró muy decidida, pero se paró en el dintel de la puerta. Miró en todas direcciones. Me estaba buscando, pero yo no le dije nada. Me quedé contemplando su nuevo peinado, largo y ondulado, exactamente igual al del resto de mujeres que me cruzaba por la calle. Llevaba un traje chaqueta con tacones sugerentes, y lucía una elegancia totalmente propia de una mujer de clase media europea.
Aquella no era la joven intrépida y sin compromisos que yo había amado. Dio unos pasos hacia dentro del local, y fue justo cuando aproveché para marcharme de allí, para escapar. Necesitaba aire, necesitaba respirar y apartar este mal sueño de mi cabeza. Anduve y anduve sin parar, y cuando me quise dar cuenta estaba en el Boi de Bologne. Tomé asiento en un banco frente a un estanque, y poco a poco fui recobrando el ánimo y las fuerzas. Justo entonces me vino a la mente la mirada desafiante del hombre elegante que esperaba fuera del café, apoyado en la puerta entreabierta de un coche. Parecía esperar a alguien que no tardaría mucho en salir para irse con él.
Al cabo de unas semanas, dejé París y me escapé a Londres. Allí me esperaba otro país que también renacía y recobraba fuerzas perdidas. Justo el lugar donde un tipo como yo podía estar. Fue el mismo amigo el que me dio la noticia de forma tan casual, que al principio no acerté a darle la importancia que tenía. Ana y su esposo venían a Londres a inaugurar una exposición itinerante de fotografías. Ana y su esposo. Casada. Aquel hombre. Su nuevo aspecto de mujer común que tanto había despreciado siempre. Todo encajaba.
Decidí acercarme a la exposición de sus fotografías. Las últimas de unos viajes que no se repetirían pues ahora era una dama formal y caprichosa, que podía recorrer el mundo sin despeinar ni uno sólo de sus dominados cabellos.
Cuando me vio, se acercó sonriendo con unos labios que no reconocí, y me habló con unas palabras que no entendí. Habló de seguridad, de un hombre, su marido, ofreciéndole todo el apoyo económico de un heredero de importante fortuna europea, de aprender a conocerse y adaptarse a los tiempos, de madurar, de sentido común, y lo más rotundo: de compromiso. La
miré perplejo, pero ya desde la distancia. Y la odié, por aniquilar sin piedad a la mujer a la que yo habría entregado mi vida sin hacer más preguntas. Aun así la seguí mirando, intentando encontrar en ella un pedacito, un trocito apenas velado de piel que me trajera a la otra Ana.
En ese momento llegó él, nos presentó y busqué en los ojos de ella la chispa. No la encontré. Me excusé con otro compromiso, y me dispuse a marcharme lo más lejos posible de allí. Justo cuando giraba la calle, oí un grito. Alguien me llamaba... ¡¡¡¡Danieeeeel!!!!
Era ella. Tenía el pelo alborotado por la carrera, casi como cuando terminábamos de hacer el amor. Me abrazó de golpe y me estrechó fuerte. Sólo susurraba mi nombre, y aquella sí era su voz. Aquellos sí sus labios. Entonces brotaron las lágrimas, y las palabras tiernas que hablaban de recuerdos dulces que nos acompañarían siempre. Le pedí que se viniera conmigo. Cerró los ojos, y cuando los abrió de nuevo, regresó la nueva, la mujer fiel y sensata en que se había convertido.
Me alejé de allí con el sabor de nuestro último beso aún prendido en los labios. Justo entonces me di cuenta de que mientras me abrazaba y besaba, y susurraba mi nombre, le había vuelto la chispa a los grandes ojos negros.


