Humildemente, mucho de lo que soy y quiero ser me lo dieron sus libros. Hoy me llega su voz con estas letras:
Cómo voy a creer/dijo el fulano
que el mundo se quedó sin utopías
Cómo voy a creer
que la esperanza es un olvido
o que el placer una tristeza
Cómo voy a creer/dijo el fulano
que el universo es una ruina
aunque lo sea
o que la muerte es el silencio
aunque lo sea
(...)
Cómo voy a creer/dijo el fulano
que la utopía ya no existe
si vos/mengana dulce
osada/eterna
si vos/sos mi utopía
UTOPÍA
UTOPÍA
Mi admirado Miguel, cuyo blog Mis fotos de Madrid es punto de encuentro y referencia para las buenas historias y estupendas imágenes, tiene un espacio para publicar relatos de sus lectores sobre Madrid. Hoy ha publicado uno que escribí inspirada en un sueño que tuvo mi madre hace mucho tiempo, y que resultó ser tan real como estremecedor. Lo ha mejorado con unas fotos magníficas que ha hecho él mismo de un rincón de Madrid, recuperado hace poco, y que merece la pena visitar, si tenéis ocasión: el metro de Chamberí. Tampoco dejéis de visitar el blog de Miguel, si queréis conocer algo mejor Madrid, su Historia, sus ritmos, vecinos, rincones y sueños de los que la habitamos.
Hoy los sueños me hablan de un mundo que ha perdido a uno de sus mejores contadores, un hombre grande de bigote perpetuo que nos advirtió un día que no nos creyéramos lo que nos dijeran del mundo, porque en realidad, el mundo es incontable. Y en todo caso, provincia de ti.
Gracias, Mario. Gracias, Miguel.
Las sirenas la sorprendieron acostando al pequeño. Chete se encogió como animal herido y se abalanzó sobre su madre. Volvían las bombas. Los aullidos alertando de la llegada de la aviación enemiga azuzaron su maltrecho corazón. El pequeño ronroneó incómodo, le asustaba el sonido estridente de las alarmas.

Comenzó a gritarle, a llamarle desesperadamente por su nombre, ese nombre que había inventado para su hijo en las noches sin sueños que el hambre les entregaba. Mientras el frío arañaba, había inventado un lenguaje para acunar a sus hijos y abrigarles en noches de espesa desesperanza. Su voz se perdió con el estallido de las primeras bombas. La onda expansiva de una de ellas la arrojó al suelo, pero logró caer sobre su hombro y proteger del impacto al bebé que bramaba entre sus brazos. Polvo, cascotes, piedras y metralla la rodearon con furia y estremecedor alarido, pero ella se había quedado sorda.

Se incorporó como pudo, y apretando firmemente al bebé contra su pecho, se adentró por la calle donde había perdido a su hijo mayor. Una niebla espesa de metralla y ceniza la cegaba por completo, y a tientas bajó por una acera donde ya se apilaban los primeros cadáveres. La bomba había caído muy cerca, en la plaza de Olavide.
De un portal salieron varias caras sucias, donde la infancia había borrado su rastro y sólo quedaba espacio para la angustia y el temor al mañana. Una de ellas se colgó de su brazo. -¡Mamá! El grito de Chete no le llegó a los oídos, se le encajó en las entrañas y le pellizcó la esperanza. Pero no había tiempo para alegrías, la celebración del reencuentro podía esperar. La pequeña familia se agarró fuertemente de la mano y se lanzó calle abajo hasta el metro de Chamberí, mientras las bombas seguían rugiendo en el Infierno.

En el metro se apiñaban familias enteras, fragmentadas, la mayoría sin fuerzas, todas de duelo. Bajaron al andén esquivando cuerpos y el silencio más profundo que describirse pueda: un silencio denso, oscuro, sonoro y compacto. Los azulejos de las paredes del andén refulgían en un estallido de brillo y colores. Ocupando toda la extensión de las paredes en pequeños mosaicos, los azulejos hablaban de productos de belleza, salud y futuro. Eran rostros hermosos, bien nutridos, como parodias de un mundo que ya no podía recordarse. Había quedado arrasado por las bombas y el odio.

La visión de la belleza que mostraba la publicidad de las paredes la sobrecogió, y tomando sitio en una esquina con sus niños, dejó que las lágrimas desbordaran sus flacas mejillas. Las paredes desprendían la irrealidad, la seguridad de un mundo de confianza, de promesa, de noches de sueños y mañanas sin hambre.
El bebé parecía descansar en su regazo, y Chete se había acurrucado a su lado con el dedo pulgar en la boca. Lo meció con suavidad, y comenzó a hablarle en su lenguaje inventado hasta que el niño se quedó dormido. Sólo entonces apoyó la cabeza en un saco, y dejó pasear la vista por cada uno de los azulejos que cubrían las paredes del andén. Los colores y la belleza de sus imágenes se le colaron entre los párpados como un bálsamo, justo antes de quedar profundamente dormida, mientras fuera los aviones se alejaban como cuervos hambrientos.

