17 octubre 2007

La luz

Room in New York, de E. Hopper


Colgó el móvil. Era la tercera vez que lo intentaba en media hora. Basta ya, se dijo, termina con esto. Ya ha terminado, no te hagas más daño. Apagó el móvil para evitar tentaciones. La pantalla fue perdiendo la luz hasta quedarse a oscuras.
Fue justo entonces cuando se dio cuenta de que no había encendido la luz en la habitación, y todo era negro más allá del móvil desvanecido.

Era reconfortante estar así, sumida en la oscuridad. La ausencia de luz era un alivio. Pablo le había planteado el divorcio a la luz del día. El sol atravesaba furioso las cortinas, dorando su pelo revuelto, un poco sucio, como de no haber dormido. Una sombra de barba atormentada le cubría las mejillas. Se había enamorado de otra, y la ciudad al otro lado de la ventana siguió encendida cuando se lo dijo.

A quién quería engañar. Llevaba toda la tarde intentando hablar con él. Quería escuchar su voz, necesitaba oírla, apresarla, retenerla un poco más. Al principio, las primeras (¿diez?) veces, Pablo contestó. La escuchó, animó, se disculpó y lloró. Después, dejó de contestar. Dejó la desesperación y su ausencia se hizo todo. Se hizo con todo.

Siempre pensó que si ocultaba sus inseguridades, él nunca las notaría. Los hombres no se enteran de nada. Van a su rollo sin detectar ningún cambio. Es mejor combinar sabiamente dosis de vulnerabilidad con algo de docilidad, para terminar rematando la faena a tu antojo. Esa era la técnica femenina que ella había aprendido y empleado a fondo con su pareja.

Él sonreía y no cuestionaba. La veía vestirse con ropajes que no le cabían, en los que se perdía. Observaba sus esfuerzos por ser quien no era, y eso le divertía, le atraía mucho de ella. Nunca le preguntó si era feliz.

Bueno, la pregunta la hizo muchas veces, y obtuvo tantas respuestas como veces la formuló: "pues claro, mi amor". Los ojos sostenían una lágrima oculta, la duda temblaba en el fondo del bazo, el pavor de perderle se asomaba a las vísceras como alimaña insaciable. Ser feliz no es un estado, es un conjunto de microsegundos que se sostienen sobre nuestra cabeza y nos premian con un suspiro de placer, un apagón de complicidad, un rodear nuestros miedos para no ceder ante ellos, un compartir una risa en paz.

¿Había tenido muchos o pocos de esos con él? Pues, bien mirado, había habido unos cuantos de esos, pero no tantos como veces dijo: "pues claro, mi amor". Era la respuesta perfecta que él necesitaba para sentirse complacido, satisfecho, vencedor. Ella lo sabía, y así se la daba. Lo miraba aceptar esa respuesta sin indagar más, y se asustaba al detectar, todavía prendido en el aire, la falsedad de su voz.

Su ropa todavía estaba en el armario. En un arrebato de rabia, sacó todo de los cajones y de las perchas y lo pisoteó furiosamente. Entre los pies se le enredó una camisa que le había regalado en su último cumpleaños. Asomaba la manga ante sus ojos, como asomaba el convencimiento -profundo, de golpe- de que la había escogido con prisas, sin ganas, por tener algo que darle ese día.

Recordó que Pablo no alteró sus rasgos cuando desenvolvió el regalo. Se limitó a darle un beso rápido sin añadir nada más. Ni una frase bonita, de alegría, o agradecimiento. Miró la talla y la dejó semidoblada encima de la cama. Su reacción no le pasó desapercibida a ella, pero tampoco se detuvo ahí, ni reclamó una palabra. Sencillamente, le dio igual.

Ninguno de los dos quiso entretenerse en recuperar las palabras que faltaban. Ese día esperaban visita, y había mucho que preparar en casa. Ninguno de los dos notó que el visitante ya había llegado volviendo opacas las ventanas. Para no ver nada. Para no reconocer la indolencia, la rutina, la ausencia de emoción, el fin. El fin de la luz.

Cuando Pablo le habló, por fin, ella estaba preparada. No lo reconocería nunca, ni a sus amigas cuando se lo contara después entre sollozos, ni a sus padres cuando les planteara la situación. Ni siquiera a sí misma cuando se fue la luz y se quedó mirando al vacío con el móvil en la mano.

Ella lo esperaba. Sabía que iba a llegar. No se apaga la luz de una vela si no pasa el aire arrastrando su manto. La oscuridad no llega de pronto. Va anunciando su avance, descendiendo a paso lento pero firme, a sabiendas de que no hay que perturbar innecesariamente. Por eso ella estaba preparada para la separación.

Las lágrimas de la derrota, de la lucha sin fuerza, de la paz que se nubla, de la ilusión que termina, del futuro que pierde su forma y se adapta en otra dirección. La batalla, perdida, y la duda, terca y quieta, de haber dejado de luchar antes de tiempo.

Guardó el móvil. Secó sus lágrimas. La ventana le devolvía una pantalla en negro. De repente, se encendieron las farolas, como todos los días a esa hora.

Su luz de fábrica bañó la calle, pintó la acera.
El rastro de nuevas formas y volúmenes se paseó por sus ojos.

7 comentarios:

Enrique dijo...

Impresionante la fuerza que destila el relato. Espero que tu nunca te sientas como ella y que siempre veas en mis ojos la luz de admiración, cariño y amor que siento por ti y que crece día a día. Una vez más.. escribe y escribe más amenudo. T Q +++

Avellaneda dijo...

"La oscuridad no llega de pronto."

Pues la verdad que no puedo decir más que lo que dice Enrique Impresionante fuerza la del relato. Me ha llamado la atención esa frase de tu texto por todo el significado que se intuye (me gusta ese efecto que tienen las palabras)

Creo que la mujer del relato aun a oscuras ha visto su propia luz, no se puede vestir eternamente un traje que no es el tuyo

Enhorabuena por este genial relato
Bss

Avellaneda dijo...

El pasado domingo me compré, en una caseta de la Cuesta de Moyano, 2 libros, uno de ellos "Rincón de Haikus" de Mario Benedetti, uno de ellos me ha hecho recordar esta mañana tu relato (Haiku nº 67 ):

los apagones
permiten que uno trate
consigo mismo

Tamara RL dijo...

Qué genial es Benedetti...gracias, Mer.

Stupor Mundi dijo...

Ufff, es impresionante. He podido mascar la angustia, sentir esa opresión envolvente. No es un relato, es un desgarrón en la piel.
Prodigioso, la obra de una narradora espectacular.
Que Benedetti, Merche y tu me perdonen la osadía. Te quiero aportar un modesto haiku que he escrito:

¿Puede volver
la hoja al árbol?
Es una mariposa...

Avellaneda dijo...

Si son haikus tan buenos como el tuyo se te perdona todo!:o) y comparto contigo tus impresiones

Analia dijo...

"Ser feliz no es un estado, es un conjunto de microsegundos que se sostienen sobre nuestra cabeza y nos premian con un suspiro de placer, un apag�n de complicidad, un rodear nuestros miedos para no ceder ante ellos, un compartir una risa en paz"...Tamara, este "Copiar" y "Pegar" tiene la finalidad de decirte que nunca hab�a le�do y aceptado una definici�n tan buena de la palabra "felicidad"...Gracias!!!!