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Se despertó sobresaltada, sin saber a ciencia cierta dónde estaba. En su mente rebullían ciudades como París, Londres, Madrid, pero de forma desordenada. Se irguió en el asiento y se atusó el pelo. El señor del asiento de al lado, la miraba con gesto dulce. Le sonrió tímidamente, mientras notaba el logotipo en relieve de RENFE como una réplica exacta en su mejilla. El anciano le susurró: “Ya hemos llegado a Zamora, señorita”. La sorpresa le hizo reaccionar, y se levantó bruscamente. Cogió todas sus cosas, y se dispuso a bajar del tren. El contacto con el frío aire castellano, la despertó de golpe. En el andén, escenario de bultos y personas, la gente avanzaba torpemente, adaptándose a sus huecos. El anciano se despidió cortésmente inclinando la cabeza y sin dejar de sonreír con dulzura. Le siguió con la mirada, viendo cómo encontraba su sitio entre la gente, alejándose, hasta que lo perdió de vista. Los más rezagados comenzaron a distribuirse hacia direcciones diferentes, recobrando individualidades, y distinguió apenas el abrigo del anciano en la distancia. Justo cuando iba a empezar a moverse, algo le obligó a mirar otra vez al anciano.
En el punto exacto donde acababa de ver a su compañero de viaje, estaba Daniel.
De pie, mirándola fijamente, sonriendo, esperándola. No había tiempo para preguntas, ya se formularían después. Corrió y corrió hacia él, y cuando estaba a unos pasos de alcanzarlo, descubrió que las lágrimas apuntaban una gran sonrisa, como flor recién pintada.


Enero 2002
TRL

A Maite.
A Víctor, Merche, Miguel y Enrique. Porque no olvidan tanto sueño y tanta lucha.
A Carmina, que se fue demasiado pronto pero me dejó sus historias.
A mi madre, que me las recuerda.

La flor despintada V (continuación)

Vino a verme una tarde en la que todos los cielos del mundo parecían acusar su ausencia. Una lluvia espesa y plomiza caía sin consuelo amenazando llevarse cualquier cosa por delante. Yo iba por mi quinta copa de un vino malo y peleón, y al principio confundí los suaves golpeteos de la puerta con los enfurecidos latidos de la lluvia.
Al abrir la puerta, la oscuridad la envolvió como un manto y tardé en reconocerla. Mi aspecto era desastroso, con la barba a medio afeitar y el pelo sucio y revuelto, pero cuando sus ojos se acercaron a los míos, su ternura rodeó mi gélida desolación, dejándome abatido y rendido para siempre.
Me habló de amor, de aventura, de pasión, de fuerza, viajes, libertad. Yo ansiaba retenerla entre mis brazos, y ella izaba el vuelo con cada palabra. Me hizo prometerle no volver a mencionar la palabra compromiso, éramos dos seres libres que se amaban sin ataduras, ansiosos por rozar la eternidad. Yo la escuchaba sin añadir nada, sin enturbiar uno sólo de sus sueños, porque la vida que latía en su alma, me iba matando poco a poco, dejando mi cuerpo vacío, sin fuerza ni consistencia.
En una semana partía a Nuremberg, y después la habían invitado a Tierra Santa, a presenciar los inicios de la construcción del estado de Israel.
Me hablaba de conflictos, de árabes y judíos arrebatándose la tierra, de un encargo para realizar un reportaje completo para el National Geographic, su sueño, continuar los pasos de su tío. Salían como un torbellino palabras como Petra, Autzswitch, Jerusalén, Belén, Goebbles, Ben Gurión, Naciones Unidas, Persia, y yo no la interrumpía. Sólo cuando hizo una pequeña pausa para besarme, me atreví a preguntar cuánto tiempo iba a estar lejos.
Sus ojos negros se nublaron un poco, lo justo para responder sin un ápice de temblor en su voz: “Tres meses”.
Lo tenía todo organizado, podíamos encontrarnos en algún punto del ancho mundo en cualquier momento de esos tres largos y áridos meses. No tenía fuerzas para contestar, y dejé que las lágrimas calmaran mi sed, mi hambre, y dieran brillo a mi dolor. Ella no podía entender mi actitud egoísta, insistía una y otra vez que no había promesas entre nosotros, pero que ella siempre volvía... ¿es que no me daba cuenta? Ella siempre volvía.
Se quedó dormida en mis brazos, agotada, con la respiración agitada. Me di cuenta de que tenía fiebre. Fue entonces cuando me permití observarla y descubrir algunos cambios. Estaba más delgada y muy pálida.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no había encontrado la chispa alborotadora de sus ojos negros.