-¡Venga, mamá, tenemos que irnos! ¡Venga, vámonos al metro!
La voz de Chete la impulsó como un resorte. Arropó al bebé con la mantilla de lana más fuerte que encontró, y guardó unos trozos de pan duro en un pequeño atado. Las sirenas ahogaban su desagradable ulular ante el rápido avance de los aviones. Sus motores rasgaban el aire empañándolo de sones de guerra, desolación y muerte.
La calle desbordaba confusión. La gente corría por Eloy Gonzalo hacia el metro de Iglesia en busca de refugio desesperado. Mujeres, hombres, niños y ancianos atropellándose por alcanzar un lugar seguro. A la altura de Juan de Austria, Chete se le escapó de la mano y vio aterrada cómo la multitud se lo tragaba en un tornado de pánico, ruinas y edificios derruídos, paredes agujereadas forradas de sacos de tierra que formaban barricadas improvisadas, por las que se filtraba toda la angustia y desgarro que la muerte puede arrastrar.
La calle desbordaba confusión. La gente corría por Eloy Gonzalo hacia el metro de Iglesia en busca de refugio desesperado. Mujeres, hombres, niños y ancianos atropellándose por alcanzar un lugar seguro. A la altura de Juan de Austria, Chete se le escapó de la mano y vio aterrada cómo la multitud se lo tragaba en un tornado de pánico, ruinas y edificios derruídos, paredes agujereadas forradas de sacos de tierra que formaban barricadas improvisadas, por las que se filtraba toda la angustia y desgarro que la muerte puede arrastrar.

Comenzó a gritarle, a llamarle desesperadamente por su nombre, ese nombre que había inventado para su hijo en las noches sin sueños que el hambre les entregaba. Mientras el frío arañaba, había inventado un lenguaje para acunar a sus hijos y abrigarles en noches de espesa desesperanza. Su voz se perdió con el estallido de las primeras bombas. La onda expansiva de una de ellas la arrojó al suelo, pero logró caer sobre su hombro y proteger del impacto al bebé que bramaba entre sus brazos. Polvo, cascotes, piedras y metralla la rodearon con furia y estremecedor alarido, pero ella se había quedado sorda.

Se incorporó como pudo, y apretando firmemente al bebé contra su pecho, se adentró por la calle donde había perdido a su hijo mayor. Una niebla espesa de metralla y ceniza la cegaba por completo, y a tientas bajó por una acera donde ya se apilaban los primeros cadáveres. La bomba había caído muy cerca, en la plaza de Olavide.
De un portal salieron varias caras sucias, donde la infancia había borrado su rastro y sólo quedaba espacio para la angustia y el temor al mañana. Una de ellas se colgó de su brazo. -¡Mamá! El grito de Chete no le llegó a los oídos, se le encajó en las entrañas y le pellizcó la esperanza. Pero no había tiempo para alegrías, la celebración del reencuentro podía esperar. La pequeña familia se agarró fuertemente de la mano y se lanzó calle abajo hasta el metro de Chamberí, mientras las bombas seguían rugiendo en el Infierno.

En el metro se apiñaban familias enteras, fragmentadas, la mayoría sin fuerzas, todas de duelo. Bajaron al andén esquivando cuerpos y el silencio más profundo que describirse pueda: un silencio denso, oscuro, sonoro y compacto. Los azulejos de las paredes del andén refulgían en un estallido de brillo y colores. Ocupando toda la extensión de las paredes en pequeños mosaicos, los azulejos hablaban de productos de belleza, salud y futuro. Eran rostros hermosos, bien nutridos, como parodias de un mundo que ya no podía recordarse. Había quedado arrasado por las bombas y el odio.

La visión de la belleza que mostraba la publicidad de las paredes la sobrecogió, y tomando sitio en una esquina con sus niños, dejó que las lágrimas desbordaran sus flacas mejillas. Las paredes desprendían la irrealidad, la seguridad de un mundo de confianza, de promesa, de noches de sueños y mañanas sin hambre.
El bebé parecía descansar en su regazo, y Chete se había acurrucado a su lado con el dedo pulgar en la boca. Lo meció con suavidad, y comenzó a hablarle en su lenguaje inventado hasta que el niño se quedó dormido. Sólo entonces apoyó la cabeza en un saco, y dejó pasear la vista por cada uno de los azulejos que cubrían las paredes del andén. Los colores y la belleza de sus imágenes se le colaron entre los párpados como un bálsamo, justo antes de quedar profundamente dormida, mientras fuera los aviones se alejaban como cuervos hambrientos.

