29 noviembre 2006

La puerta que lleva al mar


Miró el calendario y rodeó la cifra con un rotulador rojo.
14 de abril, miércoles.
Ese era el día que había escogido para morir.
Aún tenía algunas cosas pendientes, así que madrugó para aprovechar el tiempo. No quería que la Parca llegara y la encontrara con todo por terminar. Escrutó su memoria; tenía que llamar a su hijo y escribir la última hoja del diario. Recoger el traje del tinte y pagar al quiosquero el último número de la suscripción. Era el fin.

Se tomó un café y asomó la nariz por la ventana. Olía a lluvias primaverales, al baile de unas gotas que anuncian renacimientos. Sonrió. El día la acompañaría en su nuevo destino. Siempre le había parecido tan lírica la lluvia, con su manto húmedo impregnándolo todo, traspasando y nutriendo poros.

En la cuerda tenía tendida algo de ropa. La tocó y estaba casi seca. Dudó si recogerla ya o no. Se frenó en seco al percibir la duda. No, decididamente no la recogería. Había mucho por hacer y esa ropa no se iba a mover de su sitio.

Terminó el café y comenzó a enjuagar la taza. Eran movimientos automáticos, adheridos a su aparato locomotor como el acto de plegar las piernas para sentarse en una silla. No respondían a ningún acto racional. Los tenía interiorizados. Pero un destello de lucidez le hizo apagar el grifo y depositar la taza en la pila, a medias, sin aclarar. Olvidada.

Llamó a su hijo y le saltó el contestador. Estuvo tentada de dejarle un mensaje, pero prefirió no hacerlo. Podría escribirle una carta después de completar su diario. Adoraba a su hijo, pero su equilibrio y estabilidad ya no le competían. Le había costado mucho alcanzar esa conclusión, sobre todo desde que le confesara que era homosexual, pero tuvo un nuevo destello el día que vino a comer a casa con su pareja.

Los ojos brillaban como estrellas en campo abierto. Su risa cogía carrerilla y se lanzaba al vacío sin temores, mientras cogía a su chico de la mano y los dedos se entrelazaban en un nudo de futuro. Se tuvo que reconocer a sí misma que era la primera vez que lo veía tan feliz. Tan orgulloso y tan completo.
Sintió un asomo de celos, pero un nuevo destello le entregó la paz que da presenciarla en quien más quieres.

Abrió el diario por la penúltima hoja. Le quedaba una para terminarlo. Eran muchas palabras garabateadas durante años y años. Adjetivos calificando emociones, verbos lanzando mensajes, frustraciones desnudas en la intimidad de un diario. Había decidido conservar esa última hoja virgen hasta el 14 de abril, miércoles.

Repasó las confidencias de otros días, se adentró más aún, mucho más allá. Y encontró lo que le había decidido a morir. Entre una letra desmoronada a veces, apretada otras, y descarada las menos, descubrió sus sueños. Se topó con los deseos, las esperanzas, las apuestas, los planes. La luz de un viaje por hacer, la delicia de un beso por dar, el desahogo de un puñetazo por encajar.

Encontró muchos destellos. El amor que sintió por su marido, la locura de desfallecer por sus besos y la desgana de acostumbrarse a ellos. La torpeza de amoldarse, volverse convencional y aceptar los mandatos de otros. La entrega al hijo, el egoísmo de sentirse imprescindible en su vida, la injusticia de erigirse en su timón y en su brújula.
El dolor de no mejorar, de no luchar, de no intentarlo. De rendirse a un destino que no era el suyo. La ferocidad y el desgarro del paso inclemente de los años sin perder su ritmo ni aflojar su ahogo.

Releer su diario se le ocurrió un día, hacía exactamente tres meses. Fue demoledor. Necesitó varias tilas para rebajar el ritmo cardíaco, para moderar el nerviosismo. Después llegó la calma, pero la calma del vacío, del fracaso. La certeza de haber torcido el rumbo en algún punto lejano, la seguridad de haber olvidado quién fue y lo que quiso. El abatimiento de no vivir.

Y se miró al espejo y un destello le recordó que quería aprender a montar a caballo, y aprender italiano para visitar Florencia. Cuántas veces se dijo que quería volver al Museo del Prado, cuántas veces pospuso apuntarse a natación. Por qué no se compró aquellas botas naranjas que tanto le habían gustado, ni había ido al cine por vergüenza a ir sola. Por qué no le dijo a su madre que no le guardaba rencor. Cuántas veces se negó un “te quiero”. Cómo pudo perder el contacto con sus amigas, cómo dejó que la rutina sembrara un jardín tan yermo en su pecho.

Se había pasado la vida perdiendo el tiempo. Llorando lágrimas amargas de soledad, de incomprensión, de angustia. Cerrando el ánimo y abatiendo los deseos. Mirándose tanto al ombligo, mientras se negaba el protagonismo. Reclamando una atención del resto que nunca terminaba de saciarla. Nunca era suficiente.

Sacrificó su bienestar por nada. Abrió la boca para morder, pero la dejó abierta y se negó el mordisco. Y se le llenó de moscas. Juzgó y sufrió por tonterías. Cercó su vida con chorradas y las convirtió en prodigios. Perdió la capacidad de descubrir la puerta que lleva al mar.

Lo tuvo tan claro, de golpe, que sintió mareo. Era el vértigo de los valientes. Los que deciden morir para nacer. Acabar con el fantasma en que se había convertido.

Y empezar de nuevo. Era el 14 de abril, miércoles.
Su nueva fecha de nacimiento.

4 comentarios:

Stupor Mundi dijo...

Es una obra maestra, no se puede decir menos, ni siquiera acercarse a definirla más.
En algunos retazos he descubierto con miedo la vida de mi propia madre, no en lo del hijo gay, sino en lo de negarse por sistema a hacer nada y dejarse perder en un nada radical. Espero que haya unas esperanzas en ella diferentes.
Es una maravilla, de verdad, lo mejor que te he leído nunca, confío que aún puedas sorprenderme más. Seguro que lo harás...

Avellaneda dijo...

Cuantas muertes vivimos a lo largo de nuestra vida? creo que tenemos más de un 14 de abril y así debe ser...
Un buen texto, una buena reflexión...
No mirarse al ombligo, no evaluarse, dejarse vivir y disfrutar
¿Donde he oido yo eso antes?
:-)
Enhorabuena amiga escritora

Panchi dijo...

Precioso, es increible que seas capaz de percibir esas experiencias, sentimientos y sensaciones que, creo yo, nos has experimentado(aún) en carne propia. Tus escritos casi siempre me arrancan una lágrima....

Juanqui dijo...

Es un relato que te hace reflexionar y darte cuenta de las cosas que dejamos por hacer, deseos que no llegamos a cumplir, sueños que se quedan en eso .... sueños.
Hay que ponerse en marcha, y hacer que pasen a ser realidades !!!