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- ¿Qué pasó después con Luz Divina, Tata?
- ¿Después? No... no quiero hablar de ello... todavía se me encoge el alma al recordarlo...
- Por favor, Tata... ¿qué pasó después?
- Pues qué iba a pasar, lo que estaba de Dios, pues claro, que no se puede tentar la suerte y retorcer las cosas que tienen su orden natural sin que te pasen factura, pues qué creías. Estalló la guerra justo cuando el Manuel y la Ludi estaban con los preparativos para casarse. Él se unió a los rojos, claro, pero se casaron antes de que se fuera al frente. Estaba metido en una comisión organizadora de no sé qué, y hacía cosas de papeleo. Ella le ayudaba en lo que podía, pero en secreto, a escondidas, para que no se enteraran los señores donde servíamos, no fuera que la denunciaran o algo así. Al principio, la guerra no se hizo notar en el pueblo, pero cuando llegaron los falangistas y se los... se los... se los llevaron...
- No llores, Tata, aquello ya pasó.
- Ya lo sé, pero es que la vida ha sido muy dura, y nos ha dejado ver demasiadas cosas. Nosotros siempre hemos sido pobres, pero honrados, y no nos merecíamos aquello. Si lo que defendía el Manuel era tan bueno, ¿por qué le hicieron aquello?
- ...¿El qué... Tata?
- Se lo llevaron los falangistas, él estaba en el pueblo, había vuelto para estar con Ludi, porque desde la boda no se habían vuelto a ver y de eso hacía más de un mes. Lo tuvieron en los calabozos del Ayuntamiento viejo, en esos sótanos que estaban en pie desde mucho antes de que llegaron los franceses, porque se decía que las tropas de Pepe Botella encarcelaron allí a rebeldes españoles... y eran sitios sin airear, con paredes de piedra que sudaban podredumbre, enfermedad, humedades, y... muerte.
- ...pero llenas de vida también, Tata, vida y esperanza. Las paredes eran el diario de familias rotas, ilusiones perdidas, amores añorados hasta el ahogo. Cuando el sol crecía y asomaba tímido por el pequeño hueco que anunciaba un nuevo día, podíamos leer todas las historias y todas las luchas del hombre en esas paredes. Varias generaciones de hombres dejando sus palabras marcadas en esas paredes, único testigo de su destino final...
- De allí se lo llevaron con los pulmones destrozaícos, el pobre. Estuvo preso dos semanas apenas, pero fue tiempo más que suficiente para que le dejaran hecho un guiñapo. Yo no le vi, nos lo contó el Marianico, que era monaguillo del cura y como era fuerte y un poco tardo, el cura lo llamó para que se encargara de todo, junto con otros hombres. Era muy temprano y hacía mucho frío, porque apuntaba ya el otoño y estábamos a principios de octubre, pero era como si las nubes blancas que tanto le gustaban a Manuel mirar en el cielo, salieran todas juntas a despedirle y llevárselo entre algodones de este mundo...
- Eran nubes muy blancas, y muy densas, compactas. De pronto se volvieron sólidas, y cubrieron por completo el cielo. Todas juntas, unidas, enlazadas en un abrazo, techando el mundo y dándole textura de algodón...
- ...el Marianico decía que el Manuel estaba muy mal... que se le notaba que le habían pegado varias palizas, tenía un brazo roto, una brecha muy fea en la cabeza y no podía apenas respirar... pero tenía la mirada firme, afilada, orgullosa.
- ...hacía mucho frío y cada bocanada de aire era como alfileres que se clavaran en el costado... y aquel silencio... nadie hablaba...
- ...los montaron en una camioneta destartalada y los llevaron al cementerio... empujándolos a golpes hasta la tapia del cementerio, verde de musgo... que en unos pocos minutos se tiñó de rojo de muerte... el Ma... Marianico dice que el Manuel le agarró por la chaqueta y le susurró al oído muy deprisa que le entregara a la Ludi un papel arrugado y medio roto que tenía en la mano...
- ...y el Marianico, con su cara de pasmo, no sabía qué hacer con el papel. Lo pasaba de una mano a otra hasta que lo guardó en el bolsillo de su chaqueta... asustado por que no le vieran los demás, y se lo metió en el bolsillo dejando que asomara un trozo, imagen que no dejé de mirar atrapado en el deseo de que llegara a su destino... pero justo en el último momento... cuando las fuerzas se me escapaban atropelladamente, vi cómo el trozo de papel se caía del bolsillo del Marianico, hundiéndose en el barro, poco a poco, sin que nadie, y ni mucho menos el Marianico, se diera cuenta de nada...
- ...pero sí se dio cuenta, que vino a verme corriendo, asustado, hecho un manojo de nervios, gritando que tenía una carta para la señorita Ludita de parte del señor Manuel y que la había perdido... creía que en el cementerio, pero no estaba seguro. No se atrevía a volver, pero le obligué a golpe de cachetes, y Dios me perdone que no me gusta pegar a nadie, pero la Ludi se me moría... y eran las últimas palabras del Manolillo...
- ...¿y la encontró?
- No. Buscó, rebuscó entre el barro, con las manos, rompiéndose las uñas, con palas... y nada, que no apareció la carta... pero al cabo de los años... un buen día, unos niños que jugaban en la tapia del cementerio, encontraron un pedazo de papel medio mohoso enterrado entre unas piedras... sólo se leía un nombre: “Mi Luz Divina”... y apenas se distinguían cuatro palabras... suerte que acertó a pasar por allí en aquel momento el señorito Rodrigo, el hijo de don Rodrigo, sabe usted, que era tan distinto a su padre, y reconoció el nombre...
- ...¿Se la entregó a Luz Divina?
- Pues... en cierto modo, sí... bueno, según se mire... porque según decía, ya estaba con ella... porque lo curioso es que el sitio donde estaban las piedras donde encontraron los niños el papel, daba al otro lado del cementerio, justo a los pies de la tumba donde fue enterrada Ludita... al Marianico se le cayó por el lado de la tapia que meses después fue derrumbada para ampliar el cementerio, pues... en los días, semanas, meses que siguieron a la muerte del Manuel, cada vez había más muertos que enterrar... y justo dónde le mataron y se cayó la carta, quiso la casualidad que fuera enterrada la niña Luditina, nuestra niñita bonita. Lo que es la vida... al final la carta llegó a su destino... aunque fuera después de muerta.
- ...¿muerta... Luz Divina?
- Sí Manuel... como tú, descansando en paz y esperando que te vayas con ella, a descansar también porque ella leyó tu carta, y supo que la amabas por encima de todas las cosas de este mundo, por encima de ti, de los pobres, la justicia, la revolución, y supo que no importaba el tiempo que habías estado lejos, porque ella siempre fue tu primer pensamiento al despertar cada mañana...
- ...y la única batalla a la que rendirme... la dejé sola, porque el mundo estaba cambiando y yo quería cambiarlo, pero ella era mi casa, mi hogar, mi amor, mi guía, y mi única esperanza... y le pedía perdón por no morir a su lado, por no estar ahí para protegerla y escucharla, y amarla, y sentirla... pero después seguía sintiéndola, más intensamente aún... y toda mi obsesión era encontrarla para decírselo...
- ...pero ella lo sabe, así que puedes irte Manuel, puedes irte en paz, que ella te espera, te está esperando para que descanséis juntos en la eternidad...
- Gracias, Tata...
- De nada, Manuel. Descansa en paz.