Fotos de Miguel Ángel Molina



20 comentarios:
Que bien que estas otra vez aquí...
Que duda cabe que con respecto al maestro que nos ha dejado ... hemos perdido... mucho, todos... alguien genial.. que ayudaba y ayudará con sus escritos a que esta vida sea mejor... no lo dudo.. y además te agradezco tu homenaje.. hay que hacerlo con aquellos que consideramos maestros, yo lo hago muy a menudo.
Por otro lado el relato.. no puede ser mas... como decir, entretenido, sentido, todos hemos tenido miedo a perder a uno de nuestros hijos y como hijos a perdernos de nuestros padres..y el fondo el metro y las bombas.. y los colores y los azulejos.. me ha gustado, se lee facíl y se siente.
Un abrazo Tamara, con mucho cariño
Lo leí en elblog de Miguel... y sabía que algo tuyo había en las letras
Besicos
Ay amiga, he recuperado mi ordenador y calmado un poco el ritmo de estos últimos días y según he entrado en mi correo he visto tu actualización ¡qué alegría me ha dado! y más leer este relato que me adelantaste y que te ha quedado impresionante, me has trasladado la angustia de esa madre y he visto, por un momento, esas calles de Madrid bombardeado
En cuanto a Benedetti, aún ando en ese estado de no terminar de creérmelo...
Un besazo amiga!!
Gracias a ti Tamara por el fantástico relato que me regalaste.
Ha sido un placer poder colaborar contigo.
Besos
ay! me alegra tanto leerte de nuevo como me desconsuela la pérdida de Benedetti...
Me quedé pensando en los sueños que estará soñando la madre de tu relato.
un besazo
Amiga mía, que bueno es escuchar nuevamente tu voz...
triste y sobrecogedor relato muy bien ilustrado con las fotos de Miguel.
Me gusta mucho leer tus historias...
Besote.M.
MENOS MAL QUE HAS VUELTO. El relato de Chete en el Metro lo he leido en el blog de Miguel. Cosas del alfabeto.Lo bueno de los escritores es que su obra queda. Y puedes volver, lo malo es que casi no queda tiempo y en la inmortalidad, que se sepa, no se lee. Te leeré con el mismo placer que el primer día mientras sigas escribiendo y yo no esté inmortal.
!Hola! Necesitamos tu ayuda
http://www.lasonrisadearturo.com/2009/05/iago-necesita-tu-voto.html
!Gracias!
Esther
Hola Tamarita!!!!
He venido para decir que expresaste en mi blog.. muy claramente.. lo que yo siento con respecto al arte...
Que como siempre es subjetivo.. pero me gustó que coincidiéramos.
BEsos por tus mundos
Muchas gracias a todos por seguir ahí, pese a mis largas ausencias.
Madrid siempre ha sido escenario de grandes turbulencias, es una ciudad muy inspiradora, pero me cuesta mucho hablar de ella. La historia no es mía, se la robé a mi madre. Ella la soñó, se le coló en sus sueños la imagen de una madre tirando de sus hijos en pos de un refugio en Madrid, y en medio de un bombardeo en la Guerra Civil. Y resultó que lo soñado había ocurrido, o al menos así lo reconoció su jefe cuando ella lo contó en el trabajo al día siguiente. A mí me ha contado la historia miles de veces, y todas me ha impactado hasta la lágrima. Siempre se me queda al borde del precipicio, la lágrima a punto de arrojarse al vacío. Pero nunca se me había ocurrido escribir sobre ella. Hasta que Miguel nos propuso completar un rincón de su espacio.
Me costó llegar, por eso os agradezco tanto vuestras palabras y vuestro apoyo siempre.
Os he echado de menos.
Muchos besos a todos.
Un saludo, dejo un aviso en mi blog.Un gusto volver a saludarte,Antoni.
http://elespaciodeunlatidooriginal.blogspot.com/
Es evocador tu relato con el fondo de las fotos de la antigua estación de Chamberí.
Un placer ver que vuelves.
Gracias por leerme.
Besos.
Sumerges muy bien al lector en aquellos ambientes de guerra.
Mi madre también nos recordaba cómo nuestro hermano mayor, de un par de años escasos, se asustaba del ruido de los aviones: ¡mamá, mamá!, balbuceaba.
Muy malos tiempos aquellos.
Un fuerte abrazo, Tamara
Es una historia tan, tan real,que si habria vivido mi abuela y leido, ella que pasó la guerra y enviudó en plena contienda ,en Madrid, se habria estrmemecido.Tiene mucho de todas las vivencias que ella me contaba.
Un abrazo
Tamara, ¿para cuando un nuevo relato? Besos y TQ
"Después de todo la muerte es sólo una prueba de que hubo vida".
Benedetti, un grande con todas sus letras.
Muy buenas letras, un relato estremecedor, realista, que contrae las entrañas.
Un abrazo desde Chile.
He leido este blog y me he dado cuenta de lo lejos que estoy en el camino,cierto que cuando se pierde un maestro el deja su testamento, y ese no hay duda esta vivo en cada uno de vosotros.Saludos.
Que relato impresionante... De verdad deja un nudo en el pecho, nos muestra crudamente pero con mucho sentimiento el horror que tantas personas han experimentado lamentablemente.
Vengo desde lo de Estrella, me gustó el comentario que dejaste allí.
Un gusto conocerte. ¡Espero que sigas escribiendo pronto!
Enhorabuena por tu blog, me parece muy interesante.
http://preparemonosparaelcambio.blogspot.com/
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