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La flor despintada IV (continuación)

Su pelo se ensortijaba como si tuviera vida propia, enredando dedos, manos, piernas, labios. Sus muslos eran compactos, duros de puro mármol. Éramos dos cuerpos libres, amándose, entregándose, bebiéndose, comiéndose, mientras las calles se habitaban de represión y grises tonos. La primera vez que escuché de sus labios el timbre de un orgasmo, me asusté, porque no estaba acostumbrado a escuchar tan liberadora expresión de goce en libertad en una mujer, normalmente cautas y comedidas.
Pero la sorpresa inicial se vio barrida por un intenso deseo de continuar amando, sin fuerzas, vencidos de sed, ahítos de placer. Nuestros sexos habitando un solo infierno, los pezones apuntando a una estrella, y ella abriéndose como cueva de invierno que acoge al peregrino moribundo, indefenso, ansioso por dejarse mimar en tierra caliente, blanda y dura en un mismo roce, temeroso de perder lo que ha hallado sin esperarlo. Su boca era mi boca, mi pecho era su seno, su vulva era mi asiento, mi pene era su tabla.
Mientras nuestros cuerpos permanecían enroscados, uno dentro del otro, todo encajaba. Cuando todo terminaba, los abrazos estorbaban, eran barrotes de una prisión que le impedían respirar. A Ana le aterraba el compromiso.
Sólo le hablé una única vez de estabilizar nuestra relación y no supe nada de ella durante una semana de tinieblas y eterna espera. Cuando regresó, llevaba en el pelo enredado la sombra de un secreto al que nunca tuve acceso, y para cuando logré alcanzarlo, era demasiado tarde.


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- Tenía un pelo maravilloso, Tata, y rizado o liso, siempre salía preciosa en las fotos.
- Es verdad. Podía haber sido artista de variedades, como la Piqué o la Castro, pero con más clase, que parecía salida del mismísimo Jollibú ese, sobre todo cuando se vestía para salir con Manuel. Aquellas uñas, tan bien pintadas, que parecían joyas de lo que relucían, y esos vestidos de crèpe tan bien planchados, que le resbalaban a una por el cuerpo como una babosa. Claro, que a ella le quedaban que parecía una diosa, con esa cinturita...
- ...que se podía abarcar con una mano...
- ...eso mismo, y cuando llegaba él, todo alboroto y desatino. “Buenos días, Tata, ¿Cómo se encuentra hoy?” “Mejor, Manuel, esta noche no he dormido mal del todo” “¿Ha visto qué nubes tan blancas hay en el cielo, Tata? He estado toda la mañana mirándolas, pero no me he atrevido a fotografiarlas, luego parecen naturalezas muertas”.
... Siempre estaba con estas cosas, y entre la labia que tenía y lo apuesto y buen mozo que era, tenía a todas las chiquillas locas. Claro, que él sólo tenía ojos para Ludita. Sólo... hasta que se le pusieron esas ideas tontas en la cabeza sobre los pobres y los ricos, que si el hombre es libre para decidir su destino, que si la educación tiene que llegar al pueblo, que si la mujer tiene que tener derechos, que si hay que renovar la mentalidad, decía, venimos a este mundo sojuzgados –no se me olvidará la palabra que sonaba a blasfemia, Dios me libre- y tenemos que desembarazarnos de las cadenas, y vuelta otra vez con que la tierra es para quien la trabaja y que había que repartir las tierras, y qué sé yo cuántas insensateces más, que todavía me acuerdo de cuando la Ludi me pidió que la acompañara a la Plaza Grande, porque allí iba a hablar el Manuel. Y había mucha gente, todos hechos unos ecce-homos, que iban hechos unos zarrapastrosos... mineros, creo que me dijo la Ludi, “son mineros, Tata, gente de la montaña que vive en la miseria jugándose la vida cada vez que bajan a la mina, viendo como se les mueren los hijos en los brazos, comiditos por la miseria que da el frío y el hambre, mientras los patronos y amos de la mina se enriquecen explotándolos hasta la muerte”. A mí me dio un escalofrío, pero no entendí del todo bien lo que me decía Luditina, porque aquellos hombres miraban raro, miraban duro, como con odio por dentro, no sé cómo explicarlo, pero no eran hombres que estuvieran en paz con Dios, eso seguro. Y el Manuel, ahí subido, en lo alto del escenario que había colocado en el centro de la plaza, justo donde se montaba la pista de baile en las fiestas de la patrona. Estaba muy serio, pero lucía muy guapo, tan moreno, un poco despeinado por el viento del monte que llegaba recio. Hablaba con un micrófono de esos, y se le oía muy alto y bien claro, la verdad. Decía que era el momento de organizarse y exigir cambios, que sí señor, habló de exigir, que hubiera médicos y medicina gratuita para tratar sus enfermedades, porque decía la Ludita que casi todos estaban enfermos terminales de pulmón, que los niños y las niñas tenían que recibir educación gratuita y obligatoria, que había que organizar el trabajo para mejorar las condiciones, la seguridad, y hablaba de pensiones de jubilación, de pagar a las viudas, a los huérfanos... a todos, madre del amor hermoso, y es que lo que sí que no se le podía negar al Manuel es que a generoso no le ganaba nadie.
- ¿Y Luz Divina, qué decía?
- Ay, a la Ludi le brillaban mucho los ojos cuando le escuchaba... se quedaba con la boca abierta, como en éxtasis, en trance, exactamente igual que como salía Santa Teresa en las estampas que te daban en misa, como si estuviera viendo al mismísimo Dios nuestro señor, que Dios me perdone.

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La flor despintada III (continuación)

Ana tenía 20 años cuando la conocí, y le quedaba uno para ser mayor de edad. Me la presentaron como una colega más. El respeto con que se pronunciaba su nombre y el brillo intenso de sus ojos negros no me pasaron desapercibidos. Se movía entre hombres con desenvoltura y normalidad, y a nadie le resultaba inquietante su presencia. Trabajaba de lo que se conoce hoy en día como Freelance para el Blanco y Negro, y la impronta de sus fotos comenzaban a darle un cierto prestigio entre los compañeros de profesión internacionales. Cuando la conocí, apenas me miró. Me hablaba con apasionamiento de un inminente viaje a Nuremberg, donde en breve comenzarían a celebrarse los juicios contra los responsables del ejército nazi. Hablaba sin parar, con el cuello saliendo de la camisa como pájaro recién nacido, y me descubrí muriendo por morder la fina piel que se adivinaba. Me enseñaba todas las fotos, las suyas y las de otros, y cientos de trozos de papel con imágenes imposibles, pedazos de holocausto, de cuerpos agónicos, desnutridos, restos humanos en los que no se podía concebir vida anterior se deslizaron ante mí, mientras yo sufría una tortura insoportable. La de desear su cuerpo como se espera la vida. Nos despedimos como se despiden dos amigos, fraternalmente, pero yo rogué un encuentro más y la amiga se transformó en amante en nuestra tercera cita.

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- Dios mío, no puede tratarse del Manuel que yo conocí. Manolo, Manolillo, con su cámara a cuestas siempre, tan formal, tan bien plantado, pero tan cabezota con sus ideas disparatadas de nacionalizarlo todo... ole ahí, que lo que era mío, tenía que ser de todos, aunque lo hubiera sangrado con mis propias manos secas como la tierra y llagadas de sudor, esfuerzo y lucha. No, querido, no, lo que yo me he ganado solita, mío es, y no de todos.
- Se trataba de compartir la riqueza, el que todo tenía que repartiera entre los que nada tenían.
- Ya, pero yo no lo tenía todo. Yo tenía un pequeño terruño sacado adelante a fuerza de mucho esfuerzo, sacrificio, toda la familia levantándose cuando ni el sol se atrevía a asomarse, o tiznándonos cuando quemaba fuerte. ¿Dónde estaban todos los desahuciados del mundo en ese momento?...En fin, que ya no es cosa de hablar de estos temas... porque ya pasaron hace mucho tiempo, y están todos muertos y enterrados.
- ¿Dónde está Luz Divina, Tata?
- ¿La Ludi? Ay, qué recuerdos, sólo Manuel la llamaba así, todo completo y de un tirón: L-U-Z-D-I-V-I-N-A... Para nosotros era la Ludi... ¡¡¡Ludi, Ludita, Luditina, ven, cariño, ayúdame a doblar las sábanas!!! Y ella venía corriendo, con su bonita bata color fresa, atusándose los rizos del cabello, que tanto le costaba sacarse, porque ella tenía el pelo tieso como el esparto, y eso a ella le sacaba de quicio, que salían en las revistas de cine todas aquellas artistazas con unas ondas en el pelo tremendas, y ella quería estar tan guapa como las artistas... “Tengo que estar guapa para Manuel”, repetía siempre, como una letanía. “Quiero estar muy guapa en sus fotos”.

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La flor despintada II (continuación)

La verdad es que cuando empezó a gritar mi nombre, Daniel, rompiendo bruscamente el silencio del vagón, pensé que me estaba llamando a mí. Me extrañó porque no creo conocerla, pero recordar no es lo mío últimamente, desde luego. Las neuronas también envejecen y pierden elasticidad. Son las cosas de los años.
La miré con más detenimiento. Estaba profundamente dormida, pero no parecía descansar en paz. Algo intenso parecía estremecerle por dentro, algo tan fuerte que ni siquiera su propio grito le había conseguido arrebatar de la pesadilla.
Tenía el pelo enmarañado y los ojillos brillantes de un mal sueño. Como Ana.
Ana tenía esa expresión de niña perdida entre fantasmas cuando algo le atormentaba. Pero antes de que llegaran los fantasmas y los monstruos, era fascinante mirarla. No había ni un sólo segundo que desperdiciar perdido en otro objetivo que no fueran sus ojos.
Con la cámara al cuello, y los focos, filtros, trípode y todo el variado material fotográfico que acostumbraba llevar consigo, parecía un pequeño monte al borde del desbordamiento. Sólo apariencias, como siempre engañosas, pues nada había fuera de control. La primera vez que la vi me deslumbraron sus ojos negros, completamente achinados bajo la espesa nube de humo que salía del cigarro que sostenían sus labios.
Y esa chispa, pequeño destello de luz como fósforo encendido que te bañaba por dentro, limpiando tormentas y pesadillas.
El pelo, muy corto; los labios, muy tenues; y los ojos, muy negros. Se dedicaba a la fotografía desde muy pequeña. Su tío había sido un reputado fotógrafo del National Geographic y se había recorrido medio mundo de desiertos, vegetaciones espesas y aguas imposibles, para acabar volviendo apresuradamente a la casa de su hermana con una dolencia pulmonar grave y multitud de secuelas.
Su vida de aventurero quedó restringida al trocito de la sierra madrileña que se veía por la ventana, y a los oídos siempre atentos de su pequeña sobrina, que se convirtió en su admiradora incondicional. Fue a ella a quien hizo depositaria de su más adorada cámara: una Nikon de hierro compacto y duro, fabricada en 1930, regalo de un compañero que murió en la Guerra Civil.
La cámara no se separó de su lado nunca más. Sólo se rompió el cordón umbilical cuando su tío abandonó este mundo, a tiempo para dejar a Ana preparada para buscar su propio rastro. Era el año 1945, la Segunda Guerra Mundial había terminado, pero el odio todavía se enredaba espeso en el aire.


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- Tampoco, caballero, la señora de la casa tampoco se encuentra, pero la Tata sí. Está muy mayor ya, ¿sabe usté?, pero desde que se quedó ciega, por el azúcar, ¿sabe usté?, le gusta salir al patio desde temprano para sentir los primeros rayos del día. Pase, señor, y espere aquí, por favor, que le indico. ¿A quién tengo el gusto de anunciar?
- Mi nombre es Manuel Huerta. Dígale que soy Manuel, “el fotógrafo”.

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La flor despintada

“Ese gran despintarse
Del ala y de la flor:
La noche, la amenaza
Ya de una abolición,
Del color y de ti.
Me hace temblar:¿la nada?
¿Me quisiste una vez?
Y mientras tú te callas
Y es de noche, no sé
Si luz, amor existen.
Necesito el milagro
Insólito: otro día
Y tu voz, confirmándome
El prodigio de siempre”.
Pedro Salinas: “La noche es la gran duda”
Se montó en el tren, y se acomodó en su asiento. Le había tocado ventanilla. El andén era un constante fluir de personas, gentes corrientes que corrían nerviosas, con el equipaje arrastrándose a su paso, sonrientes algunos, lagrimeando los otros, pero todos con paso firme. Menos ella.
Se frotó la frente con saña, presionando fuerte las sienes para dejar escapar la imagen del rostro de Daniel en la última discusión. Era la primera vez que lo había visto llorar. Ella gritaba y gritaba de forma cada vez más atropellada, mientras él permanecía ausente, mudo, observando absorto el manso fluir de sus propias lágrimas.
Ella se oía a sí misma, sus gritos, ya inconexos, perdidos en una especie de atmósfera exterior, e intentaba con ellos ignorar el ahogo en aumento que el silencio y las lágrimas de él le producían.
“- Disculpe, señorita, ¿es esto suyo?”, le preguntó súbitamente un anciano, señalando una chaqueta de punto que yacía lánguida en el asiento de al lado.
Las palabras de disculpa brotaron forzadas al tiempo que recogía la chaqueta y contemplaba cómo el anciano se sentaba en el asiento contiguo.
Con gesto huraño, se zambulló en la ventana. No le hacía ni pizca de gracia tener compañero de viaje, y menos un viejo con permanente expresión risueña.
Los pinos corrían por los campos como drag-queens cimbreándose sobre zapatos de tacón, dejando un rastro difuminado en los dorados campos de Castilla. Cerró los ojos y comenzó a aflojar.
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- Buenos días, señorita, ¿sabe si sigue trabajando aquí Luz Divina del Valle?
- ¿Luz Divina del Valle? ¡¡Jesús, qué nombre más historiado!! Pues no señor, no me suena de nada... y mire que yo llevo trabajando aquí desde chica, sí señor. Mire usté, que aquí no es.
- ¿No vive aquí el doctor Rodrigo de Vallehermoso Cienfuegos?
- ¿El Doctor Vallehermoso? Sí, señor, pero es el nieto, don Rubén, el que vive aquí. El doctor Rodrigo ya murió, que Dios lo tenga en su gloria, que estamos hablando de hace más de 20 años, a lo menos. Fíjese que me creo que murió antes que Franco, inclusive... pero oiga, está usté muy pálido, si parece un muerto, madre mía...
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